ALTA TENSIÓN (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS 8) Capítulo 2 · 2.1
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Capítulo 2 · 2.1

A mí me dan una palabra y yo la compruebo. Lo que no sabía es que se puede comprobar a una mujer, y que ella se entera.

TASIO

El vano del río es el peor tramo de toda la obra y lo dejamos para cuando entró el frío bueno, que es cuando hay que hacer las cosas difíciles: con la nieve dura y el barro helado se anda mejor que con todo derritiéndose.

Hay que cruzar noventa metros de aire sobre el barranco, con el agua abajo haciendo ese ruido de tripa que hace el agua en invierno, tender el cable de un lado al otro con un torno que tira y otra máquina que lo frena, y que quede en su sitio sin descolgarse, porque ahí abajo hay una pista por la que pasan los del ganado.

Estuvimos tres días. Y en esos tres días hice una cosa que no había hecho nunca con nadie, y la hice tantas veces que al final no tenía perdón.

Comprobar.

El primer día, después de que ella me diera el descargo y de que yo verificara la ausencia de tensión como Dios manda, subí al seccionador a mirarlo con mis ojos.

Está a ochocientos metros, en el camino de arriba, y me comí veinte minutos de ida y vuelta por la nieve para ver una cosa que ya sabía: la cuchilla abierta, el candado puesto, la tarjeta colgando con su letra.

El segundo día, a media mañana, llamé por el móvil al centro de control de Zaragoza para que me confirmaran que en la maniobra de la mañana no había pasado nada raro.

Me contestó un chaval que no entendía por qué le preguntaba eso, que ya lo tenía en el parte, y yo le dije que ya, que era por confirmar.

Y el tercer día, con el conductor tendido y la brigada comiendo al sol en la cuneta, cogí su carpeta —su carpeta, con todo lo que había firmado esa semana— y me puse a leer los partes de atrás hacia delante.

Me pilló, claro. Estaba a cuatro metros.

—¿Busca algo?

—Comprobar unas horas.

—Las horas las tiene usted en su parte, que lo escribe usted.

—Ya.

Se sentó en la cuneta, a dos metros, con el termo entre las manos.

Tiene las manos pequeñas para este oficio y las lleva cuidadas, con las uñas cortas y una quemadura vieja en el canto de la derecha que no le he preguntado nunca.

Aquel día se había quitado el casco y tenía la marca de la cinta cruzándole la frente y el pelo aplastado, y se estaba comiendo un plátano en una cuneta con más dignidad que un obispo.

Tiene una manera de sentarse que no es de mujer que va a discutir: es de mujer que va a esperar a que tú te oigas.

—Tres veces —dijo.

—¿Cómo?

—Tres veces esta semana. Ha subido al seccionador a mirarlo con el descargo en la mano, ha llamado al centro para que le confirmaran mi maniobra, y ahora está leyendo mis partes con la cara del que busca una errata.

—Bebió del termo, tan tranquila—. Y no le digo nada porque el procedimiento le da derecho a comprobar todo lo que quiera. Se lo digo por otra cosa.

—¿Por qué?

—Porque no está comprobando el seccionador, Mur. Me está verificando a mí.

Hay frases que te las dice alguien y sabes en el momento exacto que te las vas a llevar a la tumba.

—Y le voy a decir lo que pienso, ya que estamos y ya que nadie nos oye —siguió—. A mí me parece bien. Es más: si usted hubiera sido así de desconfiado hace dos inviernos, su hermano estaría trepando conmigo esta mañana.

—No hable de mi hermano.

—Hablo de su hermano cada vez que doy un descargo en esta zona, y usted también.

Me fui. Eso fue lo que hice, como un crío: me levanté y me fui a tensar un tornillo que no hacía falta tensar.

Porque lo peor no era que tuviera razón. Lo peor es que yo sé por qué la estaba verificando, y no es porque no me fíe de su trabajo. A las tres semanas yo ya sabía que aquella mujer era el agente de descargo más pesado y más limpio con el que he trabajado en veinte años.

La verificaba porque es lo único que sé hacer con lo que me importa. A mi hermano le comprobaba la mochila cuando iba al colegio. A mi padre le comprobaba las pastillas. Al que me importa lo mido, lo miro dos veces, lo rodeo, le compruebo la tensión.

Y a ella, además, la verificaba por otra cosa mucho más sucia, que es que si una mañana encontraba una errata en sus papeles, un renglón mal puesto, cualquier cosa, entonces todo esto tendría un culpable de fuera y yo podría volver a ser el pobre hombre del valle.

Eso es lo que estaba buscando en aquella carpeta. Un motivo para seguir siendo el de siempre.

Aquella tarde, cuando bajábamos, se fue la luz en el valle.

Un golpe de esos limpios, un bajón y fuera: el pueblo cabecera a oscuras, las farolas de la carretera muertas, la estación arriba con las cintas paradas.

Duró siete minutos, que es lo que tarda el automatismo en probar, en no poder, en pasar la falta al otro ramal, y vuelve.

Nada. Una rama, un aislador roto —una de esas piezas de porcelana de las que cuelga el cable—, lo de siempre en diciembre.

Paramos las furgonetas en el camino porque no se veía un pijo. Yeray dijo dos tonterías. Deo encendió un cigarro.

Y en esos siete minutos, en el silencio de un valle sin luz y sin viento, se oyó abajo, clarísimo, el arranque del grupo electrógeno de la granja de Lascorz. Ese tosido, y luego el runrún regular, como una nevera enorme.

Yo miré al fondo, a la única luz que quedaba encendida en cuatro kilómetros.

—Es el grupo de Beni —dijo Yeray—. Este tío no se queda a oscuras ni en el juicio final.

—Tiene la cámara llena —dijo Deo.

Y yo no dije nada.

Dilo.

Estaba a metro y medio de mí, en la oscuridad, apoyada en el capó, con la cara azulada por la pantalla del móvil, esperando a que le confirmaran desde el centro que la falta había quedado despejada.

Dilo. Dile que ese grupo lleva veinte años ahí. Dile que aquella noche también lo oí. Dile que su nombre está en un valle que la escupe porque tú eres un cobarde con las manos ocupadas.

—Nos vamos —dije—. Mañana al amanecer en el siete.