Capítulo 31
E l directo empezó a las ocho de la tarde del sábado con cuatro mil trescientas personas conectadas y terminó a las once y treinta y siete con nueve mil ochocientas, y yo lo vi entero por un visor.
No salgo. Eso hay que decirlo al principio: yo estuve las tres horas y media detrás de la cámara, que es donde llevo quince años, y nadie me vio la cara salvo cuando Leti hizo un plano de la sala y salí de espaldas.
Lo montamos en la oficina, en la sala grande, con la mesa de reuniones apartada y cuarenta sillas alquiladas a la empresa de Móstoles, que a estas alturas ya nos manda a los mismos dos hombres y ya no pregunta nada.
Vinieron treinta y una personas: el equipo, dos abogadas, Nacho con Rebeca, mi madre, que no había pisado esta oficina nunca y que se sentó en la segunda fila con el bolso en las rodillas, y Noa, que llegó la última y se puso al fondo, de pie, aunque había sillas.
El caballete lo trajo Carla de una tienda de bellas artes de Argumosa y costó veintinueve euros. Estuvo toda la tarde en un rincón, plegado, y nadie preguntó para qué era porque todo el mundo lo sabía y nadie quería decirlo antes de tiempo.
A las siete y media, mientras Leti comprobaba el sonido, Sara se sentó en la primera fila, sola, mirando la tela negra. Estuvo así seis minutos. Yo la vi desde detrás de la cámara y no hice la foto, que a estas alturas es mi manera de decir las cosas.
Sara empezó sin guion. Lo sé porque el guion de Chus estaba encima de una silla y se quedó ahí las tres horas y media.
Contó lo que era esto: treinta y un días desmontando una agenda de treinta y nueve euros. Dijo que la empresa se ha vendido, que la oficina cierra, que nueve personas salen y que las nueve están sentadas en esa sala. Dijo sus nombres. No dijo lo del fondo. A eso volveré.
Y luego enseñaron los trucos, que es lo que la gente había venido a ver y lo que nadie olvidó después.
Empezaron por lo más barato, que fue idea de Leti: la cartulina blanca de un euro con la que se rebota la luz en una cocina. Sara la levantó delante de la cámara y dijo que aquello valía un euro y que había salido en cuatro piezas.
Enseñaron el panel led con el gel cálido y cómo se hacen doce minutos de sol de patio de Lavapiés en cuatro minutos de electricidad.
Enseñaron las doscientas cuarenta euros de hojas de floristería que se quedaron en una caja del recibidor.
Enseñaron el radiador de sesenta y dos kilos alquilado para una oficina con suelo radiante y la factura: doscientos treinta euros, más trescientos de fianza.
Enseñaron la máquina de lluvia de Usera y el albarán del electricista de Getafe: ciento ochenta euros por una noche a oscuras.
Enseñaron la cama de atrezo y el «vector de arrugas» de Óscar, que salió en pantalla con su nombre y su letra, y Óscar se tapó la cara con las dos manos, y la sala se rio, y a partir de ahí la cosa fue otra.
Nadie del público sabía lo que era el caballete hasta las once y veinte. Estuvo tres horas y media en el plano, al fondo, vacío, y en el chat lo preguntaron catorce veces.
Enseñaron el presupuesto entero del mes, línea a línea, proyectado.
Óscar lo había preparado él mismo el jueves, después de su reunión de extinción, y esa hoja es lo mejor que ha salido de esta campaña: cada pieza con su coste, con su proveedor y con lo que se tiró.
Hojas de floristería, doscientos cuarenta euros, no utilizadas.
Estilista de comida, trescientos ochenta, tres horas.
Radiador, doscientos treinta más trescientos de fianza.
Bici holandesa, ochocientos noventa, devuelta en catorce días.
Cama, doscientos veinte. Estudio con lluvia, doscientos ochenta, más ciento ochenta de electricista.
Caballete, veintinueve. Y abajo, en la última línea, en negrita: coste total de recrear treinta y un días de una vida que costó cero euros.
Una mujer del chat preguntó, a los veinte minutos, cuánto costaba montar aquella sala.
Sara miró a Óscar y Óscar dijo, a cámara, que cuarenta sillas alquiladas son ciento diez euros y que la tela negra estaba en el almacén desde una feria de 2019.
