Capítulo 29
Pie de foto original: «Cena de aniversario en casa. No hace falta más».
A las diez y cuatro de la mañana del jueves, en una sala de reuniones con la mesa puesta para una foto de aniversario, Sara dijo que no a trescientos cincuenta mil euros y nadie aplaudió, porque no era una película.
Voy en orden, porque hoy el orden importa y porque llevo un mes contando los días por lo que se publicaba a las ocho y hoy lo que pasó a las diez de la mañana pesa más que la foto.
Llegué a las nueve y media, media hora antes, porque llevo un mes llegando media hora antes y porque hoy no quería entrar el último en una sala.
La mesa ya estaba montada: la mesa de reuniones con un mantel, dos platos, dos copas, una vela sin encender y una botella de vino tinto de siete euros que Óscar había comprado y de la que no se iba a beber nada.
La foto veintinueve es una mesa de cocina puesta para dos, de noche, con una vela y dos copas llenas hasta la mitad.
«Cena de aniversario en casa. No hace falta más».
Es del dos de octubre de 2012. Primer aniversario del blog.
No había dinero para un restaurante: teníamos ochenta euros para quince días.
Compramos un pollo asado y un pan, pusimos el mantel bueno, que era el único, y el vino lo cogimos de la habitación de Nacho, una botella que le había regalado su tía, y se lo dijimos al día siguiente y nos dijo que ya lo había visto y que no pasaba nada.
En la foto las copas están llenas hasta la mitad porque la botella tenía que durar dos días.
Pero antes de la foto había una reunión, y lo sabíamos los cinco.
A las diez, en la sala grande, éramos Ramiro, Sara, la abogada de Manual, mi abogada por videollamada desde un despacho de Vallecas y yo. Y una hoja de dos páginas encima de la mesa, que era el resumen que había preparado la abogada de la empresa: opción A y opción B en dos columnas.
Ramiro abrió la carpeta y no se anduvo con rodeos, que es lo mejor que tiene.
—Vamos a lo que hay. Opción A: un millón cien mil por las participaciones.
A ti te corresponden doscientos cuarenta y dos mil.
Ciento cincuenta mil para Tomás, directos, por la cesión del archivo.
Paquete reforzado para los nueve: ciento ochenta y tres mil.
Y un earn-out para ti de hasta doscientos mil por veinticuatro meses de imagen.
Opción B: setecientos cincuenta mil. A ti, ciento sesenta y cinco mil.
Sin archivo, sin paquete, sin earn-out. En las dos se paga la indemnización legal de las nueve extinciones, veinte días por año con el tope de la ley, con fondos garantizados por Hogaria.
Eso no está en discusión y no lo ha estado nunca.
—Lo sé —dijo Sara.
—Y tú —me miró a mí— cobras los cuarenta mil de la regularización, que ya están pagados, y los dieciocho mil del mes, que se pagan el cinco de noviembre. Eso tampoco lo toca nadie, firmes lo que firmes.
—Lo sé. Lo dice el acuerdo y lo dice tu correo del lunes.
—Bien. Pues entonces hablemos como adultos. —Cerró la carpeta—. Tomás, ¿estás dispuesto a firmar la cesión del archivo?
Yo llevaba desde el domingo esperando esa pregunta y me la habían enseñado en un pasillo con doce velas el lunes.
—Si Sara me lo pide, sí.
Ramiro se giró hacia ella.
—Ahí lo tienes.
—Ya lo tenía —dijo Sara—. Me lo dijo el lunes y me dio una copia del archivo el miércoles, para que no pudiera decir que no sabía lo que estaba rechazando. Lo llevo en el bolso ahora mismo.
Lo dijo mirándolo a él. Sacó el disco pequeño del bolsillo con cremallera y lo puso encima de la mesa, al lado de la hoja de dos columnas.
—Cuatro mil ciento setenta archivos, de 2011 a 2013. Una copia. No son derechos: sin su firma no se puede explotar ni una. La pongo aquí para que quede claro que he tenido la opción A en la mano tres días.
La abogada de Manual carraspeó y dijo que la copia era irrelevante a efectos jurídicos. Sara le dijo que sí, que lo sabía, y que por eso la había puesto encima de la mesa.
—No firmamos la cesión —dijo—. Opción B.
Ramiro tardó cinco segundos.
—Esa decisión te cuesta setenta y siete mil euros a ti.
—Ya lo he hecho.
—Y deja a nueve personas con veinte días por año en lugar de cuarenta y cinco.
—No —dijo Sara—. Eso es lo segundo que venía a decir.
