Capítulo 26
Pie de foto original: «Velas en el pasillo porque sí».
E l lunes a las seis de la tarde apagamos los plomos de nuestra propia oficina y pusimos catorce velas en el pasillo, y a las siete y cuarto Tomás me dijo que firmaba.
Voy por partes otra vez, porque este día también las tuvo.
La foto veintiséis es un pasillo estrecho con velas en el suelo, pegadas a la pared, cada dos baldosas. Doce. La luz sube por la pared y hace que el gotelé parezca una cosa bonita. «Velas en el pasillo porque sí».
El porque sí es esto: el veinte de noviembre de 2011 nos cortaron la luz por impago.
Cuatro días. Ciento sesenta y dos euros de dos facturas bimestrales que no habíamos pagado y un recargo.
Vinieron por la mañana, sin avisar, y un señor con un chaleco abrió una caja en el portal y cortó.
Estuvimos cuatro días con velas de bazar, cargando el móvil en la biblioteca y en el bar de abajo, comiendo lo que no necesitaba nevera y duchándonos con agua fría, que ya era fría de todas formas.
La foto la hice al segundo día, cuando ya habíamos comprado doce velas y las habíamos puesto en el pasillo porque el salón era demasiado grande para iluminarlo. Sara escribió «porque sí».
El «porque sí» es la mentira más pequeña de la agenda y la que mejor resume las otras treinta.
Hoy Óscar bajó los plomos de la oficina a las seis. Todo: luces, ordenadores, la máquina de café, el suelo radiante. Chus dijo que perdía media hora de trabajo y Óscar le dijo que en 2011 fueron cuatro días. Se quedó callado y bajó él el segundo interruptor.
Antes de bajar los plomos, Óscar hizo lo que Óscar hace: una lista de lo que se apaga y una hora de reencendido, con el visto bueno de Chus, y avisó al informático, que trabaja desde su casa y que le dijo que si se caía el servidor al volver la luz no era problema suyo.
Se cayó. Volvió solo a las nueve. Nadie lo supo hasta el martes.
Las velas eran de la marca. Treinta y cuatro euros cada una, doce, cuatrocientos ocho euros de vela en el suelo de un pasillo, todas con olor a canela, en fila, encendidas por Carla con un mechero largo.
El pasillo olía a canela como huele mi oficina desde 2019 y por primera vez todo el mundo lo notó, porque la canela a oscuras se nota más.
—Es horrible —dijo Leti, y era verdad, y era la primera vez que alguien de mi equipo decía en voz alta que ese olor es horrible.
Llevamos nueve años vendiéndolo. Yo llevo nueve años respirando por la boca a partir de las diez de la mañana y nadie, en nueve años, había dicho esa palabra dentro de esta oficina.
Chus se quedó a mirar. Se apoyó en la pared del fondo del pasillo, con el abrigo puesto porque sin suelo radiante la oficina se enfría en veinte minutos, y estuvo ahí los doce.
—En 2011 no tuvisteis doce velas —dijo, cuando terminamos.
—Sí que las tuvimos.
—Doce velas de bazar son seis euros. Con seis euros se compra otra cosa.
—Se compraron las velas.
—Ya. —Miró el pasillo—. Es que llevo doce años vendiendo esa foto como una fiesta. La he puesto en dos catálogos de Navidad.
Y se fue a su mesa, a oscuras, con la linterna del móvil, a seguir trabajando en una campaña que se acaba el sábado.
Tomás hizo la foto en doce minutos. No usó el panel. Dijo que doce velas dan exactamente la luz que dan doce velas y que lo único que hay que hacer es abrir mucho el diafragma y no moverse. Diez disparos. El sexto.
Cuando Leti terminó el clip, Óscar subió los plomos, volvió la luz, y el pasillo pasó de ser una cosa bonita a ser un pasillo con doce velas encendidas en el suelo, que es lo que era.
Carla las apagó una a una, agachándose doce veces, y al levantarse dijo que olían peor apagadas que encendidas.
Nadie se lo discutió. Luego las recogió y las puso otra vez en el expositor, que es donde estaban a las seis, y a las nueve de la mañana del martes estaban a la venta con su etiqueta, con la mecha negra y un descuento del veinte por ciento por ser producto de escaparate.
Me quedé en el pasillo cuando se fueron todos.
Doce velas encendidas en el suelo de una oficina con luz, que es una imagen que no significa nada, y por eso me quedé.
