Capítulo 20
Pie de foto original: «Seis metros cuadrados. Caben dos personas y una olla».
E l martes a las cuatro de la tarde entré en mi propia cocina con un código de cuatro cifras y una llave que no era mía, y lo primero que vi fue la réplica del jersey mostaza colgada de un perchero de diseño en el pasillo.
Ciento veintinueve euros. Talla M. Puesta ahí como decoración, en una percha de madera clara, iluminada por una lámpara de pie que también vendemos. Dos días antes, el original estaba encima de la mesa de una señora de Vallecas que le pasaba la mano por delante para alisarlo.
Óscar había alquilado el piso dos noches, del martes al jueves, doscientos veinte euros.
La reserva estaba a nombre de la empresa.
El anfitrión nos había dejado las instrucciones en un folio plastificado encima de la mesa del salón, con el código de la basura, el del wifi y una línea que decía: «Este apartamento ha sido decorado con piezas de Manual.
Si algo te gusta, puedes comprarlo en manual.es».
Somos nosotros. Vendemos el piso donde vivimos con una lista de cosas que no cuestan nada colgada de la nevera.
Hice el recorrido antes de que llegaran los demás, sola, porque el sábado había decidido que iba a hacerlo sola. Doce años sin subir esos sesenta y ocho escalones y los subí contándolos, como una idiota, y en el cincuenta y uno me paré, no porque me cansara.
El rellano huele a lo mismo. La puerta es otra: han puesto una de seguridad con un cajetín de llaves colgado del pomo, de esos con código, y eso también es Madrid.
Salón: la manta de ciento sesenta y nueve doblada en el sofá; dos velas de treinta y cuatro, una encendida por el servicio de limpieza; la agenda de este año abierta en la estantería, en la página del día veinte, que es hoy, lo cual es casualidad y parece un guion.
Habitación grande: cojines. Habitación pequeña, la mía, la del subarriendo: hoy es «zona de trabajo», con una mesa plegable y un cartel enmarcado con la frase «Sobrevive a octubre» en la letra de mi vela.
Baño: sin bañera, que ya no la había en 2011. Y la cocina.
Seis metros cuadrados. Los mismos. Un metro ochenta por tres y cuarto.
Encimera de dos metros, fregadero, una placa de dos fuegos que han cambiado, un armario alto y una ventana pequeña que da al patio, la del primer café, la de los doce minutos de luz a las siete y cuarenta.
No cabe una mesa. No cabían dos personas si una abría el armario.
Han pintado, han puesto un tirador nuevo, han colgado una lámina con una calabaza. Lo demás es exactamente igual.
En la ventana de la cocina, por fuera, sigue el gancho donde colgábamos la bolsa de la compra en invierno, porque no había nevera bastante y el patio a las siete de la mañana en enero es un frigorífico gratis. Lo miré desde dentro. Nadie lo ha quitado porque nadie lo ve.
Tomás llegó a las cuatro y veinte con una bolsa del supermercado. Arroz, un pimiento, una cebolla, tomate de bote, medio pollo. Leti y Óscar llegaron a las cuatro y media y se fueron a las siete y media, y eso es importante, porque lo que pasó después pasó cuando ya no había nadie.
La foto veinte es Tomás de espaldas en esta cocina, de noche, con una olla, y una sombra mía en el marco de la puerta, y el pie: «Seis metros cuadrados.
Caben dos personas y una olla». La hice yo.
Es la única de las treinta y una que hice yo, con su cámara, sin saber, y por eso está mal encuadrada y por eso es la que más le gusta a Chus sin saber por qué.
Leti quiso grabar «la llegada» y la repetimos dos veces: Tomás entrando con la bolsa del supermercado por una puerta que fue suya durante cuatro años.
A la segunda dijo que no la repetía más.
Leti lo entendió sin que se lo explicara, que es lo que ha aprendido esta chica en veinte días, y guardó la cámara antes de tiempo.
Cocinamos de verdad, porque no había otra manera de hacer la foto. Eso fue lo que dijo Tomás y fue verdad: en seis metros no se finge cocinar, no hay sitio para el estilismo. Óscar intentó poner un plato bonito en la encimera y no cabía. Se lo llevó.
Es una cocina que obliga. Si uno está en el fregadero, el otro no pasa.
Si uno abre el horno, que no hay horno, no pasaría nadie.
