Capítulo 32
E l lunes dos de noviembre, a las diez y veinte de la mañana, un chico con un polo de la empresa abrió el trastero doscientos catorce de Vicálvaro y por primera vez en doce años no sonó ninguna tablet.
El domingo no hice nada. Lo digo porque llevo quince años sin que un domingo no sea nada: me desperté a las once, miré el móvil, vi que no tenía que publicar a las ocho y me volví a dormir.
Comí un yogur. Vi la mitad de una película.
A las seis me di cuenta de que llevaba todo el día sin escribir un pie de foto mental y luego me di cuenta de que acababa de escribir uno sobre no escribir pies de foto, y me reí sola en un sofá gris de Chamberí, que es una manera de pasar un domingo.
Óscar no vino. Su contrato sigue hasta el cierre, pero desde el domingo está gastando las vacaciones que le quedaban, veintidós días que ha juntado con lo que venga después, y el viernes dejó la tablet encima de mi mesa vacía sin decir nada.
Vino Sonia, de administración, que es una de las tres que se quedan, con una carpeta de plástico y una hoja impresa.
La hoja la había firmado Ramiro el viernes por la tarde.
«Autorizo la baja definitiva del inventario y la entrega a sus propietarios de los siguientes activos: MAN-TX-0417, jersey de lana, ya en préstamo indefinido desde el 17 de octubre; MAN-UT-0087, taza de cerámica de promoción, propiedad de Ignacio Cabrera; MAN-PP-0201, hoja manuscrita, lista, propiedad de Tomás Leal y Sara Quintana».
Y debajo, escrito a mano, con su letra, que es pequeña y recta:
«Esto nunca fue nuestro. R.».
Sonia me dio la hoja para que la leyera y me dijo que se la devolviera para el archivo.
Se la devolví. No le hice una foto. Es la única cosa de todo este mes que me apetecía guardar y no la guardé, porque guardar cosas de una empresa en la que ya no trabajo es exactamente lo que he estado haciendo doce años.
Sonia tiene veintiséis años, lleva dos en administración y es una de las tres que se quedan.
Va a seguir en Manual, integrada con Hogaria, haciendo pedidos y devoluciones desde su casa, porque la oficina de Chamberí cierra el treinta de noviembre.
Me trató de usted dos veces y a la tercera le dije que no, y entonces me llamó Sara y no volvió a llamarme de ninguna manera en toda la mañana, que es lo que pasa cuando una empresa se acaba y nadie sabe cómo se llama lo que queda.
Porque eso es lo otro: yo ya no trabajo aquí.
Mi dimisión tiene efectos del cierre, que es a mediados de noviembre, pero el viernes vacié el despacho, entregué las tarjetas, las llaves y las contraseñas, y le expliqué a Sonia cómo se hace el cierre de mes de la tienda online, que lo hacía yo desde 2015 porque nunca me fie de que lo hiciera otro, y desde el sábado a medianoche soy una mujer de treinta y seis años con una participación que ya no va a cobrar, sin sueldo desde diciembre y sin marca.
El viernes, cuando vacié el despacho, tardé cincuenta minutos y me llevé cuatro cajas: libros, dos premios de un festival de publicidad de 2019 que no sé dónde poner, una planta que lleva seis años sin morirse y una caja entera de agendas de todos los años, de 2014 a 2026, doce ediciones, que cogí del almacén y que nadie me impidió coger porque a nadie se le ocurre que eso sea llevarse algo.
Voy a ponerlo entero porque es la última vez que lo pongo.
No tengo empresa. No voy a ver el dinero de la venta: lo que me correspondía por mis participaciones va al fondo el día del cierre, y las regalías que me debe la empresa, también.
No tengo indemnización, porque he dimitido.
Tengo ahorros para unos meses, un piso en Chamberí que no puedo pagar y al que he dado el preaviso, y una cita el viernes para ver un apartamento en Usera a la mitad de precio.
Tengo treinta y seis años y quince de oficio.
Eso es lo que hay. No es una tragedia y no es una historia bonita, que es exactamente lo que me pidió Chus.
Tomás llegó a las diez y media, andando desde el metro, con dos bolsas de tela dobladas en la mochila.
Del metro al polígono hay veintitrés minutos andando y los hizo, y cuando le pregunté por qué no había cogido el autobús dijo que el autobús pasa cada media hora y que andando se tarda lo mismo, que es la explicación que da él para todo desde 2011.
