Prólogo · 1.2
Aquí me llaman «la de los papeles», y lo dicen como se dice el nombre de una enfermedad.
DELIA
Subí al valle con la furgoneta de empresa cargada de material y con la radio apagada, que es lo único que me concedo cuando cruzo el puerto.
Hay una luz, en esta carretera, en el punto exacto donde el barranco se abre y aparecen los pueblos colgados de la solana, que no he encontrado en ningún otro sitio del mundo y que llevo diecinueve años intentando que no me haga nada.
Es una luz de invierno, rasante, que le saca a la piedra un color de pan viejo y deja la umbría en un azul que parece que no vaya a amanecer nunca de ese lado.
Me fui de aquí a los dieciocho años con una beca y una maleta, y cada vez que vuelvo la carretera se empeña en recordarme que no me fui porque el sitio fuera feo.
Paré en el pueblo cabecera. Hostal Barrau, habitación seis, la que da al río, tres meses pagados por la empresa.
Nieves Barrau no me odia. Eso lo quiero dejar claro, porque es más complicado que odiar y más difícil de aguantar.
Nieves me conoce de cuando yo bajaba al río con su hija en verano, me trata de tú, me pregunta por mi madre, y luego, cuando me siento a cenar, tarda en servirme lo justo para que todo el mundo en ese comedor entienda dónde está ella colocada en este asunto.
Un cuarto de hora. Ni uno más, que sería grosería, ni uno menos, que sería tomar partido por mí.
Aquella primera noche pedí lo que hubiera y me trajeron sopa. Y en la mesa del fondo había cuatro hombres del aserradero que dejaron de hablar cuando entré y volvieron a hablar cuando me senté, y uno de ellos dijo, sin bajar la voz todo lo que hubiera podido:
—Ya está aquí la de los papeles.
Podría haber contestado. Llevo dos años eligiendo no contestar, que no es lo mismo que no tener la respuesta preparada.
Mi hermana me escribió a media cena, que Olalla tiene un radar que no falla: ¿Ya estás arriba?
¿En el hostal? Podrías haber venido a casa, tonta.
Y yo le puse que no, que el hostal está a cuatro minutos del tajo y su casa a veinte, lo cual es verdad, y que no le iba a meter en su cocina, con sus críos y su marido, a la mujer con la que medio valle no se habla. Eso no se lo puse.
Vengo a cerrar el anillo.
Y esto lo voy a explicar como se lo explico a mi hermana, que es enfermera y a la que la electricidad le suena a chino.
Este valle cuelga de un solo hilo. Una línea que entra por el puerto, se va ramificando y se muere en las aldeas de arriba, sin alternativa y sin vuelta: si ese hilo se corta en el sitio equivocado, todo lo que hay por detrás se queda a oscuras y no hay otro camino por donde mandarles la luz.
Como un pueblo con una sola carretera y un solo puente.
Cerrar el anillo es construir el segundo puente. Unir por arriba, por el collado, dos ramas de la red que hoy se dan la espalda, para que la corriente pueda llegar por los dos lados y, si se rompe uno, entre por el otro sin que nadie en su casa se entere de nada.
Son tres kilómetros de línea nueva, once apoyos, un interruptor grande en lo alto que se puede abrir y cerrar a distancia desde el centro de control, y una obra que hay que hacer en invierno porque es cuando hay presupuesto y porque el verano lo ocupan otras cosas.
Y hay que terminarla antes de las nieves grandes.
Lo que está en juego si no se termina: los pueblos, la estación en plena temporada y una residencia de mayores con treinta y un residentes y generadores de gasóleo para unas horas. En esa residencia trabaja mi hermana, por si hacía falta que esto fuera todavía más personal.
Y el último tramo, el que falta, pasa por encima de la finca de Lascorz.
Yo soy la que da los descargos. La que deja las líneas sin corriente y le dice a un hombre que ya puede subirse.
Podría hacerlo desde el centro de control, como se ha hecho siempre y como se sigue haciendo en el noventa y nueve por ciento de este país: una radio, una fórmula, una línea a disposición de un hombre que está a dos horas de coche.
