Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 27
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Capítulo 27

Pie de foto original: «Tesoros del Rastro por dos euros».

L a Ribera de Curtidores un martes por la mañana es una cuesta con las persianas bajadas y ocho contenedores, y eso es exactamente lo que fotografiamos.

Fue idea mía rodarlo así y la defendí el viernes, delante de todos, con una frase que me salió mal y que aun así funcionó: que el pie promete un domingo lleno de tesoros y que enseñar la calle vacía es lo único honesto que podemos hacer con ese pie.

Óscar había preguntado el viernes si se podía «montar algo». Un puesto. Dos puestos. Un par de mesas con cosas viejas y alguien detrás. Lo tenía presupuestado: seiscientos euros entre atrezo y dos figurantes. Le dije que no.

—Es que la foto es de un domingo.

—La foto es de un domingo. La pieza es de un martes.

—Nadie va a entender que salga vacío.

—Lo van a entender todos. Es lo único que van a entender.

—Seiscientos euros es menos de lo que te has gastado en un radiador que no calentaba —dije.

—El radiador estaba presupuestado.

—Y esto también, y por eso te lo digo: no es que no haya dinero. Es que no hay puestos.

Sara llegó mientras discutíamos. Escuchó treinta segundos y dijo:

—Se rueda vacío.

Y se acabó la discusión, y Óscar canceló los seiscientos euros, y por primera vez en veintisiete días vi a un productor contento de no gastar.

La Ribera de Curtidores baja desde la plaza de Cascorro hasta la ronda con una pendiente que en domingo no se nota porque va llena de gente y un martes a las diez de la mañana se nota entera. La ciudad no coopera y hoy ni siquiera hacía falta que lo intentara: bastaba con no poner nada.

La foto veintisiete es una mesa del Rastro con trastos encima y dos manos cogiendo una caja de madera. «Tesoros del Rastro por dos euros». La hice el trece de noviembre de 2011, un domingo, a las once de la mañana.

Lo que no se ve: nosotros no compramos nada ese día.

Vendimos. Teníamos una mesa alquilada por doce euros a un tipo que subarrendaba metros, y encima de la mesa estaban los libros de la carrera de Sara, veintitrés libros de Publicidad y Marketing que le habían costado a su padre un dinero que él no tenía, y dos objetivos míos: un cincuenta milímetros y un zoom viejo.

Sacamos ciento cuarenta euros en cuatro horas.

Los libros se vendieron a tres euros. Los objetivos, a sesenta y cinco los dos, a un chico que sabía perfectamente lo que estaba comprando y que me dijo «te los pago a sesenta y cinco porque los necesitas, no porque valgan eso», y tenía razón en las dos partes de la frase.

La foto de la caja de madera la hice mientras Sara atendía a una señora. La caja era del vecino de mesa. Nunca fue nuestra. El pie lo escribió ella el lunes y era el primer pie de la agenda que no era una mentira pequeña, sino una mentira entera.

Hoy no hay mesas. Hay una calle en cuesta, adoquines mojados de la manguera del Ayuntamiento, persianas, un bar abierto, dos señores con carrito y un contenedor con un colchón al lado.

El del bar salió a fumar y nos preguntó qué hacíamos.

Se lo dijo Leti: una foto para una marca, de un puesto del Rastro que ya no está.

El hombre miró la calle vacía y dijo que los martes él factura la cuarta parte y que hace veinte años era la mitad, y volvió a entrar.

Eso fue todo el permiso que tuvimos y es más del que nos dieron en el Retiro.

Puse a Sara en el sitio exacto donde estuvo nuestra mesa, que lo sé porque está delante de un portal con dos azulejos rotos, y encuadré para que se viera la cuesta entera hacia abajo y vacía.

La gente cree que una calle vacía se fotografía sola.

No. Una calle vacía se hace: hay que esperar a que no pase el del carrito, a que el coche que ha aparcado en doble fila se vaya, a que la señora del perro termine de cruzar.

Estuve veinticinco minutos esperando a que no hubiera nada, que es el trabajo contrario al de todos los días de este mes.

Le dije a Sara dónde ponerse y no se puso donde le dije: se puso dos metros más abajo, en el borde de la acera, mirando hacia la cuesta, de perfil, más pequeña dentro del encuadre. Lo vi por el visor y no la corregí, porque tenía razón: la calle vacía necesita que la persona esté donde no debe.

