Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 19
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Capítulo 19

Pie de foto original: «Escapada improvisada. Volvemos cuando queramos».

Llegamos a las siete. Óscar no vino: los permisos de Adif tardan quince días y lo que hicimos fue lo que hace todo el mundo, que es comprar un billete y entrar.

Dos billetes de ida a Villaverde Bajo, un euro con setenta cada uno, que es lo más barato que se puede pagar por entrar a un andén.

Vino Leti, con la cámara pequeña, y se quedó en el extremo, lejos.

El andén estaba vacío. A las siete y diez de un lunes, el andén siete está vacío porque la gente que va a trabajar coge los de enfrente.

Cinco personas en doscientos metros. Un hombre dormido en un banco con una mochila entre los pies, que Leti no grabó sin que yo tuviera que pedírselo.

Un tren parado en la vía ocho con las puertas cerradas y las luces encendidas, esperando.

Sara llegó con dos cafés de máquina y me dio uno sin preguntar cómo lo tomo. Lo tomo solo. Me dio el solo.

La foto diecinueve es un amanecer. Un cielo naranja y gris encima de unos tejados, con una antena y un depósito de agua a la izquierda.

«Escapada improvisada. Volvemos cuando queramos».

Es la única de las treinta y una en la que no hay ni un objeto ni una persona, solo cielo.

Y no es de ninguna escapada. Es de la azotea de Tribulete, el domingo siguiente, a las ocho menos cuarto de la mañana, después de una noche entera en esta estación.

Voy a contarlo como fue.

El veintitrés de octubre de 2011, un domingo, a Sara se le ocurrió a las once de la noche que teníamos que ir a Segovia.

Se le ocurrió mirando una foto de un acueducto en el ordenador de Nacho.

Dijo que el billete costaba trece euros con el regional, que se salía de Chamartín pero también de aquí, que era una escapada, que la gente hace escapadas, que quedaba bien y que además nos apetecía.

Yo dije que sí. Cogimos el metro, llegamos a Atocha a las once y media y el último regional a Segovia había salido a las nueve y cuarto.

Llevábamos dos billetes de metro, una mochila con un jersey y cuarenta euros entre los dos, que era el dinero de la semana.

Nos quedamos. Ese es el hecho: nos quedamos.

Dormimos en un banco de la estación, en la parte de arriba, la del jardín, sentados, hasta que a las seis abrieron las máquinas y nos fuimos en el primer metro.

Subimos a la azotea de Tribulete y allí estaba el amanecer, y yo hice la foto, y Sara escribió «escapada improvisada» y «volvemos cuando queramos», y la gente creyó durante quince años que ese cielo era de Segovia.

Nadie preguntó qué se ve desde Segovia a las ocho menos cuarto.

Un depósito de agua de Lavapiés, en teoría, no.

Y hay una cosa que nunca conté de aquella noche, y es que no dormimos.

Ella se durmió dos veces, veinte minutos cada una, y yo no.

Estuve despierto desde las once y media hasta las seis mirando el techo de la estación, que tiene una estructura de hierro que a esa hora no se ve, y contando la gente que entraba: cuarenta y una personas en siete horas, casi todas con maleta y ninguna con prisa.

Me acuerdo del número. Es lo que hago cuando no quiero pensar: cuento cosas que no importan para no contar las que sí.

Hoy volvimos a poner a Sara en el banco. No el mismo; el de arriba lo quitaron en la reforma. Uno parecido, en el andén, de los de metal con separaciones para que nadie se tumbe. Se sentó, con la mochila en el suelo, y miró el tren parado de la vía ocho.

—Con separaciones —dijo—. En 2011 el de arriba era corrido. Se podía dormir.

—Por eso los cambiaron.

Disparé siete veces. Me quedé con la segunda: Sara sentada en un banco con separaciones, con un tren parado detrás, y encima el techo de la estación, que no es cielo.

Y luego nos quedamos. Ese fue el día de hoy: nos quedamos otra vez.

El tren de la vía ocho salió a las siete y veintiséis.

El andén se quedó más vacío todavía. Leti estaba a cincuenta metros con la cámara bajada, y en algún momento se sentó en el suelo con la espalda en una columna y se puso los auriculares, que es lo más elegante que ha hecho una community manager en esta campaña.

—Dilo —dijo Sara.

—¿El qué?

—Lo que llevas diecinueve días sin decir de esa foto. Lo dices todos los días de todas. De esta no has dicho nada.

