ALTA TENSIÓN (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS 8) Capítulo 1 · 1.2
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Capítulo 1 · 1.2

A mi hermano lo perdoné yo hace dos años. Él a mí me perdonó en marzo, y esa es la diferencia entre los dos.

TASIO

Subí a casa de mi hermano con dos barras de pan y la cabeza en otro sitio.

La casa de mis padres es la última de la aldea, la que tiene la solana entera para ella y el tejado que se llevará un día un alud si Dios no lo remedia.

Allí nacimos los dos. Yo bajé a la mía, que está doscientos metros más abajo y es más pequeña y más fea, cuando murió mi padre y a Rai le dio por decir que él se quedaba en la grande porque tenía la cocina buena.

Rai estaba en la cocina buena, como siempre, con la estufa a tope y la radio puesta.

Mi hermano es guapo. Lo era de crío y lo sigue siendo, con esa cara de no haber trabajado nunca que a mí no me tocó. La camisa arremangada. Y debajo de las mangas, las manos.

Dos años y todavía hay un segundo, cada vez que entro, en que las miro. Él lo sabe. Ese es el juego.

—¿Qué tal, guapo? —Levantó la izquierda, la peor, y la movió en el aire como un saludo del papa—. ¿Ves algo que te guste?

—Un poco de vino tinto y ya.

—Muy bueno. —Se rió con la garganta—. Cada día te sale mejor. Anda, corta el pan, que yo con esto hago las cosas al ritmo de la Seguridad Social.

Le corté el pan. Lo corto yo desde hace dos años. Y él me deja cortarlo, que es la penitencia de verdad y la única que me ha puesto nunca: dejarme hacerle las cosas pequeñas sin darme las gracias, porque las gracias serían un descanso.

Cenamos en la mesa de la cocina como cenamos tres o cuatro noches por semana. Sagrario viene tres mañanas, le hace la casa, le prepara comida para dos días y le ayuda con lo que no se puede hacer con esas manos, y las noches de por medio subo yo.

—Dicen que ha vuelto la Solans —dijo, con la boca llena.

—Ha vuelto.

—¿Y?

—Y nada. Está en el tajo. Es la agente de descargo de la zona.

—Ya sé lo que es, Tasio, que me quemé, no me quedé tonto. —Masticó. Esperó. Mi hermano espera como esperan los que tienen todo el tiempo del mundo—. ¿Está buena?

—Rai.

—Que si está buena. Que en el bar dicen que sí, y en el bar exageran.

—No me toques los cojones.

—Uy. —Dejó el tenedor, muy despacio, con esa parsimonia de mártir que se le ha puesto y que usa como un arma—. Uy, uy, uy. Eso ha sido un sí como una catedral.

Me levanté a por agua porque necesitaba darle la espalda, que a mi hermano hay días en que no se le puede sostener la cara.

—Es la mujer que dio el descargo aquella noche —dije.

—Es la mujer que dio bien el descargo aquella noche —dijo él.

Y ahí se acabó la broma, porque mi hermano hace eso: te deja jugar dos manos y luego pone una carta encima de la mesa que te deja sin nada.

Lo hace desde que se despertó en Zaragoza con las manos vendadas y le contaron lo que había pasado.

Nunca ha dicho una sola palabra contra ella.

Nunca ha dicho una sola palabra contra mí, tampoco, y eso es infinitamente peor.

—Te perdoné en marzo —me dijo una vez, cuando yo le insistí, cuando le pedí que me lo escupiera de una vez y se quedara tranquilo—. En marzo, en el hospital, una noche que no podía dormir. Ya está. No pienso volver a hacerlo, así que no me lo pidas más, que es muy cansado.

Y me quedé con eso para siempre. Con un perdón cerrado, firmado, imposible de devolver. La gente cree que el perdón te libera. El perdón te deja sin la única cosa que te estaba dando forma.

A los postres llamaron a la puerta y entró Beni.

Bienvenido Lascorz no llama y espera: llama y entra, porque en esta aldea es lo que se hace y porque en su caso nadie le ha dicho nunca que no.

Sesenta y tres años, un anorak de cazador, las manos como palas y ese olor a serrín y a gasóleo que va con él a todas partes. Traía medio jamón envuelto en un trapo.

—Muchachos.

—Beni.

