Capítulo 1 · 1.3
Lo peor de un hombre que no se cree nada es lo que pasa el día que decide creerte.
DELIA
El comedor del hostal, por la noche, es el parte informativo de este valle.
Aquel día habían pagado en el aserradero, así que estaba lleno: los del tablero, dos de la estación con la cazadora de la escuela de esquí, Nieves detrás de la barra con el paño al hombro y el televisor puesto sin voz.
Yo cenaba en la mesa de la esquina con el ordenador abierto, pasando partes, que es la mejor manera que conozco de comer sola en un sitio donde todo el mundo te mira.
Mur entró con Deo cuando yo iba por la mitad. Se quedaron en la barra. Deo me levantó dos dedos a modo de saludo. Mur no hizo nada, y ese nada duró tres cervezas.
—Que le pregunte —oí decir a uno de la mesa del aserradero, y lo oí porque quiso que lo oyera—. Que le pregunte a la de los papeles cuánto nos va a costar la broma este año.
Nieves le dio un golpe en el mostrador con el paño.
—Aquí se cena y se calla, Ramonín.
Cerré el ordenador. Y cuando levanté la vista, Mur ya estaba de pie a un metro de mi mesa, con el botellín en la mano.
—¿Se puede?
—Es su hostal, su valle y su comedor.
—No he preguntado eso.
Se sentó. Grande como es, cuando se sienta enfrente tapa una parte del mundo.
—¿Por qué ha vuelto? —dijo.
—Porque llevo la zona.
—Hay tres zonas más en la provincia y nadie la iba a mirar mal en ninguna. Si pide el traslado se lo dan mañana, que en la central están encantados con usted y con su norma.
—Vaya. Se ha informado.
—Me informo de todo el que me da la palabra.
Bebí un poco de agua para tomarme un segundo, porque la pregunta era buena, y porque llevaba dos años sin que nadie la hiciera en voz alta.
—Volví porque el procedimiento lo escribí yo —dije—. Y porque una norma que solo aguanta si el que la escribió no está delante, no es una norma: es una carta a los Reyes.
—Muy bonito.
—No es bonito, es lo que hay. Y además le voy a decir la otra parte, que también la hay: volví porque este valle lleva dos años diciendo que yo quemé a su hermano, y a mí me sale de dentro venir a que me lo digan a la cara y no por teléfono.
Se quedó quieto. Tiene una quietud rara este hombre, no de calma: de centinela.
—Nadie le va a decir nada a la cara —dijo—. Aquí no se hace eso.
—Ya lo veo. Aquí se hace otra cosa. Aquí se te sirve la sopa un cuarto de hora tarde.
Y entonces sonrió. Un segundo, medio lado de la boca, y se lo quitó de la cara enseguida, como el que se arrepiente de haber dejado una puerta abierta.
—Mur —dije—. Le voy a decir una cosa y usted va a poner cara de piedra, que es lo que hace.
—Póngame a prueba.
—Lleva dos años dejando que este valle le ponga la mano en el hombro.
Ahí se le fue el color de la cara. No mucho. Lo justo.
—Y no le voy a preguntar por qué —seguí—, porque no es mi asunto y porque lo sé.
Es muy cómodo. Es muchísimo más cómodo que lo suyo, que está firmado en un expediente que me he leído catorce veces.
Usted no puso la tierra del tajo y lo escribió con su nombre, y ese papel es lo más honrado que hay en toda esta historia.
Y aun así lleva dos inviernos sentado en un valle que ha decidido que el culpable no es usted. Eso, en mi oficio, tiene un nombre.
—Dígalo.
—Trabajar sin tierra.
Se levantó. Tan despacio que me dio tiempo a pensar tres cosas, y las tres eran malas.
—Fuera —dijo, y con la cabeza señaló la puerta del comedor.
—No me hable como a un perro.
—Fuera, por favor. —Y bajó la voz, que en él es peor que gritar—. Porque lo que le voy a contestar no lo voy a contestar delante de doce hombres del aserradero.
Salimos. Un hostal de pueblo tiene siempre un pasillo de servicio con cajas de cerveza, una bombilla pelada y una puerta que da al aparcamiento, y en ese pasillo, con el frío entrando por debajo, Anastasio Mur se puso a una distancia que no era de hablar.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Dígamelo otra vez. Eso último.
—Que lleva dos años trabajando sin tierra.
Puso la mano en la pared, al lado de mi cabeza. No me tocó. Y mientras no me tocaba yo me oí la sangre en los oídos como no me la había oído en mi vida.
—¿Sabe lo que pasa? —dijo—. Que lleva usted una semana en mi valle diciendo verdades como puños con una educación que da ganas de romper algo. Y no sé si quiero que se calle o que siga.
—Decídase.
—Repita lo del cable.
—¿El del equipo de tierra?
—Sí.
—«Aguanta hasta que no aguanta.»
—Otra vez.
—Aguanta hasta que no aguanta —dije, y se me salió la voz cambiada, y él lo oyó, y yo oí que lo había oído.
Nos quedamos así. La bombilla, el frío, dos personas de un oficio en el que todo se dice con la fórmula exacta y en el que nadie tiene permiso para improvisar.
—Recibido —dijo él, bajísimo, y esa palabra, dicha en ese tono, no está en ningún manual de este país.
Le puse la mano en el pecho. No para empujarlo: para saber dónde estaba. Debajo del forro polar aquel hombre tenía el corazón haciendo exactamente lo mismo que el mío, y esa fue la información más peligrosa de todo el invierno.
Y entonces hice mi trabajo.
—Mur. Escúcheme bien. Yo le doy los descargos.
—Lo sé.
—No, no lo sabe. Yo le doy los descargos a usted. Le doy mi palabra cada mañana de que una cosa que puede matarlo está muerta, y usted se cuelga de un hierro a veinte metros del suelo con esa palabra puesta. Eso no puede tener nada debajo. Ni una cuenta pendiente, ni un favor, ni esto.
Aparté la mano. Costó.
—Mientras yo le dé descargos, no.
Se separó de la pared. Se quedó mirándome un segundo más y después hizo algo que me dejó peor que si me hubiera besado: asintió. Una sola vez, de arriba abajo, como se acepta una orden de operación.
—Recibido —dijo.
Y se fue por la puerta del aparcamiento, sin volver por el comedor, dejándome sola en un pasillo con cajas de cerveza y la respiración descompuesta, oyendo el motor de su furgoneta arrancar al otro lado de la pared.
Subí a la habitación seis. Me senté en la cama con el abrigo puesto.
Tres meses, pensé. Tres meses de esto.