Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 23
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Capítulo 23

Pie de foto original: «Puré de calabaza. Cara de felicidad garantizada».

E l viernes a las siete y veinte de la mañana, Sara se vistió en mi habitación de espaldas a la cama, y a las siete y veinticinco ya estábamos discutiendo por lo que significaba que se estuviera vistiendo de espaldas a la cama.

Empezó ella.

—Esto no significa lo que crees.

Yo estaba sentado, con las gafas ya puestas. Podía haber dicho «ya», que es lo mío, y no lo dije.

—No sabes lo que creo.

Se paró con el jersey a medio poner.

—Muy bien. ¿Qué crees?

—No te lo voy a decir para que me digas que estoy equivocado.

—No te iba a decir eso.

—Ibas a decirme que anoche no significaba nada.

—Iba a decirte que no significa lo que crees. Que es distinto. —Se puso el jersey—. Ayer no vine aquí por ti. Vine porque estaba furiosa.

—Ya lo sabía. Lo supe en la puerta.

—¿Y aun así?

—Aun así.

—Eso es lo que me da miedo —dijo—. Que digas «aun así» y no me preguntes con quién estaba furiosa.

—Te lo pregunté ayer y dijiste que mañana. Hoy es mañana. Y son las siete y veinticinco.

Se sentó en la silla buena, que es la única, con una bota en la mano.

—Susana Deza estuvo ayer en la oficina.

—Ya me lo imaginaba.

—Y Leti le contó que tienes descartes. De todas. Yo lo oí desde el pasillo. Susana preguntó cuántos y de qué años.

No dije nada durante un rato. Fui a la cocina. Puse el café. Volví. Es mi manera de ganar tiempo y ella la conoce.

—¿Y eso qué significa? —dije.

—Que Hogaria cree que puede comprar el archivo.

—No pueden.

—No he dicho que puedan. He dicho que lo creen.

—¿Y tú qué crees?

Y ahí fue donde se paró. Con la bota puesta ya, mirando el suelo.

—Yo creo que tienen razón en una cosa —dijo—: en que lo que están comprando no son las velas. Y creo que llevo veintitrés días ayudándoles a saberlo. Cada pieza que publico se lo dice más claro.

—Eso no es una respuesta a lo que te he preguntado.

—Es la que hay.

Fue la primera vez que me lo dijo ella a mí. Me lo dijo con mi cara, además, que es lo que más rabia me dio.

Desayunamos. Eso también pasó: dos personas discutiendo el significado de una noche mientras uno tuesta pan y la otra busca un cuchillo en un cajón que no es el suyo. Le dije dónde estaban los cuchillos. Sacó el bueno a la primera. Es la clase de cosa que no significa nada y que apunté igual.

—¿Tú qué quieres? —dijo, con la taza en la mano.

—Esa pregunta no se hace a las ocho menos cuarto.

—Es la única hora que tenemos libre en todo el día.

Tenía razón y no contesté, que es mi manera de darla.

Pasamos por Chamberí a por ropa. Ella dijo que no hacía falta que subiera. Subí.

Es un tercero con ascensor, con portero automático con cámara, en una calle en la que el metro cuadrado cuesta lo que cuesta.

Dentro: sofá gris, una mesa de comedor grande con dos sillas, estanterías con libros de fotografía que no son suyos sino de la empresa, un cuadro que salió en la agenda de 2022.

Está todo bien. Es la casa de la que salen las fotos de «un domingo cualquiera en Chamberí».

Fui a la cocina a por un vaso de agua mientras ella se cambiaba.

Abrí la nevera sin pensar, que es lo que hace uno en una cocina ajena cuando ha dormido en la misma cama que la dueña.

Tres yogures. Un bote de hummus abierto. Media botella de vino blanco con el corcho puesto al revés. Un limón. Nada más. Ni un huevo, ni pan, ni un táper, ni una cerveza, ni un bote de tomate. La nevera de una persona que no come en su casa nunca y que a lo mejor no come.

Cerré la nevera. Bebí el agua del grifo. En el fregadero había una taza con el fondo marrón y una cuchara dentro, de anteayer o de la semana pasada, y en el escurridor no había nada, porque en una casa donde no se cocina no hay nada que escurrir.

No dije nada. No pregunté si estaba comiendo, que es lo que pregunta su madre por teléfono.

No dije que tenía una cocina de cuatro metros con placa de inducción y un cuchillo que corta y que no había nada que cortar.

No compré nada por el camino ni le mandé una foto de un táper.

