Capítulo 2 · 2.3
Si vamos a hacer esto, se hace con mi fórmula. No la tengo por gusto: la tengo para que nadie se confunda de sitio.
DELIA
Aquella noche no cené en el comedor.
Subí a la habitación con un bocadillo sin tocar, con la frase de Beni Lascorz dándome vueltas —la culpa de esas cosas no es de nadie— y con la cara de Tasio en la pista, sosteniéndome la mirada mientras me mentía.
Ya de noche cerrada llamó a mi puerta.
No abrí enseguida. Me quedé de pie al otro lado, con la mano en el picaporte, haciendo lo único inteligente que hice en toda la noche: contar hasta diez y decidir con la cabeza.
—Sé que estás ahí —dijo desde el pasillo—. Se oye el suelo.
Abrí.
Traía el pelo mojado de la ducha y la cazadora puesta, y olía a frío y a jabón de ese que se vende en garrafas. Se quedó en el umbral, con las dos manos en los bolsillos, como se queda un hombre que se ha jurado no entrar.
—Mañana no hay descargo —dijo—. Hasta el lunes, que sube el helicóptero y no se puede tocar la línea.
—Eso ya lo sé, Tasio. Los descargos los doy yo.
—Ya. —Miró el suelo—. Ya lo sé que lo sabes.
Y ahí estuvimos un rato tonto, los dos, que aquel hombre había subido tres pisos de hostal para decirme algo que yo tenía firmado en mi carpeta.
—Entra —dije—. Y cierra.
Entró. Cerró. Y el cuarto se hizo la mitad de grande.
—No he venido a que me perdones nada —dijo.
—No te iba a perdonar nada.
—Bien.
—Ni a discutir el informe.
—Mejor. —Tragó saliva. Este hombre grandísimo, con las manos hechas de intemperie, tragó saliva como un chaval—.
He venido porque llevo tres semanas comprobando cosas que ya sé y hoy me has dicho por qué, y me ha dado una vergüenza que no se te puede ni contar.
Y porque hay una cosa que no puedo comprobar de ninguna manera y me tiene medio loco.
—¿Cuál?
—Si esto me lo estoy inventando yo solo.
Y ahí es donde tuve que decidir, y quiero que quede claro que decidí yo.
No me arrinconó nadie en ningún pasillo, no hubo copas, no hubo un empujón de esos que sirven de excusa.
Un hombre en el que pienso desde que tengo su voz en una grabación estaba a un metro de mí, en una habitación pagada por mi empresa, diciéndome que no sabía si esto era solo suyo.
—No te lo estás inventando.
Dio un paso. Y yo le puse la mano en el pecho otra vez, igual que en el pasillo de las cajas de cerveza, y esta vez no la aparté.
—Espera. Una cosa. La más importante.
—Dime.
—Mañana no hay descargo, ni el domingo, pero el lunes sí. Y el lunes yo te tengo que decir que una cosa que puede matarte está muerta, y tú te tienes que colgar de un hierro con eso puesto.
—Lo sé.
—Entonces esto y eso no se pueden mezclar nunca.
Ni una vez. —Le apreté la palma contra el esternón, para que lo sintiera con el cuerpo—.
Y como sé que se van a querer mezclar, lo vamos a hacer al revés: aquí dentro se usa mi fórmula.
La misma. Palabra por palabra. Para que ninguno de los dos se confunda de sitio nunca.
Y aquel hombre, que llevaba veinte años recibiendo descargos por radio, entendió lo que le estaba proponiendo antes de que acabara la frase, y se le puso una cara que no le había visto en cinco semanas.
—A ver si lo he entendido.
—A ver.
—No pasa nada hasta que me lo des.
—Nada.
—Y si me lo das, ¿me lo puedes quitar?
—Cuando me dé la gana. Se llama cerrar el descargo y no hay que explicarlo. Y tú también puedes cerrarlo, cuando quieras, sin decir por qué, y yo no pregunto.
Se quedó callado un segundo. Y después pasó una cosa rara, muy rara, que fue que a un hombre de cuarenta y un años se le humedecieron los ojos un instante, justo antes de ponerse a sonreír de medio lado.
—Joder —dijo—. Es la primera vez en dos años que alguien me da una norma y no una palmada en el hombro.
—Pídelo.
Levantó la cabeza. Y con la voz exacta, la plana, la de la radio, la que yo tengo grabada:
—Solans. ¿Tengo descargo?
—Tienes descargo.
Lo besé yo, que para eso decidía yo, y ese hombre me besó como si llevara cinco semanas midiendo exactamente cuánta fuerza podía usar y por fin alguien le hubiera dado el número.
Me levantó del suelo con un brazo por debajo, sin esfuerzo, y me sentó en la cómoda de la habitación seis, entre la carpeta de los partes y el ordenador, y yo le arranqué la cazadora y él me sacó el jersey por la cabeza y se quedó parado.
—Sigue.
—Deja que mire.
—Mira luego.
—No.
Y esa fue la única orden que dio en toda la noche, y la dio con la voz baja, y yo se la dejé dar porque me salió de dentro dejársela.
Me miró. De arriba abajo, sin prisa, con esa atención bestia que le pone a una cruceta a veinte metros del suelo, y yo, que llevo doce años de pie delante de brigadas enteras, me puse colorada como una cría.
—¿Qué pasa? —dije.
—Que llevo cinco semanas trabajando a dos metros de ti con la ropa de faena puesta y no tienes derecho a estar así debajo.
—Eso no es una queja muy profesional, Mur.
—Recibido.
Y se puso de rodillas en el suelo de una habitación de hostal, delante de la cómoda, y me quitó las botas y los pantalones con las dos manos, y luego me separó las rodillas con los pulgares como se abre una puerta que no es tuya y te han dado permiso, despacio, mirándome a la cara para que yo le viera pedirlo otra vez sin hablar.
