Capítulo 4 · 4.1
Lo hice con una frase verdadera. Es lo más sucio que he hecho en mi vida y no me hizo falta mentir ni una vez.
TASIO
El acta subió por su vía un lunes y este valle lo supo el jueves, que para estas cosas aquí no hace falta ni teléfono.
Funciona así: en la oficina de la comarca alguien ve un registro de entrada, y ese alguien tiene una cuñada en el aserradero, y a media tarde en el bar del hostal ya se dice que la de los papeles ha denunciado a Beni Lascorz.
No lo dicen con esas palabras. Lo dicen peor: dicen que «ha metido a Beni en un lío», que «ha puesto una denuncia por lo del grupo», y que «claro, ahora resulta que la culpa de lo del chico Mur es de Beni».
Y el viernes por la tarde, cuando bajamos del collado con el material, el bar estaba lleno y Casamayor había subido de Barbastro.
Quiero contar esto despacio, porque lo he repasado muchas noches y sé exactamente dónde estuvo el momento.
Estábamos los cuatro de la brigada y Casamayor de pie con el café, y había gente del aserradero, y estaba Nieves detrás de la barra con la cara de quien preferiría estar fregando.
Y estaba Beni Lascorz, en la esquina de la barra, con el anorak puesto y el vaso sin tocar, más pequeño de lo que es aquel hombre.
Porque eso es lo que nadie cuenta de cuando cae un asunto así: el primer día, el señalado no se defiende. Se queda con cara de crío al que le han dicho una cosa que no entiende.
—Yo lo puse para la cámara —dijo Beni, y lo dijo cuatro veces aquella tarde—. Yo lo puse para no perder el género. Me lo puso Lorenzo el electricista, que en paz descanse, hace veintitantos años. Yo no he tocado un cable en mi vida.
Y Casamayor, que es un profesional, dejó pasar un rato y luego lo dijo con esa voz suya de contable comprensivo:
—Nadie dice lo contrario, Beni, hombre. Aquí lo que hay es un procedimiento y una señora que ha decidido tirar de un procedimiento.
—Le dio un sorbito al café—. Y lo que viene detrás de eso es inspección, y lo que viene detrás de la inspección es que a mí me paran la obra tres semanas «por prudencia», y adiós anillo, y el año que viene otra vez a pedir presupuesto. Eso es lo que hay.
Se hizo el silencio del bar. Y el primo de Pardina, que es encargado de tablero, dijo lo que tenía que decir alguien:
—Y Tasio, ¿qué dice? —Se giró hacia mí—. Tú estabas allí, Tasio. Tú eres el que estaba allí aquella noche. Tú qué dices, ¿eh? ¿Tú crees que a tu hermano lo quemó el grupo de Beni?
Y todo el bar se me quedó mirando.
Aquí es donde yo tenía diez segundos.
Yo tenía diez segundos y las palabras dentro de la boca, y las palabras eran estas: «Aquella noche oí ese grupo arrancar. Y las quemaduras de mi hermano no son de un inducido. Y esa mujer lleva dos años pagando por una cosa que yo sé».
Eso es lo que había que decir. Lo sabía mientras me pasaba.
No es que lo haya entendido después, con el tiempo, dándole vueltas: lo supe allí, de pie, con la cerveza en la mano, delante de doce personas y con Beni Lascorz mirándome desde la esquina de la barra como mira un perro bueno cuando no sabe qué ha hecho mal.
Y dije:
—Yo digo lo que dice el expediente. Y en el expediente pone que el único que se saltó un paso aquella noche fui yo, y lo firmé con mi nombre.
Fue todo. Ni una mentira. Ni media.
Se armó un rumor de aprobación por todo el bar, esa cosa espesa que se le hace a uno cuando dice lo que la gente quería oír. Alguien me puso la mano en el hombro. Nieves cerró los ojos un segundo. Y el primo de Pardina remató, ya con el permiso de todos:
—¿Lo veis? Si el propio Tasio lo dice. Aquí lo que pasa es que hay gente que necesita quitarse un muerto de encima dos años después.
Y así, con una frase verdadera dicha por el hombre adecuado en el sitio adecuado, aquel valle convirtió el acta de una técnica de seguridad en la maniobra de una mujer que quería limpiarse el expediente.
Salí al aparcamiento y vomité la cerveza detrás de la furgoneta.
Yo me había dicho tres cosas para llegar hasta ese segundo. Que era por el anillo, porque cerrarlo es la única cosa que va a impedir que este valle se quede a oscuras en el peor mes. Que era por mi hermano, que sin Sagrario está perdido. Que era por cuarenta nóminas.
Y todas eran verdad, y ninguna sirve, porque lo que yo hice en aquel bar no fue defender un anillo.
Lo que hice fue lo mismo que hice en el patio del aserradero hace dos inviernos, otra vez, con la misma cara, y esta vez con ella delante.
Porque ella entró en el bar cuando quedaba gente, con la carpeta debajo del brazo, a cenar, como cada noche, y lo que se oía todavía era el eco de eso.
No me miró. Eso fue lo peor. Pidió su cena en la barra, esperó, se la comió en la mesa de la esquina con el ordenador abierto, y se subió a la habitación seis, y en ningún momento de toda la noche me miró, ni una vez, ni de refilón, porque esa mujer no gasta miradas en gente que ya ha clasificado.
Al día siguiente subí a casa de mi hermano.
Rai estaba en la cocina y ya lo sabía, porque aquí se sabe todo, y me estaba esperando de pie.
—Siéntate —le dije.
—No me da la gana.
—Rai.
—Que no me da la gana, Tasio. —Y levantó las dos manos, las dos, a la altura del pecho, que es una cosa que mi hermano no hace nunca, y que yo no puedo mirar—.
¿Esto? Esto lo tengo así para siempre. Y he tardado dos años en aprender a atarme los cordones con un aparato de plástico, y he aprendido, y estoy vivo, y estoy contento la mayor parte de los días, ¿me oyes? La mayor parte de los días.
—Te oigo.
—Pues entonces escúchame lo otro. —Se le quebró y siguió—. ¿Tú te has pasado dos años dejando que una mujer cargue con esto para que a mí me venga la Sagrario tres mañanas?
—No es solo eso.
—Contéstame.
—Sí.
Se dio la vuelta. Se quedó de cara a la ventana, mirando la solana, y estuvo así un rato largo. Y cuando habló no gritaba.
—Devuélvele la Sagrario a Beni.
—Rai.
—Que se la devuelvas. Hoy. —Se giró—. Yo no quiero unas manos pagadas, hermano. Y tú no eres el que decide lo que yo aguanto.
Y esa misma noche, cuando bajaba de la aldea con eso puesto, dispuesto por fin a hacer lo único decente que me quedaba, entró la tormenta por el puerto.