Es verdad que no había dicho nada. Se lo dije.

—Me alegré.

—¿De qué?

—De que se hubiera ido el tren.

Se giró en el banco.

—No tenía trece euros —dije—. No los tenía.

No tenía trece euros míos ni la mitad de una habitación en Segovia ni el desayuno del domingo ni el autobús hasta el acueducto.

Tenía veintitrés años y ochenta euros al mes de una tienda de fotos que me pagaba en negro, y el resto era lo que entrara.

Y cuando vi el panel y vi que el último había salido a las nueve y cuarto, lo primero que sentí no fue pena.

Fue alivio. Duró un segundo y me acuerdo de él mejor que de la noche entera.

Sara no dijo nada.

—Y después me dio vergüenza. Y por eso no lo dije entonces y no lo he dicho en quince años.

—¿Vergüenza de qué?

—De que me aliviara. De que la noche entera en un banco me pareciera mejor que la cuenta de Segovia.

Se quedó mirando la vía.

Se levantó del banco. Anduvo cinco pasos por el andén y volvió, que es lo que hace Sara cuando una frase le va a costar.

—Yo tenía sesenta —dijo—. En la cuenta. El veintitrés de octubre de 2011 tenía sesenta y dos euros y una transferencia de mi madre pendiente que llegaba el día veinticinco y que nunca conté como mía porque contarla era aceptar que la necesitaba.

Si hubiéramos cogido el tren, el lunes no habría habido para el bono.

—¿Y por qué lo propusiste?

—Porque la gente hacía escapadas. Porque en los blogs que yo leía la gente se iba un domingo a Segovia y ponía una foto del acueducto y parecía que su vida funcionaba. Yo quería que la nuestra pareciera que funcionaba. Y como no podíamos, le puse un pie de foto a un cielo.

Lo dijo sin ironía. Es la primera cosa que le he oído decir sin ironía en diecinueve días, y no es poco, porque Sara usa la ironía como yo el «no».

—Nunca hablamos de esto —dije.

—Nunca hablamos de dinero. Hablábamos de facturas. No es lo mismo.

—No.

—Yo pensaba que si lo decía en voz alta, se hacía verdad. Y tú pensabas que si no lo decías, no contaba.

—Sí.

—Y luego llegó uno que sí hablaba de dinero y le abrí la puerta.

Un tren entró en la vía siete, la nuestra, y estuvo parado dos minutos con las puertas abiertas, y no subió nadie, y se fue. Los dos lo miramos irse porque era más fácil que mirarnos.

Ahí paró. No lo dijo como una confesión ni como una defensa. Lo dijo como se dice un dato en una reunión, que es como dice Sara las cosas que le duelen.

Esperé. No dije nada. Es lo que sé hacer.

—No te estoy pidiendo que digas que lo entiendes —dijo.

—No lo entiendo. Entiendo por qué.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Y ahora? —dijo—. Ahora hablamos de dinero y ya está, ¿no? Ya somos adultos.

—Ahora tú tienes una empresa que se vende y yo cobro dieciocho mil por un mes.

—Eso no es hablar de dinero. Eso es enseñar las nóminas.

—Es lo que hay.

—Contigo siempre es lo que hay.

Lo dijo sin rabia, casi con cansancio, y tenía razón: «es lo que hay» es mi manera de cerrar una puerta por dentro y dejar la llave puesta por fuera para que nadie diga que la he cerrado.

Nos quedamos en el andén hasta las ocho menos cuarto, que era la hora del amanecer de 2011, aunque en un andén cubierto de Atocha no amanece nada.

A las ocho menos cuarto la luz de fuera entró por el fondo de la estación, a ras, por debajo del techo, y duró lo que dura eso: dos minutos. No la fotografié. Ya tenía la foto.

Antes de salir pasamos por delante del jardín tropical, que está acristalado y a esa hora tiene la luz encendida y no hay nadie dentro. Sara se paró. Miró.

—Aquí dormimos.

—Arriba. En los bancos de arriba.

—Ya. Pero yo me acuerdo de esto. De mirar las plantas a las cuatro de la mañana y pensar que estábamos en un sitio bonito.

—Estábamos en una estación.

—Estábamos en un sitio bonito y en una estación. Las dos cosas.

No se lo discutí. Tiene razón en las dos cosas y en las dos a la vez, que es lo que ella hace mejor y lo que vende desde hace trece años.

