ALTA TENSIÓN (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS 8) Capítulo 4 · 4.3
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Capítulo 4 · 4.3

Me dio su palabra y no la comprobé. Y puse la tierra. Eso es todo lo que aprendí en cuarenta y un años.

TASIO

Un valle a oscuras de verdad, con tormenta, es una cosa que no se olvida.

No es que no haya luz: es que no hay nada.

No hay farolas, no hay ventanas, no hay el resplandor de la estación arriba ni el letrero del hostal.

Solo la nieve cayendo de lado, que en la oscuridad se ve gris y suena, y de vez en cuando el ruido de una rama que se rompe por el peso, que es un ruido que pone los pelos como escarpias.

A mí me llamó Casamayor y luego el centro de control: un ramal de la umbría abierto por falta permanente, dos aldeas, la granja y la mitad del pueblo cabecera sin suministro, y el resto colgando del otro hilo.

La residencia con sus grupos. El anillo sin cerrar, a un seccionador de estar cerrado, o sea, sin servir para nada todavía.

Y el árbol en el sitio de siempre, porque en este oficio los árboles caen donde cayeron.

Salimos tres: Deo, Yeray y yo. Pardina estaba en Monzón, con su mujer.

Y bajó ella.

Bajó al tajo con la furgoneta de empresa, de noche, con tormenta, dos días después de que yo la dejara sola en un bar. Y lo primero que hizo al bajarse, con el frontal puesto y la capucha atada, fue lo que hace siempre: ir al seccionador a mirarlo con sus ojos.

Trabajamos sin hablar de nada que no fuera la maniobra. Es lo único que sabemos hacer los dos.

—Ramal de la umbría —dijo, con la voz de la radio, la plana—. Seccionador abierto, bloqueado y señalizado. Puesto a tierra en la salida de la subestación. Queda a su disposición. Descargo a nombre de Mur, Anastasio. Agente de descargo, Solans.

—Recibido —dije—. Repito: línea a mi disposición, descargo a mi nombre.

Y aquí pasó la cosa por la que estoy contando todo esto.

Yo tenía el frontal en la mano y la pértiga de verificación en la furgoneta, y tenía, como llevaba cinco semanas teniendo, la costumbre de subirme al camino de arriba a mirar la cuchilla con mis propios ojos, o de llamar al centro a preguntar por la maniobra, o de repasarle los papeles.

No hice nada de eso.

—Está muerta —dijo ella.

—Está muerta —repetí.

Y me la creí. Sin comprobar. Por primera vez en mi vida, y no me preguntéis cómo, porque no lo sé: aquella mujer, con la nieve pegada a la cara, en un valle que le había escupido y con mi frase del bar todavía en el aire, me dio su palabra y yo la cogí como se coge una herramienta buena.

Verifiqué la ausencia de tensión, porque eso no es desconfiar: eso es la tercera regla y se hace siempre.

Y luego hice la cuarta.

—Yeray. Baja el equipo de tierra. Los dos equipos.

—¿Los dos?

—Los dos. Este a la entrada y el otro aquí, en el punto de trabajo, antes de que suba nadie.

—Tasio, que son diez minutos y con este viento…

—Los dos, Yeray.

Y los pusimos. Con los guantes puestos, con la pértiga, a la luz de los frontales y con la nieve metiéndose por el cuello.

Deo no dijo nada, pero cuando terminé de apretar la última pinza me pasó por detrás y me dio un golpecito con el puño cerrado en la espalda, ahí, entre los hombros.

Treinta y cuatro años de línea, ese hombre.

No hay condecoración en este país que valga eso.

Subió Yeray, que trepa como una ardilla y que era el que tenía que subir, porque el trabajo era cortar la rama, revisar el puente y cambiar dos aisladores, y para eso hacen falta manos de veintitrés años.

Yo me quedé al pie, con la cuerda.

