Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 30
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Capítulo 30

Pie de foto original: «Último día. Hemos sobrevivido».

E l viernes a las once de la mañana, con el portátil de Tomás en la mesa de la sala grande y la puerta cerrada, empezamos a elegir qué parte de nuestra vida se iba a proyectar mañana delante de cuatro mil personas.

Tardamos tres horas y veinte minutos. Ciento noventa y dos archivos vistos. Once elegidos.

No los vimos todos. Eso quiero dejarlo claro por si alguien piensa que abrimos cuatro mil ciento setenta archivos en una mañana: los ciento noventa y dos los había preseleccionado él el jueves por la noche, en su casa, solo, y esa criba no la vi yo y no la voy a ver nunca.

Le pregunté cuántos había descartado él antes de traerlos.

Dijo: «Los que no te iba a enseñar a ti tampoco». Y ahí se acabó esa conversación.

Funcionó así, y lo dejo escrito porque fue lo más civilizado que hemos hecho nunca: él abría la imagen, la dejaba diez segundos en pantalla, y cada uno decía sí o no.

Un no bastaba. No había que explicarlo, no había que argumentarlo y no se volvía atrás.

La regla la puso él antes de abrir la primera carpeta, y yo dije que valía, y la cumplimos los dos las ciento noventa y dos veces.

Yo dije que no a cuarenta y una.

Él dijo que no a treinta y tres.

Y a ciento siete dijimos que sí los dos y aun así se quedaron fuera, porque once es lo que cabe en veinte minutos de directo y porque a partir de la sexta la gente deja de mirar.

Las mías eran casi todas de mi cara. Las suyas, casi todas de sus manos y de cosas de la casa: el váter, la nevera abierta, una palangana debajo de una gotera de marzo de 2012 que yo ni recordaba.

A la altura del archivo ciento veinte me di cuenta de que estábamos haciendo exactamente lo mismo, cada uno con lo suyo: proteger la parte fea de una casa pobre que hemos estado vendiendo bonita todo el mes.

Y hubo dos en las que él dijo que sí y yo dije que no, y son las únicas de las que voy a hablar, porque son las que importan.

Y hubo una tercera que no cuenta como desacuerdo, porque los dos dijimos que no a la vez, sin mirarnos, y que aun así estuvo diez segundos en pantalla: la mañana del trece de noviembre, la cama deshecha, entera, con las dos cabezas dentro. Esa la cerró él sin que ninguno abriera la boca.

La primera es de noviembre de 2011, de la noche del balcón, la de la foto dieciséis.

La que se publicó es mi cara mojada mirando arriba.

La que él quería enseñar es la anterior, tres segundos antes, cuando yo todavía estaba hablando y tenía la boca abierta y la cara de una persona de veintiuno discutiendo por doscientos veinte euros.

No estoy llorando: estoy gritando. No se me ve bien. Se me ve exacta.

—Es la mejor de toda la campaña —dijo él.

—Lo sé.

—Es la única que explica la otra.

—Lo sé. No.

—Sara.

—No.

Y él cerró la ventana y pasó a la siguiente sin decir una palabra más. Eso también lo escribo.

La segunda es de enero de 2014, del día que se fue. Yo no sabía que existía. Es el pasillo de Tribulete con dos bolsas de deporte en el suelo, hechas, y la puerta de mi habitación cerrada al fondo. La hizo él antes de salir, con la puerta cerrada, y no hay nadie en el plano.

Cuando la abrió, se me fue el aire.

—Esta tampoco —dije.

—Esta es mía.

—Esa es la única que es de los dos, y va a hacer que cuatro mil personas se pongan a llorar mañana, y no la vamos a enseñar.

—¿Por qué?

—Porque es exactamente lo que hemos estado vendiendo todo el mes. Porque es la mejor pieza de contenido que hay en ese disco. Y porque si la enseño mañana, dentro de dos años alguien va a hacer una camiseta con dos bolsas de deporte.

Se quedó mirando la pantalla diez segundos más de los diez que nos habíamos dado.

—De acuerdo —dijo.

Y también cerró esa.

A las doce y diez llegamos al archivo número cien y Tomás se levantó a abrir la ventana. Dijo que la sala olía a gente. No olía a gente: olía a nosotros dos, que llevábamos hora y cuarto mirando 2011 a diez segundos por imagen, y eso es una cosa que huele.

A la una menos cuarto paramos diez minutos.

