Capítulo 3 · 3.1
Fue el mejor día de la obra y el mejor de mi vida en muchos años. Por eso me acuerdo de todo, incluso de la frase.
DELIA
El día del helicóptero este valle se para.
Sube desde la era de abajo con el apoyo colgando de la eslinga como un insecto enorme cargando una brizna, y hace ese ruido que se te mete en el pecho, y todo el mundo lo mira: los del aserradero salen al patio, los de la residencia asoman a los mayores a la ventana con mantas, y los críos de la escuela se ponen a chillar.
Once apoyos, y los dos últimos, el diez y el once, en el prado de Lascorz, en lo alto, con el collado abierto y un sol de esos de enero que engaña y calienta.
Salió perfecto. El piloto era uno de Jaca que parece que aparque un coche, y en dos horas y media tuvimos los dos apoyos en su sitio, a plomo, con la brigada trabajando abajo como un mecanismo.
Cerré el descargo a media tarde con la fórmula entera y con una cosa rarísima dentro que tardé un rato en reconocer y que era alegría.
Deo se acercó con la cara colorada del frío, se colocó el bigote y dijo:
—Oiga, Solans.
—Dime, Deo.
—Que en treinta y cuatro años he visto muchas obras y esta se va a cerrar en plazo, y en este valle no se cierra en plazo ni una boda. —Escupió al suelo, que en él es coma—. Y también le digo que el mérito es medio suyo y que se lo digo yo delante de quien quiera oírlo.
Me duró una semana esa frase. Lo digo para que se entienda cómo estaba yo aquel día: con la obra en plazo, con un valle que empezaba a saludarme en el supermercado sin mirar alrededor, y con un hombre que subía tres pisos de hostal cuatro noches por semana y que había aprendido a decir «tienes descargo» como no lo ha dicho nadie en la historia de este oficio.
Porque eso llevábamos. Cinco semanas de obra y dos de lo otro, hechas de noches en la habitación seis, de una fórmula usada en voz baja, de un candado rojo en la mesilla de noche que yo no había devuelto, y de un hombre que en el tajo no me tocaba ni con la mirada delante de sus hombres y que en el pasillo, al final del día, me pasaba el pulgar por el dorso de la mano al cruzarse conmigo y se iba sin decir nada.
Y de la otra cosa. La otra cosa también estaba, debajo de todo, callada: un informe técnico de la página once y un informe médico de la página veintitrés que no se hablaban entre ellos, y un hombre que me sostenía la mirada mientras me decía «pues entonces ya está».
La noche del helicóptero me llevó a cenar a casa de su hermano.
No me lo pidió como se pide un favor ni me lo anunció como se anuncia un paso. Bajamos del collado en la misma furgoneta, oliendo los dos a gasoil y a monte, y a la altura del desvío de la aldea dijo:
—Rai ha hecho migas.
—Ajá.
—Ha hecho migas para tres.
—¿Y eso lo has decidido tú o lo ha decidido él?
—Lo ha decidido él —dijo, con las dos manos en el volante—. Hace cuatro días. Y lleva desde entonces dándome la lata.
La casa de los Mur es la última de la aldea, con el tejado cargado de nieve y la luz de la cocina amarilla en medio de todo aquel azul. Y Rai Mur estaba en la puerta esperándonos con un paño al hombro.
De ese hombre yo tenía dos cosas: veintitrés páginas de informe y una foto de archivo del periódico. Nada más. Y de pronto tenía delante a un tío guapísimo, más joven que su hermano, con una camisa arremangada y unas manos que yo llevaba dos años viendo descritas en lenguaje médico.
Me tendió el antebrazo, que es su manera de dar la mano.
—Delia Solans —dijo—. Coño, por fin. Que llevo dos años queriendo conocerte.
—Ya me ves.
—Ya te veo. —Me miró de arriba abajo sin ningún disimulo y luego miró a su hermano—. Tasio, hijo, tú tienes una suerte que no te mereces, y lo sabes.
—Rai.
—¿Qué? Si lo piensas. —Y a mí—: Oye, y eres mucho más alta de lo que dicen. En el bar te describen como una funcionaria con gafas, y apareces con esa cara de cuchillo y con esos ojos, y este lleva cinco semanas sin decir una palabra de ti, que es lo que hace cuando algo le importa.
