ALTA TENSIÓN (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS 8) Prólogo · 1.1
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ALTA TENSIÓN (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS 8)

ALTA TENSIÓN (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS 8)

Por Andres Rodriguez Fuentes

© inepub.com

Prólogo · 1.1

Diez minutos. Eso es lo que quise ahorrarme, y eso es lo que llevo dos inviernos pagando con las manos de mi hermano.

TASIO

Voy a explicar primero en qué trabajo, porque si no, lo que viene después no se entiende, y lo que viene después es lo único que tengo que contar.

Un enchufe de una casa tiene doscientos veinte voltios.

Los cables que llevamos nosotros de poste en poste por este valle tienen veinte mil.

Cien veces más. Y con eso no hace falta ni tocarlos: si te acercas lo suficiente, la corriente salta por el aire para llegar a ti, porque tú eres un saco de agua y el aire no es nada.

A los postes nosotros los llamamos apoyos, y se trepan con unos hierros que se atornillan a las botas y con un cinturón que te ata a la torre.

Y ahora la parte importante, la única que hay que retener de todo esto.

Un cable con veinte mil voltios y un cable sin corriente son exactamente el mismo cable. No zumban, no brillan, no calientan, no huelen, no avisan. Son un hilo de aluminio sucio colgado del aire. Igual el vivo que el muerto.

Así que la única diferencia entre los dos está en la cabeza de otra persona.

Esa persona tiene un nombre en mi oficio: el agente de descargo.

Es el que tiene autoridad para dejar una línea sin corriente.

Va al interruptor —que en el campo es una cuchilla grande, en un poste, que se abre tirando de una pértiga—, la abre, le pone un candado para que nadie pueda volver a cerrarla, cuelga una tarjeta con su nombre y me entrega la línea a mí por radio, con una fórmula.

Ese momento, ese papel y esa fórmula se llaman descargo.

Y consiste, si le quitamos el idioma, en que una persona te da su palabra de que la cosa que te puede matar está muerta. Nada más. Todo mi oficio es eso. Veinte años colgado de hierros a veinte metros del suelo creyéndome lo que me dijo alguien por una radio.

Aquella noche había tres averías en el valle y una sola brigada, que era la mía.

Bajaba la tormenta del norte con esa mala fe que tiene el aire cuando se le mete el hielo dentro, y el valle se iba apagando a trozos, como si alguien fuera cerrando puertas de arriba abajo.

Primero la estación y las dos aldeas del puerto.

Después el pueblo cabecera, que volvió solo a los veinte minutos.

Y al final lo de la umbría, que era lo nuestro: un pino joven se había echado encima de la línea con toda la nieve del mundo en las ramas y había dejado sin luz a dos aldeas y a la granja de abajo.

Llevábamos desde media tarde con las manos mojadas. Deo conducía, Rai iba detrás cantando por lo bajo, que era su manera de decir que estaba contento, y yo miraba el reloj sin mirarlo, que es un vicio de este oficio: no mirar la hora y saber exactamente cuánta queda.

Pedimos el descargo por radio.

Al otro lado había una voz de mujer, tranquila, de las que no suben de tono ni cuando les gritas. Yo no le había visto la cara en la vida. Estaba a ciento veinte kilómetros de allí, en un centro de control con calefacción y café, y me dio la línea con la fórmula exacta, sin una palabra de sobra:

—Línea de la umbría, seccionador abierto, bloqueado y señalizado. Queda a su disposición. Descargo a nombre de Mur, Anastasio. Agente de descargo, Solans.

—Recibido —dije—. Repito: línea a mi disposición, descargo a mi nombre.

Traducido a lo que significa: el interruptor de esa línea está abierto, tiene un candado puesto y una tarjeta colgando, el cable está sin corriente, y mientras mi nombre esté en ese descargo no puede volver a tener corriente aunque lo pida el ministro.

Ni ella puede cerrarlo, ni su jefe, ni Dios.

Y al que sube al poste no se le puede dar tensión por debajo, que es la manera fina de decir que no se le puede matar mientras está arriba.

Así está escrito. Y por eso lo primero que hacemos es repetírnoslo el uno al otro en voz alta, palabra por palabra. Para que no haya un «yo creí que».

Bajamos en el cruce, donde entra el camino a la granja, y allí hicimos lo que se hace: verificar.

Verificar no es fiarse: es mirarlo tú. Saqué la pértiga, que es una vara de fibra de vidrio con un aparato en la punta que pita si hay corriente, y lo primero que hice fue probarla en un cable vivo del otro ramal, el que sigue dando luz al pueblo.

Eso lo hacemos siempre y nadie que no sea de esto lo sabe: comprobar que el aparato funciona antes de creerte lo que te dice.

Porque un detector estropeado no te dice «estoy estropeado»: te dice que no hay corriente, que es lo que querías oír.

Pitó en el cable vivo. Bien. El aparato estaba bueno.

Luego fui al nuestro, cable por cable, los tres.

Nada. Silencio. Una línea muerta suena a nada de una manera muy particular, y yo esa nada la conozco como se conoce la voz de tu madre.

Y después de verificar viene lo último, que es lo que hay que entender de esta historia entera, así que lo voy a contar como se lo cuento a los aprendices el primer día.

