Capítulo 22
Pie de foto original: «Agenda nueva. Vamos a llenarla de cosas buenas».
S usana Deza llegó a la oficina el jueves a las doce y veinte con Ramiro, un abrigo color hueso y una pregunta sobre el calendario de publicación que no era sobre el calendario de publicación.
Esa mañana yo había devuelto las llaves de mi propia casa a las once en punto, después de discutir a las ocho con un hombre al que llevaba dos noches sin querer definir, y había llegado a la oficina a las once y media con una maleta pequeña en el maletero de un taxi y la sensación de haber dejado algo encendido.
Yo llevaba desde el sábado sabiendo que iba a venir. Ramiro lo puso en un correo de dos líneas el lunes, con el asunto «visita», y nadie de mi equipo entendió lo que significaba una visita de la directora de marca del grupo que nos está comprando tres días antes de una carta de intenciones.
Es la primera vez que la veo en persona.
Cuarenta y siete años, directora de marca de Grupo Hogaria, la clase de persona que dice «¿os importa si me quedo un rato mirando?
» sabiendo que nadie puede decirle que no.
No es antipática. Al contrario: es agradable de una manera que funciona, que es lo que la hace buena en lo suyo.
Dio la mano a todo el mundo, incluidos Carla y Dani, y se quedó con los nombres.
La foto veintidós es una agenda abierta encima de una mesa, con una taza al lado y un boli. «Agenda nueva. Vamos a llenarla de cosas buenas». Era la mía, de 2011, de un euro y medio, comprada en el chino de Tribulete el uno de noviembre porque las agendas se rebajan cuando el año ya ha empezado.
Lo que tenía dentro: los vencimientos del alquiler (día cinco de cada mes, subrayado), el recibo de la luz (bimestral, con el importe anotado a lápiz para saber cuánto tocaba a cada uno), la fecha en que caducaba el paro de Nacho, las devoluciones del banco con la comisión al lado, dos citas en la oficina de empleo y el día que empezaba el plazo para pedir una beca que no pedí.
No había ni un plan. No había ni un viaje.
Lo único que había escrito en las páginas de diciembre, con mi letra grande, era una cifra: 1.
100. Es lo que necesitábamos entre los tres para cerrar el mes.
Esa agenda es el origen de la Agenda Manual, que cuesta treinta y nueve euros y trae una faja que dice «Sobrevive a octubre» y once páginas de planificación de intenciones.
Hoy la recreamos con la de este año, abierta por noviembre, y escribimos dentro con la letra que puse en 2011: alquiler día cinco, luz, comisión, cita de empleo.
Tomás la fotografió con la misma luz de mesa y el mismo ángulo, y Óscar dijo, mirando la pantalla, que «da un poco de bajón», y le dije que ese era el trabajo.
Se fijó en Chus. Eso lo noté y no lo dije.
Le preguntó cuántos años llevaba en la casa, y cuando Chus dijo «desde 2014», ella dijo «entonces tú eres el que sabe dónde está todo», y Chus contestó que sabía dónde estaba lo publicado, que no es lo mismo.
Susana sonrió como se sonríe a una respuesta buena.
Susana miró la sesión veinte minutos. Luego dijo dos cosas.
—Es muy bueno —dijo—. De verdad. Llevo seis años intentando comprar algo que tenga esto y no se puede fabricar.
Y luego:
—¿Y el material de entonces? Aparte de estas treinta y una.
Lo preguntó sin ninguna intención. O con la intención que tiene quien compra, que no es maldad, es oficio. Le dije que las treinta y una eran lo que había. Ella dijo «ya» y se fue a mirar el expositor de mantas.
Noa llegó a la una, para la colaboración de mantas que le quedaba pendiente. Yo la había programado en septiembre, cuando aquí no pasaba nada.
A las dos menos cuarto, cuando Noa terminó su parte, Susana se sentó con ella en la sala grande, con dos cafés, veinte minutos. No escondió nada: las paredes son de cristal. Pasé por delante dos veces.
Chus vino a mi despacho a las dos y cinco y cerró la puerta, que es una cosa que Chus no hace.
—¿Tú sabes lo que le están ofreciendo a la chica?
—Todavía no.
—Pues yo sí, porque me lo ha contado ella en la cocina. Y a mí me parece muy bien que gane setenta y dos mil euros. Lo que no me parece bien es que se los ofrezcan en nuestra oficina el día que rodamos su agenda de deudas.
—Es su oferta, Chus. No es nuestra.
