ALTA TENSIÓN (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS 8) Capítulo 2 · 2.2
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Capítulo 2 · 2.2

Yo sé leer un informe. Y en aquel informe había dos páginas que no se hablaban entre ellas.

DELIA

El expediente de aquella noche lo tengo en el ordenador desde hace dos años y me lo he leído catorce veces.

Lo digo con exactitud porque las he contado.

La primera, entera, en el pasillo de un hospital de Zaragoza, sentada en el suelo con el portátil en las rodillas, mientras al otro lado de una puerta un hombre de treinta y dos años que yo no conocía peleaba por conservar dos manos.

Las demás, en mi piso de Barbastro, siempre de noche.

Lo que hice en el hostal, en la habitación seis, con el radiador haciendo ruido y la obra del anillo ya mordiéndole el terreno a Lascorz, fue leérmelo por decimoquinta vez. Pero de otra manera.

Las catorce anteriores lo había leído para defenderme. Para comprobar, una vez más, que la maniobra estaba bien, que la fórmula estaba bien, que la ventana estaba bien, que mi firma estaba donde tenía que estar. Y siempre estaba. Ese informe es mi coartada y lo tengo memorizado como una oración.

Aquella noche lo leí buscando lo contrario: lo que no encaja.

Y lo que no encaja está en dos páginas que en dos años yo no había puesto juntas nunca, porque cada una era de una especialidad distinta y a mí solo me había interesado la mía.

Página once: informe técnico. Origen probable: tensión inducida por acoplamiento con el circuito paralelo en tensión, agravada por la ausencia de equipo de puesta a tierra en el punto de trabajo. Coherente, prudente, redactado por gente que sabe. Y cerrado.

Página veintitrés: informe médico del traslado. Quemaduras eléctricas de tercer grado, con puerta de entrada en mano derecha y salida en región poplítea izquierda. Necrosis profunda. Lesión por arco asociada.

Yo no soy médico y no pretendo serlo. Pero llevo doce años en operación, he hecho cursos con el material que nos manda la mutua, he visto vídeos que no se olvidan y he conocido a tres hombres con inducidos encima.

Un inducido en una línea de esta longitud te da un golpe, te tira, te deja el brazo dormido y te puede matar si estás en mala postura. Un inducido no te entra por la mano, te recorre el cuerpo entero y te sale por detrás de la rodilla.

Eso lo hace la corriente de la línea entera. Eso lo hace un circuito completo, con su camino de entrada, su recorrido y su salida a tierra, empujado por algo que estaba poniéndole voltios a un hilo muerto.

Me levanté de la cama. Anduve por una habitación de hostal de cuatro metros durante veinte minutos, con la calefacción a tope y frío por dentro, haciendo lo que hago siempre: preguntarme si estaba viendo una cosa o si estaba viendo lo que me convenía ver.

Porque hay que decirlo: a mí eso me lava.

Si aquella noche había otra fuente de tensión, la que yo dejé muerta estaba muerta y encima la mató alguien más por detrás, y la mujer de los papeles pasa de ser la que quemó a un chico a ser lo que fue: una técnica que hizo su trabajo en una noche en la que otros no hicieron el suyo.

Estuve dos días con eso dentro. Dos días dando descargos, midiendo cuánto se descuelga el cable entre los dos postes del río, discutiendo con Casamayor por teléfono y viendo al hermano del quemado subirse a un poste con mi palabra puesta como un chaleco.

Y al tercer día se lo pregunté.

Fue en la pista de arriba, con el camión grúa parado y la brigada abajo, los dos solos junto a la furgoneta, con el mapa del anillo abierto sobre el capó porque ese era el pretexto.

—Mur.

—Delia. —Fue la primera vez que me llamó por el nombre, así, sin darle importancia—. Y deja de hablarme de usted, que llevamos un mes cenando en el mismo comedor y quedamos como dos idiotas.

—Vale. Entonces tú a mí igual.

—Trato hecho.

—Tasio. —Y la palabra sonó rara en mi boca, como un tornillo que entra donde no toca—. Las quemaduras de tu hermano no cuadran con el informe técnico.

Aquel hombre tiene la cara quieta. Es lo que hay que entender de él: no pone cara de nada, nunca, y por eso se le nota todo en cuatro sitios pequeños. Se le fue la mano izquierda al borde del capó. Se le puso la mandíbula como una piedra.

—¿Qué quieres decir?

—Que un inducido no entra por una mano y sale por una rodilla. Que eso es un circuito, y un circuito necesita una fuente. —Le puse un dedo en el mapa, encima del tramo de la umbría, porque hablar mirando un papel es más fácil para los dos—. Aquella línea tenía algo dentro, Tasio.

El agua bajaba por el barranco. Arriba, en el camión, alguien dejó caer un cable con un golpe de metal.

Y él dijo:

—El informe lo firmaron cuatro técnicos y un ingeniero.

—Lo sé.

—Y lo revisó la mutua, y lo revisó tu empresa, y lo revisó el abogado de mi hermano, que no es tonto.

—También lo sé.

—Pues entonces ya está.

Le busqué los ojos y me los dio, que eso es lo peor de todo. No los apartó. Un hombre que miente y aparta la mirada es un hombre que miente; un hombre que miente y te la sostiene te está diciendo que hay algo detrás mucho más grande que la mentira.

—Tasio. ¿Tú crees que aquella línea tenía algo dentro?

Y contestó exactamente esto:

—Lo que yo creo no puso la tierra del tajo.

Y se fue a por el mapa, lo dobló, lo guardó, y estuvo el resto del día trabajando como una máquina, sin una palabra de más, y al atardecer, cuando cerré el descargo y le dije la fórmula, la repitió con una voz que no era la suya.

Aquella misma semana llegamos con la obra al último tramo.

Once apoyos, y el diez y el once caen en la finca de Lascorz: el prado de arriba, el que sube hasta el collado por encima de la granja. Fue Casamayor el que trajo la servidumbre firmada, encantado, agitando el papel en el aire como un billete de lotería.

—Firmado y sin un euro, ¿eh? Sin un euro. Le he dicho que es para asegurar la luz del valle y el hombre me ha dicho «pues claro, hijo, dónde hay que firmar».

Y dos días después, con el helicóptero ya pedido para izar los apoyos, apareció Bienvenido Lascorz en el tajo, en persona, con el todoterreno lleno de barro, un termo de café con licor y un jamón envuelto en un trapo para la brigada.

Lo recibieron como se recibe a un padre. Deo le dio un abrazo. Yeray se comió cuatro trozos de jamón con las manos sucias. Pardina le preguntó por su hermano.

Y a mí, que llevaba cinco semanas siendo la de los papeles, aquel hombre me tendió una mano como una pala y me dijo, con una sonrisa de oreja a oreja y sin un gramo de mala intención:

—Usted es la Solans, ¿no? La hija del de la tienda. Oiga, y todo lo que pasó, ¡qué mala suerte, madre mía! Yo siempre lo digo: la culpa de esas cosas no es de nadie.