Ella estaba tres metros detrás, fuera de la zona delimitada, con la radio en la mano, hablando con el centro para confirmar que la falta seguía despejada.

Y en el fondo del valle, a un kilómetro en línea recta, sonó el arranque del grupo electrógeno de la granja de Lascorz.

Ese tosido. Y luego el runrún.

Lo oí y se me puso el cuerpo entero de una manera que no había tenido nunca, ni la otra noche.

—¡Yeray! —grité—. ¡Quieto ahí! ¡No toques nada!

Y entonces, debajo de mí, a metro y medio de mis botas, el equipo de puesta a tierra hizo pum.

No es un estallido de película. Es un golpe sordo y grave, como el de una puerta de hierro cerrada de un portazo en una nave vacía, y con él viene un fogonazo corto por debajo, entre la nieve, y un olor a metal que no es como el otro olor, gracias a Dios que no es como el otro olor.

La pinza se movió. El cable dio un latigazo.

Y la protección de arriba, en la subestación, o el propio grupo de Beni, o las dos cosas, se enteraron de que había un cortocircuito franco a tierra en un sitio donde no tenía que haber nada, y aquello se cortó solo.

Un segundo. Dos, lo más.

Silencio. Y luego, arriba, la voz de Yeray:

—¿Qué ha sido eso? Tasio. ¿Qué ha sido eso?

—Baja. Despacio. Sin tocar nada más que el apoyo.

Bajó por su pie, con los hierros de las botas, en veinte segundos que duraron una semana.

Se quitó el casco abajo, con las manos temblando, y se quedó mirando el equipo de tierra, y el equipo de tierra estaba así: la pinza soldada al conductor, con una muesca de cobre fundido, y el cable con el aislante abierto y humeando en la nieve.

Un cobre de tierra no revienta solo. No se funde en toda la vida de un hombre, y menos en una línea muerta y verificada dos veces. Para dejarlo así hace falta corriente, mucha, entrando por algún sitio y buscando el suelo.

Y el suelo, esta vez, era el atajo que habíamos puesto nosotros.

Eso es lo que se llevó por delante la corriente. Ese cable y esa pinza.

En lugar de una mano derecha de un hombre de treinta y dos años.

Deo se sentó en el estribo de la furgoneta y se quedó allí, con el bigote blanco lleno de nieve, mirando el suelo.

Y yo me arrodillé en la nieve y cogí el equipo con las dos manos, con los guantes, y lo levanté.

Quema. Todavía quemaba.

—Delia.

Ella estaba a tres metros, con la radio en la mano, con la capucha, con el frontal apuntándome, y no se había movido ni un centímetro, Se echó el frontal hacia arriba y le vi la cara: blanca, mojada, con la nieve deshecha en las pestañas y la boca apretada de cuando está calculando algo.

Y me dijo, con una voz que no era la de la radio:

—Estaba muerta. Yo la dejé muerta.

—Lo sé.

—Estaba muerta, Tasio. Lo estaba.

—Lo sé. —Me levanté con aquel hierro fundido en las manos y anduve hacia ella por la nieve—. Toda la vida ha estado muerta cuando lo has dicho tú.

Le puse el equipo delante.

—Toma. Levanta el acta con esto.

Y luego dije la otra cosa. Esa que llevaba dos inviernos sin decir, y que dije allí, de noche, en la umbría, con el grupo de Beni Lascorz todavía sonando abajo, con mi aprendiz de veintitrés años sentado en la nieve y con el hombre que me enseñó el oficio mirándome desde el estribo:

—Mañana lo cuento yo. En el bar, delante de todos, con mi nombre. Todo. Lo de aquella noche, lo de Sagrario, lo del patio del aserradero y lo del jueves.

—Se te va a caer todo.

—Ya se me cayó. —Y me oí decírselo, y era la primera cosa limpia que decía en dos años—. Tú me lo dijiste en el escalón de mi casa: esto no es la casa. Esto es el escombro.