—Todo lo que pasa aquí es nuestro —dijo, y abrió la puerta y se fue, que es su manera de tener la última palabra sin subir la voz.
A las dos y diez, Noa vino a buscarme al despacho con el móvil en la mano.
—¿Puedo preguntarte una cosa? Profesional.
—Claro.
—Me han ofrecido una cosa y no sé leerla.
Me pasó el móvil. Era un pdf de tres páginas, «propuesta de colaboración en exclusiva», bien maquetado, con el logo de Hogaria.
Setenta y dos mil euros al año, doce piezas al mes, exclusividad en categoría hogar y decoración.
Para una chica que trabaja en una tienda en Alcalá, setenta y dos mil euros al año es la vida entera cambiada de sitio.
Lo leí en dos minutos. Y en el segundo minuto llegué a la página tres.
La cláusula cuarta no era la cláusula cuarta de nadie.
Era mía. Reconocí la sintaxis como se reconoce una letra: «por tiempo indefinido y para todo el territorio», «sin limitación temporal ni geográfica», «los contenidos generados durante la vigencia y los derivados de estos».
La había escrito yo en marzo de 2012 copiando un modelo de internet para una empresa de colchones, y era una cláusula de duración pensada para doce fotografías de un blog que nadie leía.
Alguien la había metido en una plantilla, y la plantilla había circulado por despachos durante catorce años, y hoy estaba en la página tres de un pdf que cubría «la imagen, la voz y todo el contenido» de Noa Beltrán, de veinticinco años, sin fecha de fin.
No es el mismo contrato. Es la misma idea, crecida. Una cláusula que yo escribí para que doce fotos pudieran usarse en un blog, ampliada hasta ocupar a una persona entera.
—¿Está bien? —dijo Noa.
—Está bien redactado.
—No es lo que te he preguntado.
No, no lo era. Me quedé con el móvil en la mano más tiempo del que se tarda en devolver un móvil.
—¿Tienes abogado?
—No.
—Pues no firmes nada hasta que lo tengas. Y que lo mire alguien que cobre por mirarlo, no yo.
—Tú lo entiendes.
—Yo lo escribí —dije.
No lo entendió. Dijo que sí y se guardó el móvil, y me dio las gracias con esa manera suya de dar las gracias tres veces, y se fue a coger el tren.
Y a las siete menos cuarto pasó lo otro.
Estaba en el pasillo con una taza. Susana y Leti estaban junto a la pantalla grande, viendo los clips de la campaña, y Leti le estaba enseñando el del día quince, el de la lista.
—Este es mi favorito —dijo Leti—. Y eso que no es ni la mitad de lo que hay.
—¿Cómo que no es la mitad?
—Es que él tiene de todo. —Y lo dijo con orgullo, con el orgullo del que trabaja con material bueno—. Tomás guarda los descartes. De todas las fotos. Las versiones que no se publicaron. Yo vi una, de la lista, sin el imán. Es otra foto. Es mejor que la publicada.
Susana no cambió de cara. Solo hizo la pregunta siguiente, y la hizo enseguida, y la hizo bien.
—¿Cuántos? ¿Y de qué años?
Leti dijo que no lo sabía. Dijo «supongo que de 2011 a 2013», que es exactamente lo que hay que no decir. Susana asintió, dijo «qué interesante» y se fue a por el abrigo.
Yo me quedé en el pasillo con la taza.
Lo que Hogaria está comprando no es una marca de velas.
Lo supe ahí, de pie, a las siete menos cuarto, con Chus a diez metros hablando por teléfono.
Están comprando trece años de historia y tres semanas de reconciliación en directo, y desde hoy saben que existe una carpeta con lo que nunca enseñamos, y creen que esa carpeta se compra, porque todo lo que han comprado hasta ahora se compraba.
Fui a la sala grande a por mi taza. Leti seguía delante de la pantalla, contenta, con la cara de quien ha enseñado bien su trabajo.
Le pregunté de qué habían hablado. Me lo contó entero, sin ocultar nada, porque para ella no había nada que ocultar.
Dijo que Susana era «muy maja» y que le había preguntado mucho por el archivo «con interés de verdad, no de compromiso».
No le dije nada. Ese fue mi trabajo de hoy: ver a una chica de veintinueve años regalar la única cosa que no era nuestra y no decirle nada, porque decírselo era hacerle a ella cargar con una cosa que había hecho yo, que soy la que lleva veintitrés días publicando que existe un fotógrafo con memoria.
Ramiro se fue con Susana a las siete y cinco. En la puerta me dijo que había ido «muy bien».