Poner tierra es coger un cobre gordo, un cable de los de verdad, y unir el cable de la línea con el suelo. Un puente. Un atajo. Se hace cuando ya sabes que la línea está muerta, y ahí está la gracia y ahí está el chiste: se pone precisamente porque la palabra de otro puede fallar.

Si alguien, en cualquier punto de ese valle, le mete corriente a esa línea —por una equivocación, por una maniobra mal hecha, por lo que sea—, la corriente busca el camino más fácil para llegar al suelo.

Y si has puesto la tierra, el camino más fácil es tu cobre: se va por él, hace un chispazo de mil demonios y revienta en un sitio donde no hay nadie.

Si no la has puesto, el camino más fácil eres tú.

Puse la tierra en el apoyo del cruce, donde entrábamos. La pinza, el cable, la tenaza, todo como Dios manda.

Y el trabajo estaba tres apoyos más arriba.

Aquí se acaba la parte que se puede contar sin que a uno se le cierre la garganta, así que la voy a contar rápido y entera, que es como hay que contar las cosas que no tienen arreglo.

Poner otra tierra allí, en el punto donde íbamos a trabajar, significaba subir un segundo equipo con el pino encima de la línea, con la nieve entrando de lado y con los dedos ya de madera. Quince minutos. Veinte, con lo que costaba moverse. Y el pino se quitaba en diez.

Lo pensé. No fue un despiste: lo pensé, con esta cabeza, y decidí que con la del cruce íbamos servidos, que total la línea estaba muerta y verificada.

Nadie me obligó. No había un enfermo colgando de un respirador, ni una vieja sola en una casa a cuatro grados, ni un jefe gritándome por la radio. Lo único que había era una ventana de tiempo que se terminaba y un hombre de treinta y nueve años con prisa de acabar y cenar.

—Sube —le dije a mi hermano.

Y subió, porque trepaba mejor que yo y porque cuando yo decía sube, él subía.

Lo llevaba haciendo desde que tenía dieciocho años y yo le enseñé a atarse los hierros a las botas.

Me acuerdo de la cara que tenía debajo del casco, con la nieve pegada en las pestañas, y me acuerdo de que dijo una tontería sobre el pino y que Deo se rió.

Luego hubo una luz.

No tiene color, esa luz. La gente cree que un chispazo de estos es azul, o naranja, y no: es blanco de una manera que no existe en la naturaleza, te deja la sombra de las cosas impresa en el ojo y viene con un chasquido corto, un golpe seco, como si alguien partiera una tabla de nogal encima de tu cabeza.

Y después el olor.

No voy a describir el olor. Llevo dos inviernos sin poder entrar en una cocina cuando se está haciendo carne a la plancha.

El cinturón lo sujetó, que es lo único que se hizo bien aquella noche.

Subí yo. Lo bajamos entre Deo y yo con la polea, con el cuerpo pesando lo que pesa un hombre cuando ya no ayuda, y lo tumbamos sobre la nieve, y Deo empezó a hablar por la radio con una voz que no era la suya mientras yo le abría la ropa a mi hermano y le veía las manos.

Las manos.

El helicóptero no voló, con esa tormenta no volaba nada, así que fue la ambulancia del pueblo hasta Barbastro y después otra hasta Zaragoza, por carreteras que aquella noche eran una pista de hielo. Yo fui detrás, en la furgoneta, agarrado al volante, diciendo en voz alta, solo, para nadie:

—Estaba muerta. Me dieron descargo. Estaba muerta.

Y era verdad. Eso es lo peor de todo: que cada cosa que dije aquella noche era verdad y ninguna servía para nada.

Hay un detalle que no me dijo nada entonces y que se me ha quedado dentro para siempre.

Mientras esperábamos a la ambulancia, de rodillas en la nieve, con la mano de Deo en mi hombro, oí abajo, en el fondo, el runrún del generador de la granja de Lascorz.

Un motor de gasóleo del tamaño de un coche pequeño, metido en una caseta, que le da luz a la granja cuando el valle se queda a oscuras, porque Beni tiene la cámara frigorífica llena y no se puede permitir perder el género.

Lo oí. Me acuerdo perfectamente de haberlo oído. Y no pensé absolutamente nada.

Lo demás es papel. Vino la investigación, vinieron los técnicos, vino el expediente, y en el expediente hay una frase mía que firmé con mi nombre y mis dos apellidos y que no he retirado nunca:

No se colocó equipo de puesta a tierra en el punto de trabajo. La decisión fue mía. Consideré suficiente la puesta a tierra del apoyo de entrada.

En castellano: no puse el atajo donde estaba mi hermano. Y punto.

Me sancionaron. Me retiraron catorce meses el papel que te permite mandar en una brigada, que en un valle donde no hay otra significa que Casamayor tuvo que traerse a un chaval de Monzón a firmar los partes que escribía yo.

Y me lo devolvieron cuando las nieves del año siguiente demostraron que nadie más quería trepar en esta zona a menos veinte con el viento haciendo lo que hace.

Mi hermano tiene treinta y cuatro años, una incapacidad permanente y unas manos que ya conoceréis. Vive en la casa de nuestros padres, la de la solana, a doscientos metros de la mía.

Todo eso lo sabe el valle entero. Está escrito, está firmado, está pagado, y si me lo tienen que escupir a la cara en el bar, me lo escupen, y yo me lo trago, que es lo justo.

Lo que no sabe el valle es lo otro.