Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 18
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Capítulo 18

Pie de foto original: «Cuatro manos, una taza».

E l viernes por la mañana, entre el apagón y la lluvia, conseguí la autorización de Ramiro para sacar el jersey del guardamuebles, y me costó tres correos y una frase que no pensaba decir.

El segundo lo mandé el viernes a las nueve, antes de Usera.

Explicaba que la pieza dieciocho se rueda en casa de la propietaria original, que las manos de la foto son suyas, que el activo sale de un almacén y entra en la casa de la mujer que lo tejió, que Manual no pierde nada porque la réplica sigue a la venta y que el riesgo reputacional de que se sepa que lo tenemos inventariado es mayor que el de devolverlo.

Todo verdad. Todo escrito con las palabras con las que se le escribe a Ramiro, que son las de un informe.

Contestó a las once: «Sigo sin verlo. Es un activo del inventario congelado».

El tercero lo mandé a las once y cinco, desde el móvil, andando hacia el metro, y no era un informe.

«Ramiro, lo tejió una señora de Vallecas en 1986.

Se lo prestó a su hijo para una foto y lleva doce años en una bolsa con el aire sacado con un número pegado.

Vendemos la copia a ciento veintinueve euros.

Ella no ha cobrado nada y no va a reclamar nada, porque no sabe que se puede reclamar.

Si lo devolvemos, no perdemos un activo.

Perdemos una frase que no quiero tener que decir en el directo del treinta y uno».

Contestó a las once y cuarenta: «Autorizado el préstamo indefinido a la propietaria original, con salida del inventario a efectos operativos y baja definitiva pendiente del cierre. Que lo firme Óscar. R.».

Préstamo indefinido. Baja definitiva pendiente del cierre.

Ramiro no devuelve: presta para siempre y deja el papel para después.

Pero el jersey salió de Vicálvaro el sábado por la mañana, mientras Tomás y yo mirábamos una grabación con unos cascos, y el domingo a la una estaba en una bolsa de tela encima de la mesa del comedor de Pilar Redondo, en Puente de Vallecas, tercero sin ascensor, con una comida hecha.

Óscar fue a Vicálvaro el sábado a mediodía, dio salida al activo en la tablet y me mandó una foto del papel firmado con dos palabras: «Salida ok». Es lo más parecido a un abrazo que me ha mandado nadie de mi equipo en veinte días.

Fuimos los dos y nadie más. Leti no vino.

Se lo dije el sábado por la tarde: la pieza dieciocho la hace Tomás y la grabo yo con el móvil, si hay que grabar algo.

Leti dijo que era la primera vez en dieciocho días que no iba a un rodaje y que le parecía bien.

Óscar preguntó por el presupuesto. No había presupuesto.

Había un tren de Cercanías y una tarta comprada en una pastelería de la calle de Alcalá.

Llegamos a la una en Cercanías desde Atocha, veinte minutos, con la bolsa de tela entre los dos en el asiento del medio. En el vagón, Tomás no dijo nada en veinte minutos y yo tampoco, y no era incómodo; era la primera vez que estábamos callados sin que nos mirara nadie.

La casa de Pilar tiene un pasillo con fotos.

Lo primero que vi al entrar. Fotos de Tomás de niño, de la comunión de un primo, de una boda de los ochenta, de un hombre que no estaba en ninguna de las siguientes.

Y ni una sola de las treinta y una. Ni una sola foto hecha por su hijo, salvo una de ella con Tomás en una terraza, mal encuadrada, hecha por un camarero.

—Esas no las tengo —dijo, cuando me vio mirar—. Esas están en tu agenda.

Empezamos así.

Pilar tiene setenta y un años, las manos grandes y la espalda recta de haber limpiado casas ajenas durante treinta años.

Llevaba un delantal que se quitó para saludarme y se volvió a poner para servir.

No me abrazó. Me dio la mano. Fue una mano de verdad, de las que aprietan, no de las que se dejan.

—Siéntate ahí, que la otra silla cojea desde hace años y no la arregla nadie.

Comimos cocido. Lo digo porque era domingo y porque lo había hecho ella desde las nueve de la mañana y porque, cuando alguien te da de comer algo que ha tardado cuatro horas en hacer, eso también es una frase.

