ALTA TENSIÓN (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS 8) Epílogo · 1.3
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Epílogo · 1.3

Un valle no te perdona. Te va aguantando, que es lo que hacen los valles, y un día resulta que llevas años aquí.

TASIO

Ha pasado un invierno entero desde todo aquello. Aquí el tiempo se cuenta por inviernos, no por fechas: en verano no pasa nada que merezca contarse.

Trabajo para mí. Furgoneta, remolque, cesta alquilada cuando hace falta y dos hombres: Yeray, que dejó la contrata en junio y que me dijo «yo me voy contigo, jefe» con una solemnidad de veinticuatro años que me tuvo tonto una semana, y un chaval de la Fueva que está aprendiendo y que trepa peor que Yeray y apunta mejor.

Hago lo que nadie quiere hacer en esta comarca: líneas de riego, derivaciones de bordas, revisiones para el ayuntamiento, el alumbrado de tres pueblos, y la instalación de la estación de arriba, que me llamaron en octubre y que fue la primera factura seria.

No me llama la distribuidora. Casamayor cruza la calle cuando me ve, y me parece justo: yo tampoco querría verme.

En el bar hay casas que no me hablan. Tres o cuatro, las del aserradero, y una de ellas es la del primo de Pardina, que perdió el puesto en marzo. Eso no se arregla y no pretendo arreglarlo. Cuando entro, saludo, y el que quiere me contesta.

Beni Lascorz me contestó por primera vez en agosto, en la fiesta, borracho, y me dijo dos frases: que él no lo sabía, y que si yo se lo hubiera dicho hace dos años, él mismo habría llamado al electricista a la mañana siguiente.

Lo he pensado mil veces. Creo que es verdad. Y eso es exactamente lo que tengo que llevarme puesto lo que me queda de vida.

Rai está en Huesca desde la primavera.

Se fue con la indemnización y con una idea, que en él es raro, y ahora hace rehabilitación tres días por semana en un sitio bueno, de esos que aquí arriba no hay, y le han puesto unas férulas nuevas con las que se ata los cordones en menos tiempo del que tardo yo.

Está haciendo un curso de esos de administración por internet y trabaja media jornada en una asociación de gente quemada, y le paga poco y le da de comer mucho, y por teléfono habla como hace diez años.

Y yo me he quedado sin la cocina de mi hermano cuatro noches por semana, que era mi penitencia y era mi compañía. Bajo a Huesca cada quince días. Me hace de comer él, y le corta él el pan, y a mí me deja mirar.

Delia vive medio aquí y medio en Barbastro.

Ha engordado tres kilos este año y me los echa a mí y a la cocina de Nieves.

Lleva el pelo más corto, por encima del hombro, desde el verano.

Y sigue teniendo esa cara de cuchillo que le vio mi hermano el primer día, solo que ahora, cuando entra en el comedor del hostal, hay dos mesas que la saludan.

Sigue siendo agente de descargo de la zona, sigue subiendo el puerto y sigue dando su palabra a las brigadas de tres comarcas, y a mí no me da un descargo desde que dejé la contrata, que es la única cosa de todo esto de la que se alegran los dos.

La plaza de la central sale otra vez este año. Se la ha vuelto a mirar. No sé lo que va a hacer y no se lo pregunto más de una vez al mes, que ya es bastante para un hombre como yo.

Y esta mañana hemos hecho una cosa que es la razón por la que estoy contando todo esto.

Me llamaron del ayuntamiento hace dos semanas: hay que renovar el alumbrado del camino de la residencia, y para eso hay que tocar la derivación, y para tocar la derivación hace falta un descargo, y el agente de descargo de esta zona es la que es.

Así que a las tantas de la mañana, con escarcha y todavía de noche, hemos subido los dos al camino de arriba, al interruptor de la línea, y ella lo ha abierto con la pértiga y ha puesto la tarjeta con su letra.

Y luego ha sacado su candado del bolsillo, el amarillo, y lo ha enganchado.

Y yo he sacado el mío, el rojo, y lo he enganchado al lado.

Dos candados en el mismo aparato, cada uno con su llave. Mientras estén ahí, esa línea no la levanta nadie. Ni la empresa, ni el ayuntamiento, ni ella sola, ni yo solo.

—Línea del camino de la residencia —ha dicho, con la voz de la radio, la plana, la que yo tengo grabada desde hace tres inviernos—. Abierta, bloqueada y señalizada. Queda a su disposición. Descargo a nombre de Mur, Anastasio. Agente de descargo, Solans.

—Recibido. Repito: línea a mi disposición, descargo a mi nombre.

Y he verificado la ausencia de tensión, y hemos puesto la tierra en el punto de trabajo los dos, entre los dos, con los guantes puestos, porque eso se hace siempre y se hace aunque te fíes. Sobre todo si te fías.

Hemos acabado con el alumbrado cuando empezaba a clarear.

Y entonces ha venido lo de siempre y lo que no me voy a cansar de mirar nunca: cerrar el descargo.

Ella ha quitado su candado, yo he quitado el mío, ha cerrado la cuchilla, ha dado la orden por radio al centro y se ha quedado escuchando la confirmación con la mano en la oreja.

Y abajo, en el fondo del valle, con esa luz azul de antes de que salga el sol por detrás del collado, se ha ido encendiendo el camino de la residencia, farola por farola, como una costura.

Y más allá, porque el anillo funciona y porque hubo hielo esta noche y una falta en el ramal de la umbría que se despejó sola sin que nadie se enterara, estaba el valle entero con la luz puesta.

Las dos aldeas del puerto. El pueblo cabecera.

La granja de Lascorz, con su grupo parado y su conmutación automática nueva, que este invierno no ha arrancado ni una vez.

Nos hemos quedado los dos ahí arriba, con las manos en los bolsillos, mirando eso, con el frío de antes de amanecer metiéndose por todas partes.

—Oye —he dicho.

—Dime.

—La plaza de Zaragoza.

—Otra vez, no.

—Otra vez sí. Que a mí me da igual bajar. Yo la furgoneta la puedo aparcar en cualquier sitio.

Delia Solans se ha girado, me ha mirado un rato largo con esa cara de tasar un cable, y luego ha alargado la mano y me ha subido la cremallera del cuello de la cazadora hasta arriba, como se le hace a un crío.

—Tasio.

—Qué.

—Este valle es lo único que has tenido en la vida y a mí me ha costado dos años volver a entrar en él. —Y me ha dado un golpecito en el pecho con el nudillo, ahí, donde llevo grabada su palabra—. No pienso mudarme a ningún sitio donde no pueda ver si las luces están encendidas.

Nos hemos bajado al pueblo a desayunar. Hay dos casas que no nos hablan. Nieves nos ha puesto café y torta, y no ha tardado ni un minuto en servirla.