Y ahí sacó su carpeta, que era una carpeta de anillas de las de la oficina, y puso dos documentos encima de la mesa. Los había preparado su abogada la tarde del miércoles, mientras nosotros estábamos en Vallecas abriendo una lata de galletas.
Lo que firmó lo escribo tal como lo leyó la abogada en voz alta, porque yo estaba a metro y medio y lo oí dos veces.
Primero: una instrucción irrevocable de pago al cierre.
Los ciento sesenta y cinco mil euros que le corresponden por sus participaciones no se los paga Hogaria a ella.
Se pagan, en el momento del cierre, al fondo de mejora que se constituye en el contrato de compraventa.
Irrevocable quiere decir que no puede echarse atrás en noviembre, ni en diciembre, ni cuando vea el número en un extracto.
Segundo: la cesión al fondo del crédito de dieciocho mil euros de regalías ya devengadas que Manual le debe a ella por la explotación de su imagen desde enero. Lo mismo: no se lo paga la empresa a ella, se lo paga al fondo, al cierre.
Ciento sesenta y cinco mil más dieciocho mil. Ciento ochenta y tres mil euros.
La misma cifra exacta del paquete reforzado.
—Con esto el equipo cobra lo que iba a cobrar en la opción A —dijo la abogada—. No es la indemnización legal, que se paga igual en las dos. Es la mejora: el complemento de veinticinco días por año hasta los cuarenta y cinco y las tres mensualidades de continuidad. Lo cubre ella.
—¿Y tú qué cobras? —dijo Ramiro.
—Yo dimito. Efectos del cierre. Sin indemnización.
—Sara.
—Y no hay earn-out que rechazar, porque en la opción B no existe. Que quede claro en el acta, porque dentro de seis meses alguien lo va a contar mal.
Ramiro se quedó con las dos manos encima de la carpeta. Y entonces dijo lo suyo, y lo dijo sin levantar la voz, como dice él las cosas.
—Llevo doce años oyendo que hay cosas sagradas.
Me lo dicen en todas las mesas. Y todas las veces las cosas sagradas eran sagradas hasta que alguien puso un precio encima, y entonces eran caras.
Tú me trajiste este archivo en 2013. Tú me lo enseñaste en un portátil en una cafetería de Serrano y me dijiste que había una historia dentro y que se podía vender.
Y yo puse ciento ochenta mil euros y pagué catorce mil de deudas tuyas y he pagado salarios todos los meses durante doce años, incluidos tres años en que esta empresa perdió dinero.
No me digas ahora que hay una parte que no se toca.
La parte que no se toca la elegiste tú hace doce años, y la elegiste toda.
Sara no contestó rápido. No tenía nada preparado; se le notaba.
—Tienes razón en todo eso —dijo.
—No es un discurso, es una cuenta.
—Ya. Por eso te digo que tienes razón. Yo te lo vendí.
Yo puse el precio y yo firmé que era mío.
Y no me he dado cuenta de golpe este mes, que es lo que va a decir la gente.
Lo sabía en 2013, lo sabía en 2014 cuando quité su nombre del «sobre nosotros» y lo sabía en agosto cuando aprobé congelar el inventario.
—Puso la mano encima de los dos papeles—.
Lo único que ha cambiado es que ahora lo pago yo y no él.
Eso es todo lo que hay, Ramiro. No es sagrado.
Es que la factura estaba a nombre de otro y la he puesto al mío.
Ramiro la miró un rato. Luego cogió el bolígrafo y firmó su parte, que era la conformidad de la sociedad con la instrucción.
—Pierdo doscientos veinte mil euros de mi participación con esto —dijo, mientras firmaba—. Por si alguien lo apunta.
Lo apunto yo.
No dijo nada más. No hizo ningún gesto de hombre generoso.
Firmó, guardó el bolígrafo y preguntó a la abogada cuándo mandaban la respuesta a Hogaria.
A las doce y cuarto, dijo ella. Y a las doce y cuarto se mandó: cuatro líneas a Susana Deza aceptando la opción B, con el acuerdo de la instrucción de pago adjunto y sin una sola palabra sobre por qué.
Susana contestó a las doce y cuarenta con dos: «Recibido. Seguimos con el calendario previsto».
A la una y media fuimos a comer, Sara y yo, a un sitio de menú de Ríos Rosas, con la carpeta encima de la mesa y sin abrirla.
Comimos de primero lo mismo y de segundo distinto.
Ella no dijo una palabra de la reunión y yo tampoco.
Habló del directo del sábado, de cuántas sillas caben en la sala grande, de si su madre querría venir.