A las cinco y media, con la cebolla en la sartén y Leti grabando desde el pasillo porque dentro no cabía, yo tenía que llegar al armario alto y Tomás estaba delante del armario alto, y me puse detrás de él y le dije «perdón» y él se giró de lado, y pasé, y ninguno de los dos hizo nada con eso, y Leti lo grabó, y esos cuatro segundos están en el clip.
En 2011 no decíamos «perdón». Nos apartábamos con la cadera.
Óscar preguntó a las seis si el arroz «iba a salir en el plano final» y Tomás dijo que el arroz iba a salir en el plato y en nuestra cena, y Óscar lo apuntó como catering, y creo que fue la única línea alegre de su tablet en veinte días.
A las siete menos diez Tomás dijo que la luz de la ventana ya no servía y que la de la cocina, la de tubo, era la de la foto.
La foto de 2011 es de noche. Encendimos el tubo.
Leti recogió. Óscar preguntó tres veces si necesitábamos algo y Tomás le dijo que sí, que cerrar la puerta al salir, y Óscar la cerró a las siete y media.
Y nos quedamos los dos en un piso alquilado a doscientos veinte euros la noche que había sido nuestra casa.
Hice la foto a las siete y cinco. Con su cámara, otra vez, quince años después.
Me puso la correa en el cuello, me dijo dónde poner el pie para que el marco de la puerta entrara, me dijo que no mirara la pantalla, que mirara a la cocina, y se giró y siguió removiendo. Disparé cuatro veces. La tercera.
—¿Cuál? —preguntó, sin girarse.
—La tercera.
—¿Por qué?
—Porque en las otras sales quieto y en esa te has movido.
—Entonces está movida.
—Está movida.
—Pues esa.
Chus me escribió a las nueve y media: «¿Cómo va Tribulete?». Le contesté: «Estamos cenando lo que hemos cocinado». Contestó: «Eso no es una respuesta de directora creativa». Le puse un punto. No volvió a escribir.
Cenamos a las nueve, en el suelo del salón, con los platos encima de las rodillas, porque en 2011 no teníamos mesa y porque la mesa que hay ahora tiene un folio plastificado encima con el código del wifi.
El arroz estaba bueno. No lo dije. Se lo dije a la tercera cucharada, y él dijo «ya» y siguió comiendo, y eso fue toda la conversación sobre el arroz.
Lo del arroz quemado fue en diciembre.
Voy a contarlo yo, porque es mío.
Diciembre de 2011. Un martes. Tomás estaba haciendo arroz en esos dos fuegos y se le fue; se puso a mirar unas fotos en la pantalla y el arroz se pegó y se quemó y la cocina se llenó de humo, y yo entré desde el salón a ver qué pasaba y él estaba de pie mirando la cazuela negra con la cara de quien calcula cuánto cuesta un arroz.
Cuatrocientos gramos. Y tiró la cazuela al fregadero y abrió el grifo y salió más humo, y dijo «lo siento» como se pide perdón por una cosa cara.
Y yo dije «te quiero».
Ahí. En seis metros cuadrados, con la ventana abierta y el humo saliendo al patio y la cazuela en el fregadero.
No lo tenía pensado. Salió porque había estado tres semanas sin salir y aquella era la primera vez que no había cámara, ni blog, ni entrada que escribir, ni nada que fotografiar: solo un chico de veintitrés años preocupado por cuatrocientos gramos de arroz.
Él no dijo nada. Cerró el grifo. Se secó las manos. Y dijo: «Vamos a tener que cenar otra cosa».
Eso es lo que dijo. Y luego, a la una de la madrugada, cuando yo ya estaba dormida, me lo dijo él, y yo no lo oí, y me lo contó dos días después en el metro, entre Lavapiés y Sol, y me dio rabia habérmelo perdido y no se lo dije.
Hoy, en el suelo de ese salón, con un plato de arroz encima de las rodillas y una vela de treinta y cuatro euros encendida por el servicio de limpieza, se lo conté. Le conté que me dio rabia. Quince años después.
—Lo dije en la cocina —dijo él—. A la una. Estabas dormida y lo dije igual.
—Me lo contaste en el metro.
—Dos días después. Entre Lavapiés y Sol.
—Te acuerdas de la parada.
—Me acuerdo de todo. Es lo que tengo en vez de otras cosas.
Nos reímos los dos. No fue una risa grande. Fue de las que se hacen mirando el plato.
—¿Tú sabías que lo iba a decir? —le pregunté—. Aquella noche.
—No.
—¿Y qué pensaste?
