Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 17
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Capítulo 17

Pie de foto original: «Domingo. No hemos salido de la cama. No pensamos hacerlo».

L a cama llegó a la sala de reuniones el sábado a las cuatro de la tarde, en tres piezas y una funda de plástico, y a las cinco y veinte había cinco personas mirando cómo Óscar medía la luz encima de una almohada.

Cuando llegué, a las tres, en la sala todavía estaba la mesa de reuniones.

A las cuatro no estaba: Óscar y Dani la habían sacado al pasillo, de canto, apoyada en la pared, con las patas hacia fuera, y la gente de la oficina pasaba por delante de una mesa de reuniones puesta de pie para ir al baño.

Eso ya era el capítulo entero y no habíamos empezado.

Somier de láminas, colchón de noventa, cabecero no.

Óscar lo había alquilado a la misma empresa de atrezo de Móstoles del radiador, porque ya tenían el número y porque «el transporte sale mejor si repites proveedor».

Doscientos veinte euros con montaje. Los dos hombres del camión eran los mismos y uno de ellos me reconoció y no dijo nada, que se agradece.

La sábana era de la marca. Lino lavado, color hueso, ciento cuarenta y nueve euros el juego. En 2011 la sábana era de flores, de la madre de Nacho, y estaba en la cama porque era la que había.

Chus llegó a las cinco menos cuarto, cuando ya estaba montada, y se quedó en la puerta.

—¿Esto lo hemos aprobado? —dijo.

—Está en el calendario desde el veintinueve de septiembre —dijo Óscar—. Imagen diecisiete. Cama.

—Ya. Una cosa es leerlo y otra es verla.

Y se quedó. Se quedó las dos horas.

La foto diecisiete es una cama deshecha con luz de mañana entrando por la izquierda, una almohada con la marca de una cabeza y, en el borde inferior, la mitad de un pie.

No se ve una cara. No se ve un cuerpo. Es una cama que acaba de tener a dos personas dentro y un pie que se quedó fuera de la manta.

El pie es de Sara. «Domingo. No hemos salido de la cama. No pensamos hacerlo».

La hice el domingo trece de noviembre de 2011 a las nueve y media de la mañana.

No era octubre. En la agenda es el día diecisiete de octubre porque Sara ordenó las treinta y una por lo que contaban y no por cuándo pasaron, y esta contaba un domingo, y los domingos de octubre estaban ocupados por otras cosas.

Fue la mañana siguiente a la primera noche que dormimos juntos.

Eso no lo sabe nadie fuera de nosotros dos y de Nacho, que esa noche estaba en casa de Rebeca y volvió el domingo a las doce y no preguntó nada, que es su forma de preguntar.

Lo que pensé aquella mañana lo diré al final, porque no lo dije entonces.

Óscar puso el fotómetro encima de la almohada y dijo que faltaban dos puntos de luz.

Le dije que la luz no se mide encima de la almohada, que se mide donde va a estar la cara, y que hoy no iba a haber cara.

Movió el fotómetro. Volvió a decir que faltaban dos puntos.

Tenía razón: era sábado por la tarde, la sala de reuniones da a un patio ancho y la luz de mañana de un tercero de Lavapiés no la tiene nadie en Chamberí a las cinco y media.

Monté el panel a la izquierda, alto, con difusor, y le puse una cortina delante que Carla trajo de no sé dónde.

—Ahora entrad —dijo Óscar.

—¿Los dos? —dijo Sara.

—Es una cama de dos.

—No se ve a nadie en la foto.

—Por eso hay que deshacerla bien. Una cama deshecha por una persona no se parece a una cama deshecha por dos. Lo he mirado.

Lo había mirado. Tenía la referencia ampliada en la tablet, con líneas rojas encima marcando los pliegues, como si fuera un plano de obra.

Dijo «vector de arrugas». Leti se rio con la boca cerrada.

Carla no se rio. Dani miraba el suelo. Chus, que había venido «a ver el punto medio en directo» aunque el punto medio había sido el día anterior, estaba de pie al fondo con los brazos cruzados y no decía nada, que en Chus es una opinión larga.

Cinco personas. Las conté porque era lo único que podía contar.

Sara se quitó los zapatos apoyándose en la pared, sin sentarse, como se los quitó el sábado tres para las mantas, y entonces había una diferencia y hoy también: aquel día se metió en el medio de tres personas y hoy éramos dos.

Nos metimos en la cama.