—Rai, por Dios.
—Es un halago, mujer. Aquí arriba, decir «cara de cuchillo» es casi una declaración. —Y me abrió la puerta de la cocina con el codo—: Pasa, pasa, que las migas se pasan y yo hago las cosas al ritmo de la Seguridad Social, que dice este.
Aquella cocina, aquella noche, es de las cosas que me voy a llevar.
Comimos migas con uvas y con torreznos, y bebimos un vino de la Ribera que sube Rai con un pedido cada dos meses, y yo me reí como no me había reído en el valle desde que tenía diecisiete años.
Rai Mur tiene una lengua que corta el jamón solo.
Se metió con su hermano sin piedad, se metió con la norma de la Solans —«la mejor cosa que le ha pasado a esta brigada, y que le den por saco a Casamayor»—, se metió con Beni, se metió con el cura, y se metió con sus propias manos dos veces, delante de mí, con esa naturalidad brutal del que ha decidido que si él lo nombra primero nadie más tiene que andar buscando la manera.
Y en medio de todo eso, en un momento tonto, pasando el plato, dijo la frase.
Estábamos hablando de la luz. De eso se habla aquí como en otros sitios se habla del fútbol: de los bajones, de los cortes, de los siete minutos del otro día, de si el anillo va a arreglarlo o no.
—Pues yo, desde que estoy así, lo que me da miedo es quedarme sin luz con la estufa eléctrica del cuarto —dijo Rai—.
Aquí arriba, cuando se va, se va de verdad.
El único que no se enteró nunca fue Beni, el cabrón, que tiene el grupo desde antes de que yo naciera.
Ese tío, tormenta que hay, tormenta que arranca el grupo.
Y siguió comiendo.
Yo bajé el vaso a la mesa con muchísimo cuidado, porque me tembló la mano y no quería que se oyera el cristal.
Tormenta que hay, tormenta que arranca el grupo.
Un grupo electrógeno grande, en una granja con cámara frigorífica, conectado quién sabe cómo, a un kilómetro en línea recta de un apoyo de la umbría.
Una noche de tormenta con el valle a oscuras.
Una línea abierta, bloqueada, verificada y muerta, con mi palabra puesta encima.
Y un chico de treinta y dos años subido a ella con una mano en el conductor.
Toda la física del mundo entró en aquella cocina y se sentó con nosotros.
—¿Delia? —dijo Rai—. ¿Te he dicho algo?
—No, no. —Sonreí. Todavía no sé cómo—. Que estoy pensando en el conmutador del anillo, que mañana hay que probarlo.
—Qué manía con trabajar, esta gente.
Y entonces hice lo que hace uno cuando le estalla algo dentro y hay tres personas cenando: miré a Tasio.
Miré a Tasio buscando lo que busca cualquiera. Buscaba a un hombre al que su hermano le acaba de decir, sin saberlo, de dónde salieron los veinte mil voltios que le comieron las manos. Buscaba el golpe, el pestañeo, la cara del que acaba de entender.
Y lo que encontré fue a un hombre mirando el fondo de su vaso.
Quieto. Sin una sola sorpresa en ninguna parte.
Con la cara exacta que yo había visto en la pista de arriba, encima del capó de la furgoneta, cuando le dije que aquella línea tenía algo dentro y me contestó que lo que él creyera no había puesto la tierra del tajo.
Seguimos cenando. Me reí dos veces más, creo.
Rai nos sacó orujo y se lo bebió él. Y en algún momento de la noche, mientras recogíamos los platos y Tasio le cortaba el pan del día siguiente a su hermano sin que nadie lo pidiera —y hay que verlo, a ese hombre, en la cocina de su hermano: en el tajo ocupa el sitio entero, es el más grande de cualquier grupo y todos esperan a que hable, y allí se sienta en el borde de la silla, con esas manos enormes quietas encima del hule, y no levanta la voz ni una vez—, entendí que yo llevaba dos semanas metiéndome en la cama con el único hombre de este valle que sabía lo que había pasado.
Y que llevaba dos años sin decirlo.