Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 25
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Capítulo 25

Pie de foto original: «Calabaza tallada con cuchillo de pan. Cero euros, tres dedos en peligro».

E l domingo me desperté a las seis y eran las cinco, y me quedé una hora entera en la cama de un hombre de treinta y ocho años sabiendo exactamente dónde estaba esa hora.

La usé en esto: preparé el equipo, hice café, saqué la basura, cambié las pilas del fotómetro que no uso, bajé a por pan a la única panadería de Carabanchel que abre los domingos y llegué a la oficina a las nueve con hora y media de adelanto.

Nadie me la ha regalado nunca a mí, la hora.

La regala el Estado, una vez al año, a todo el mundo a la vez, y luego te la quita en marzo, y aun así en esta casa se llamaba «la hora de más» como si fuera dinero.

Óscar llegó a las nueve y veinte, dos horas antes de lo previsto, con la cara del que también ha pensado que la hora de más la va a poner al principio del día.

Nos miramos. Ninguno dijo nada. Los dos habíamos decidido lo mismo: que una hora regalada se gasta trabajando, que es la cosa más triste que puedo escribir de nosotros dos.

Sara llegó a las diez menos cuarto. Se había cortado el pelo. Medio centímetro, quizá uno; lo justo para que se notara solo a quien lo mira. No dije nada. Ella tampoco dijo nada de que yo hubiera dormido cuatro horas.

Talló ella. Lo pedí yo: le di el cuchillo y le dije que la tallara ella, porque en 2011 la talló ella y porque lo único que yo hice aquella noche fue sujetar la calabaza y encender la vela. Se puso, de pie, con las mangas subidas, y a los dos minutos dijo:

—Esto no se corta.

—No.

—El otro tampoco cortaba.

—El otro cortaba peor.

—¿Entonces por qué lo usamos?

—Porque era el que había.

Leti grabó. Óscar sostuvo la calabaza, que es lo que hice yo en 2011, y cuando el cuchillo patinó por segunda vez le dijo a Sara que se estaba «desviando del vector» y Sara le contestó que por eso se llama tallar a mano, y Carla se rio, y la mañana fue, durante veinte minutos, lo que fue octubre entero en esta campaña: gente pasándolo bien alrededor de una cosa que dolió.

Terminó a las once menos diez. Le quedó torcida. En 2011 también: la boca le salió más alta de un lado y a los dos días, cuando se empezó a arrugar, parecía que la calabaza se estaba riendo de otra cosa.

A las once, Carla trajo las semillas en un cuenco y preguntó si las tirábamos.

Sara dijo que en 2011 las tostamos con sal y nos las comimos delante de la tele de Nacho.

Óscar las apuntó como catering y las tostó en el horno de la oficina, que es un horno de dos mil euros que hasta hoy solo había calentado croissants.

Hice la foto con la vela dentro, con la luz de la cocina apagada y la persiana bajada, porque la de 2011 es de noche. Cuatro disparos. El tercero.

Lo que pasó aquella noche, y que hoy no dijimos delante de nadie, es esto.

Terminamos la calabaza a las nueve. Nacho estaba en casa de Rebeca.

Nos quedamos los dos en la cocina, con la vela dentro de la calabaza y la luz apagada, y Sara dijo una frase mirando la calabaza y no a mí: «Si sobrevivimos a octubre, sobrevivimos a todo».

Y yo dije que sí. Y luego nos besamos por primera vez, ahí, de pie, entre la calabaza y el fregadero, con las manos llenas de calabaza.

No lo hemos hablado en veinticinco días. Ninguno de los dos ha dicho «aquí nos besamos». Hoy, cuando ella terminó de tallar y se lavó las manos en el fregadero, se quedó de espaldas más rato del que se tarda en lavarse las manos, y yo me fui al salón a recoger el panel.

Eso fue la mañana.

La tarde fue otra cosa.

A las siete y cuatro me llegó un correo.

Yo no estaba en copia por gusto: estoy en copia de todo lo que afecta a mis fotografías desde el veintinueve de septiembre, porque lo puso mi abogada en el acuerdo y porque Ramiro lo ha cumplido sin fallar un solo día.