Sacamos tres cosas del estante tres y del estante uno.
El jersey no estaba: se lo llevó él el diecisiete y está en el respaldo de un sofá de Puente de Vallecas. En la hoja aparece igual, porque en el inventario todo tiene que cerrarse, y Sonia tachó esa línea y escribió «entregado» al lado.
La caja de la campaña la bajaron aquí el viernes, cuando vaciaron la oficina, y Sonia dio de alta lo que había dentro al recibirla, que es lo que hace administración con todo lo que entra.
Por eso la taza tiene dos etiquetas: la de octubre, P01-TAZA, pegada por Óscar el día uno, y encima otra, MAN-UT-0087, de hace tres días.
La taza de Nacho, envuelta en papel de burbujas, con la raja del asa. Tomás la sacó de la caja, le quitó el papel, le despegó la etiqueta con la uña y la metió en una bolsa de tela. La etiqueta se la dio a Sonia.
La lista, MAN-PP-0201, dentro de una funda de plástico con cierre. Once puntos, un doce y una marca de imán oxidada en la esquina de arriba. La sacó de la funda y la puso plana entre dos hojas de cartón que había traído, y la metió en la otra bolsa.
Antes de eso, Tomás abrió la caja de la lista y la sacó él, no Sonia, y pidió permiso con la mirada antes de tocarla, y Sonia dijo que sí con la cabeza porque tenía la hoja firmada en la mano. Los tres estuvimos de acuerdo en una cosa sin decirla: que ese papel no lo tocaba nadie de administración.
Sonia fue leyendo en la hoja y poniendo una cruz al lado de cada línea, a mano, con un bolígrafo azul. Tres cruces. Luego firmó abajo, y me pidió que firmara yo, y firmé, y le pidió a Tomás que firmara él, y firmó.
Y ya está. Así se cierra una cosa que ha durado quince años: con una hoja impresa, tres cruces a bolígrafo y dos firmas en un polígono de Vicálvaro un lunes por la mañana.
Sonia me preguntó si quería llevarme algo más «de lo mío».
Le dije que no había nada mío ahí dentro.
Miró la lista, dijo que en el inventario todo estaba a nombre de la sociedad y que por eso preguntaba, y yo le dije que precisamente por eso: que lo que había ahí dentro era de una empresa, y que los tres únicos objetos que no lo eran estaban ya en dos bolsas de tela.
Lo apuntó. Es lo que hacen los que vienen después de Óscar.
Dos cosas más antes de salir.
La primera: Tomás preguntó por la caja de la campaña, la de octubre, la de las etiquetas con pe.
Sonia la buscó y estaba en el estante dos, dada de alta el viernes.
Dentro: la cinta de carrocero con mi dibujo de la vela, una hoja de roble de Alcorcón, un imán con un dinosaurio que es de Leti y que habrá que devolverle, dos albaranes y un calcetín de lana gris de veintinueve euros que nadie reclamó.
No sacamos nada. Está dado de alta y es de la sociedad.
Lo dejo escrito porque dentro de un año, cuando alguien en Hogaria abra esa caja, no va a entender nada, y eso me parece lo más justo que va a pasar con todo esto.
La segunda: el panel led de Tomás, etiquetado P00-PANEL en octubre, se lo llevó él el sábado a las once de la noche, después del directo, con su etiqueta puesta, y Óscar lo dio de baja desde el móvil mientras recogían las sillas. Fue la última línea que escribió Óscar Pardo en esa tablet.
El resto se queda. Veintiséis cajas. La manta, los calcetines que no se secaron, el cazo, los tres tazones, el cuchillo de pan, las agendas de 2014, tres bolsas de basura vacías con su número.
Todo eso es de la empresa, que a mediados de noviembre será de Hogaria, y lo que hagan con ello no es asunto mío.
Miré la estantería antes de salir, la de arriba abajo, y no sentí lo que esperaba sentir.
Son cajas. Alguien las inventarió en una tarde de agosto de 2014 con un becario, y esa persona era yo, y ya no lo es.
Antes de cerrar, Sonia preguntó si queríamos ver el resto del trastero con calma, que ella tenía media hora. Dijimos que no los dos a la vez y nos miramos, porque a los dos nos había salido igual de rápido.
