Capítulo 1 · 1.1
En este oficio la prisa no se discute con palabras. Se discute con un cable de tierra en la mano y todo el mundo mirando.
DELIA
La obra tiene un ritmo y el ritmo lo pone la luz, no yo.
En diciembre, en un valle orientado como está orientado este, se trabaja desde que se ve hasta que se deja de ver, y eso son seis horas buenas y dos malas.
Lo demás es cargar, descargar, deshelar cerraduras, esperar a que el camión grúa suba el collado con cadenas y rellenar papel.
Once apoyos, tres kilómetros de línea nueva y un seccionador telemandado en lo alto, que es lo que va a convertir este valle de un hilo en un anillo.
Y cada vez que esos hombres tocan algo, alguien tiene que decirles que puede tocarlo. Ese alguien soy yo.
Mis reglas son tres y las dije el primer día, en voz alta, delante de los cuatro:
Nadie sube hasta que yo he ido a ver con mis propios ojos que el interruptor de la línea sigue abierto y con mi candado puesto, y he dado el descargo con la fórmula entera.
El descargo tiene una ventana y la ventana se respeta. Si se acaba, se para y se pide otra, y si Casamayor tiene que pagar dos ventanas en una tarde, que las pague.
Y la tercera, que es la que les tocó la moral de verdad: yo estoy en el tajo. No en la furgoneta, no en el pueblo, no a ciento veinte kilómetros con un café. Donde ellos.
Casamayor me llamó al tercer día, cordialísimo, como llama siempre.
—Delia, guapa, una cosa de nada. Que me sale el tramo tres a cuatro ventanas y el año pasado esto se hacía con dos.
—El año pasado esto se hacía sin agente de descargo en el tajo.
—Ya, ya. Yo no digo nada. —Casamayor nunca dice nada. Casamayor te lee en voz alta una hoja de cálculo y te deja a ti la conclusión—. Solo que en la central me preguntan, y yo les tengo que contar algo. ¿Tú crees que en enero seguiremos igual?
—Yo creo que en enero seguiremos vivos.
Se rió, y me deseó buenos días, y colgó, y al día siguiente la brigada tenía una hora menos de margen por la mañana porque el camión llegaba más tarde. Así funciona este señor. No manda saltarse nada. Solo te va poniendo la mesa para que te lo salte tú.
De los cuatro, uno me respeta, uno me tiene miedo, uno me odia por costumbre y el otro es Mur.
Amadeo Sesé, Deo, cincuenta y ocho años y treinta y cuatro de línea, me dijo el segundo día, mientras preparábamos el equipo y los otros descargaban:
—A mí la norma esta suya me parece un coñazo. —Se colocó el bigote, que es un gesto que hace cuando va a decir algo importante—. Y también le digo que a mí una tierra bien puesta no me la ha discutido nadie en treinta años, y usted es la primera que me ha mirado dos veces el cable.
—¿Eso es bueno o malo?
—Eso es que es usted de las mías, y no se lo voy a decir más veces, que luego se sube.
Yeray tiene veintitrés años, es de Huesca, lleva ocho meses y habla más de lo que sabe, que es lo normal a los veintitrés.
Me llama «jefa» con un retintín que no le sale del todo porque en el fondo le hace gracia que haya alguien que le riña a Mur.
Pardina, el cuarto, no me ha dirigido la palabra todavía y no creo que lo haga: tiene un primo en el aserradero y en este valle eso es una posición política.
Y Mur cumple. Esa es la cosa. Yo esperaba pelea de trinchera, papeles perdidos, malas artes, y lo que tengo es un hombre que ejecuta cada paso como está escrito, que repite las fórmulas sin quitarme el ojo y que, cada vez que me da la espalda, se las arregla para dejarme delante de sus hombres como la señora que viene a mirar con lupa.
Hasta el viernes.
El viernes estábamos en el apoyo siete, cambiando las crucetas del tramo tres —los hierros cruzados de lo alto del poste, de los que cuelgan los cables—, con la línea de arriba, que esa sí tenía corriente, a nueve metros por encima de nuestras cabezas.