Tengo treinta y ocho años y he aprendido, aunque tarde, que rescatar a alguien que no te lo ha pedido es una manera de decirle que no sabe vivir.

Pero lo vi. Y lo estoy escribiendo aquí.

Llegamos a la oficina a las diez y veinte, con quince minutos de diferencia entre los dos, que fue idea de ella y me pareció bien y me molestó, las dos cosas.

En veintitrés días nadie de ese equipo ha dicho una palabra sobre nosotros, y eso, en una oficina de trece personas con paredes de cristal, solo puede significar que lo hablan cuando no estamos.

Ella entró primero. Yo di una vuelta a la manzana con la bolsa de ropa al hombro para que los quince minutos fueran quince y no doce.

Es una tontería. Lo escribo porque es exactamente el tipo de tontería que llevamos haciendo desde el martes.

El rodaje era a las once, en la cocina de la oficina, con Nacho.

En el metro, entre Iglesia y Ríos Rosas, con la bolsa de ropa entre las rodillas, me escribió Chus. A mí. Es la primera vez en veintitrés días que Chus me escribe a mí y no a ella: «¿Sabes si Sara está bien?». Contesté «no sé» y era verdad, y la verdad, escrita en un metro, parece una mala persona.

Voy a explicar el meme, porque hay dos generaciones que lo conocen y una de ellas cree que la boca es mía.

La foto veintitrés es un plato de puré de calabaza y, detrás, medio desenfocada, una boca abierta en una cara que no se ve entera.

«Puré de calabaza. Cara de felicidad garantizada».

En 2015 alguien recortó esa boca, le puso encima el texto «yo cuando dicen que hay cena gratis» y la subió.

En dos semanas estaba en todas partes. Manual la registró como imagen de marca en 2016 y desde entonces está en dos tazas, un imán y la contraportada de la agenda.

La boca es de Nacho.

Él tenía veintitrés años, estaba en segundo de enfermería, entró en la cocina con hambre, vio que había un plato encima de la mesa para la foto y preguntó si se lo podía comer.

Yo le dije que abriera la boca. Disparé.

Se comió el puré. Se fue a clase. Lleva once años siendo la cara de la felicidad de una marca de velas y no ha cobrado nunca, y hasta hoy tampoco había salido en ningún sitio con su nombre.

Y yo odio la calabaza. La odio desde noviembre de 2011, cuando comimos cuatro días seguidos de la misma, y no lo he dicho nunca en público porque la marca que hizo mis fotos vende una bebida de calabaza a cuatro euros con noventa.

Nacho llegó a las once en la bici, con una hora robada entre turno y turno, con el chaleco reflectante puesto encima de la ropa del hospital y el casco en la mano. Lo dejó todo en una silla como quien ha aprendido a dejar cosas rápido en sitios ajenos.

—¿Otra vez? —dijo—. La taza, la bici y ahora la boca. Me estáis usando por partes.

—La boca es lo último —dije.

—Eso dijiste con la bici.

Se sentó. Óscar le puso delante un plato de puré hecho con la calabaza de Argumosa, con un hilo de aceite y pipas, porque la estilista no estaba y Óscar ha aprendido a poner el hilo de aceite él solo, lo cual me parece un logro personal y una derrota profesional.

Nacho miró el plato.

—¿Esto lleva algo más aparte de calabaza?

—Cebolla.

—¿Y?

—Sal.

—Bueno, algo hemos avanzado.

—Once años, chaval. Once años de mi boca y no habéis mejorado la receta.

—La receta es de Sara.

—La receta no tiene arreglo. Lo que no tiene perdón es que le hayáis puesto pipas.

—Las pipas son de la estilista del día cuatro —dijo Óscar, desde la puerta, con la tablet—. Trescientos ochenta euros.

—Trescientos ochenta euros por unas pipas.

—Por tres horas.

—Por tres horas y unas pipas —dijo Nacho, y se comió otra cucharada, y a Óscar se le quedó una cara que no le había visto en veintitrés días.

—La receta es de tu madre —dijo Sara, desde la puerta—. Yo la copié.

—Pues eso —dijo Nacho—. Once años de mi boca y de la receta de Pilar. Aquí el único que ha puesto algo suyo es el que hace las fotos, y a ese ya le habéis puesto un crédito, así que a mí que me pongan uno también y estamos en paz.

Leti se rio tanto que tuvo que parar la cámara. Carla también. Dani lo grabó con el móvil, para él, no para la marca, y eso fue lo primero que Óscar le dijo que borrara y lo primero que nadie borró.

