Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 28
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Capítulo 28

Pie de foto original: «Desde aquí el cielo es nuestro».

Mari Carmen nos abrió el portal en bata y con el perro, nos dijo que la azotea estaba sucia, que el tendedero no lo tocáramos porque es de la del cuarto, y que ella compra la agenda todos los años y que este octubre «se le está haciendo largo».

Le preguntamos si sabía que esas fotos eran de este edificio.

Dijo que sí, que en el tercero, que ella nos había visto subir y bajar «con cámaras y con bolsas», y que luego «los chicos se fueron», en plural, como se dice cuando no se sabe nada.

Subimos a las nueve de la mañana, Tomás y yo solos, porque en la azotea caben dos personas y un tendedero y porque Óscar dijo que subir el equipo por setenta y dos escalones para una foto de nubes era «desproporcionado», y tenía razón, y fue la última vez que le di la razón esta semana.

Cada foto de nubes es una pelea.

Eso lo entendí el veintiséis de septiembre, leyendo el informe en la mesa de Tomás, cuando vi la lista de fechas de captura de los archivos y reconocí tres de ellas.

Subíamos a la azotea a discutir para que Nacho no nos oyera.

Era la única habitación de la casa que no compartíamos con él.

Discutíamos de dinero, casi siempre; de si aceptábamos un anuncio, en octubre de 2011; del reparto de los cuatrocientos euros de los colchones, en marzo de 2012; de si yo me estaba «pasando de lista» con las marcas, en junio de 2013.

Y cuando terminábamos de discutir, Tomás hacía una foto del cielo, porque estábamos arriba, porque era gratis y porque hacer una foto es lo que él hace cuando ya no hay nada que decir.

Hay cuatro fotos de nubes en la agenda. Hubo muchas más peleas.

La última fue el tres de noviembre de 2013, un domingo, a las siete de la tarde. Dos días después de que él se enterara por la nota de prensa. Subimos los dos y bajamos los dos y esa noche él se mudó a la habitación de Nacho, que estaba vacía desde el verano.

—¿De qué hablamos ese día? —le pregunté hoy, arriba, con el viento.

—De deshacerlo.

—¿Y qué te dije?

—Que no se podía. Que Ramiro ya había pagado los catorce mil.

—¿Y tú qué dijiste?

—Nada. Bajé.

—Eso es lo que recuerdo yo también.

Se puso en el mismo sitio. Lo sé porque hay una mancha de alquitrán en el suelo, de una reparación vieja, y él se puso con los pies a los lados de la mancha, sin mirarla, como quien vuelve a una marca de tiza.

Hizo la foto. Cielo de octubre con un roto. Tres disparos. El primero.

Desde la azotea se ve la ventana de la cocina, el patio, tres antenas nuevas y una grúa que hay ahora en la calle de al lado. También se ve el balcón del tercero, el nuestro, con una maceta que no es nuestra.

—De esa tarde no hay foto —dije.

—No.

—¿Por qué?

—Porque esa vez no me quedaban ganas de mirar hacia arriba.

Bajamos los setenta y dos escalones y cogimos el metro hasta Puente de Vallecas.

No estaba previsto. Lo dijo él en la azotea, mientras guardaba la cámara: «¿Vienes a casa de mi madre?». Así, sin explicación. Dije que sí.

Pilar nos abrió con el delantal puesto y sin sorpresa, porque su hijo la había llamado a las ocho.

Había hecho croquetas, que es lo que hace la gente que ha tenido dos horas de aviso.

En el respaldo del sofá estaba el jersey mostaza, doblado, y en el pasillo, entre la foto de la comunión y la boda de los ochenta, había una nueva, impresa en papel de tienda de fotos: las cuatro manos alrededor de la taza, la de este año, con un marco de tres euros.

Comimos las croquetas de pie las tres primeras, en la cocina, como se comen las croquetas en las casas donde se hacen. Pilar me preguntó si mi madre hacía croquetas y le dije que no, que hacía sopa castellana. Dijo «ah» y no preguntó nada más de mi madre, y eso también es respeto.

A las cuatro, Pilar dijo:

—Tomás, la lata.

Él se levantó, fue al armario del pasillo, se subió a una silla y bajó una lata de galletas danesas de las azules, de las que hay en todas las casas de España con cosas dentro que no son galletas.