Siete disparos. El segundo.

Ese fue el único momento del mes en que he sentido que la campaña era mía y no de ellos: elegir dónde no se pone nada.

Leti miró la pantalla y no dijo que era la misma. Dijo:

—Da pena.

—Sí.

—¿Y no es mejor que no dé pena?

—No.

A las diez y media pasó una señora con un carro de la compra y nos preguntó si el Rastro se había adelantado. Leti le dijo que no, que era martes. La señora dijo «ah» y siguió, y esa es la escena que resume toda la campaña y que no grabamos porque a Leti se le había apagado la cámara.

Noa llegó a las once. Venía por la última colaboración del contrato de agosto, la tercera pieza, y traía un bolso grande de tela con el logo de una tienda de Alcalá y, dentro, un sobre de plástico con un documento de tres páginas que se le veía por la abertura cada vez que se agachaba.

Hizo su pieza en veinte minutos, de espaldas a la cuesta, con una manta doblada en el brazo, hablando al móvil con esa voz de las historias que es más aguda que la suya. Cuando terminó, se le fue la voz aguda de golpe y preguntó a Óscar si quedaba café. Es una chica que trabaja.

Susana y Ramiro llegaron a las once y veinte. Susana con el mismo abrigo color hueso, con unas zapatillas blancas para los adoquines, con la mirada de quien está haciendo una última comprobación antes de una reunión.

Y lo que pasó después lo vi desde detrás de una cámara, a doce metros, con un teleobjetivo puesto porque estaba fotografiando una calle vacía y porque un teleobjetivo es una cosa que también sirve para mirar.

Esto hay que decirlo: yo no debería haber estado mirando.

Tenía la foto hecha desde las once y veinte y podía haber guardado el equipo.

No lo guardé. Me quedé con la cámara al hombro y el ojo en el visor durante doce minutos, encuadrando una cuesta vacía que ya no necesitaba a nadie, y lo hice porque desde aquí se ve mejor y porque llevo quince años usando esto como excusa para mirar sin que se note.

Sara lo sabe. Por eso no se sentó de espaldas a mí.

A las doce menos veinte, Sara se sentó con Noa en el escalón de un portal.

No las oí. Esto lo escribo sin una sola palabra suya, porque no oí ni una, y lo que sé me lo contó Sara después, y aun así lo que vi fue suficiente.

Sara sacó el móvil y le enseñó algo. Noa sacó el sobre del bolso y sacó las tres páginas.

Sara pasó a la tercera y señaló con el dedo un párrafo, dos veces, subiendo y bajando el dedo por las líneas, como se lee a alguien que no lee ese idioma.

Noa se acercó el papel a la cara. Estuvieron doce minutos.

En un momento, Sara dejó de señalar el papel y se puso a hablar mirando la calle, no a Noa. Habló seguido, más de dos minutos. Movió la mano una vez, hacia arriba, hacia el balcón de un tercero cualquiera de una calle que no era la nuestra.

Noa la escuchó sin mover un músculo de la cara.

Luego Noa preguntó algo, corto. Sara contestó con la cabeza: que no. Y Noa volvió a preguntar y Sara volvió a decir que no con la cabeza, y después dijo algo con la mano abierta, y eso lo entendí desde doce metros, porque esa mano abierta significa «es tuyo».

Noa guardó las tres páginas en el sobre.

No las rompió. No las tiró al contenedor, que lo tenía a cuatro metros y habría quedado muy bien en una foto.

Las guardó en el bolso y se quedó con el bolso en las rodillas, y estuvo así un minuto largo mirando la cuesta, sola, porque Sara se había levantado a coger una llamada.

Un minuto es mucho tiempo para una chica de veinticinco años con setenta y dos mil euros al año dentro de un bolso de tela.

Después se levantaron las dos y Noa se fue derecha hacia Susana, que estaba de pie al lado de Ramiro a media cuesta, y estuvo con ella tres minutos.

Eso sí lo oí, porque me acerqué a recoger el trípode, que estaba a cinco metros de las dos. Solo el final.

—Te agradezco muchísimo la oferta —dijo Noa—. De verdad. No la voy a firmar.

—¿Puedo preguntar por qué?

—Porque es mucho tiempo.

Susana asintió. No dijo «piénsalo». No dijo «te arrepentirás». No puso mala cara. Dijo:

—Me parece bien. Si quieres, te la revisamos con una duración concreta y te la mandamos otra vez. Y si no, también.