Pero en esta zona, desde hace dos años, el que da el descargo baja al tajo con la brigada.
Está en el procedimiento. Lo propuse yo, lo peleé yo en tres reuniones, y las brigadas de toda la provincia lo llaman «la norma de la Solans» con un cariño que se puede cortar en lonchas.
Más frío, más horas, más papel. Y el que da la palabra la da mirando a la cara el poste al que se va a subir un hombre.
No es penitencia. Que quede claro también esto: yo di bien aquel descargo.
La línea estaba abierta, con candado, señalizada y muerta, y lo estuvo durante cada segundo que estuvo a nombre de Mur.
Lo dijeron los técnicos, lo dijo el expediente y lo dice mi firma, que no me tiembla.
No he pedido perdón en dos años y no pienso pedirlo, porque pedir perdón por algo que hiciste bien es la manera más rápida de que nunca más te crean cuando digas que una cosa está muerta.
Lo que hice fue cambiar el procedimiento. Es el único perdón que me he concedido.
La primera mañana en el tajo fue exactamente como me la esperaba, con un detalle que no me esperaba nada.
Llegué antes que ellos, que es una costumbre mía, y vi bajar la furgoneta de la brigada por el camino del collado con las luces puestas y la escarcha levantándose del suelo.
Bajaron cuatro. Un veterano enorme con bigote blanco, Sesé, que me miró a los ojos y me dijo «buenos días» como se le dice a una persona.
Un chaval de Huesca con más boca que barba. Un tercero que no me saludó. Y él.
A Anastasio Mur yo no lo conocía en persona. Su voz sí: la tengo en una grabación que he escuchado más veces de las que le voy a contar a nadie, diciendo «recibido, repito, línea a mi disposición» con una tranquilidad de hombre que se va a poner a trabajar.
Es grande. Es lo primero, y es una tontería, pero es lo primero: grande de espalda, grande de manos, con veinte años de trepar puestos encima y una manera de pisar el hielo que parece que le deba dinero.
Barba de tres días. Ojos de entornar. No me miró como me mira el valle, con esa mezcla de reproche y gusto.
Me miró como se mira un aparato del que dependes y del que no te fías.
—Solans —dijo.
—Mur.
—Necesito el descargo del tramo tres.
—Lo tendrá cuando acabe de comprobar que el interruptor está donde yo lo he dejado.
—Ya está donde lo ha dejado.
—Eso lo dice usted.
Hubo un silencio pequeño. El chaval de Huesca lo llenó con un «buah» por lo bajo, que es la manera que tienen los de veintitrés años de decir cosas muy largas.
Le di el descargo con la fórmula entera, y él la repitió sin quitarme los ojos de encima, y después hizo lo suyo, que es no fiarse de mí: probó su detector en la línea que sí tiene corriente, para saber que el aparato funcionaba, y luego lo pasó por los tres cables de la nuestra, y después puso la tierra.
Bien. Rápido y bien, con esas manos que parece que vayan a romper el aparato y no rompen nada.
Y cuando terminó, se guardó la pértiga y dijo:
—Está muerta.
—Está muerta —repetí.
—Lo digo por usted. Para que lo oiga de alguien que lo ha comprobado.
Ahí fue donde entendí la clase de invierno que me esperaba. Porque eso no fue una pulla, o no solo. Fue un hombre diciéndome, delante de sus tres compañeros y con una mala baba que no le cabía en la boca, que la palabra de otro no le vale.
Le hice repetir la comprobación de uno de los tres cables. No hacía falta. La hice repetir porque ese tramo lo iba a firmar yo y porque a mí, delante de sus hombres, no me va a colocar nadie en el sitio de la que dice cosas desde un despacho.
Lo repitió. Sin una sola protesta, mirándome fijo, y cuando acabó se quitó un guante con los dientes para escribir la hora en el parte, y yo le vi el antebrazo entero, y la cicatriz, y la manera en que la manga mojada se le pegaba al brazo.
No, pensé. Esto no. Todo menos esto.