Lo dijo con la misma voz con la que ha dicho todas las cifras de este mes, que es la voz que ha acabado siendo la banda sonora de la campaña.
Leti puso las tomas falladas. Catorce minutos.
Sara con un calcetín mojado en la mano, Sara agachada cogiendo hojas del Retiro con un operario de fondo diciendo que no se puede, Sara metiéndose en una bañera de agua fría y dando un grito que no sale en la pieza, yo diciendo «no» diecisiete veces seguidas en diecisiete días distintos, cortadas una detrás de otra, que fue idea de Leti y que provocó el aplauso más largo de la noche.
Y luego pusieron la lista.
La lista de verdad, la de 2011, la de «cosas que no cuestan nada», los once puntos con la letra de Sara.
La proyectaron entera y Sara los leyó en voz alta, uno por uno, delante de treinta y una personas y de nueve mil, y cuando llegó al once, que es «que Tomás haga la foto», la sala se quedó en silencio y ella siguió.
—Y hay un doce —dijo—. El doce lo escribió él, esa misma noche, cuando yo ya dormía.
Y lo tapó con un imán antes de que yo lo viera.
Durante quince años he vendido una lista con un punto tapado.
Lo que pone debajo del imán no lo voy a leer aquí.
Es suyo y es mío, y esto es lo único que se lleva cada uno de esta campaña.
A las diez, Sara hizo una cosa que no estaba prevista y que no me avisó: pidió que se sentaran delante las nueve personas cuyo contrato se extingue, y las presentó una a una, con su nombre y sus años, y dijo lo que hacía cada una en la empresa.
Tardó cuatro minutos. Cuando terminó, no dijo nada más sobre eso.
No dijo que ella pagaba la mejora. No lo ha dicho en ningún sitio y no lo va a decir, y a mí me parece la única cosa verdaderamente cara que ha hecho en todo el mes.
A las diez y veinte llegaron los descartes.
Los proyecté yo, desde mi portátil, conectado con mi cable, con el archivo abierto en mi sesión y con la autorización de una página encima de la mesa, firmada por mí el viernes y contrafirmada por Ramiro.
Once imágenes. Las que elegimos juntos el viernes en tres horas y veinte minutos.
Puse cada una en pantalla y dije en voz alta lo que era, con cinco palabras cada una, y no dije nada más.
La taza girada antes de girarla. La lista sin imán, con el doce tapado en la proyección por una banda negra que puse yo.
Las hojas en el rellano de Tribulete a las once y cuarto de la noche.
Tres tomas falladas. Una mano vendada de otro día.
Una cocina con humo. Dos objetivos con las tapas puestas.
La nevera con un papel y un imán. Dos cielos.
Cuando terminé, cerré el portátil y lo desconecté delante de todos, y Leti dijo a cámara, porque se lo habíamos pedido, que esas once imágenes no se quedaban en ningún servidor de Manual, que esa parte del vídeo se iba a cortar de todas las copias y que quien quisiera volver a verlas no iba a poder.
En el chat se enfadaron. Noventa comentarios en dos minutos pidiendo que las dejaran, que las subieran, que hicieran una edición limitada, que aquello era «demasiado bonito para perderlo».
Alguien escribió que pagaría cincuenta euros por un póster de la lista sin imán.
Alguien escribió que Manual iba a sacar eso en marzo y que aquí nos íbamos a acordar.
Sara leyó uno en voz alta, uno solo, y dijo:
—No. Eso es justo lo que llevamos un mes contando.
A las once menos cuarto contó la frase.
Estaba de pie, delante de la tela negra, sin papel.
Dijo que la faja de la agenda dice «Sobrevive a octubre» desde 2016 y que la escribió el director de contenidos, que estaba ahí sentado, y que él no sabía de dónde venía porque nadie se lo dijo.
Dijo que la frase original no era esa. Que era «si sobrevivimos a octubre, sobrevivimos a todo», en plural.
Que la dijo ella el treinta y uno de octubre de 2011, a las nueve de la noche, en una cocina de seis metros cuadrados, con una calabaza tallada con un cuchillo de pan encima de la mesa.
Y dijo a quién.
—Se la dije a él —y señaló al fondo de la sala, a la cámara, a mí—. A una persona. No a doscientas mil. Y a una chica de veinticinco años le dieron esa frase escrita en un papel en septiembre para que la dijera como suya en una azotea, y ella no lo sabía, y está aquí esta noche, y se llama Noa.
