Capítulo 21
Pie de foto original: «Baño de espuma y silencio. Recomendado».
E l miércoles a las once de la noche, en el piso de Tribulete, Sara me preguntó si me quedaba y yo tardé cuatro segundos en contestar, que es lo que tardo cuando ya lo he decidido.
El baño lo habíamos rodado esa misma mañana, a las diez. Eso lo cuento al final, porque pasó antes y porque el orden de este día no es el del reloj.
El alquiler terminaba el jueves a las once de la mañana. Eso lo sabíamos los dos desde el lunes, cuando Óscar leyó la reserva en voz alta delante de seis personas, y a ninguno se nos ocurrió decir nada entonces. Dos noches. Una gastada. Quedaba esta.
Llegué a las nueve con una bolsa: dos cervezas, pan y una tarrina de aceitunas, que es lo que se lleva a una casa que no es de nadie.
Ella había pedido comida a un sitio de la calle de Argumosa.
Cenamos en el suelo del salón otra vez, con la manta de ciento sesenta y nueve euros doblada encima del sofá, sin tocarla, que era una cosa que los dos estábamos haciendo sin decirlo desde el martes: no usar nada de la marca.
A las once me preguntó si me quedaba. Dije que sí.
Y luego nos quedamos los dos de pie en un pasillo de un piso alquilado sin saber qué hacer con las manos, con treinta y ocho y treinta y seis años, después de doce sin hablarnos, como dos personas que han hecho esto muchas veces y nunca así.
—¿Puedo? —dijo ella esta vez.
—Sí.
Nos chocamos. Literalmente: la puerta de la habitación grande se abre hacia dentro y los dos fuimos a la vez y me di en el hombro con el marco. Sara se rio. Yo también, tarde, que es como me sale. Nos paramos. Empezamos otra vez más despacio.
Voy a contarlo como lo recuerdo, que es por partes y con ruidos.
Al principio fuimos torpes los dos, y no de la manera graciosa.
Fuimos torpes de la manera en que se es torpe cuando hay que preguntar cosas que antes no se preguntaban.
Ella me esperaba en un sitio y yo llegaba a otro.
Yo hacía una cosa de 2011 y ella se apartaba un centímetro, no porque le molestara, sino porque ya no era ahí.
Su jersey se le quedó en la cabeza y tuvo que sacárselo ella.
La lámpara de la mesilla es de las de interruptor en el cable y tardé en encontrarlo y dejé la luz muy alta y ella dijo «baja eso» y la bajé.
La cama era la grande del alquiler, con cojines que quitamos de dos en dos y que acabaron en el suelo.
Se le enganchó el pelo en el cierre de mi reloj y estuvimos medio minuto quietos, con la cabeza pegada, deshaciendo un nudo pequeño a oscuras, y fue lo más íntimo que había hecho en doce años.
La primera vez que me pasó por la cabeza que estaba pasando de verdad fue por el ruido de la calle.
Tribulete a las once de la noche suena igual que en 2011: un patinete, una persiana, alguien hablando a gritos por teléfono en la esquina.
Cerré los ojos y el ruido era exactamente el mismo, y lo demás también, y no lo era nada.
Su cuerpo se acordaba del mío antes que yo. Eso fue lo raro: se puso donde se ponía, con la rodilla entre las mías, y yo hice lo que hacía sin pensarlo, y hubo un momento en el que los dos supimos que los cuerpos iban solos y nos quedamos quietos, mirándonos, y ella dijo:
—Esto es rarísimo.
—Sí.
—¿Quieres parar?
—No.
—Dilo bien.
—No quiero parar. Sigue.
Seguí. Le pregunté. Me preguntó. Nos lo dijimos en voz alta dos o tres veces, no como se pide permiso, sino como se comprueba una cosa que importa: «¿así?
», «sí», «¿y esto?», «eso no», «esto sí».
Sara tiene una manera de decir que no que no deja duda y una de decir que sí que tampoco, y las dos siguen siendo las mismas.
La piel se acuerda de la temperatura. Eso no lo sabía y lo sé desde anoche: me acordaba de cómo estaba ella de caliente en la espalda y de fría en las manos, y me acordaba de la diferencia exacta entre las dos cosas, como se acuerda uno de una escalera y de cuántos peldaños tiene sin contarlos.
Lo que ha cambiado: ella tarda más y lo dice.