La puso en la mesa del comedor y la abrió.

Dentro había tres cosas.

La primera, un trozo de papel de cuaderno de cuadros, arrancado, con una frase escrita a mano en rotulador negro: «Manual para sobrevivir a octubre. Día 1». El papel de la nevera. El original. Doblado en cuatro y con una marca de imán oxidada en la esquina.

La segunda, un disco duro externo de dos coma cinco pulgadas, negro, de los antiguos, con una etiqueta blanca escrita a mano que ponía «T 2011-2013» y, debajo, «copia buena».

La tercera, un sobre de burofax con acuse de recibo, de Correos, con fecha de sello del once de marzo de 2014, abierto por un lado.

Me quedé mirando la lata y no toqué nada, porque no era mía. Doce años. Todo lo que ha faltado en esta campaña estaba dentro de una lata de galletas danesas en un armario del pasillo de un tercero sin ascensor de Puente de Vallecas, a cuarenta minutos en metro de mi oficina, encima de una silla.

—El papel lo cogí yo —dijo Pilar—. En enero, cuando fui a ayudarle a recoger. Estaba en la puerta de la nevera y él estaba metiendo cosas en bolsas y no lo miraba. Lo cogí y me lo traje. No se lo dije hasta el verano.

—¿Por qué?

—Porque lo había escrito él y porque lo ibais a tirar los dos. Y yo no tiro papeles con letra de mi hijo.

Tomás sacó el disco. Fue a por su portátil, que llevaba en la mochila desde por la mañana, y volvió con un cable, y en ese momento entendí que todo esto estaba pensado desde antes de la azotea.

—Siéntate —dijo.

Me senté a su lado, en la mesa del comedor de su madre, con los platos ya recogidos y un mantel de hule con dibujo de limones.

Conectó el disco. Se abrió una ventana con carpetas por años: 2011, 2012, 2013. Dentro, carpetas por meses. Dentro, miles de archivos.

—Cuatro mil ciento setenta —dijo—. Los conté el viernes.

Abrió una al azar. Octubre de 2011. Miniaturas: la ventana del patio, la taza, otra taza, la misma taza doce veces, mis manos, mi cara, mi cara otra vez, una pared, un pie, la calabaza, la calabaza sin tallar, la calabaza a medio tallar, yo de espaldas en el balcón, yo dormida en el sofá con una manta que no es la de la foto.

No dije nada. No sé cuánto rato estuve sin decir nada.

Sacó de la mochila un disco nuevo, de los de ahora, pequeño, que había comprado esa mañana en una tienda de la calle de Alcalá por cincuenta y nueve euros. Lo conectó. Arrastró las tres carpetas. La barra dijo cuarenta y un minutos.

Estuvimos cuarenta y un minutos en la mesa del comedor de Pilar Redondo viendo una barra azul, con ella fregando en la cocina y sin preguntar nada.

Cuando terminó, desconectó el disco nuevo, lo puso encima de la mesa y lo empujó dos centímetros hacia mí.

—También son tuyos —dijo.

—No.

—Sí. La mitad de lo que hay ahí eres tú. No son mis derechos: son mis derechos. Eso no cambia y lo sabemos los dos. Pero las fotos también son tuyas de la otra manera, de la que no está en ningún papel. Llévatelo.

—Tomás, si me llevo esto…

—No pasa nada si te lo llevas. Una copia no es un derecho. Tú no puedes explotar ni una de esas fotos sin mi firma, y eso lo sabe tu abogada y lo sabe la de Hogaria, y si mañana les enseñas ese disco no les sirve absolutamente de nada.

—Entonces ¿para qué me lo das?

Y ahí fue donde lo dijo, y lo escribo entero porque es el centro del mes.

—Para que sepas que lo tienes. Para que mañana, cuando estés en esa reunión, no puedas decirte que no tenías acceso.

Ya te ofrecí la firma el lunes y me dijiste que no.

Ahora te doy lo otro: te pongo en las manos exactamente lo que ellos quieren ver.

Si el jueves decides pedírmela, te la firmo.

No tienes que convencerme, no tienes que discutir conmigo y no tengo condiciones. Basta con que me lo pidas.

—Eso es una trampa.

—No es una trampa. Es lo contrario. Una trampa es no dártelo y luego decirte que no me lo pediste.

