Capítulo 4 · 4.2
Yo tenía el correo escrito. Tres líneas, pidiendo que mandaran a otro a acabar la campaña. Solo tenía que darle a enviar.
DELIA
Las cuarenta y ocho horas de después del bar fueron las peores de mi vida profesional, y no me refiero a lo del valle.
Lo del valle ya me lo esperaba. Sopa tarde, conversaciones que se paran, el dependiente del supermercado hablándome del tiempo con una amabilidad de funeral.
Dos hombres del aserradero mirándome fijo desde una mesa.
Nieves Barrau, que me dejó un plato de natillas que yo no había pedido y que se fue a la barra sin decir nada, que es la manera que tiene esta mujer de decir muchísimo.
Lo malo vino de los míos.
Me llamó mi jefe de zona el sábado. Un tío correcto, de los que se leen los procedimientos, que me firmó la norma hace dos años.
—Delia, el acta está registrada y va a seguir su curso, eso lo primero.
—Vale.
—Lo segundo es que me ha llegado una consulta. —Silencio de esos que se oyen—. Verás. Me han preguntado desde la contrata si existe relación personal entre el agente de descargo de la zona y el jefe de trabajos de la brigada.
Me senté en la cama de la habitación seis.
—¿Casamayor?
—No te voy a decir quién.
—Es Casamayor.
—Delia, yo te conozco y sé cómo trabajas.
Pero si eso es así, tú sabes lo que pasa: cualquier abogado, en cualquier procedimiento, va a decir que tu acta contra esa instalación está contaminada.
Que la levantaste por él, o contra él, o por lo que fuera, y que tu firma en esa zona no vale lo que valía.
Y lo peor de todo es que aquello no era una amenaza. Era la verdad. Era exactamente la verdad que yo llevaba cinco semanas intentando que no fuera verdad, con mi fórmula, con mis reglas, con mi «esto y eso no se mezclan nunca».
—¿Qué quieres que te diga? —dije.
—Nada. No me digas nada ahora. —Y bajó la voz—. Piénsatelo y llámame el lunes. Hay una plaza en la central que sale en primavera y que es tuya si la quieres, y de aquí nadie te va a mover por esto. Pero el acta la va a defender mejor otra persona que tú.
Colgué y me quedé con el teléfono en la mano.
Eso es el pozo, por si alguien no lo ha visto nunca de cerca: no es que te insulten en un bar. Es que la gente de tu propio oficio, con buena intención y con razón técnica, te explique amablemente que tu palabra ya no es limpia.
Llamé a mi hermana. Fui a casa de mi hermana, mejor dicho, que es lo que no había hecho en cinco semanas.
Olalla vive abajo, cerca del río, en un piso de dos alturas con dos críos y un marido que trabaja en el aserradero. Ahí está el chiste de esta historia, por si le faltaba algo: el marido de mi hermana carga tablero para Bienvenido Lascorz.
Me abrió, me abrazó como abraza ella, que aprieta, y me sentó en la cocina con un vaso de vino sin preguntar.
—Estás flaca.
—Estoy igual.
—Estás flaca y tienes esa cara de cuando ibas a los exámenes. —Se sentó enfrente—. Cuéntame.
Le conté. Todo menos una parte, y al llegar a la parte que no le iba a contar mi hermana me miró y dijo «con Mur, ¿no?», porque las hermanas son así, y yo no contesté, que también es contestar.
Y luego le pregunté yo.
—Olalla, tú me tienes que decir una cosa y me la tienes que decir de verdad. Si esto sigue, y viene la inspección, y le precintan a Lascorz la instalación y le abren expediente. ¿Qué pasa en tu casa?
Mi hermana se quedó dando vueltas al vaso.
—Pasa que Quique se va a comer todo el invierno con la duda. Ya lo está haciendo. —Y levantó la cara—. Y pasa que si el aserradero recorta, recorta a los últimos, y Quique tiene doce años allí, así que no es el primero. Eso es lo que pasa. No te voy a mentir para que te sientas mejor.
—Vale.
—No he acabado. —Y ahí mi hermana se puso a hablar como habla en la residencia, que la he oído y sé cómo es—.
Ahora yo te cuento la mía. En la residencia hay treinta y un residentes.
Tenemos dos grupos que aguantan la calefacción y la parte de arriba unas horas, y hay tres personas con concentrador de oxígeno enchufado a la pared.
La noche que se fue la luz siete minutos, siete, yo bajé corriendo con la linterna del móvil a mirar a la señora Amparo porque su concentrador hace un pitido que no se te olvida. Siete minutos.
—Lo sé.
—No lo sabes, porque tú estabas en el collado con tus postes.
—Me cogió la mano—. Delia, tú levanta lo que tengas que levantar.
Yo te firmo lo que sea, y si mi marido se queda sin cargar tablero, nos buscamos la vida como se la ha buscado esta familia siempre.
Lo único que te pido es que no te vayas otra vez.
Aquella noche escribí el correo.
Tres líneas. Que solicitaba, por concurrencia de circunstancias personales que podían comprometer la apariencia de imparcialidad, que la campaña la terminara otro agente de descargo, y que se mantuviera el acta con el informe técnico adjunto.
Es un correo impecable. Cualquier abogado, cualquier jefe, cualquier inspector diría que es lo correcto.
Y era, además, la salida limpia: coger el coche, bajar el puerto, dejar el valle con su anillo a medio cerrar y su grupo electrógeno y su hombre generoso, y en primavera una plaza en la central y una mesa con calefacción.
Lo dejé en borradores.
No por valentía. Lo dejé en borradores porque me acordé de una cosa que me había dicho ese hombre hacía dos semanas, desnudo, delante de una estufa: que en dos años nadie le había dado una norma en vez de una palmada en el hombro.
Y me acordé de mí misma diciéndole que no quería saber en qué me iba a convertir en cinco semanas.
Y me quedé mirando el borrador un rato largo, con el radiador haciendo ruido, con el candado rojo de aquel hombre todavía encima de la mesilla, sin devolver.
Entonces se puso a ulular el aire en el patio del hostal.
La tormenta entró por el puerto de noche, como entran aquí, sin preguntar.
En diez minutos no se veía la farola de enfrente.
Me llegó el aviso al móvil, y luego el segundo, y luego el tercero.
Bajé al comedor, que ya no había nadie, y Nieves estaba en la puerta mirando hacia la carretera con los brazos cruzados.
—Esto va a dar guerra —dijo.
Se fue la luz a los veinte minutos.
Y esta vez no volvió a los siete.