Noa levantó la mano desde el fondo, medio segundo, y la bajó. No dijo nada. No la enfocamos.
A las once y veinte, la pieza treinta y uno.
Sara lo explicó en una frase: que la última imagen de la agenda se llama «Nosotros», que es del trece de octubre de 2011, que es la única de las treinta y una en la que no había nada montado y en la que el pie decía la verdad, y que no la iban a ver.
—No está aquí, no la hemos recreado y no la vamos a enseñar. La pieza treinta y uno es esto.
Y yo hice la foto.
Un caballete vacío delante de una tela negra, en una sala con treinta y una personas mirando, encuadrado como se encuadra un retrato: a la altura de los ojos, con el sitio donde iría una persona en el tercio izquierdo. Tres disparos. El primero.
La proyectamos en la pantalla, detrás, para que se viera lo que era: un encuadre con nada dentro.
Nadie aplaudió durante cuatro o cinco segundos. Y luego sí.
Después del encuadre vacío, Sara hizo lo único que quedaba por hacer y que nadie esperaba: dio las cifras.
Dijo lo que costó cada recreación, ya lo habían visto en la hoja de Óscar, y dijo lo que costó el original: cero, cero, cero, uno cincuenta, cero, seis euros, cero.
Fue leyendo las dos columnas en voz alta durante dos minutos y medio, alternando, y a mitad de la lista la gente del chat había dejado de escribir.
A las once y treinta y siete Sara dio las gracias y cerró.
No anunció nada. No dijo que tuviéramos una relación.
No dijo que fuéramos a montar otra empresa.
No dijo «esto no es un final, es un principio», que es lo que habría escrito yo si fuera otra persona y esto fuera otra novela. Dijo buenas noches y apagó.
A las once y cuarenta me llegó un correo.
Era de Ramiro. A mí, con copia a Sara, a las dos abogadas y a Chus.
«Pieza 31 aceptada. El encuadre vacío se acepta como pieza de campaña a todos los efectos del acuerdo de 29 de septiembre. Gracias por el mes. R. Ibarra».
No se lo había pedido nadie. Ni yo, ni mi abogada, ni Sara. Faltaban veinte minutos para la medianoche y él lo mandó por su cuenta, porque sabía perfectamente que a las doce se extinguía la cesión de 2012 y que si ese correo no existía antes, treinta y una piezas eran treinta.
Se lo enseñé a Sara. Lo leyó. Buscó a Ramiro con los ojos. Ramiro estaba al fondo, poniéndose el abrigo, y no la miró.
A las doce en punto, en la oficina quedábamos ocho personas y dos cajas de cerveza compradas por Carla.
A las doce en punto, además, se extinguió la cesión que Sara redactó en marzo de 2012 y que yo firmé en una cocina sin leerla.
A partir de esa hora, Manual no puede usar mis fotografías originales en ningún sitio: ni en la web, ni en redes, ni en las piezas publicadas, que Leti empezó a sustituir por versiones sin original el domingo por la mañana.
Lo único que sigue es el stock de agendas que ya está impreso, que pueden vender durante doce meses y no pueden reeditar.
Lo miré en el móvil a las doce y un minuto. No sentí nada especial. Estaba cansado y tenía sed.
Recogimos entre todos. Cuarenta sillas apiladas de cinco en cinco, la tela negra doblada, el caballete plegado y devuelto a su rincón.
Leti lloró mientras apilaba sillas, de pie, sin parar de apilar, y nadie fue a abrazarla porque a Leti eso no se le hace, y a los cuatro minutos se le pasó y siguió.
Nos fuimos a la una. Nacho me dio una palmada en la espalda y se llevó a Rebeca. Mi madre se fue en un taxi que le pagué yo y me dijo, antes de subirse, que la sala estaba muy bien puesta.
El domingo no pasó nada. Duermo mal desde hace un mes y el domingo dormí once horas seguidas, y por la tarde fui andando hasta el río y volví, y no miré el móvil, y Sara tampoco me escribió, y eso también estuvo bien.
Nota de la toma.
Caballete vacío, tela negra, altura de los ojos; el sitio de una persona, en el tercio izquierdo. Tres disparos, el primero; nadie aplaudió durante cuatro segundos. Fuera de encuadre: la única foto verdadera que hicimos, que no se enseña y por eso sigue siendo verdad.