Cogí el disco. Pesa lo que pesa una tableta de chocolate. Me lo metí en el bolso, en el bolsillo de dentro, el que tiene cremallera, que es donde meto el móvil cuando voy en metro de noche, y me di cuenta de lo que había hecho al cerrar la cremallera.

Luego cogí el sobre. El de Correos. Lo cogí sin pedir permiso, que es lo único que he hecho hoy sin pedir permiso.

—Lo voy a leer.

—Léelo.

Son dos folios. Están fechados el diez de marzo de 2014 y firmados por el abogado que llevaba entonces los asuntos de Manual Lifestyle S.L., ese al que en doce años solo he llamado «el abogado».

El primer folio dice que su representada es titular de los derechos de imagen asociados al blog y a la marca en virtud del contrato de dos de octubre de 2013.

Dice que ha tenido conocimiento de que el destinatario está utilizando en su sitio web profesional fotografías incluidas en ese acervo.

Dice que le requiere para que en el plazo de siete días naturales retire de su web, de su portafolio y de cualquier soporte público la totalidad de las fotografías mencionadas, y para que se abstenga en lo sucesivo de utilizarlas, exhibirlas o atribuírselas.

El segundo folio es una lista. Treinta y una líneas numeradas, con el título de cada foto tal y como aparece en la agenda de 2014, la primera que hice yo.

Y en el último párrafo dice que, de no atenderse el requerimiento en plazo, su representada se reserva el ejercicio de las acciones legales que correspondan, incluida la reclamación de los daños y perjuicios ocasionados.

Eso es lo que hay. Dos folios. No hay insultos, no hay nada personal, no hay ni una palabra sobre mí. Está redactado en el tono en que se redactan estas cosas, que es el tono de alguien que cobra por hora y no conoce a nadie.

Lo que hizo fue esto: un fotógrafo de veintiséis años retiró de su web las treinta y una fotografías que lo habrían hecho conocido, y no las ha vuelto a poner, y por eso su web tiene ciento doce imágenes de bodas y portales de Vallecas.

Y yo recibí copia de eso el once de marzo de 2014 a las diez y cuarto de la mañana y lo archivé en una carpeta.

—Ya está —dije, cuando terminé de leer.

—Ya está.

—No es tan terrible.

—No —dijo—. Es peor. Lo terrible se contesta. Esto solo se obedece.

—¿Tú les contestaste? —pregunté.

—No.

—¿Ni una línea?

—Retiré las fotos en cinco días y no contesté. Mi abogada de entonces era una chica del turno de oficio que me dijo que contestar costaba dinero y obedecer no costaba nada.

Doblé los dos folios y los volví a meter en el sobre y dejé el sobre en la lata, con el papel de la nevera, y cerré la lata, y Tomás la subió al armario del pasillo con la silla.

Pilar nos acompañó a la puerta. A él le dijo «llama». A mí me dijo, con la mano en el picaporte y sin ceremonia ninguna:

—Lo que hagas el jueves, hazlo tú. No lo hagas por él, que luego eso se cobra.

Y cerró la puerta antes de que yo pudiera contestar, que es lo que hace la gente que ha dicho lo que tenía que decir.

En el metro de vuelta llevaba en el bolso un disco duro de cincuenta y nueve euros con cuatro mil ciento setenta archivos dentro y la certeza de que mañana, cuando entre en esa reunión a las diez de la mañana, la opción A está a una frase de distancia.

Una frase de cuatro palabras dicha a un hombre que ya me ha dicho que sí.

No he pensado en otra cosa en todo el metro. No voy a escribir aquí lo que voy a hacer, porque a las once y media de la noche de un miércoles yo todavía no lo sé.

El correo llegó a las siete y once, de Ramiro, sin nota. Veintiocho.

A las ocho salió. Nubes de 2011 a la izquierda; nubes de hoy a la derecha; las dos grises, las dos con un roto.

Leí un comentario.

«Cuatro fotos de nubes en la agenda y ahora resulta que cada una es una pelea. Voy a mirar mi propia galería con miedo».

Fuera de encuadre. Día 28. Subíamos a la azotea a discutir para que nuestro compañero de piso no nos oyera. Hay cuatro fotos de nubes en la agenda. Hubo muchas más peleas. La última fue el tres de noviembre de 2013 y de esa no hay foto. El cielo era lo único gratis.