En 2011 no decía nada; iba deprisa porque las paredes eran de papel y porque Nacho estaba al otro lado y porque teníamos veintitrés años y creíamos que había que ir deprisa.
Hoy paró dos veces. Una para respirar y otra para quitarse un cojín de debajo de la espalda y tirarlo al suelo con una puntería que celebró ella sola.
Lo que ha cambiado, segundo: respira distinto.
Antes contenía el aire y lo soltaba de golpe.
Ahora respira largo, como quien ha aprendido a nadar de mayor.
Alguien le enseñó eso en doce años, o se lo enseñó ella sola, y las dos posibilidades me dieron la misma cosa en el pecho y ninguna de las dos me la voy a contar aquí.
Lo que no ha cambiado: el sitio exacto detrás de la oreja. La forma de agarrarme el brazo con la mano entera, no con los dedos. Los pies fríos, que se calentaron a la media hora contra mi pierna y que yo sentí llegar como se siente subir el agua en una bañera.
Y una cosa nueva: me besó la mano. La izquierda. Se la llevó a la boca y puso la boca en la línea, en los cuatro centímetros, despacio, y se quedó ahí un segundo más de lo que dura besar una cicatriz.
No dije nada. No sabía qué decir y si hubiera sabido tampoco lo habría dicho, y esa frase la he escrito muchas veces en esta campaña y hoy es la que menos me gusta.
Nos reímos tres veces. La del marco de la puerta, la del cojín y otra al final, cuando el somier del alquiler resultó ser de los que no suenan y Sara dijo, con la voz rota y la cara en mi hombro, «este no se apoya en libros», y nos reímos los dos, pegados, y esa es la que me quedo.
Hubo un momento largo, en medio, en que nos quedamos quietos por decisión y no por cansancio.
Ella con la frente en mi cuello y las dos manos en mi espalda, y yo sin moverme, y los dos aguantando eso que se aguanta y que no tiene nombre en ningún sitio.
Duró lo que duró. Nadie contó nada. Yo, que cuento todo, no conté.
Después nos quedamos con las luces apagadas, tapados hasta la mitad, ella boca arriba y yo de lado, respirando raro. Le miré la cara. Tenía la de siempre y una que no conocía, las dos.
Y ahí entendí una cosa que no me sirvió de nada: que los cuerpos saben continuar.
Que el mío sabía exactamente dónde poner la mano y el suyo dónde ponerse, y que eso no me decía absolutamente nada de lo que ella sentía a las once y media de la noche del veintiuno de octubre en una casa alquilada.
Los cuerpos tienen quince años de memoria y ninguna opinión.
Yo tenía una mano en su espalda y no sabía qué era yo para ella. Eso no lo arregla ninguna noche.
Se durmió a la una, de lado, con la mano en mi cuello, que es como dormía entonces y que nadie ha podido enseñarle ni quitarle en doce años. Yo me dormí a las tres. Conté el rato en el techo.
A las ocho de la mañana ya estábamos discutiendo.
Empezó con un café. Ella se levantó a hacerlo, en la cocina de seis metros, con una camiseta mía que se puso sin pedirla, y desde allí dijo:
—Esto no cambia el calendario.
—¿Qué calendario?
—El de la campaña. Hoy toca la agenda, mañana el puré y el treinta y uno se acaba el permiso igual. Esto no cambia nada de lo que hay que hacer.
Me senté en la cama. Me puse las gafas, que es lo que hago cuando necesito ver una conversación.
—No he dicho que cambie nada.
—Ya. Lo digo yo antes de que lo diga nadie.
—Lo dices por si acaso.
—Lo digo porque a las once hay que entregar las llaves y a las doce y media tengo a Ramiro con la gente de Hogaria en mi oficina.
Salió con dos tazas. Me dio una. Se quedó de pie.
—¿Qué ha sido esto? —dije.
Es la primera pregunta directa que le hago desde el veintitrés de septiembre y me costó más que pedir cuarenta mil euros en un despacho de Velázquez.
—No lo sé.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que hay. —Me miró—. Ahora te toca a ti decir «es la que hay».
—No.
—Tomás.
—Dime lo que no es, si no sabes lo que es.
Se sentó en el borde de la cama, con la taza en las dos manos.
—No es una manera de arreglar 2013 —dijo—. No es un premio. No es algo que se publique. Y no es un error, porque si te digo que es un error me estoy mintiendo, y llevo veintiún días diciendo la verdad en internet como para empezar a mentirte a ti a las ocho de la mañana.