Me preguntó a qué me dedicaba «ahora», sabiendo perfectamente a qué me dedico, y yo le dije «dirijo la parte creativa de la marca», y ella dijo «o sea, que decides lo que se vende», y yo dije que sí, porque era eso, y ella dijo «pues qué responsabilidad» sin ninguna maldad, y fue la frase más exacta que me han dicho sobre mi trabajo en trece años.

Hablamos de cosas normales durante media hora.

Del barrio. De que el ascensor se vota en junta cada dos años y nunca sale.

De que Tomás no llama bastante y de que ella tampoco.

De Vega, a la que Pilar ve poco y quiere mucho.

De la tarta, que era de la calle de Alcalá, y Pilar dijo «qué lejos has ido a por una tarta» sin ninguna ironía, y con toda.

Del jersey no habló nadie hasta los postres.

Entonces Tomás puso la bolsa de tela encima de la mesa y la abrió y sacó el jersey doblado, con el punto suelto de la manga izquierda a la vista, y la etiqueta blanca todavía pegada en la bolsa de plástico que iba dentro, porque Óscar la había firmado pero no la había despegado.

Pilar lo cogió. Lo desdobló. Lo puso encima de la mesa y le pasó la mano por delante, dos veces, como se alisa una cosa que se ha planchado mal.

—Está bien —dijo—. Se ha guardado bien.

Eso fue todo lo que dijo del jersey en la mesa. Luego miró la etiqueta.

—¿Y esto?

—Es el número del inventario —dijo Tomás.

—¿Tiene número?

—Cuatrocientos diecisiete.

Pilar despegó la etiqueta ella misma, con la uña, despacio, y la dejó encima del mantel, con la cara pegajosa hacia arriba. No la tiró. La dejó ahí, al lado de su plato, todo el postre.

Antes de la foto, Tomás y su madre hablaron de dinero delante de mí, dos minutos, del recibo de la luz y de si había pedido ya el bono social, y ella dijo que no lo había pedido porque hay que llevar papeles y a ella los papeles le dan pereza, y él dijo que los papeles se los hacía él, y ella dijo que ya veríamos.

Se lo digo a la nevera de mi casa cada vez que abro una botella de vino de hace dos semanas: hay gente que no pide lo que le corresponde por no ir a una oficina.

Mi empresa vende mantas a ciento sesenta y nueve euros a las hijas de esa gente.

Hicimos la foto a las cuatro. Cuatro manos y una taza: las de Pilar y las de Tomás alrededor de una taza en la mesa de la cocina, con la luz de la ventana que da al patio.

Es la misma cocina de la foto de 2011 y es la misma taza, que resultó ser de ella y no de nadie más, una taza normal, de las de toda la vida, y por eso no está en ningún inventario.

Las manos de Pilar tienen doce años más y se les nota, y Tomás no hizo nada para que no se notara.

Yo no salgo en la foto. En la de 2011 tampoco. Y voy a decir por qué, porque es lo que me tocaba escribir esta noche.

En noviembre de 2011 yo no estaba en Madrid.

Estaba en Valladolid, en casa de mis padres, cuatro días.

Había ido a contarles lo del blog, con las cifras impresas, porque en noviembre teníamos nueve mil visitas al mes y a mí eso me parecía una cosa que se enseña.

Mi padre las miró, las dejó en la mesa y dijo: «Sara, esto es una tontería.

Búscate un trabajo». Fue una frase corta y no la dijo con maldad; la dijo como se dice una cosa evidente.

Mi padre es profesor de instituto jubilado y ha visto a mucha gente creerse cosas.

Me quedé cuatro días. No lloré delante de nadie.

Volví el domingo y no conté nada, y ese fin de semana, mientras yo estaba en Valladolid decidiendo si aquello era una tontería, Tomás cogió el metro hasta Vallecas, se sentó en esta cocina con su madre y le hizo una foto a cuatro manos alrededor de una taza.

Y la subimos el lunes. Y yo escribí el pie: «Cuatro manos, una taza».

Y desde entonces la gente ha creído que las cuatro manos eran las nuestras.

No lo aclaré nunca. No es que mintiera. Es que no lo aclaré, que es una manera de mentir que se firma con la mano izquierda.

Pilar me llevó a la cocina a recoger. Tomás se quedó en el comedor, haciendo tiempo con el móvil, que es lo que hace un hijo de treinta y ocho años cuando su madre se lleva a alguien a la cocina.

