ALTA TENSIÓN (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS 8) Prólogo · 1.3
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Prólogo · 1.3

No era odio. Ojalá hubiera sido odio, que el odio se lleva mejor y se cuenta mejor en el bar.

TASIO

Cuando bajó de la furgoneta y la vi de espaldas, con el casco en la mano y el pelo recogido, lo primero que hice fue reconocerle la voz antes de que hablara. Así de imbécil es la cabeza de un hombre.

Yo a las cosas las miro como se mira un cable: buscándoles el defecto.

Y lo que vi fue una mujer alta, delgada de una manera seca, sin un gramo de sobra, con el pelo castaño recogido tan tirante que se le veía la raya del cráneo y la ropa técnica de la empresa puesta como se le pone a un maniquí, sin concesiones.

La cara larga, de pómulos duros, de esas que de joven no le debieron de gustar ni a ella y que a los treinta y muchos te paran en mitad de un camino.

Unos ojos grises que en aquella luz no tenían color ninguno.

Ni maquillaje, ni pendientes, ni una sola cosa que se pueda enganchar en un aparato. Esta mujer viene desmontada para el trabajo, pensé. Y lo pensé con una admiración que no me convenía nada.

Y lo segundo lo digo aquí y no lo vuelvo a decir en voz alta: no sentí lo que llevaba dos años prometiéndome que iba a sentir.

Yo tenía un guion preparado. Llevaba dos inviernos con ese guion, ensayado en la furgoneta, en la ducha, en las noches en que no se duerme: la mujer de los papeles baja de su coche de empresa, yo le suelto cuatro cosas medidas, ella se va a su hostal a cenar sopa y todo el mundo en este valle sigue sabiendo quién es quién.

Lo que pasó fue que bajó, me dijo mi apellido, me hizo repetir una comprobación que no hacía falta repetir, y no se disculpó.

Nadie se ha atrevido a no disculparse conmigo en dos años.

En este valle todos me ponen la mano en el hombro.

Todos me llaman Tasio, todos me preguntan por Rai con la voz bajada, todos han decidido por su cuenta que la gente de los papeles y de los despachos me destrozó a mi hermano y que yo soy el pobre hombre al que además le abrieron un expediente.

Me lo han regalado. Yo no lo he pedido nunca y tampoco lo he devuelto, que es exactamente igual de sucio.

Y de pronto aparece la única persona de toda esta historia que hizo su trabajo entero y bien, la que tenía todos los motivos para venir arrastrando los pies, y resulta que viene a tocarme los partes y a mirarme a los ojos y a decirme que eso lo digo yo.

Esta mujer no me tiene miedo, pensé. Y se me puso un vacío raro en el estómago que no era rabia.

La rabia habría sido cómoda. La rabia la tengo dominada, la sé usar, sé exactamente cuánta se puede soltar en un bar y cuánta hay que guardarse para trepar.

Lo otro no lo tengo dominado, y lo otro era esto: que llevo dos años oyendo esa voz en una grabación y que ahora la voz tenía un cuerpo, y el cuerpo estaba en mi tajo, dándome órdenes, con los labios morados de frío.

Así que hice lo que hace un cobarde con las manos grandes: le busqué la bronca. Le solté eso de «lo digo por usted, para que lo oiga de alguien que lo ha comprobado», que es la cosa más ruin que se le puede decir al que te acaba de dar su palabra, y me quedé tan ancho, con mis tres hombres delante.

Deo, que me conoce desde que yo llevaba pantalón corto, escupió al suelo y se fue a por el equipo de tierra sin decir nada. Con Deo, eso es un discurso.

Porque aquí viene la parte que no he dicho nunca.

Aquella línea estaba muerta.

Me dieron la palabra y la palabra era verdad.

Lo he comprobado cien veces en el expediente, línea por línea, con la letra pequeña, buscándole un agujero que no tiene: el interruptor estuvo abierto, con su candado y su tarjeta, desde que ella me dio el descargo hasta que yo lo devolví, y nadie lo tocó.

Y a mi hermano le entró la corriente por la mano derecha.

El expediente dice que fue lo que llamamos tensión inducida. Voy a explicar eso, porque es la pieza donde se sostiene todo lo demás.

Un cable con corriente, aunque no lo toques, le pega algo de tensión al cable que corre a su lado, como el que canta al lado de una guitarra y le hace vibrar la cuerda sin poner un dedo.

Nuestra línea corría pegada a otra que sí tenía corriente, y esa vecindad le mete voltios al hilo muerto.

Es real, existe, y a un hombre le puede dar un calambre que lo tira del poste.

Y luego dice el expediente que faltaba la tierra en el punto de trabajo, que es verdad y es mío. Sin el atajo puesto, ese calambre entra entero por donde puede entrar: por un hombre.

Con esas dos cosas el informe lo explica todo. Salvo una.

Yo he visto un inducido. He visto a tíos salir volando de un poste por un inducido y bajar cagándose en todo con el brazo dormido y estar a las dos horas fumando en el bar.

Mi hermano no tiene un brazo dormido. Mi hermano tiene unas manos que no se pueden mirar sin apartar la cara, y le injertaron piel del muslo, y estuvo tres semanas en la unidad de quemados de Zaragoza, y de aquella noche no se acuerda porque el cuerpo, que es más piadoso que la gente, le borró el trozo.

Eso no lo hace la vecindad de otro cable.

Eso lo hace corriente de verdad, mucha, la de la línea entera, entrando por donde tocas y buscando el suelo a través de un hombre hasta que encuentra por dónde salir.

A mi hermano le entró por la mano y le salió por detrás de la rodilla.

Eso es un circuito completo, un camino de ida y vuelta, y un camino así necesita que alguien esté empujando por el otro extremo.

Lo dije una vez. En el hospital, en el pasillo, de madrugada, con la ropa todavía puesta y a un técnico de la empresa que había venido a tomarme declaración y que me habló muy despacio, como se le habla a los borrachos.

Le dije que aquella línea tenía algo dentro.

Le dije que lo pensara, que en esta zona hay un generador de gasóleo en cada granja y que yo esa noche oí uno arrancar.

Y el hombre cerró su carpeta y me dijo lo que le dicen siempre al que acaba de saltarse un paso y tiene a alguien en la UCI: que era normal buscar explicaciones, que él lo entendía, que lo importante ahora era mi hermano.

Eso fue todo. No volví a decirlo.

No lo volví a decir porque a la semana siguiente el valle ya tenía elegida su culpable y a mí me habían puesto en el sitio del que llora.

No lo volví a decir porque tirar de ahí significaba señalar la única casa de este valle que paga nóminas.

Y sobre todo, no lo volví a decir por un motivo que me pone la cara así de roja y que es la verdad de este asunto: porque cuando entendí de dónde habían salido esos voltios, ya había alguien cargando con ello.

Alguien que no era yo. Alguien que ni siquiera es de aquí, que se fue a los dieciocho y que ahora vuelve tres meses a dormir en el hostal.

Dos años, he estado. Dos años dejando que este valle se lo cobre a ella.

Y esa mujer, la primera mañana, delante de mis hombres, me dio su palabra de que la línea estaba muerta.