ALTA TENSIÓN (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS 8) Capítulo 3 · 3.2
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Capítulo 3 · 3.2

Llevaba dos años con eso dentro. Se me acabó una noche, en mi propia casa, con las manos puestas en la única persona que no se lo merecía.

TASIO

Aquella noche vino a mi casa por primera vez.

Siempre habíamos estado en el hostal, que era lo cómodo y lo prudente, y de pronto, bajando de casa de mi hermano, dijo:

—Llévame a la tuya.

—Es un desastre.

—No te he preguntado por la decoración.

Mi casa es una casa de hombre solo: dos habitaciones, la cocina, la estufa de leña, un sofá que está enfrente de la estufa y no enfrente de la televisión, y en la entrada el tablero con los cascos y los arneses colgados, porque el material se seca dentro o no se seca.

Encendí la estufa y ella se quedó de pie en la entrada, mirando aquel tablero un rato largo, con el abrigo puesto todavía.

—¿Qué miras?

—Tu casco viejo.

—Está reventado. Lo tengo ahí por vago.

—No lo tienes ahí por vago.

Tiene esa cosa Delia Solans. No te discute: te pone la frase encima de la mesa y se calla, y te deja a ti con ella.

Hicimos el amor en el suelo, delante de la estufa, con una manta de mi madre debajo.

Y aquella vez fue distinta de todas las del hostal, porque en el hostal había prisa y un valle al otro lado de la pared, y allí no había nada: solo el fuego haciendo ruido y una mujer desnudándose despacio delante de un hombre que llevaba dos años sin dejar entrar a nadie en su casa.

—Pídelo —dijo.

—Solans. ¿Tengo descargo?

—Lo tienes.

La quise despacio, que es como no la había querido todavía.

Le fui aprendiendo las cosas de memoria: la cicatriz de la rodilla de cuando se cayó con la bici en esta misma carretera con doce años, la manera que tiene de arquear la espalda cuando la cojo por debajo, el sitio exacto del cuello donde se le va la voz.

Estuve un rato largo solo con la boca y con las manos, comprobándolo todo dos veces, que para eso nací, y ella se dejó comprobar y me tiró del pelo y me dijo al oído, con la voz deshecha, que nunca en su vida nadie le había prestado tanta atención.

Y yo pensé, encima de ella, con las manos llenas de esa mujer: se lo tengo que decir.

Así, tal cual, con esas palabras.

Porque estaba oyendo la voz de mi hermano en su cocina, cuatro horas antes, diciéndolo delante de los dos como quien habla del tiempo.

Y estaba viendo la cara que había puesto ella al bajar el vaso.

Y estaba viendo, en mitad de lo mejor que me había pasado en años, la película entera de estos dos inviernos: el técnico cerrando la carpeta en el pasillo del hospital, el valle eligiendo culpable, Beni pagando a Sagrario en el patio del aserradero sin mirarme, y yo callado, callado, callado, mientras esta mujer subía por el puerto cada mañana a darme su palabra.

Me paré.

No fue un accidente ni una torpeza de hombre distraído. Me paré en seco, con la frente apoyada en su hombro y las dos manos abiertas y quietas a los lados de su cabeza.

—Cierro el descargo.

Esa mujer no preguntó por qué. Es lo que me prometió y es lo que hizo: me pasó las dos manos por la espalda una sola vez, despacio, como se calma a un animal grande, y se estuvo callada.

—Vale —dijo—. Está cerrado. Ven aquí.

Nos incorporamos los dos. Me dio mi camiseta, se puso ella mi camisa de faena, y nos quedamos sentados en la manta, delante de la estufa, en una casa que huele a leña y a hierro.

Y entonces se lo conté todo.

—Lo sé desde el primer año —dije—. Lo del grupo de Beni.

Ella no dijo nada. Se le pusieron los ojos así de fijos, ni un pestañeo.

—Aquella noche lo oí arrancar. Con Rai en el suelo, mientras esperábamos a la ambulancia, lo oí y no pensé nada, porque no se piensa nada en esos minutos.

