Capítulo 24
Pie de foto original: «Dos años. Gracias por mirarnos».
E l sábado a las nueve de la noche, la mujer que lleva el salón de manicura de la calle del Ave María nos abrió la puerta después de cerrar, nos dio las llaves y se fue a cenar, y nos dejó solos en lo que fue mi primera oficina.
Se llama así: «Nails es un dato.
En junio de 2013 un abogado me dijo que si la empresa no pagaba, los catorce mil los pagaba yo, y me enseñó cómo.
Y a partir de ese día no dormí bien hasta el dos de octubre.
Firmé a las once. Salí del despacho a las once y media.
Me tomé un café sola en Serrano y me temblaban las manos, y no era por la alegría.
—Y a las dos hiciste la foto.
—A las dos hicimos la foto.
—Estabas riéndote.
—Sí.
—¿De qué?
—No me acuerdo. De verdad que no. Llevo doce años intentando acordarme de qué nos reíamos en esa foto y no lo sé, y creo que eso es lo peor que te puedo contar hoy.
Tomás miró la pared del fondo. Donde estaba mi mesa hay un espejo con una lámpara de led alrededor.
—Yo me enteré el dos de noviembre —dijo—. Por una nota de prensa. Me la mandó un compañero de la agencia con un «enhorabuena, tío». Yo no sabía de qué me daba la enhorabuena. La abrí en el metro.
—Lo sé.
—No lo sabes. Sabes la fecha.
Y entonces le tocó a él.
—El trece de diciembre, por la noche, Ramiro mandó el brief definitivo de la campaña de invierno. A las nueve y media. Yo estaba en la habitación de Nacho, en Tribulete, que ya era mi habitación desde noviembre. Lo leí en el móvil.
Se quitó las gafas. Se las volvió a poner.
—Decía dos cosas. Una: que las fotografías de la campaña se acreditarían a Manual. Sin nombre. Dos: que antes del rodaje del día catorce tenía que firmar una cesión sobre todas las imágenes del blog. Todas. Las de 2011, las de 2012, las de 2013. Todo.
—Lo sé.
—Sabes lo que decía. No sabes lo que hice.
—Sé lo que hiciste. No fuiste.
—No fui. Y no firmé. Y no llamé. —Puso las manos en las rodillas—.
Tenía tres mil euros en ese rodaje, que era más de lo que había ganado en un año entero.
Los necesitaba. Y el día catorce me quedé en la cama hasta la una de la tarde con el móvil boca abajo, oyéndolo vibrar. Once llamadas tuyas. Las conté.
—Doce.
—Doce, entonces.
—Y luego saqué la campaña con un fotógrafo contratado y banco de imágenes —dije—. Y salió. Y no se hundió nada. Eso también es verdad y te lo tengo que decir: no se hundió nada.
—Ya lo sé. Lo vi publicado.
Se quedó un momento callado.
—Y voy a decir la parte que no he dicho nunca, que es para lo que hemos venido.
Yo no me quedé en la cama porque estuviera destrozado.
Me quedé para que te doliera. Lo de no llamar fue lo mismo: no fue orgullo, no fue miedo.
Fue castigo. Lo pensé así, con esas palabras, a la una de la tarde: que aprendiera.
Y llevo doce años contándomelo como un principio, como que no firmé porque no se firma una cosa así, y es mentira a medias.
No firmé porque no se firma. No fui para hacerte daño.
—Me lo hiciste.
—Ya lo sé.
—Un día —dije—. Me hiciste daño un día, y me costó un fotógrafo de urgencia y dos mil euros de banco de imágenes.
—Ya.
—Y yo te lo hice durante doce años. Todos los días. No una noche: todos los días, a las nueve de la mañana, cuando encendía el ordenador.
Lo dije con la voz normal, y aun así hubo que decirlo dos veces, porque la primera me salió muy bajo.
—Esto es lo que hay, Tomás, y quiero decirlo yo antes de que lo diga otro: tú me castigaste un día de diciembre y yo te borré de una empresa durante doce años.
Firmé que era mía una cosa que era tuya.
Cobré por tus fotos todos los meses. Puse «fundada por Sara Quintana» en la solapa.