El asunto era «Carta de intenciones. Grupo Hogaria».

Lo mandaba Susana Deza a Ramiro y a Sara, con copia a mí y a las dos abogadas.

Abrí el pdf en el móvil, en la cocina, de pie, con las lentejas hechas.

Cuarenta y una páginas. No las leí todas. Busqué mi apellido en el buscador del pdf y salió cuatro veces. Tres en una lista de personas. La cuarta, en la página veintiséis, en un apartado que se llamaba «Condición suspensiva relativa a material fotográfico no publicado».

Leí ese apartado dos veces y entendí dos cosas: la primera, que llevaban tres días redactándolo; la segunda, que me estaban comprando.

A las nueve menos diez llamaron al telefonillo. Era Sara. Subió cuatro pisos con una carpeta de anillas y la carta impresa, las cuarenta y una páginas, con pósits de colores en cuatro sitios. Entró. Dejó la carpeta encima de la mesa de trabajo. No se quitó el abrigo.

—Lo has visto.

—He visto la página veintiséis.

—Yo la he leído entera. Dos veces. Y he llamado a la abogada un domingo, y me ha cogido el teléfono, y te lo voy a contar entero ahora, todo, sin resumir, porque si te lo resumo mañana me vas a decir que te lo resumí.

Se sentó en la silla buena. Yo me senté en la de la cocina, que es de plástico.

—¿Quieres agua? —dije, porque no sabía qué se hace cuando te traen cuarenta y una páginas a casa.

—No.

—¿Has cenado?

—Tomás.

—Cuéntamelo.

Y me lo contó entero. Tardó veinte minutos. Voy a ponerlo como lo dijo, porque lo dijo en orden y sin adornos, y porque quiero que quede escrito que lo contó el mismo día.

Hogaria compra las participaciones de Manual Lifestyle, no los activos.

La sociedad sigue. Los contratos de trabajo siguen.

Lo que cambia es el dueño, y el dueño anuncia un plan: cierre de la oficina de Chamberí, tres puestos que se mantienen dentro de Manual e integrados con ellos, y nueve extinciones objetivas.

Nueve personas. Chus, Leti, Óscar y seis más.

Y a partir de ahí la carta ofrece dos caminos.

El primero, con mi archivo dentro.

Un millón cien mil euros por las participaciones.

De ese millón cien, a Sara le corresponden doscientos cuarenta y dos mil, que es lo que le toca por su porcentaje.

Ciento cincuenta mil euros más, pagados directamente a mí, por la cesión del archivo completo de 2011 a 2013: los descartes, los originales, lo no publicado.

Un paquete de salida reforzado para los nueve, garantizado por Hogaria y pagado por Manual: ciento ochenta y tres mil euros.

Y un earn-out para Sara, por seguir siendo la imagen de la marca veinticuatro meses, de hasta doscientos mil euros.

El segundo, sin mi archivo.

Setecientos cincuenta mil por las participaciones. A Sara le corresponden ciento sesenta y cinco mil. Sin precio de archivo. Sin paquete reforzado. Sin earn-out.

En los dos casos, la indemnización legal de las nueve extinciones se paga igual: veinte días por año trabajado, con el tope que marca la ley. Eso no está en discusión y Sara lo dijo dos veces para que quedara claro.

—Y en los dos casos tú cobras los cuarenta mil de la regularización y los dieciocho mil del mes —dijo—. Eso ya está firmado y no lo toca nadie. Esto es aparte.

Me quedé mirando el mantel de hule de mi mesa de cocina. El mismo dibujo de limones que el de la mesa de mi madre, que es donde lo compré, en el mismo sitio, hace cuatro años.

Voy a poner lo que pensé, en el orden en que lo pensé, porque no fue noble.

Primero pensé en el número. Ciento cincuenta mil euros es la cantidad de dinero que yo no voy a ver junta en mi vida. Es un piso pequeño en Carabanchel con hipoteca, o veinte años de no hacer bodas en agosto. Lo pensé durante unos seis segundos y no me da vergüenza.

Segundo pensé en mi madre, en un bono social que no ha pedido porque hay que llevar papeles.

Tercero pensé en lo que compran por ese dinero, que no son unas fotos.