Hice la foto en seis minutos. La boca de Nacho abierta, once años después, detrás de un plato de puré. Se le ven las arrugas de los ojos, que en 2011 no estaban. Es exactamente la misma boca.

Leti pidió un clip con Nacho contando «cómo fue».

Nacho lo hizo en veinte segundos: que entró con hambre, que había un plato, que preguntó si se lo podía comer, que yo le dije que abriera la boca.

Nada más. Cuando acabó, Leti dijo que era el mejor clip de la semana, y esta vez nadie la corrigió, y a mí me pareció que en esta empresa el mejor clip siempre es el que sale gratis.

—¿Y esto dónde sale? —preguntó.

—Debajo va tu nombre —dijo Sara—. Nacho Cabrera. Con tu permiso.

Nacho se quedó con la cuchara a medio camino.

—¿Con mi nombre?

—Si quieres. Y si no quieres, no.

—¿Y eso me compromete a algo?

—A nada. Es una línea de crédito.

Lo pensó. Se comió otra cucharada. Y dijo que sí, que lo pusieran, que a Vega le iba a hacer gracia y que su madre lo iba a enseñar en el centro de salud, y luego dijo:

—Once años, Sara.

Y Sara dijo:

—Lo sé.

Y él dijo:

—No lo digo para cobrar. Lo digo para que lo sepas.

Ese es Nacho. Se comió el puré entero sin dejar nada en el plato, dijo que estaba bueno, se llevó un táper para Rebeca y otro para su madre, se puso el casco y se fue a las doce y veinte.

En la puerta se giró y dijo que el domingo comían en su casa, por si alguno quería ir.

Lo dijo en plural y para los dos, sin mirar a ninguno, que es exactamente la manera en que Nacho hace las cosas desde 2014.

Cuando se fue, la cocina se quedó con dos personas que llevaban desde las siete y veinticinco sin resolver nada.

Y una cosa más, que la pongo aquí porque es donde estaba.

Mientras Nacho comía, Sara se sentó enfrente de él y no dijo casi nada en quince minutos.

Se quedó mirándolo comer. Yo la vi hacerlo desde detrás de la cámara.

Es lo mismo que hizo el domingo en la cocina de mi madre mientras fregábamos: mirar a la gente que ha estado ahí todo el tiempo.

—Habría que decirle lo de los descartes —dije.

—¿A Nacho?

—A Nacho no. A Ramiro. Que lo que tengo no está en venta.

—Si se lo dices, sabrán que existe.

—Ya lo saben. Se lo ha dicho Leti.

—Saben que existe. No saben qué es, ni cuánto hay, ni dónde. —Dejó la taza—. Y no quiero que lo sepan por ti a las doce y media de un viernes con dos personas delante.

—¿Entonces?

—Entonces todavía no.

—Eso no es una respuesta.

—No —dijo—. Es un aplazamiento. Y sé la diferencia.

A las cinco entré en la carpeta del portátil, en casa, y la miré: cuatro mil ciento setenta archivos entre 2011 y 2013.

No los abrí. Solo miré el número, que es lo que llevo tres semanas sin querer mirar.

Cuatro mil ciento setenta. Cerré el portátil y me fui a andar una hora, y en esa hora decidí dos cosas: que el archivo no sale de mi casa y que a Sara se lo voy a decir yo, no Leti, no Susana y no un informe.

El correo llegó a las siete y ocho, de Chus. Debajo de la línea: «Bien lo de poner el nombre del amigo. Debería haber salido en 2015».

A las ocho salió. El puré de 2011 con la boca detrás, a la izquierda; el puré de hoy con la boca de un hombre de treinta y ocho, a la derecha.

Debajo, el texto de Sara: que el meme de 2015 es la boca de Nacho Cabrera, enfermero, que entró en la cocina con hambre; que Manual lo registró como imagen de marca en 2016; que él no ha cobrado nada y que tampoco lo pide.

Y el crédito, en la misma línea que el mío.

Leí un comentario.

«ONCE AÑOS con esa boca en mi grupo de WhatsApp y resulta que es un enfermero de Vallecas que tenía hambre. Señor Cabrera, gracias por sus servicios».

Nota de la toma.

Luz de cocina de oficina, once años después, sobre la misma boca con otras arrugas. Tres yogures, un hummus, medio vino y un limón; la puerta, cerrada sin decir nada. Fuera de encuadre: lo que no compré por el camino.