En algún momento dijo: «Ya está hecho», sin venir a cuento, y siguió con las sillas.
La reunión con el equipo fue a las cinco.
Sara la convocó por correo a las dos y veinte, con una línea: «Reunión general a las 17:00. Asistencia obligatoria. No es una llamada, es en la sala». Nadie preguntó nada en tres horas. Es una oficina de trece personas y llevaban un mes viendo entrar abogados.
No me correspondía estar. Sara me lo dijo por la mañana: «Si quieres, quédate al fondo». Me quedé al fondo, de pie, al lado del expositor de mantas, con la cámara colgada y sin levantarla ni una vez.
Trece personas en la sala grande. Las nueve y las tres que se quedan y ella. Chus de pie apoyado en la pared. Leti en una silla, delante, con el portátil cerrado, que es la primera vez en veintinueve días que la veo con el portátil cerrado.
Sara lo contó entero en once minutos. La venta, el cierre de la oficina, los tres puestos que se mantienen dentro de Manual e integrados con Hogaria, las nueve extinciones y las fechas.
Dijo los nombres. Dijo la indemnización legal y dijo la mejora: cuarenta y cinco días por año y tres mensualidades.
Dijo que la mejora la pagaba ella y cómo, y lo dijo en una sola frase, sin adornarla, y cuando alguien preguntó de dónde salía el dinero contestó: «De lo que yo iba a cobrar por mis participaciones y de lo que la empresa me debe. No lo voy a cobrar. Se paga al cierre».
Hubo silencio y luego hubo preguntas, que es como funciona esto en la vida real: nadie llora, todo el mundo pregunta por el finiquito y por las vacaciones no disfrutadas.
Leti no preguntó nada en toda la reunión.
Al final se acercó a Sara y le dijo algo muy corto que yo no oí, y Sara le contestó otra cosa igual de corta, y Leti asintió y se fue a su mesa a apagar el ordenador.
Le pregunté después qué le había dicho. Sara me contestó que Leti le había preguntado si aquello era por lo del archivo, por lo que ella le contó a Susana. Y que le había dicho que no.
Óscar preguntó por las fechas exactas de la extinción. Carla preguntó si el paro se veía afectado. Dani, que tiene veinticuatro años, preguntó si podía poner en el currículum que había trabajado en la campaña. Sara dijo que sí, que pusiera también que la había producido.
Chus no preguntó nada hasta el final. Cuando ya se levantaban, se separó de la pared y dijo, en voz normal, para toda la sala:
—Haz lo que tengas que hacer, pero no me lo cuentes como una historia bonita.
Sara lo miró y dijo que no se lo iba a contar así.
—Ya. —Chus cogió su chaqueta—. Es que mañana escribes el último texto y el sábado hay un directo, y yo sé cómo acaban las cosas que escribes tú.
Y se fue el primero, que es lo que hace un hombre que lleva doce años trabajando en una empresa que se vende y que ha entendido antes que nadie lo que va a pasar con esta semana.
A las seis y media, cuando ya no quedaba nadie, Ramiro pasó por la sala, miró la mesa puesta con el mantel y las dos copas y dijo, a nadie:
—Esta la tengo en mi despacho enmarcada desde 2014.
Y se fue a su despacho, y a los diez minutos salió con el abrigo y se despidió con la mano desde el pasillo, y esa fue toda la despedida de un hombre que acaba de perder doscientos veinte mil euros de su participación por una decisión que no era suya.
Hice la foto a las siete, cuando la sala ya estaba vacía. La mesa de reuniones con un mantel, dos platos, dos copas por la mitad, una vela encendida y trece sillas alrededor, las trece, en su sitio, todas vacías. No lo había planeado. No quité ni una.
Seis disparos. El cuarto.
El correo llegó a las siete y trece, de Ramiro, sin nota. Veintinueve.
A las ocho salió. La mesa de la cocina de Tribulete en 2012, con el pollo fuera de plano; la mesa de reuniones de hoy, con trece sillas vacías.
Debajo, el texto de Sara: que el vino era de Nacho, que las copas están a la mitad para que durara dos días, que la cena costó nueve euros con sesenta y que hoy esa mesa es una mesa de reuniones.
Nota de la toma.
Vela encendida a las siete en una sala vacía; trece sillas, ninguna movida. Ciento sesenta y cinco mil más dieciocho mil; la cifra no cabe en un encuadre, pero las sillas sí. Fuera de encuadre: una copia de un disco encima de una mesa, que no servía para nada y lo dijo todo.