—Que le he dicho a la Sagrario que os subiera el cocido del domingo, pero la mujer se ha liado con lo de su madre. —Dejó el jamón en la encimera como se deja algo de lo que no se va a hablar—. Rai, hijo, ¿cómo andas?

—Aquí, Beni, dándole la lata a este.

—Eso es lo que hay que hacer. —Se sentó sin que nadie le dijera que se sentara, se sirvió un dedo de vino en el vaso de Rai, y me miró—. Tasio, una cosita.

—Dime.

—La derivación de la granja. Que con el hielo me hace un ruido raro el transformador, y luego me da bajones y se me pone la cámara tonta. ¿Te puedes subir un día a mirarme eso?

—Eso lo tienes que pedir por el conducto, Beni. Yo estoy en la obra del anillo y no puedo tocar tu derivación sin descargo.

—Ya, ya, el conducto. —Se rió, bonachón, y le dio una palmada en la espalda a mi hermano que a mi hermano le dolió y que mi hermano no comentó—.

Yo lo digo por si un día pasas. Que yo, con la alta tensión, no me meto: eso es cosa vuestra.

Cuando se va la luz, arranco el grupo y a tirar, pero el grupo se me come una fortuna de gasóleo.

En este valle, a todo lo que va colgado de un poste lo llaman la alta tensión, igual da que lleve veinte mil voltios que los doscientos veinte de una casa. Y para lo que importa tienen razón: las dos matan.

—Cuando se va la luz, arrancas el grupo —repetí.

—Como siempre, hombre. Desde el año del carné. —Se terminó el vino—. Bueno, chicos, que os dejo, que mañana hay que cargar tablero.

Y se fue, dejando medio jamón encima de la encimera y a dos hermanos callados en una cocina.

Yo sé perfectamente lo que pagó Beni Lascorz el año pasado: pagó a Sagrario.

Entera, las tres mañanas, todo el año, y este también, y no se lo ha dicho a nadie más que a mí, y me lo dijo de la manera más limpia del mundo, en el patio del aserradero, sin mirarme: «Al chico le hace falta una mujer que le ayude, y a ti te hace falta trabajar.

Eso lo arreglo yo». Nada más. Ni una condición.

Rai empezó a recoger su plato con el canto de las manos, como hace, y yo no me levanté a ayudarle, porque hay cosas que se le tienen que dejar hacer.

Y esa noche, en mi casa, me quedé un rato largo sentado en la furgoneta sin bajarme, con el motor apagado y la aldea oscura, pensando en el ruido del grupo de Beni en el fondo del valle.

Al día siguiente, a la hora de comer, la Solans se me acercó con el termo en la mano y me dijo:

—Quiero ver el apoyo.

—¿Qué apoyo?

—No me haga eso.

No me lo hagas, pensé yo. Pero la llevé.

Está a cuatro kilómetros, en la umbría, en el codo del camino, y hay que dejar la furgoneta y andar cien metros por la nieve pisada de los jabalíes.

El pino sigue allí, o el tocón del pino, con la corteza abierta y negra por dentro, que eso no se lo quita ya nadie.

Y en el apoyo, a la altura de la cruceta, hay una marca en el hierro galvanizado, una mordedura de un dedo de ancho, con el metal como salpicado.

Ella se paró a los pies del apoyo y estuvo mirando un rato largo sin hablar.

Se le había puesto la nariz roja y los labios de ese morado que sale en la umbría a los diez minutos, y no se quejó, ni se frotó las manos, ni dijo lo que dice todo el mundo, que vaya frío.

Se estuvo quieta, delgada dentro del plumas, con la nieve deshaciéndosele en el pelo y las manos desnudas, porque se había quitado los guantes para tocar el hierro.

Después empezó a hacer preguntas, y no eran preguntas de consolar.

Eran preguntas de oficio. Por dónde entramos, dónde pusimos la tierra, en qué fase estaba trabajando mi hermano, con qué herramienta, cuánto tiempo pasó entre la verificación y el golpe.

Le contesté a todas. Con la voz plana, en el sitio donde pasó, con el frío de la umbría metiéndose por las botas, mientras el valle entero se iba poniendo azul debajo de nosotros.

Y desde ese apoyo, si te giras, se ve el tejado de fibrocemento de la granja de Lascorz, allí abajo, a un kilómetro en línea recta, con la chimenea del grupo asomando por el lateral.

Me giré. Ella no se giró.

—Gracias —dijo—. Volvamos, que se nos echa la noche.