Son cuatro mil ciento setenta archivos de dos personas de veintitrés y veintiuno en una casa sin calefacción.

Son las versiones sin imán. Es la cara de Sara en los cuatro segundos anteriores a cada foto que ha vendido treinta y nueve euros.

Con ciento cincuenta mil euros, Hogaria compraría el derecho a decidir para siempre qué se enseña de aquello.

Y cuarto pensé en la diferencia: trescientos cincuenta mil euros arriba, ciento ochenta y tres mil para nueve personas, y la casa de Chus.

—¿Quién ha puesto la condición? —pregunté.

—Susana. Con su comité. La cláusula es suya; la redacción, de su despacho.

—¿Y Ramiro lo sabía?

—Ramiro sabe desde el jueves que existen descartes. Se lo dijo Leti a Susana delante de mí y yo no lo paré. —Levantó la cabeza—. Eso también te lo digo hoy.

—Ya me lo dijiste el viernes.

—Te dije que Leti se lo había contado. No te dije que yo estaba en el pasillo y no lo paré.

Estuvimos un rato callados. Abajo, en la peluquería, alguien había dejado un extractor encendido que se oye los domingos.

—¿Cuándo hay que contestar? —pregunté.

—El jueves. Reunión a las diez con Ramiro. Tú también estás convocado, porque la opción del archivo necesita tu firma y sin ti no se puede ni discutir.

—O sea, que me quieren en la sala.

—Te quiero yo en la sala. A ellos les basta con tu firma en un pdf.

—No me lo pidas hoy —dije.

—No te lo he pedido.

—Ya lo sé. Te lo digo antes.

Se quedó con las manos en la carpeta.

—No te lo voy a pedir nunca —dijo—. Quiero que eso lo sepas antes de nada.

—Eso dicho un domingo a las nueve y media es muy fácil.

—Sí —dijo—. Por eso te he traído el papel impreso. Para que lo tengas tú también y no te lo tenga que contar yo cada vez que cambie algo.

Dejó las cuarenta y una páginas encima de mi mesa, al lado del calibrador de color, y no las volvió a tocar.

—Una cosa más —dijo, ya de pie—. El jueves, en esa reunión, tú no tienes que decir nada. Ni que sí ni que no. Si no quieres hablar, no hables. Estás ahí porque tu firma hace falta, no porque tengas que justificarte delante de Ramiro.

—Ya lo sé.

—No lo sabes. Llevas un mes haciendo lo que te dice una agenda.

Se fue a las diez y veinte. Le dije que si quería se quedaba. Dijo que no, y esta vez fui yo el que no preguntó por qué.

La carta se quedó ahí toda la noche, y esta mañana sigue ahí, y son cuarenta y una páginas de papel en una mesa de trabajo de un cuarto sin ascensor.

Dormí mal. A las cuatro de la mañana me levanté, encendí la luz de la cocina y leí las cuarenta y una páginas enteras, con un lápiz, en la mesa, como se lee un contrato cuando ya sabes lo que pone.

Tardé dos horas. Subrayé nueve cosas. Ocho eran de la página veintiséis.

La novena era una lista de nombres en un anexo: nueve personas con su antigüedad al lado, en años y meses.

Leti Sanmartín: cuatro años y dos meses.

El correo de aprobación llegó a las siete y nueve, de Chus, sin nota. Veinticinco.

A las ocho salió. La calabaza torcida de 2011 con la vela dentro; la calabaza torcida de hoy con una vela de la marca dentro, porque no había otra.

Debajo, el texto de Sara: que costó cero euros, que el cuchillo era de pan y no cortaba, que la talló ella, y que el cuchillo de aquella noche está hoy en un guardamuebles con un código.

No decía lo que pasó después de apagar la luz.

Leí un comentario y cerré.

«Cero euros, tres dedos en peligro. Lo de los dedos es literal, ¿verdad? Lo de la mano del día once. Dios».

Nota de la toma.

Vela dentro de la calabaza, persiana bajada, luz de noche a las once de la mañana. Cuarenta y una páginas encima de una mesa de un metro veinte; la página veintiséis, doblada por ella. Fuera de encuadre: lo que se puede comprar y lo que cuesta no venderlo.