Salimos. Leti se fue a la oficina en metro con la tarjeta. Nosotros subimos andando.

Atocha a Chamberí son cincuenta minutos por el paseo del Prado, Recoletos y Castellana. Los hicimos. No sé de quién fue la idea; creo que de nadie, que salimos de la estación y no bajamos al metro y seguimos.

Cincuenta minutos. No nos tocamos. Es lo que quiero dejar dicho, porque lo estuve contando: no nos tocamos ni una vez, ni en un semáforo, ni en un cruce, ni cuando un patinete nos pasó por en medio en Cibeles y los dos nos apartamos hacia el mismo lado.

Tampoco nos separamos. Fuimos todo el camino a la misma distancia, la del portal, la del miércoles, treinta centímetros, y ninguno de los dos la cambió en cincuenta minutos, que a esa distancia y a ese paso es una cosa que hay que querer hacer.

En el paseo del Prado, a las nueve menos veinte, había gente yendo a trabajar en la otra dirección, mucha, y nosotros dos andando hacia el norte a paso de domingo, y pensé que en 2011 íbamos a todas partes a esa velocidad porque no teníamos nada que hacer y que hoy íbamos a esa velocidad porque los dos habíamos decidido que el metro no.

Hablamos de dinero todo el camino. Del de entonces: los cuatrocientos euros de los colchones, que fueron dos meses de alquiler; el bono de diez viajes que se acababa el martes; los ciento veinte de Nacho.

Y del de ahora, que es lo que no habíamos hecho nunca: le dije lo que cobro por una boda y cuántas hago al año, y que la agencia me paga por foto publicada y no por foto hecha, y que doy clase dos tardes porque las clases son lo único que entra todos los meses.

Ella me dijo lo que paga de alquiler en Chamberí.

Lo dijo mirando al frente. Es una cantidad que no voy a escribir aquí porque no es mía, pero sí diré que cuando la dijo se calló después, y que en ese silencio cabía todo lo que significa pagar eso por vivir en el sitio donde una vende lo que vende.

—No me lo puedo permitir —dijo.

—Ya.

—Llevo cuatro años sin poder permitírmelo.

—¿Y por qué sigues?

—Porque es el sitio desde el que se puede escribir «un domingo cualquiera en Chamberí».

—¿Y tú por qué no me lo dijiste entonces? —preguntó, a la altura de Cibeles—. Lo de los trece euros.

—Porque a los veintitrés años un hombre no dice que no tiene trece euros.

—A los veintitrés años una mujer los tenía y tampoco lo dijo.

—Pues ya está.

—No está. Es que si lo hubiéramos dicho, a lo mejor no habría hecho falta una agenda.

No contesté a eso, porque no lo sé, y porque una frase así, contestada deprisa, se convierte en una cosa para poner en una taza.

En la plaza de Colón se le enganchó el pelo en el cuello de la gabardina y levantó la mano para sacarlo y yo también, y los dos paramos las manos a la vez, en el aire, y las bajamos a la vez, y seguimos andando. Eso fue lo más cerca que estuvimos.

En Gregorio Marañón pasamos por delante del hospital. Los dos lo vimos. Ninguno dijo nada, y no decir nada delante de ese edificio, después del domingo once, fue una manera de decirlo.

Llegamos a la oficina a las nueve menos veinte. En el portal, antes de entrar, dijo:

—Mañana es Tribulete.

—Mañana es Tribulete.

—Dos noches alquiladas. Entramos mañana a las cuatro.

—A las cuatro.

Lo dije sin pensar en lo que era entrar a las cuatro en aquella casa. Lo pensé después, subiendo por Ríos Rosas, y seguí andando.

Chus aprobó desde el móvil, en tres palabras, sin nota. Diecinueve.

A las ocho salió. El cielo de la azotea de Tribulete a la izquierda; Sara en un banco con separaciones y un tren parado a la derecha.

Debajo, el texto: que no hubo escapada, que el último tren había salido a las nueve y cuarto, que dormimos en un banco, que el amanecer es de una azotea de Lavapiés y que el billete costaba trece euros.

No decía lo del alivio. Se lo agradecí. Es mío y ella lo sabe.

Nota de la toma.

Fluorescente de andén, sin sombras, la misma de entonces; el cielo, en otra foto y en otro sitio. Cincuenta minutos hasta Chamberí; treinta centímetros todo el camino; dos manos paradas en el aire en Colón. Fuera de encuadre: trece euros que no tenía y el alivio que me dio.