—Prefiero que no de momento.

—Entendido. Encantada, Noa.

Y le dio la mano. Y eso fue todo. Es lo que hace la gente buena en su trabajo cuando le dicen que no: no insiste, porque insistir es de aficionados y porque tiene otras doce chicas en una lista.

Noa se fue a la una. Antes de irse vino a donde yo estaba guardando las ópticas y se quedó un momento sin decir nada, con el bolso al hombro.

—¿Tú firmaste algo? —preguntó—. En 2012.

—Sí.

—¿Y qué pasó?

—Que doce años después una empresa que no conozco vendía tazas con una foto mía y yo no podía poner esa foto ni en mi web.

Asintió. Se colocó el bolso.

—Gracias —dijo, y no dijo por qué, y se fue cuesta abajo hacia Embajadores con el sobre dentro del bolso.

Ramiro no dijo nada en toda la mañana. Estuvo a media cuesta, con el abrigo abrochado, mirando la calle como se mira un local que se va a alquilar. Cuando Noa se sentó en el escalón, él la vio, y cuando Sara se sentó al lado, también, y no se movió ni se acercó ni sacó el móvil.

Susana se fue a las doce y media con Ramiro. Antes de irse se acercó a mí, a dos metros, sin invadir nada.

—Su trabajo de este mes es lo mejor que he visto en años —dijo—. Se lo digo yo, que no gano nada diciéndoselo.

—Gracias.

—Y lo del archivo lo entiendo. No hace falta que me conteste nada. Está en la carta y ya está.

Se fue. Y eso, que no es maldad ni es amenaza, es exactamente lo que hace que sea difícil.

Sara me contó después lo que le había dicho, en la furgoneta, en dos frases: que le había leído la cláusula cuarta en voz alta, que le había explicado qué significa «sin limitación temporal» cuando tienes veinticinco años, y que le había contado que esa cláusula la escribió ella en una cocina en 2012 por cuatrocientos euros y que doce años después seguía funcionando.

Y que luego le había dicho que la decisión era suya y que había gente que firma eso y le va bien.

—¿Le dijiste que no firmara? —le pregunté.

—No. Le dije lo que pone y lo que dura. Lo demás es suyo.

Ramiro se quedó veinte minutos más, mirando la calle vacía con las manos en los bolsillos del abrigo. Cuando Sara pasó por su lado para ir a la furgoneta, le dijo una cosa que yo estaba lo bastante cerca para oír.

—Acabas de quitarle setenta y dos mil euros al año a esa chica.

—No se los he quitado. Se los he explicado.

—Ya. —Miró la cuesta—. Es lo primero que te veo hacer gratis en doce años, Sara.

No lo dijo con desprecio. Lo dijo como quien apunta un dato raro en una hoja. Sara no contestó. Se metió en la furgoneta.

Cuando volví a casa abrí el archivo de 2011 y busqué la carpeta de noviembre.

Están las fotos de aquel domingo: la mesa, los libros apilados, una señora de espaldas, las manos de Sara cogiendo un billete de cinco.

Y hay una que no publicamos nunca y que hoy me acordé de que existía: los dos objetivos encima de la mesa, uno al lado del otro, con las tapas puestas, media hora antes de venderlos.

Esa foto la hice yo y no se la enseñé a nadie.

El correo llegó a las siete y doce, de Chus. Debajo, una línea: «Esta es la mejor de la campaña. Y es la que menos ha costado». Veintisiete.

A las ocho salió. La mesa llena de 2011, con las manos y la caja; la cuesta vacía de hoy, con un contenedor y un colchón.

Debajo, el texto de Sara: que no compraban, que vendían; veintitrés libros de la carrera a tres euros y dos objetivos a sesenta y cinco; ciento cuarenta euros en cuatro horas; y que la caja de la foto era del vecino de mesa.

Leí un comentario.

«La calle vacía. El pie prometiendo tesoros. No sé si esto es publicidad o es un documental y ya me da igual».

Nota de la toma.

Teleobjetivo a doce metros; adoquines mojados; la cuesta entera, vacía, hacia abajo. Una chica de veinticinco años en un escalón con tres páginas en las rodillas; doce minutos; el sobre vuelve al bolso. Fuera de encuadre: lo que le contó, que no oí y sé.