En 2011 aquellas velas eran lo único encendido de la casa y las mirábamos desde el suelo porque no había otro sitio.
Estas tienen el precio impreso en la etiqueta de abajo. Las conté otra vez. Doce.
Tomás me pidió cinco minutos en la sala grande.
Cerró la puerta, que es de cristal, y se quedó de pie.
—Firmo —dijo.
Lo entendí antes de que terminara la frase y aun así le dejé terminarla.
—Firmo la cesión. Del archivo entero. Y los ciento cincuenta mil no los quiero: que se los quede la empresa, que se sumen al fondo, que se los den a los nueve, lo que haga falta.
Lo he estado pensando desde ayer. Es la opción A entera.
Entran un millón cien, hay paquete reforzado, hay earn-out, Chus cobra tres mensualidades más y Leti no se queda con veinte días por año a los veintinueve años.
Y a mí me da igual el dinero, que ya he cobrado cuarenta mil euros que no esperaba.
—No.
—Sara.
—No.
—Ni siquiera lo has pensado.
—Llevo desde anoche a las diez y veinte pensándolo. He dormido tres horas. Lo he pensado mejor que tú, porque yo llevo doce años pensando en esto y tú un día.
Se sentó en la mesa de reuniones. Yo me quedé de pie, que es lo que hago cuando voy a decir una cosa entera.
—Si tú firmas esa cesión —dije—, mañana Hogaria es dueña de cuatro mil ciento setenta archivos tuyos.
Para siempre. Sin límite de tiempo y sin límite de territorio, que es la frase que escribí yo en 2012 y que está en la página veintiocho de esa carta con otras palabras.
Y dentro de dos años, cuando la marca necesite otro octubre, sacarán una edición especial con los descartes.
Con tu cara de 2011, con la mía, con la de Nacho.
Y tú no vas a poder decir que no, porque lo habrás firmado.
—Ya lo sé.
—Y la gente dirá que fue bonito. Que el fotógrafo cedió su archivo para salvar a nueve compañeros. Saldrá en una nota de prensa. Y yo tendré que escribir esa nota de prensa.
—No es por eso.
—Ya sé que no es por eso. Es peor. Es que si tú firmas, yo salgo bien.
Y ahí se calló.
—Yo salgo bien, Tomás. Yo me llevo doscientos cuarenta y dos mil euros y un earn-out de hasta doscientos mil por poner la cara veinticuatro meses.
Y el equipo sale bien. Y la que ha estado doce años usando tus fotos sin pagarte se levanta el uno de noviembre sin haber tenido que renunciar a nada, porque renunciaste tú.
Eso no es una solución. Es la misma operación otra vez, pero con tu firma encima, que es lo único que hacía falta para que esta vez fuera legal.
—Yo decido lo que hago con lo mío.
—Sí. Y yo decido lo que compro. Y no compro eso.
—Eso no te toca a ti.
—Me toca a mí también. Yo estoy en la mesa, yo tengo el veintidós por ciento y yo soy la que tiene que decirle a Ramiro que sí o que no. Así que sí me toca.
Nos quedamos los dos callados, con la pantalla apagada y el olor a canela entrando desde el pasillo.
—Hay algo que no he dicho nunca —dijo él—. Lo de no firmar.
—¿Lo del catorce de diciembre?
—Lo de siempre. Yo llevo quince años contando que no firmo cesiones porque no se firman, porque un fotógrafo que firma una cesión total es un fotógrafo que desaparece. Y es verdad. Pero no es por eso.
Se quitó las gafas y se quedó con ellas en la mano.
—No firmo porque si no firmas nada, nadie te puede dejar fuera.
Si no perteneces a nada, no te pueden echar.
Es más fácil no estar que estar y que te quiten.
Eso no es un principio. Es tener miedo y ponerle un nombre bonito.
No firmar nunca ha sido valentía, ha sido cobardía, y me ha costado doce años de catálogo y una web con ciento doce fotos que no le importan a nadie.
No dije nada durante un rato.
—La mía es al revés —dije—. Yo firmo. Firmé en 2012 una cesión copiada de internet, firmé en 2013 garantizando derechos que no tenía, firmé en 2019 un suelo radiante y en agosto un «ok a todo» que congeló un jersey en un almacén.
Yo firmo todo lo que me ponen delante porque cada papel firmado es una noche que duermo.
Firmar siempre ha sido miedo. Miedo a la carta del banco, a la deuda de catorce mil euros, a tener veintitrés años y una responsabilidad personal.