Leti trajo café y no preguntó qué estábamos haciendo, aunque lo sabía, y dejó las dos tazas en la mesa y cerró la puerta al salir.

Tomás bebió el suyo de pie, mirando por la ventana.

Yo miré la pantalla apagada y pensé que en once años nadie me ha dejado decidir once veces seguidas sin pedirme explicaciones.

Quedaron once. Las once son de cosas: la taza girada antes de girarla, la lista sin imán, las hojas en el rellano a las once y cuarto de la noche, tres tomas falladas donde salgo con los ojos cerrados, la mano vendada de otro día, la cocina con humo, los dos objetivos con las tapas puestas media hora antes de venderlos, la nevera con el papel y el imán, y dos cielos.

En ninguna de las once se nos ve la cara a los dos a la vez.

Eso no lo decidimos: lo vimos al final, cuando las pusimos en fila.

Tomás lo miró un rato y dijo que era lo lógico, porque las fotos en las que se nos ve a los dos son las que él no quiso preseleccionar y las que yo no habría dejado pasar.

Once imágenes de una historia de amor sin una sola cara enamorada dentro.

La campaña entera en una frase, y no la vamos a usar como frase.

A la una y media, Tomás firmó la autorización.

La redactó su abogada el jueves por la noche y ocupa una página.

Autoriza la exhibición única de once fotografías identificadas por su nombre de archivo, el treinta y uno de octubre de 2026, en el directo, proyectadas exclusivamente desde su propio portátil.

No hay entrega de archivos a Manual. No hay almacenamiento.

No hay reutilización de ningún tipo, ni en redes, ni en producto, ni en prensa, ni en el propio vídeo del directo: Manual queda obligada a cortar ese tramo de cualquier copia que conserve o publique.

Ramiro la contrafirmó a las dos menos cuarto, delante de nosotros, en la mesa de su despacho, con su bolígrafo, que es uno de esos que se desenroscan y que lleva usando los doce años que llevo trabajando con él.

Nunca le he visto firmar nada con otro. Leyó la página entera antes de firmar.

Cuando llegó a la obligación de cortar el tramo, levantó la vista.

—Esto significa que el mejor minuto del directo no se puede volver a usar.

—Sí.

—De acuerdo.

Firmó. Y fue la tercera cosa decente que le he visto hacer en doce años, y las otras dos han sido este mes.

Cuando terminó de firmar, Ramiro dijo una cosa más, ya de pie, con la página en la mano.

—¿Cuántos hay en total? En el archivo.

Tomás no contestó.

—Es curiosidad —dijo Ramiro—. No es una oferta.

—Ya lo sé. Por eso no contesto.

Ramiro asintió, le dio la página a la abogada y salió. Y yo, que llevo doce años traduciendo a ese hombre, sé que la pregunta era de verdad curiosidad y que la respuesta le pareció correcta.

La foto treinta la hicimos a las cinco. «Adiós, octubre».

La original es un plano de la mesa de la cocina de Tribulete con un billete de veinte, dos de diez y unas monedas encima, el treinta y uno de octubre de 2011, y el pie dice «Último día.

Hemos sobrevivido», y la gente lleva quince años leyéndolo como una frase bonita.

Era una cuenta. Nos quedaban cuarenta euros y siete céntimos hasta el cinco de noviembre, que era el día que entraba el dinero de una colaboración. Tomás puso el dinero encima de la mesa y lo fotografió porque era lo que había: eso es «hemos sobrevivido».

Hoy lo recreamos con cuarenta euros en billetes encima de la mesa de la cocina de la oficina.

Óscar los sacó de la caja chica, los contó dos veces delante de nosotros y los volvió a meter después, y firmó un papel de entrada y salida de cuarenta euros que va a quedarse en la contabilidad de una empresa que se vende dentro de dos semanas.

Es lo último que ha producido Óscar Pardo en doce días de campaña y es perfecto.

Tomás disparó cinco veces y se quedó con la primera.

En la original hay un billete de veinte, dos de diez y siete céntimos en monedas; en la nuestra hay dos de veinte, porque en la caja chica no había otra cosa, y él lo dijo en voz alta para que constara: «Esto son cuarenta euros de una empresa, no cuarenta euros de dos personas». Lo puso en el texto ella.

Chus pasó a las seis con una carpeta y me dio el guion del directo: diecinueve páginas, con tiempos, con bloques, con dos frases marcadas en amarillo para que las dijera yo. Lo leí por encima delante de él.