El texto lo escribí a las seis y media. La aprobación no llegó a las siete, ni a las siete y media, porque Ramiro estaba con Susana en un taxi y luego en una reunión. Llegó a las nueve y cuarenta y uno.
Para entonces yo estaba en Carabanchel.
Fui sin avisar. Cogí el metro a las ocho, cuarenta minutos con transbordo, y subí cuatro pisos sin ascensor, y llamé, y abrió con las gafas puestas y un paño en el hombro, igual que el veintiséis de septiembre, y esta vez no me aparté para pasar: entré y lo besé en la puerta.
—Espera —dijo, cuando pudo—. ¿Qué ha pasado?
—No quiero hablar.
—Sara.
—No quiero hablar. De verdad. ¿Sí o no?
Me miró tres segundos.
—Vale.
Fue distinto. Voy a decir cómo, porque si no parece lo mismo y no lo fue.
Lo del martes había sido lento y con risa.
Esto fue rápido y sin ninguna. Fue contra la pared del pasillo primero, con el abrigo todavía puesto y la bolsa en el suelo, y la lámpara del salón encendida todo el rato, porque a ninguno se nos ocurrió apagarla.
Fue de pie mucho más rato del que tiene sentido a los treinta y seis años.
Fue con un ruido de percha cayéndose que ninguno de los dos recogió.
Fue con las manos más firmes. Fue con la boca cerrada.
Yo estaba enfadada y no con él, y eso lo supo enseguida y no preguntó con quién, y me dejó estar enfadada, que es una cosa que no sabe hacer casi nadie.
Le dije lo que quería. Se lo dije en voz alta, dos veces, con las palabras que se usan cuando no hay tiempo de buscar otras, y él contestó igual, corto: «sí», «ahora no», «así».
En ningún momento me preguntó si estaba bien de esa manera que pregunta la gente cuando quiere que le digas que sí.
Preguntó de la otra: parando. Y yo le dije que siguiera dos veces y una vez le dije que no, y ese no se paró en seco, y eso también es él.
No hubo memoria de 2011 en esto. No hubo un solo gesto reconocible. No hubo nada que los cuerpos recordaran, y creo que por eso lo hice: porque el martes había sido de dos personas que se conocieron, y yo necesitaba que fuera de dos que no.
Cuando terminó, me di cuenta de que me temblaban las manos otra vez, y esta vez no era por lo que iba a escribir.
Nos quedamos en su cama, que es de noventa, con una sábana lisa y una manta gris que no es de ninguna marca.
La lámpara seguía encendida. Él se levantó, trajo agua, me dio un vaso y no dijo nada en cuatro minutos, mirando el techo, y en esos cuatro minutos entendí que mañana iba a haber una conversación que hoy no había querido tener.
A las nueve y cuarenta y uno me vibró el móvil en el suelo, dentro del abrigo.
Era Ramiro: «Pieza 22 aprobada para publicación. Perdón por la hora. R.».
Me levanté a por el móvil con la manta de su cama encima, que es gris y áspera y no la vende nadie. Me senté en el borde. Abrí la aplicación. Y lo publiqué yo, desde ahí, a las nueve cuarenta y ocho, en la cama de Tomás, con la lámpara del salón todavía encendida al otro lado del pasillo.
Es la primera vez en veintidós días que una pieza sale tarde.
Una hora y cuarenta y ocho minutos. Leti me escribió un minuto después: «¿Todo bien?
». Le dije que sí. Chus escribió al grupo: «¿Problema técnico?
». Contesté «mío» y nadie preguntó más, y eso, en una empresa que lleva tres semanas publicando a las ocho en punto, es una cosa que se recuerda después.
Tomás me miraba desde el otro lado de la cama.
—¿Qué has publicado?
—Lo de la agenda. Los recibos.
—¿Y lo otro?
—¿Qué otro?
—Lo que ha pasado hoy en tu oficina. Que ha sido algo, porque has venido en metro a las ocho de la noche sin avisar.
Le di el móvil con el texto abierto. Lo leyó. Me lo devolvió.
—No dice nada.
—Dice los recibos.
—Sara.
—Mañana —dije.
Fuera de encuadre. Día 22. La agenda de 2011 costó un euro y medio en el chino de la esquina.
Dentro no había planes. Había el día cinco subrayado, la luz a lápiz, dos citas de empleo y una cifra en diciembre: mil cien.
La nuestra cuesta treinta y nueve euros y trae once páginas para escribir intenciones.