Buen día, seco, sin viento, de los que se aprovechan.
Yeray arriba, Deo al pie, Mur en la cesta.
Cogí el equipo de puesta a tierra que habían dejado en el suelo, el segundo, el de repuesto, porque me gusta tocar el material con el que van a trabajar.
Un cable de tierra es un manojo de hilos de cobre finos metidos en una funda de plástico.
Por eso hay que tocarlos: roto por dentro, por fuera está igual de bonito. Es una manguera con un nudo escondido.
Lo levanté, le pasé la mano y noté eso que se nota: el trenzado abierto debajo de la funda, los hilos partidos, esa blandura que no tiene un cable sano. Lo abrí un poco más con el dedo. Faltaba lo menos un tercio del cobre.
—Parad.
No me oyó nadie, porque el pequeño de Huesca estaba dando golpes con la llave y Mur estaba a siete metros del suelo. Así que le di al claxon de la furgoneta dos veces, que es una cosa que no se hace, y entonces sí.
—¿Qué pasa? —Mur, desde arriba.
Levanté el cable con las dos manos para que lo vieran todos.
—Que este equipo está muerto y no en el buen sentido.
Bajó. Cuando ese hombre tiene prisa no se le nota en la cara, se le nota en que deja de hablar.
Tiene unas manos que son un currículum. Anchas, con los nudillos abultados, un dedo torcido de alguna historia vieja, cortes cicatrizados en el dorso y una piel que ya no se limpia del todo por mucho jabón que le eches.
Cogió el cable, lo miró, lo apretó con el pulgar, y no dijo lo que yo pensaba que iba a decir.
—Ese no es el que estamos usando. Ese es el de repuesto.
—Ya sé cuál estáis usando. Este es el que vais a coger cuando dentro de dos horas estéis apurados y no queráis bajar a por el bueno.
—Eso no ha pasado nunca.
—Eso pasa todos los días de Dios en todos los valles de este país, Mur.
Se quedó con el cable colgando de la mano, y por primera vez en toda la semana no me contestó al segundo.
—Aguanta —dijo al final—. Con esa sección aguanta un defecto.
—Aguanta hasta que no aguanta. —Y aquí subí la voz, porque estábamos en el punto exacto en que tenía que oírlo todo el mundo—.
Una tierra no se pone para que aguante. Se pone para que si algo mete tensión en esta línea, se vaya por el cobre y no por Yeray.
Y si el cobre está roto por dentro, lo que tienes ahí colgando es un adorno.
Silencio. Deo se colocó el bigote.
—Retiro el equipo —dije—. Le pongo el precinto y lo bajo yo misma al almacén, y anoto en el parte que se ha retirado por defecto en el conductor de tierra. Y hasta que no suba otro, no se trabaja el tramo con un solo equipo.
Y ahí llegó la bronca de verdad, que fue corta y buena.
—Eso es media tarde.
—Sí.
—Media tarde con el camión aquí parado, que se factura.
—Sí.
—Usted no paga el camión.
—Ni usted paga las manos de nadie, y mire cómo estamos.
Lo dije sin pensarlo. Eso es lo que pasa cuando llevas dos años masticando frases: que un día te sale una.
En el valle la gente no se pega, se calla. Y aquel silencio fue de los que se recuerdan. Yeray se había quedado a medio bajar del apoyo como un mono en una foto. Pardina miraba a otro lado. Deo hizo lo que hace siempre: se fue a por otra cosa.
Mur me sostuvo la mirada. Tiene los ojos de un gris sucio, de agua de deshielo, y en aquel momento no había en ellos nada de la mala baba de los días anteriores. Había otra cosa, y esa otra cosa me la guardo para más adelante, cuando sepa nombrarla.
—Recibido —dijo.
Cogió el equipo defectuoso de mis manos, con cuidado, casi con educación, y lo llevó él mismo a la furgoneta.
Y a media tarde, cuando llegó el equipo nuevo de Barbastro, lo primero que hizo fue abrirlo delante de mí, pasarle el cable por las manos como me había visto hacerlo a mí y decir, sin mirarme:
—Este está bueno. Compruébelo usted igual.