Quité tu nombre del «sobre nosotros» en el verano de 2014, con un becario, en una tarde.
Inventarié el jersey de tu madre y le puse un número.
Y en marzo de 2014 recibí copia de un burofax que te mandó el abogado de la empresa y no lo leí.
—¿No lo leíste?
—Lo tuve en la bandeja de entrada. Lo abrí.
Vi el membrete. Y lo cerré. Y lo archivé en una carpeta que se llamaba «legal», y no lo he abierto desde entonces, y en el informe de Hogaria hay una línea que lo menciona y también la salté.
—Lo miré—. Y no sé lo que dice. Sé lo que hace, porque tu web no tiene tus fotos y eso lo veo.
Pero no sé lo que dice, y decidí no saberlo, que es una manera de que las cosas no te quiten el sueño.
Tomás tardó mucho en contestar. Conté hasta doce y seguí.
—Léelo tú —dijo al final.
—¿Qué?
—El burofax. Lo tienes en una carpeta que se llama «legal». Léelo tú.
—Tomás.
—No te lo voy a contar yo —dijo—. Doce años sin abrirlo y ahora quieres que te lo resuma un sábado en un sitio de uñas. No.
—No te lo he pedido.
—Te lo digo igual. Lo que pone ahí no te lo cuento hoy.
—Ya.
Nos quedamos los dos en dos taburetes de manicura, en dieciocho metros cuadrados con olor a acetona, con las manos quietas.
—Los dos tenemos razones —dijo él.
—Sí. Pero no la misma cuenta. La mía es más larga.
Esperé. No la contradijo. No dijo «no digas eso». No dijo «los dos nos equivocamos». Se quedó callado, que es lo que hace cuando una cosa es verdad y no le gusta, y ese silencio fue lo más honesto que me ha dado nadie en doce años.
—Vamos a hacer la foto —dijo.
La hicimos. Los dos, mirando a cámara, delante del espejo de las uñas, con la cámara encima de un taburete y el temporizador puesto, en el mismo sitio donde estuvo mi mesa.
Tomás no dijo dónde ponernos. Nos pusimos.
En la de 2013 nos estamos riendo. En esta no.
No nos tocamos y no estamos separados: los dos de frente, a treinta centímetros, con la cara de dos personas que acaban de contarse lo que hicieron.
Cuatro disparos. El segundo. Puso el temporizador a diez segundos, como Nacho en 2013, y en los diez segundos ninguno de los dos dijo nada, y eso también sale en la cara.
Antes de salir apagamos las luces. Los dos puestos del fondo tienen aspiradores de uñas y hacen un ruido cuando se apagan que no habíamos oído en toda la hora porque estaba encendido desde antes.
Ese ruido, el de una cosa que lleva parándose todo el rato y no lo sabes hasta que para, fue lo último que pasó en esa habitación.
Devolvimos las llaves en el bar de al lado, donde la dueña estaba cenando con su marido. Le dimos las gracias. Nos preguntó si había salido bien la foto. Le dijimos que sí. Nos preguntó si volvíamos mañana y le dijimos que no.
Volvimos andando hasta Lavapiés. Pasamos por delante de Tribulete, que ya no era nuestro ni dos noches, con la luz del tercero encendida y alguien dentro que había pagado ciento diez euros. No paramos. Tomás miró arriba una vez.
Escribí el texto en un banco de la plaza de Lavapiés, a las once menos cuarto, con Tomás al lado y sin enseñárselo. Tardé veinte minutos en sesenta palabras. Es lo que tardo ahora. Antes eran cuatro.
La aprobación llegó de Ramiro antes de las siete y cuarto y no decía nada más. Veinticuatro.
A las ocho había salido la foto sin el texto, que fue lo que pedí: la imagen a las ocho y el pie a las once y media, cuando estuviera escrito. Ramiro dijo que le parecía bien «si no se repite».
Fuera de encuadre. Día 24. El dos de octubre de 2013 firmé con un inversor a las once de la mañana. Garanticé por escrito que las fotos eran mías. No lo eran. A las dos hicimos esta foto y salgo riéndome. No recuerdo de qué. Él se enteró un mes después, por una nota de prensa.