Voy a decir cómo, porque es lo que había: con la ropa puesta, los dos, encima de la sábana bajera y debajo de la de arriba, ella a la izquierda y yo a la derecha, con los zapatos fuera y los calcetines puestos, a treinta centímetros, que era la distancia que traíamos desde el miércoles y que allí dentro parecía otra cosa.

La sábana de lino estaba fría y olía a almacén.

Sara tenía los pies fríos. Los pies de Sara están fríos en octubre, en julio y en un colchón de noventa alquilado a una empresa de atrezo de Móstoles.

—Más al centro —dijo Óscar.

Nos movimos al centro. Veinte centímetros.

—Tomás, el brazo.

—¿Qué brazo?

—El izquierdo. Fuera de la manta. En la referencia hay un brazo.

En la referencia hay un brazo porque aquella mañana yo tenía el brazo fuera de la manta, porque hacía calor debajo y frío fuera y uno se queda así.

Saqué el brazo. La cicatriz quedó arriba, a la vista, a diez centímetros del hombro de Sara.

Nadie dijo nada de la cicatriz. Todo el mundo la miró. Es lo que pasa desde el día once.

Óscar se acercó y tiró de la sábana de mi lado ocho centímetros, para «igualar la caída», con la mano a un palmo de mi hombro, y luego pidió perdón sin que nadie se lo pidiera, y se volvió a su sitio.

Es un hombre serio haciendo un trabajo serio en una situación que no lo es, y eso es lo que lo hace insoportable y lo que lo salva.

—Sara, el pie.

—¿Perdona?

—El pie derecho. Fuera. En la esquina. Es el pie de la foto.

Sara sacó el pie derecho de debajo de la sábana y lo dejó en el borde del colchón, con el calcetín gris de la marca puesto, y Óscar dijo que en la foto original el pie estaba descalzo, y Sara se quitó el calcetín debajo de la sábana con una maniobra que no se vio y lo tiró fuera de la cama, y el calcetín aterrizó a los pies de Chus, y Chus lo recogió y lo dobló, y en ese momento todos entendimos lo que estaba pasando en esa habitación, que era que cinco personas estaban mirando a dos que no se habían besado montar una cama que sí.

Leti preguntó si podía grabar «desde arriba», subida a una silla.

Dije que no. Y Sara dijo que no un cuarto de segundo después, desde la almohada de al lado, sin mirarme.

Es la primera vez en veinte días que Sara dice que no a un plano, y lo dijo desde dentro de una cama, delante de cinco personas, y nadie discutió.

—Doce minutos —dije, para decir algo.

—¿Qué?

—La luz de aquella mañana. Duraba desde las nueve y veinte hasta las nueve y cuarenta. Entraba por la ventana del patio y daba en la pared de enfrente y rebotaba. Por eso es tan blanda.

—Ya —dijo Sara, al techo.

—Aquí es un panel con una cortina de Carla.

—Ya.

Estuvimos veinticinco minutos en esa cama. Lo sé porque miré el reloj de la pared de la sala de reuniones dos veces y porque veinticinco minutos en una cama con una persona a veinte centímetros y cinco mirando es una unidad de tiempo que se nota.

Óscar dio instrucciones. Las apunto porque son textuales.

Que nos giráramos los dos hacia la izquierda.

Que Sara subiera la rodilla. Que yo bajara el hombro.

Que arrugáramos «la zona central» sin movernos de sitio, cosa que es imposible.

Que Sara pusiera la mano donde estaría «si estuviera dormida», y Sara preguntó dónde está la mano de una persona que está dormida, y Óscar dijo que en la referencia no se ve, y Sara dijo que entonces en la foto tampoco se iba a ver, y Óscar dijo que él tenía que producirlo igual.

Que nos quedáramos quietos treinta segundos «para que la sábana coja memoria». Que respiráramos.

Ese fue el peor. «Respirad normal». Dos personas adultas a veinte centímetros en una cama, con instrucciones de respirar normal, y cinco compañeros de trabajo mirando.

Y luego este, que Óscar dijo sin ninguna intención, mirando la tablet:

—Falta naturalidad.

Dani se fue de la habitación. Volvió a los dos minutos. No hizo falta que dijera nada; era el más joven de todos y fue el único que entendió a tiempo que allí sobraba gente.

Sara se rio. No fuerte. Fue una risa con la boca cerrada, hacia dentro, la que hace cuando algo no tiene arreglo, y al reírse se le movió el hombro y me tocó el brazo, el izquierdo, el de fuera de la manta, y se quedó tocándolo, porque moverse era enseñar que se había movido.