—Que se había quemado el arroz.
—Tomás.
—Pensé que ya no había manera de volver atrás y que no quería. Y luego pensé en el arroz.
Recogí los platos. Los llevé a la cocina. Él vino detrás con la cazuela, porque en esa casa siempre ha habido que hacer dos viajes, y otra vez no cabíamos los dos, y otra vez me tuve que poner delante del fregadero y él detrás con la cazuela esperando, y entonces me giré.
No para pasar. Me giré y me quedé.
Estaba a treinta centímetros. La cazuela en sus manos, entre los dos. La dejó en la encimera, sin mirar dónde, y sonó contra el mármol.
—¿Puedo? —dijo.
Lo dijo así. Dos palabras. Tomás, que no avisa, avisó.
—Sí —dije.
Y me besó.
No voy a contarlo como cuento las cosas.
Fue un beso, con la espalda de mi camiseta contra el borde del fregadero y su mano izquierda en la nuca, otra vez, y la derecha en la cintura, y el tubo de la cocina encendido encima, que es la peor luz de Madrid, y no nos movimos a ningún sitio mejor porque no hay ningún sitio mejor; hay seis metros cuadrados.
Me supo a arroz y a tomate de bote y a quince años.
Se me durmió un pie. Paramos. Volvimos a empezar. Paramos otra vez.
Nos separamos por la respiración, no por decisión, y nos quedamos con la frente a cinco centímetros, mirando el suelo de la cocina los dos, que estaba limpio porque lo limpia un servicio que cobra por noche.
—No sé qué es esto —dije.
—Yo tampoco.
—Y mañana hay que hacer una foto de un baño de espuma.
—Ya lo sé.
—Y el treinta y uno se acaba el permiso.
—Ya lo sé.
—Y no me has contestado a nada de lo de 2013.
—No.
—Y tú no me has preguntado lo tuyo.
—No.
—Vale.
Me salió a mí esta vez. Y él lo oyó, y no dijo nada, y me puso la mano otra vez en la nuca, con los dedos abiertos, sin apretar, y nos quedamos así, de pie, en la cocina, un rato que no medí, que es la primera cosa que no he medido en veinte días.
Antes de irse fregó la cazuela. La fregó entera, con estropajo, en un piso que se limpia por contrato, y la dejó boca abajo en el escurridor, y yo lo miré hacerlo desde la puerta de la cocina y no dije nada, porque hay gente que después de un beso dice cosas y hay gente que friega.
Se fue a las once. Andando. Le dije que había un cuarto libre, que estaba pagado, que había dos noches.
Dijo que no, y no dijo por qué, y yo no se lo pregunté, y creo que los dos sabíamos que quedarse hoy habría convertido el beso en otra cosa y que ninguno de los dos quería que el beso fuera una consecuencia de un piso alquilado.
Me quedé yo. Dormí en la habitación pequeña, la mía, la de «zona de trabajo», en una cama de noventa que no estaba donde estaba la mía. No dormí bien. Da igual.
El texto del día veinte lo escribí a las siete y cuarto, deprisa, en el móvil, sentada en el suelo del salón mientras Óscar recogía: cuatro líneas correctas sobre una cocina de seis metros y una olla.
Lo mandé a las siete y veinte. El correo de Ramiro llegó a las siete y treinta y dos, sin nota.
Veinte. A las ocho salió, con la foto movida, y yo estaba cocinando y no lo miré.
A las doce y diez, sola, en el suelo de ese salón, con el portátil en las rodillas y la vela apagada, lo reescribí.
Me temblaban las manos. No es una manera de hablar: me temblaban, y tuve que escribirlo tres veces porque me salían letras de más, y a la tercera entendí que no eran los nervios del beso. Eran los de lo que iba a tener que escribir algún día y esta noche tampoco iba a escribir.
Mandé la corrección a las doce y veinte. Es la primera vez en veinte días que pido cambiar un texto ya publicado. Ramiro contestó a las doce y treinta y uno con una palabra: «Cambiado». Ni preguntó por qué.
A las doce y treinta y cinco, el pie de la pieza veinte era este.
Fuera de encuadre. Día 20. Aquí le dije «te quiero» por primera vez, en diciembre de 2011, mientras él quemaba cuatrocientos gramos de arroz y calculaba cuánto costaban.
Él me lo dijo a la una, dormida yo, y me lo contó dos días después en el metro.
Hoy hemos cocinado otra vez aquí. La cocina no ha cambiado.