—Está muy bien —dije.

—Pero no lo vas a usar.

—No lo sé todavía.

—Sara, llevo doce años escribiéndote cosas que luego no usas. La diferencia es que antes te las escribía para vender y esta te la he escrito para que no te quedes en blanco delante de cuatro mil personas.

Lo dejé encima de la silla, y ahí se quedó hasta el sábado.

A las siete, cuando ya estaba el texto escrito y aprobado, Tomás me pidió cinco minutos.

Fuimos al pasillo, que es donde hablamos en esta casa desde el lunes de las velas.

—Mañana se acaba —dijo.

—Mañana se acaba.

—Y el lunes tú ya no eres nada de esta empresa y yo ya no tengo contrato con nadie.

—No.

Se quedó callado un momento, con las manos en los bolsillos.

—Lo que firmaste ayer —dijo.

—No lo hice por ti.

—Ya lo sé. Lo hiciste por nueve personas y por ti misma. Pero yo estaba delante y yo soy el que no firmó, así que una parte de eso está encima de mí, y no quiero que esté.

—No está encima de ti.

—Escúchame —dijo—. Te lo voy a decir una vez y luego no lo repito, porque si lo repito se convierte en una presión y esto no es una presión.

Esperé.

—No quiero que me elijas para salvarme —dijo—.

No quiero que me elijas porque te sientas en deuda, ni porque te haya dado un disco, ni porque yo haya hecho las fotos de tu vida.

No quiero ser una reparación. Quiero que me elijas cuando no haga falta.

Cuando no haya campaña, ni contrato, ni empresa, ni nada que arreglar.

Si me eliges el lunes, cuando ya no quede nada de todo esto, entonces me lo creo.

No dije nada.

De verdad: no dije nada. Abrí la boca dos veces y las dos veces me salió una frase de las mías, de las que valen para un pie de foto, y las dos veces me la tragué, porque lo que él acababa de pedir era exactamente lo contrario de una frase.

Tomás asintió.

—No hace falta que contestes hoy —dijo—. Sería peor.

Y se fue a recoger el equipo.

A las siete y veinte, cuando Tomás ya se había ido, me quedé sola en la sala grande con el portátil suyo cerrado encima de la mesa, que se le había olvidado, y estuve tres minutos mirándolo sin abrirlo.

No tiene mérito: está cifrado dos veces y no sé la contraseña.

Lo que tiene mérito es que se lo dejara.

Se lo mandé por mensaje. Contestó: «Ya lo sé. Vuelvo mañana». Y volvió el sábado, y lo cogió, y en las tres horas y media del directo no lo soltó ni una vez.

A las ocho y diez me vibró el móvil. Era mi padre.

No me llama. Escribe. Escribe mensajes de dos líneas, sin faltas, con el punto final puesto, y firma «papá» al final, como si los mensajes fueran cartas.

«He leído lo de las castañas. Lo ha compartido la mujer de Julián en el grupo del instituto. Me acuerdo del invierno que estuviste sin decirnos que no llegabas. Podías habérmelo dicho. papá».

Lo leí seis veces.

En noviembre de 2011 mi padre miró nueve mil visitas encima de una mesa en Valladolid y dijo que aquello era una tontería.

Hoy, quince años después, ha leído en internet que a su hija le regalaron tres castañas en la Puerta del Sol porque no tenía dos euros con cincuenta, y me ha escrito un mensaje que no dice «lo siento» y que dice otra cosa.

No contesté. Todavía no sé qué se contesta a eso. Voy a tardar días, y lo sé, y lo voy a hacer.

El texto lo había escrito a las seis y media, en el despacho, con la puerta abierta por primera vez en un mes. Lo escribí en ocho minutos. Es el último de los treinta y sabía lo que tenía que decir desde el jueves.

El correo llegó a las siete y ocho, de Ramiro, sin nota. Treinta.

A las ocho salió la última pieza de las treinta. La de mañana no lleva foto vieja, no lleva recreación y no lleva texto: mañana es un directo.

Fuera de encuadre. Día 30. Cuarenta euros y siete céntimos hasta el cinco de noviembre.

Eso era «hemos sobrevivido». Mañana enseñamos las tomas falladas, las facturas y once fotos que no se publicaron nunca.

Se ven una vez y no se guardan. La última imagen de la agenda no la vais a ver: esa es nuestra.