—Sigue —dije.
Y siguió, y aquel hombre hizo con la boca lo que hace con las manos: con un cuidado brutal, sin una sola prisa, parándose exactamente donde se tenía que parar y volviendo cuando yo le tiraba del pelo, comprobando, siempre comprobando, y yo, que estaba agarrada al borde de la cómoda con los papeles de mi propia obra arrugándose debajo, dije cosas en aquella habitación que no he dicho en mi vida.
—Así. Ahí. —Y me oí la voz—. No pares. No se te ocurra parar.
—No paro.
—Dilo con la fórmula.
—No paro —dijo, con la boca pegada a mi muslo—. Recibido y no paro.
Me deshizo así, con la frente apoyada en mi pierna y una mano abierta en mi vientre para sujetarme, y no me dejó bajar de la cómoda hasta que se le pasó la risa de gato que le salió cuando me vio temblar.
Y después le hice una cosa que me apetecía desde el primer día, que fue mandarlo a la cama y quitarle yo la ropa por capas, como se desmonta algo, y encontrarme debajo el mapa de este oficio: el hombro derecho hecho una pena, los antebrazos, la cicatriz de la mordedura de un cable en el dorso de la mano, y un hombre enorme al que le temblaban las piernas cuando yo le pasaba la boca por el hueso de la cadera.
—Delia.
—Chsss.
—Delia, espera.
Y me paré en seco, con las dos manos quietas en el sitio, sin tocar nada.
—¿Cierras el descargo?
—No. —Se rió, ahogado, con el antebrazo sobre los ojos—. No, Dios, no. Es al revés. Que si sigues así me vas a tener sin nada en cuatro minutos y llevo dos años sin... —Se calló—. Que me esperes. Nada más.
—Te espero.
Lo esperé. Con la palma abierta encima de su pecho, contándole los latidos, en una habitación de hostal de un valle que me odia, mirando cómo aquel hombre respiraba para recomponerse.
Y mientras lo esperaba hice una cosa que no tenía planeada.
—Cierro el descargo.
Se quedó quieto en el sitio, con el antebrazo todavía encima de los ojos, sin preguntar nada, que era lo prometido.
—Vale —dijo—. Está cerrado.
Me levanté, fui a la puerta y eché el cerrojo, que no lo había echado y llevaba veinte minutos pensándolo. Volví a la cama, me senté encima de él y le quité el brazo de la cara.
—Abierto otra vez.
—¿Y ya está?
—Y ya está. No hay que explicar nada. Ese es el trato.
Y cuando estuvo, se sentó, me cogió por la nuca con esa mano que puede cerrarse alrededor de una teja y me habló pegado a la boca.
—Ahora tú.
—Ahora yo qué.
—Pídelo tú. Quiero oírtelo decir una vez.
Lo pensé. Y lo dije, porque en este oficio las fórmulas se usan aunque den vergüenza.
—Mur. ¿Tengo descargo?
—Lo tienes.
Lo monté yo, y lo llevé yo, y le sujeté las dos manos contra el cabecero porque le hacía falta y porque a mí me hacía más falta todavía, y cuando quiso soltarse se soltó con una facilidad que me dejó claro quién estaba permitiendo qué, y me agarró por la cintura, y me habló al oído durante un rato largo diciéndome cosas que no voy a repetir por escrito y que me llevaré puestas hasta que me muera.
Y al final, con la cara metida en mi cuello y la voz rota, dijo una que sí voy a repetir, porque es la que lo explica todo:
—Mía. Dilo tú. Dime que eres mía esta noche.
Y yo, que no soy de nadie ni lo voy a ser nunca, le contesté con la única cosa verdadera que se puede contestar a eso:
—Esta noche. Y me la has pedido, Tasio. No la has cogido.
—Te la he pedido.
—Otra vez.
—Te la pido —dijo, y se le fue la voz entera—. Te la pido cada noche que te quede aquí, y cuando se acabe la obra te la seguiré pidiendo por teléfono.
Nos dejamos ir así, agarrados, en una cama que crujía como una barca.
Después vino el silencio bueno, el de los cuerpos que ya no tienen nada que negociar. Él se levantó a beber agua del grifo del baño, desnudo y enorme, y volvió con el vaso para mí, y se quedó en el borde de la cama mirando la cómoda con la carpeta de los partes encima, medio arrugada.
—Se ha estropeado tu papeleo.
—Se copia otra vez.
Cogió del suelo su cazadora, rebuscó en el bolsillo y sacó algo. Un candado. De los nuestros, rojo, con el número troquelado y una pegatina con su nombre.
Lo dejó en la mesilla, a mi lado.
—¿Y eso?
—Es el mío. —Se pasó la mano por la cara—.
No sé decir estas cosas, Delia, así que lo voy a decir como se dice en mi oficio y luego me das una torta si quieres.
Mientras mi candado esté puesto en un aparato, ahí no le da tensión nadie.
Ni mi jefe, ni la empresa, ni Dios. Solo yo, con mi llave, y cuando yo digo.
—Sé lo que es un candado, Tasio.
—Pues eso. —Y me miró—. Que yo hoy no tengo otra cosa que darte. Que llevo dos años dejando que este valle se equivoque contigo y no tengo ni una sola cosa limpia en las manos, así que te dejo ahí lo único que es mío de verdad.
Me quedé mirando aquel trasto rojo de ferretería en la mesilla de una habitación de hostal.
Y pensé dos cosas al mismo tiempo, y las dos siguen siendo verdad.
La primera es que en doce años nadie me había dicho nada más bonito.
La segunda es que un hombre no te dice «no tengo ni una sola cosa limpia en las manos» si no sabe exactamente lo que tiene sucio.