ALTA TENSIÓN (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS 8) Epílogo · 1.1
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Epílogo · 1.1

Tenía razón en todo y perdí casi todo. Así que ya sé para qué sirve tener razón: para poder dormir. Nada más, y no es poco.

DELIA

El acta la volví a levantar con la pinza fundida encima de la mesa.

Literalmente encima de la mesa: la metí en una bolsa de plástico precintada, con la etiqueta, la fecha de retirada y las firmas de los tres que estábamos allí, y la puse en el centro de una sala de reuniones de Barbastro delante de cuatro personas que llevaban dos años sin querer oír hablar de este valle.

Un equipo de tierra no se funde solo. Un equipo de tierra puesto en una línea muerta no se funde jamás, en toda la vida de un hombre, salvo que alguien le esté metiendo tensión por detrás.

Lo demás fue papel, y el papel funcionó.

Vino inspección. Subió un técnico de industria con dos de mi empresa, midieron, abrieron el cuadro de la granja de Lascorz y encontraron lo que sabíamos que iban a encontrar: un grupo de veintitantos años, bien mantenido, con el aceite limpio y la batería nueva, conectado a la instalación sin conmutación de red, es decir, sin nada que impidiera que la corriente saliera de allí y se fuera hacia arriba, por el transformador, a la línea del valle.

Lo puso Lorenzo el electricista hace veintitantos años, que era un hombre muy apreciado en esta comarca y que llevaba ocho muerto.

Precintaron el grupo aquel mismo día. Beni lo legalizó en primavera, con conmutación automática, unos cuantos miles de euros y un expediente sancionador que le pusieron en el mínimo, porque el hombre colaboró desde el minuto uno y porque en cuarenta años no había tenido un problema con nadie.

La primera vez que lo vi después, en el supermercado, Bienvenido Lascorz dejó la cesta en el suelo, se me acercó y me dijo, delante de la cajera:

—Solans, yo no lo sabía.

—Lo sé, Beni.

—Yo no lo sabía. —Y a ese hombre grandísimo se le puso la voz como a un crío—. Todas las noches de tormenta de mi vida, y no lo sabía.

Y se fue sin la cesta. Y a mí, que llevaba dos años preparando esa conversación en la cabeza, no me dio ninguna satisfacción. Ninguna. Eso también hay que contarlo.

Se reabrió el expediente de Rai. Eso es lo bueno, eso es lo único limpio de todo este asunto y me lo llevo puesto: con la instalación identificada, con la pinza y con la declaración de Tasio, el accidente dejó de ser «tensión inducida agravada por una omisión del jefe de trabajos» y pasó a ser lo que fue.

A Rai le reconocieron el recargo de prestaciones y una indemnización de verdad, la que se corresponde con las manos que tiene, y el dinero llegó en otoño, dos años y pico tarde, como llega siempre.

Y ahora lo otro.

En mi empresa nadie se sentó en ningún banquillo.

Nadie. Ni el que cerró la carpeta en el pasillo del hospital, ni el que dio por bueno un informe que no explicaba unas quemaduras, ni Casamayor, que subió aquella tarde al bar a explicar a doce vecinos lo que costaba una inspección.

Hubo una revisión interna de procedimientos, muy seria, con un documento muy bien redactado.

La norma de la zona se extendió a la provincia entera en primavera, y en la presentación que se hizo en Zaragoza ya no se llamaba la norma de la Solans: se llamaba «Protocolo de presencia del agente de descargo en trabajos en zona rural dispersa».

Eso es lo que pasa siempre y no me pilló de sorpresa. Cuando algo se arregla de verdad, se arregla sin que nadie pague, y el que lo levantó se queda con el mochuelo.

Mi mochuelo tuvo tres partes.

La plaza de la central se la dieron a un compañero en mayo. Me lo dijo mi jefe de zona por teléfono, incómodo, hablando del perfil y del momento y de que «esto en dos años se olvida». Y tiene razón: en dos años se olvida. Pero en dos años esa plaza estará ocupada.

La segunda parte fue Casamayor, que hizo lo único que sabe hacer: cuando acabó la campaña, no renovó la designación de jefe de trabajos de Anastasio Mur.

Sin dramas, sin carta, sin una sola palabra fea.

«Reorganización de recursos.» Un hombre que denuncia a un cliente de la comarca es un hombre que no se puede llevar a una comarca, y eso en este sector no hace falta escribirlo en ningún sitio.

Y la tercera fueron doce puestos en el aserradero, en marzo, cuando el tablero se puso como se puso.

Yo no sé, y nadie va a saber nunca, cuántos de esos doce se habrían ido igual sin todo esto.

En el valle lo saben perfectamente: se fueron por mi culpa.

El marido de mi hermana no fue de los doce, y hay días en que eso me parece un milagro y días en que me parece una casualidad que no arregla nada.

El anillo se cerró tarde.

Casamayor retiró la brigada dos semanas «por prudencia», entraron las nieves grandes y aquello se quedó a medias hasta el final del invierno, tal como Tasio me había dicho en su casa, delante de la estufa, cuando tenía razón y yo le dije que no.

Lo cerramos en marzo, con el deshielo, con el barro hasta las rodillas y con él trabajando ya en el último mes de su contrata, sabiendo los dos lo que venía.

El interruptor grande del collado, el que se abre y se cierra a distancia desde el centro de control, subió en un camión, lo montamos en dos días, y el día de la puesta en servicio yo maniobré desde el centro y él estuvo abajo, con el radioteléfono, diciéndome «recibido» cada vez que le confirmaba una operación.

Y el valle, que ahora tiene dos caminos para que le llegue la luz, se pasó la primavera entera sin darle las gracias a ninguno de los dos.