Su hombro y mi brazo. Doce centímetros de contacto en una sala de reuniones con cinco testigos. Ni siquiera fue un contacto de los otros. Fue el de dos personas que se han quedado quietas.

A las seis menos veinte, Sara dijo, al techo, sin mover nada más que la boca:

—¿Tú te acuerdas de esta cama?

—Me acuerdo del somier. Sonaba.

—Sonaba mucho.

—Sonaba porque estaba apoyado en cuatro libros.

—Dos. Los otros dos eran cajas de zapatos.

Eso lo dijo en voz baja, para mí, y aun así lo oyó Leti, que estaba a tres metros, y Leti no apuntó nada, que es lo más que ha crecido esa chica en tres semanas.

Salimos de la cama a las seis menos cuarto.

Deshice yo el resto, a mano, porque una cama deshecha por dos y luego pisada por dos que salen no se parece a una cama deshecha por dos que siguen dentro.

Tardé diez minutos en quitar lo que sobraba.

Levanté la sábana por el centro y la dejé caer. Dos veces. La segunda cayó bien.

Mientras esperaba a que la sábana se quedara quieta, Sara volvió a asomarse a la puerta y dijo, desde fuera:

—¿Te acuerdas de lo que dijiste esa mañana?

—Dije «hay luz».

—Dijiste «hay luz» y te levantaste a por la cámara antes de decirme buenos días.

—Sí.

—Me pareció fatal.

—Ya.

—Y luego vi la foto.

Y se fue al pasillo, con los demás, y yo me quedé con una cama y un panel.

Hice la foto a las seis y cinco, con la sala vacía.

Le pedí a todo el mundo que saliera. No por pudor: porque cinco personas de pie alrededor de una cama proyectan sombras y la luz de aquella mañana no tenía sombras de nadie.

Salieron. Óscar preguntó desde la puerta si necesitaba el fotómetro y le dije que no y lo dejó en la mesa igual.

Nueve disparos. El tercero.

Cuando les enseñé la pantalla, Leti dijo lo que dice siempre, que era la misma. Chus se acercó más que nadie y miró un rato largo, más del que se mira una cama.

—El pie —dijo.

—El pie.

—En la de 2011 el pie está tenso. Aquí está relajado.

Tenía razón. En 2011 aquel pie llevaba dos minutos fuera de la manta y tenía frío. Hoy llevaba veinticinco minutos y ya se había acostumbrado. Es la clase de cosa que solo ve alguien que ha mirado esa foto ampliada durante doce años. No cambié nada. No se puede pedir a un pie que tenga frío.

La cama se la llevaron a las siete. Los mismos dos hombres, otra vez por la escalera.

Óscar firmó el albarán y devolvieron la mesa de reuniones a su sitio, y a las siete y cuarto la sala de reuniones era una sala de reuniones y no había manera de saber lo que había habido allí a las cinco y media, que es lo que hacen las oficinas con todo.

La aprobación de Chus entró a las siete y nueve y no traía nada debajo. Diecisiete.

A las ocho salió. La cama de Tribulete con la sábana de flores de la madre de Nacho, a la izquierda.

La cama de lino de ciento cuarenta y nueve euros en una sala de reuniones, a la derecha.

Debajo, el texto de Sara: que la foto no es de octubre, que es del trece de noviembre, que la agenda está ordenada por lo que cuenta cada foto y no por cuándo se hizo, y que la sábana de la marca cuesta ciento cuarenta y nueve euros y la de la foto era prestada.

No decía de qué mañana era. No decía qué había pasado la noche anterior. Eso no está en la agenda ni va a estar.

Leí un comentario.

«O sea que la agenda ni siquiera va en orden. Llevo seis años comprándola creyendo que octubre fue así. Y lo peor es que la voy a comprar otra vez».

Lo que pensé aquella mañana, el trece de noviembre de 2011, con el brazo fuera de la manta y un pie de Sara fuera también, fue que nos iba a salir mal, y que no me importaba.

Las dos cosas a la vez, en la misma frase, a las nueve y media de la mañana.

No lo dije. Cogí la cámara de la silla y disparé una vez, y luego dije «hay luz», que era verdad y no era lo que había pensado.

Nota de la toma.

Panel a la izquierda con una cortina prestada; sin sombras, porque aquella mañana no había nadie de pie. La sábana, ciento cuarenta y nueve euros; el pie, relajado; el brazo, fuera. Fuera de encuadre: trece de noviembre, y lo que pensé y no dije.