Salimos a las once menos veinte. Sonia cerró la chapa, pasó la tarjeta por el lector de la nave, comprobó que la luz del pasillo se apagaba sola y se fue en su coche. Estuvo tres minutos haciendo esas cosas y nosotros la esperamos fuera, en la puerta, sin hablar, con las bolsas.
Y nos quedamos Tomás y yo en la puerta de un guardamuebles de un polígono de Vicálvaro, con una bolsa de tela cada uno, a cuatro kilómetros de la parada de metro más cercana que sirva de algo, con el sol de noviembre, que es el sol que más se agradece del año.
Él llevaba la lista. Yo llevaba la taza, envuelta otra vez en el papel de burbujas, que me lo quedé yo porque tirar el papel de burbujas de una cosa frágil delante de la persona que te la ha dado es de mala educación.
Le pregunté si quería que la llevara él, que era de Nacho. Dijo que no, que a Nacho se la iba a devolver yo, porque a Nacho le debía una llamada desde 2014 y una taza desde octubre, y que las dos cosas se hacen mejor juntas. Y tenía razón, y lo apunté, y he quedado con él el jueves.
Echamos a andar hacia la carretera sin decir nada. Él no propuso un taxi. Yo tampoco. Anduvimos.
El polígono de Vicálvaro a las once menos veinte de un lunes tiene naves con la persiana subida, dos camiones descargando, un bar de menú con la puerta abierta a cuatro grados y una acera que se acaba a mitad de calle y no vuelve a empezar.
Anduvimos por el arcén, en fila, cuando pasaba un camión, y luego otra vez a la par.
A los diez minutos, cuando ya se veía la gasolinera del principio del polígono, dijo:
—Se ha acabado.
—Sí.
—No tienes que estar aquí.
—Ya lo sé.
—No hay campaña. Ni contrato. Ni empresa. No hay nada que arreglar y no hay nadie mirando. —Se paró—. Es lo que te dije el viernes.
—Me acuerdo de lo que me dijiste el viernes.
Nos quedamos los dos parados en el arcén de una carretera de polígono, con dos bolsas de tela, delante de una nave de coches de segunda mano.
—¿Adónde vamos? —preguntó.
Voy a decir lo que hice antes de contestar, porque hice tres cosas y las tres las recuerdo.
Primero conté. Es lo que hago: conté que llevaba treinta y ocho días conociéndolo otra vez, y once desde el primer beso, y que faltaban tres para mirar un piso en Usera, y que tenía ahorros para cuatro meses y medio.
Segundo pensé un pie de foto. Me salió solo: «Mujer de treinta y seis años en un arcén con una taza de gasolinera». Y lo tiré, que es la primera vez en quince años que se me ocurre uno y lo tiro entero.
Y tercero lo miré a la cara, que es lo que no había hecho en treinta y ocho días sin una cámara delante o un papel encima de la mesa.
—A tu casa —dije—. Mañana también.
Tomás tardó lo que tarda él.
—Vale.
Y echamos a andar otra vez, hacia la gasolinera, con las bolsas.
En la gasolinera del principio del polígono paramos a comprar agua.
Es una gasolinera con tienda, de las que tienen café de máquina y bocadillos envueltos, y al lado de la caja había un expositor con tazas de promoción por repostaje.
No las mismas. Otras, azules, feas, de ahora.
Tomás las miró un segundo y no dijo nada y yo tampoco, y pagamos el agua y salimos, y a los veinte metros los dos nos estábamos riendo sin habernos dicho de qué.
Lo último que hice esa mañana, ya en el metro, fue un inventario. Lo escribo aquí porque llevo doce años haciendo inventarios de cosas que no eran mías y este es el primero que es mío.
Una taza de gasolinera con la raja en el asa, que hay que devolver a Nacho Cabrera esta semana.
Una hoja de cuaderno con once puntos y un doce tapado, entre dos cartones, que se queda en Carabanchel.
Un jersey mostaza en Puente de Vallecas, en el respaldo de un sofá, de su dueña.
Un disco duro de cincuenta y nueve euros en el cajón de mi mesa, que no puedo usar y que no voy a usar.
Cuatro cajas de cosas mías en un piso de Chamberí del que me voy el uno de diciembre.
Un carné de biblioteca sin estrenar. Una hoja de roble de Alcorcón.
Y una lista de tres cosas que hacer esta semana, que es lo que tengo en vez de una empresa: llamar a Nacho, contestar a mi padre, ver el piso de Usera el viernes a las seis.
Ninguna de estas cosas tiene código de barras.