Y después, en el hospital, a los dos o tres días, empecé a hacer cuentas.

Leí el informe cuando llegó y lo de la tensión inducida se me quedó atravesado.

Yo he visto inducidos, Delia. He visto a tíos volando de un poste por un inducido y bajar cagándose en todo y estar a las dos horas en el bar. Mi hermano no está en el bar.

—No —dijo ella—. Tu hermano tiene una entrada por la mano y una salida por la corva.

—Eso es un circuito.

—Eso es un circuito.

—Y para que haya circuito, alguien tenía que estar empujando por detrás.

—Miré el fuego, porque no le podía mirar la cara—.

Lo dije una vez. En el hospital, de madrugada, a un técnico de tu empresa que vino a tomarme declaración.

Le dije que en este valle hay grupos en cada granja y que yo esa noche oí uno.

Y aquel hombre me cerró la carpeta, me habló despacito y me dijo que era normal que yo buscara explicaciones, que lo importante ahora era mi hermano.

—¿Y qué hiciste?

—Nada.

Se levantó. Anduvo dos pasos, se paró, volvió y se sentó otra vez, y todo lo hizo en silencio, que era lo que me estaba matando.

—Sigue —dijo.

—Al mes de aquello, Beni me llamó al patio del aserradero.

Y me dijo, sin mirarme, que al chico le hacía falta una mujer que le ayudara en casa y que a mí me hacía falta trabajar, y que eso lo arreglaba él.

Sagrario. Tres mañanas por semana. La paga él, entera, desde entonces, y no se lo ha dicho a nadie más que a mí.

—¿Te pidió algo a cambio?

—Nada. Ni una palabra, ni un guiño, ni una condición.

—Y aquí me oí la voz y no me gustó nada—.

Eso es lo que no se entiende de fuera. Ese hombre no me compró.

Ese hombre me regaló la única cosa que necesitaba mi hermano en el mundo, de corazón, y se quedó tan ancho.

Y yo entendí, esa misma tarde, que si yo empezaba a hablar de grupos electrógenos en el valle, la que se caía era su casa.

Y con su casa, el aserradero. Y con el aserradero, cuarenta nóminas. Y las tres mañanas de Sagrario.

—Y decidiste.

—Decidí.

Lo dije así porque es así. Sin adornos. Yo no fui un hombre arrastrado por las circunstancias: fui un hombre que hizo una cuenta en el patio de un aserradero y se calló.

—Y luego pasó lo otro —dije—. Lo que me deja sin ningún sitio donde ponerme.

—Dilo.

—Que este valle te eligió a ti.

La estufa hizo ese ruido que hacen las estufas cuando se cae un tronco por dentro.

—Yo no lo empecé —dije—. Eso te lo juro por mi madre, y es la única cosa que me voy a defender esta noche: yo nunca dije en un bar que la culpa fuera tuya.

Pero el valle lo dijo. Lo dijo el primer mes, con las cosas ya medio sabidas, con lo del expediente y lo de la sanción y la palabra «descargo» rebotando de casa en casa sin que nadie entienda lo que significa.

«La de los papeles.» «La que dio la orden.

» «Una tía desde un despacho de Zaragoza.

» Y todo el mundo empezó a ponerme la mano en el hombro.

—Y tú no los corregiste.

—Ni una vez. En dos años, ni una vez.

Se llevó las dos manos a la cara. Fue el único gesto que hizo en toda la noche que no tenía control detrás.

—Sabes lo que es eso —dijo, y le salió la voz de muy abajo—. Dilo tú, porque si lo digo yo parece que me estoy quejando, y yo no me quejo nunca. Dilo tú.

—Lo sé.

—Dilo.

—Que has pasado dos años siendo la mujer que quemó a un chico de treinta y dos años en un valle que es tu casa.

Que te sirven la sopa tarde. Que tu hermana no te puede tener a cenar sin que le pregunten.

Que no has vuelto en dos Navidades. —Y ahí tuve que tragar—.

Y que yo lo sabía. Cada día. Y me lo callé para no tocar la casa del hombre que le paga la ayuda a mi hermano.