ALTA TENSIÓN (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS 8) Capítulo 3 · 3.3
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Capítulo 3 · 3.3

Se lo perdoné todo en tres minutos menos una cosa, y la que no le perdoné es la única que no se puede arreglar con nada.

DELIA

Voy a decir primero lo que no me rompió, porque es importante y porque es lo que nadie entiende cuando cuento esta historia.

No me rompió lo del atajo de aquella noche.

Ese hombre no puso la tierra del punto de trabajo con una tormenta encima y una ventana de descargo acabándose, y eso me lo puede explicar cualquiera que haya pisado un tajo con nieve.

No lo justifico y no lo voy a justificar nunca, y por eso escribí una norma que llevaba mi apellido y que él cumple cada mañana.

Pero lo entiendo. Eso lo hacen hombres buenos, y por eso hay reglamentos: porque los reglamentos existen para los días en que somos peores que nosotros mismos.

Tampoco me rompió el silencio del hospital. Un hermano medio muerto, un expediente encima y un técnico cerrándole la carpeta en la cara. Nadie insiste dos veces a los tres días de eso.

Lo que me rompió fue la cuenta del patio del aserradero.

Que un hombre se sentara, o se quedara de pie, delante de Bienvenido Lascorz, con las palabras ya dentro de la boca, y calculara. Nóminas, hermano, Sagrario, valle, y en la otra columna una mujer de Barbastro que subía en furgoneta a darle su palabra.

Eso no es un atajo con nieve. Eso es una decisión tomada en frío, en un patio, un día laborable, con el ruido de una sierra de cinta al fondo.

—Se denuncia —dije.

—Delia.

—Se denuncia la instalación. Mañana. Yo levanto acta de sospecha, la subo por mi vía, entra inspección, y si ese grupo está conectado sin conmutación, se precinta y se abre expediente.

—Yo hablaba mirando la estufa, con tu camisa puesta, contando pasos como cuento maniobras—.

Y el expediente de Rai se reabre. Y esto se convierte en lo que es.

—Sé exactamente lo que va a pasar si haces eso.

—Yo también. Lo he pensado más veces que tú.

—¿Ah, sí? —Y ahí se levantó del suelo, de golpe, y el suelo de aquella casa entera pareció más pequeño—. ¿Has pensado en Sagrario? ¿Has pensado en que mi hermano se queda sin tres mañanas a la semana? ¿Has pensado en el aserradero en enero, con el precio del tablero como está?

—He pensado en Yeray.

—Yeray no tiene nada que ver.

—Yeray tiene veintitrés años y sube a un poste cada mañana en el mismo valle con los mismos grupos electrógenos en las mismas granjas, y cada vez que hay tormenta el valle se queda a oscuras y arrancan todos.

—Me levanté yo también—. Tasio, esto no es un asunto de hace dos años.

Esto está pasando hoy. Hoy. Esta noche, si se va la luz.

Lo único que ha cambiado en este valle desde que quemaron a tu hermano es que ahora hay una norma con mi apellido que hace que alguien baje al tajo a mirar.

—Un mes —dijo.

—No.

—Escúchame. —Y puso las manos delante, las dos palmas abiertas, como cuando se pide calma en un tajo—.

Un mes. Lo que queda del anillo son cinco apoyos y el seccionador de arriba.

En cinco semanas estamos cerrando y este valle deja de colgar de un hilo para siempre.

Si tú levantas un acta contra Lascorz mañana, esa obra se para.

—Esa obra no se para por un acta.

—Esa obra se para porque la servidumbre de los apoyos diez y once es de Lascorz y está firmada en un papel que ese hombre firmó por amistad, sin cobrar un duro.

Y porque Casamayor, en cuanto huela un inspector en este valle, va a retirar la brigada tres semanas «por prudencia», y en tres semanas entran las nieves grandes, y el anillo se queda sin cerrar hasta el año que viene.

Y el año que viene también habrá tormentas.

Y ahí está lo peor de todo: que tenía razón.

Eso hay que decirlo, porque si no, esta historia parece más fácil de lo que fue.

Aquel hombre, en su casa, medio vestido, con la cara de haber confesado la peor cosa de su vida hacía diez minutos, me estaba dando un argumento bueno.

Un argumento técnico, de los míos, de los que yo defiendo en las reuniones de Zaragoza.

Y aun así.

—No —dije.

—Delia.

—No, Tasio. Y te voy a explicar por qué, y luego me voy a ir de tu casa, porque si me quedo esta noche mañana no valgo para dar un descargo.

—Dímelo.

—Porque yo no soy la de los papeles. —Me oí.

Estaba tranquila y era mentira—. Porque llevo dos años en este valle siendo la mujer que dice que una cosa está muerta, y ese es el único trabajo que tengo.

Y si yo hoy, sabiendo lo que sé, aunque sea por una razón buenísima, aunque sea por el anillo, aunque sea por los mayores de la residencia donde trabaja mi hermana, me guardo cinco semanas un informe de seguridad en un cajón, entonces mi palabra no vale nada.

Ni la de mañana, ni la del lunes, ni ninguna.

Y tú te vas a subir a un poste con ella puesta.

Se quedó allí, quieto, con los brazos colgando.

—Eso es lo que hiciste tú —dije—. Exactamente eso. Tú hiciste una cuenta buenísima, con razones buenísimas, todas de verdad: tu hermano, cuarenta nóminas, un hombre generoso que no te pidió nada. Y por eso, dos años. Y yo no quiero saber en qué me convierto yo en cinco semanas.

Cogí mis cosas del suelo. Me vestí allí mismo, delante de él, porque ya daba igual todo.

—Delia.

—Mañana en el siete al amanecer. Y quiero que sepas dos cosas antes de que abra esa puerta, y las dos son verdad al mismo tiempo.

—Me temblaba todo, y la voz no, que en eso soy buenísima—.

La primera es que nunca en mi vida nadie me ha contado una cosa como la que me has contado esta noche, y sé lo que te ha costado.

—Y la segunda.

—Que el lunes por la mañana tienes un descargo mío y es tan bueno como todos los demás. Yo no mezclo. Nunca he mezclado.

Abrí la puerta y el frío entró como entra aquí, de golpe y hasta los huesos.

—Cojo el acta —dije, ya con un pie fuera—. La levanto yo y la firmo yo. Y no la voy a levantar contra Beni Lascorz, que ese hombre no sabe lo que tiene en la granja. La voy a levantar contra un grupo electrógeno.

—Ya sé contra qué la vas a levantar. —Y le oí la voz rota por primera vez en cinco semanas—. Y yo voy a tener que estar en el bar de este valle cuando llegue el inspector.

—Sí.

—Delia, si tiro de ese hilo se me cae todo.

Me giré en el escalón.

Y le dije, desde abajo, mirando a un hombre enorme recortado en la puerta de su propia casa con la estufa encendida detrás, lo único que me quedaba por decirle:

—Ya se te ha caído, Tasio. Lo que llevas dos años sujetando no es la casa. Es el escombro.