Fregamos. Ella lavaba, yo secaba, porque el paño estaba a mi lado y porque en las cocinas ajenas se hace lo que se puede.

—Tú le pediste el jersey —dijo.

—Yo le dije que hacía falta un jersey que pareciera de siempre.

—Y él vino aquí y me lo pidió a mí.

—Sí.

—Y luego no volvió.

—No.

Aclaró un plato. Lo puso en el escurridor.

—No te voy a decir que no me importó. Me importó. Veintitantos inviernos con ese jersey y un día lo veo en un escaparate de la calle de Alcalá con otro precio. Está bien hecho, el de la tienda. Se lo dije a él. Está bien hecho y no es mío.

—Lo siento.

—Ya. —No lo dijo mal—. Lo sientes ahora, que es cuando se puede.

Siguió con los cubiertos. Yo seguí con el paño.

—A mí no me gustabas —dijo—. Eso ya lo sabes, ¿no?

—Me lo imaginaba.

—No por ti. Por lo que le hacías hacer. Mi hijo llevaba una cámara desde los dieciséis y se ganaba la vida con bodas, y de repente estaba todo el día haciendo fotos de tazas y de hojas para internet y sin cobrar.

Yo le decía: eso no es un trabajo. Y él me decía que era de los dos.

Y entonces llegó el señor ese con el dinero y ya no era de los dos.

—No fue así.

—Fue así para mí, que es como yo lo puedo saber.

Puso el último cubierto. Se secó las manos en el delantal. Y se apoyó en la encimera y me miró de frente, que es una cosa que no había hecho en toda la comida.

—Él no se fue por ti —dijo—. Se fue para no odiarte.

No dije nada.

—Vino aquí en enero, con dos bolsas. Estuvo tres meses en su cuarto.

No me contó nada, y yo no le pregunté, porque somos así.

Pero una noche me dijo una cosa y es la única que me dijo: que si se quedaba iba a acabar odiándote y que prefería irse antes.

—Cogió el paño de mi mano y lo colgó—. Eso no te deja bien ni te deja mal.

Te deja donde estás. Él eligió irse. Nadie le obligó.

Y tú hiciste lo que hiciste y no te preguntó a ti antes de decidirlo, que también es una manera de no tratarte como a una persona.

—¿Usted le habría dicho que se quedara?

—Yo le dije que llamara. No llamó. Los dos sois igual de tercos y os habéis pasado doce años haciendo cada uno lo que sabe hacer sola. Él, guardar. Tú, poner precio.

Se quedó callada un segundo.

—No te he contado esto para que te arregles con él. Te lo he contado porque llevas doce años contándolo mal en tu agenda y hoy me has traído mi jersey.

Antes de salir de la cocina me dio una bolsa con tarta para llevar, envuelta en papel de aluminio, porque en esa casa no se va nadie sin algo. La cogí. Pesaba más de lo que pesa media tarta.

Volvimos al comedor. Tomás no preguntó nada. Cogimos el Cercanías a las siete. Pilar nos acompañó al portal, con el jersey ya doblado encima del respaldo de una silla, y a mí me dio otra vez la mano, y a él un beso en la cara, y le dijo «llama».

Escribí el texto en el tren, con el móvil, entre Vallecas y Atocha.

El correo llegó a las siete y seis, de Ramiro. Debajo de la línea de siempre había una frase: «El jersey, hecho. Lo demás, después del 31».

A las ocho salió. Las cuatro manos de 2011 a la izquierda; las cuatro manos de hoy a la derecha, con doce años encima.

Debajo, el texto: que las manos no eran nuestras, que eran de Tomás y de su madre, que yo estaba en Valladolid y por qué, y que el jersey original ha vuelto hoy a la casa de la que salió.

Leí dos comentarios.

«Que tu padre te diga que tu trabajo es una tontería y montar esto. Señora, yo también soy una tontería desde 2013».

«La mano de la señora es la mano de mi madre. Todas las madres tienen esa mano».

Fuera de encuadre. Día 18. Las manos no son nuestras. Son de Tomás y de su madre. Yo estaba en Valladolid, donde mi padre había mirado nueve mil visitas y había dicho «esto es una tontería». No lo aclaré nunca. El jersey ha vuelto hoy a su casa. La copia sigue costando ciento veintinueve euros.