—Entonces no está mal.
—No he dicho eso. He dicho que no es un error. Es distinto.
—¿Qué es distinto?
—Que una cosa puede no ser un error y hacer daño igual.
Y ahí se acabó la conversación, porque a las nueve y cuarto llamó Óscar al telefonillo a por el trípode que se había dejado el día antes.
El miércoles por la mañana, doce horas antes de todo lo anterior, rodamos el baño.
El baño de Tribulete tiene metro sesenta de bañera, azulejo verde hasta media altura y un termo eléctrico nuevo, de los de cincuenta litros, con un adhesivo del año de instalación: 2019.
En 2011 había otro. Uno de treinta litros, del año que fuera, que daba cuatro minutos de agua caliente si nadie se había duchado antes y ninguno si sí.
Aquel diez de octubre a Sara se le ocurrió que un baño de espuma era «contenido de domingo».
Compró un bote de espuma de un euro en el bazar de Argumosa.
Llenó la bañera. El agua salió templada tres minutos y fría el resto, y ella se metió igual, porque ya estaba la espuma hecha y porque lo íbamos a publicar.
La foto veintiuno es Sara en una bañera llena de espuma, hasta los hombros, riéndose con la boca abierta y los ojos cerrados. «Baño de espuma y silencio. Recomendado». Es una de las que más se comparte. Se usó en la caja de las velas de 2018.
Esa risa es de frío. Y de rabia, porque tres minutos antes me había dicho que no pensaba salir del agua hasta que la foto estuviera bien y yo había tardado seis en encontrar el encuadre.
Hoy Óscar llenó la bañera con agua caliente del termo de cincuenta litros. Tardó once minutos. La espuma la compró él: un bote de gel de la marca, veinticuatro euros, que hace una espuma densa y blanca que dura veinte minutos, no como la del bazar, que se deshacía en cinco.
Sara se metió en bañador debajo de la espuma, porque hoy había tres personas en un piso de cincuenta metros.
—Está caliente —dijo, desde dentro.
—Cincuenta litros —dijo Óscar.
—La única mejora en quince años.
Lo dijo mirando al techo, con la voz normal, y Leti se rio porque pensó que era un chiste y lo apuntó para el clip.
No era un chiste. Miré el vapor subir del agua, que en la foto de 2011 no existe, porque el agua fría no hace vapor, y ese es el detalle que nadie ha visto nunca en quince años: en la foto original no hay vapor. Hay una mujer riéndose a diez grados.
Hice la foto en cuatro minutos. Seis disparos. El quinto, en el que Sara se ríe con la boca abierta y los ojos cerrados y lo que sale de la boca es aire caliente que se ve.
—¿La tienes? —preguntó Leti.
—La tengo —dije, y Sara salió del agua, y Carla le dio una toalla.
Mientras Óscar vaciaba la bañera, Sara se quedó en la puerta del baño con la toalla y dijo, a nadie:
—Cincuenta litros, once minutos y veinticuatro euros de gel.
—¿Lo apunto? —dijo Óscar.
—Apúntalo.
Recogimos a la una. Me fui a Carabanchel a descargar y volví por la noche con una bolsa del supermercado, que es donde empieza este capítulo.
Sara escribió el texto a las seis, en la cocina de seis metros, de pie. Me lo leyó en voz alta antes de mandarlo, que no lo había hecho nunca. Le dije que estaba bien. Me dijo que no le había preguntado.
Aprobó Chus, sin nota, mientras nosotros recogíamos. Veintiuno.
A las ocho salió. Espuma y risa a la izquierda; espuma y vapor a la derecha.
Debajo, el texto de Sara: que el termo daba tres minutos, que la espuma costaba un euro, que se metió en el agua fría porque la foto ya estaba empezada, y que la risa es de frío.
La última línea decía: «El agua caliente es la única mejora de estos quince años».
Leí un comentario.
«Me he ido a mirar la foto de la caja de la vela de 2018 y no hay vapor. No hay vapor. Llevo ocho años mirando a una mujer congelándose y pensando en comprarme una bañera».
Nota de la toma.
Termo de cincuenta litros, once minutos de llenado; vapor visible desde el segundo disparo. En la foto de 2011 no hay vapor. Nadie lo ha visto en quince años. Fuera de encuadre: lo que sabe un cuerpo y lo que no sabe nadie a las ocho de la mañana.