Y llevo doce años llamándolo tener criterio empresarial.
—Los dos hemos hecho lo mismo, entonces.
—No. Tú te quitaste de en medio y yo me quedé con todo. No es lo mismo. Es lo contrario hecho por la misma razón, y las consecuencias no se reparten igual. —Cogí aire—. Y no vas a firmar esa cesión.
—¿Y los nueve?
—Los nueve son míos. Eso lo arreglo yo.
—¿Cómo?
—Todavía no lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—No —dije—. Pero es mía.
—¿Y si no encuentras la manera?
—Entonces el jueves tendré que mirarlos a la cara y decirles que son veinte días por año y no cuarenta y cinco. Y eso también lo hago yo.
—Sara.
—Es que es eso, Tomás. Es exactamente eso. Durante doce años he pagado mis decisiones con una cosa que no era mía. Con tus fotos. El jueves, si hay que pagar algo, lo paga la que decidió.
Se levantó de la mesa. Se quedó con las manos en los bolsillos, mirando el pasillo por el cristal, con las doce velas al fondo.
—Yo no te he pedido que pagues nada —dijo.
—Ya lo sé. Ese es el problema de los dos: que nunca nos pedimos nada.
—Una cosa —dijo, en la puerta de la sala—. Si el jueves decides otra cosa, no me lo digas antes. Dilo allí, delante de él. No quiero enterarme la noche de antes y tener toda la noche para prepararme la cara.
—¿Por qué?
—Porque si me la preparo, la vas a ver, y entonces no vas a estar decidiendo tú. Vas a estar decidiendo por mi cara.
Se fue a las ocho. El correo de aprobación de la pieza había llegado a las siete y siete, de Ramiro, sin nota. Veintiséis.
Y a las siete y media, cuando me senté a escribir el texto, no pude.
Lo intenté cuatro veces. Escribí «El veinte de noviembre de 2011 nos cortaron la luz» y lo borré.
Escribí «Ciento sesenta y dos euros» y lo borré.
Escribí «porque sí» y me quedé mirando esas tres palabras hasta que perdieron el sentido, que es una cosa que les pasa a todas las palabras si las miras el rato suficiente.
No era que no supiera qué escribir. Es que lo que tenía que escribir esa noche no cabía en sesenta palabras y lo otro, lo del corte de luz, lo tenía escrito desde el veintinueve de septiembre en la cabeza y me pareció mentira.
No mentira de las mías: mentira de las pequeñas, de las que se cuelan cuando tienes la boca ocupada en otra cosa.
A las siete y cincuenta llamé a Leti y le dije que hoy el texto lo escribía ella.
—¿Yo?
—Tú. Lo del corte de luz. Los cuatro días, los ciento sesenta y dos euros, la biblioteca, las velas de bazar. Está todo en el registro. Escríbelo como lo escribirías tú, mándaselo a Ramiro y publícalo a las ocho.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Sara, si no estás bien, no pasa nada.
—Escríbelo, Leti.
Lo escribió en dieciséis minutos y me lo mandó antes de enviarlo, aunque no se lo había pedido. Lo leí en el móvil y le dije que lo mandara tal cual, y no le cambié una coma, que es la primera vez en cuatro años que no le cambio una coma a Leti.
Ramiro lo aprobó a las siete y cincuenta y ocho, sin preguntar quién lo había escrito, porque en el correo pone «Manual» y no pone un nombre.
A las ocho salió, y por primera vez en veintiséis días salió sin que yo lo hubiera escrito.
Y lo leí como se lee el texto de otra persona.
Sentada en mi despacho con la puerta cerrada y las velas todavía encendidas en el pasillo, leí un texto sobre mi propia casa firmado por mi marca y escrito por una chica de veintinueve años que se sabe mi vida porque la ha leído en un documento interno.
Estaba bien. Estaba muy bien, mejor que el mío de anoche, que era correcto y estaba escrito por una mujer que sabía lo que iba a pasar el jueves.
Decía una cosa que yo no había visto en quince años: que en aquella foto las velas están puestas en fila y a la misma distancia, y que eso lo hace la gente cuando quiere que una cosa horrible parezca una decisión.
Fuera de encuadre. Día 26. El 20 de noviembre de 2011 cortaron la luz del piso por dos facturas sin pagar: 162 euros. Cuatro días. Las velas eran de bazar y están puestas en fila, a la misma distancia, como se coloca lo que uno no ha elegido para que parezca que sí.