Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 16
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Capítulo 16

Pie de foto original: «Llueve. Nos da igual».

A las siete y nueve de la tarde del viernes, con doscientos litros de agua cayéndome encima en un bajo de Usera, Tomás dijo «quédate quieta, hay luz», y me quedé quieta, y a las siete y diez la foto estaba hecha.

Voy por partes, porque el viernes tuvo partes.

El estudio era un bajo con puerta de garaje, doscientos ochenta euros las cuatro horas, con máquina de lluvia: una barra de tres metros con boquillas, una bomba, un depósito y un desagüe en el suelo que el dueño nos había señalado tres veces.

El permiso, impreso, decía que la máquina no podía estar encendida más de veinte minutos seguidos por el consumo eléctrico del edificio, que era un bloque de vecinos con el bajo alquilado a gente como nosotros.

Óscar lo había leído. Óscar lo lee todo. No sirvió de nada.

La foto dieciséis es la portada de la agenda y la caja de la vela. Mi cara, de noche, con el pelo pegado a la frente, mojada, mirando arriba, con una luz blanca desde la izquierda que hace brillar las gotas. Es la foto que ha vendido más que ninguna. La gente la lleva en el móvil. Y no llueve.

No llovía. Era el ocho de noviembre de 2011, en el balcón de Tribulete, a las once de la noche, y discutíamos por el alquiler.

Faltaban doscientos veinte euros y yo había hecho una hoja de cálculo con lo que podía entrar y lo que podía salir si vendíamos la cámara, y Tomás dijo que la cámara no, y yo dije que entonces qué, y él no lo sabía, y lloré.

De rabia. Salí al balcón para no llorar delante de Nacho y él salió detrás con la cámara colgada, no para hacer una foto, sino porque la llevaba siempre, y la farola de enfrente me daba en la cara, y dijo: «Quédate quieta.

Hay luz». Y me quedé quieta, y disparó, y la discusión se paró, porque no se puede discutir con alguien que te está haciendo una foto.

Por la mañana escribí «Llueve. Nos da igual».

Las gotas parecían lluvia. Lo de que nos daba igual era mentira.

Fue la primera entrada que compartieron más de cien personas.

Mil euros al mes era entonces el sueño. Ser mileurista era una aspiración. Tener seiscientos de alquiler y no llegar era la vida.

Hoy la lluvia era de verdad y la cara, no.

Noa había llegado a las seis, invitada por Chus para hacer historias desde el rodaje, con el jersey de réplica puesto porque en el bajo hacía frío.

Carla vino con toallas. Leti puso la cámara de los clips en un trípode a la izquierda, fuera del agua, con el plano abierto.

Ramiro y Chus, no; Ramiro había dicho que el punto medio se lo contaran.

Me puse debajo de la barra con un jersey gris de la marca parecido al de entonces y sin abrigo, porque en 2011 no me dio tiempo a cogerlo. Óscar encendió la bomba. Cayó agua fría. Doscientos litros no se calientan.

Y no salía. Salía la lluvia, el pelo pegado, la cara mojada, y no salía la foto. Tomás disparaba y bajaba la cámara y no decía «esa». Diez minutos. Quince. Óscar miraba el cronómetro de la máquina como se mira una olla a presión.

—Tres minutos —dijo.

Yo miraba una barra de metal con boquillas. No era una farola. No faltaban doscientos veinte euros. Era un bajo de Usera y yo era una directora creativa mojada debajo de una máquina de doscientos ochenta euros, y no me daba igual nada.

—Sara —dijo Tomás. Y luego, más bajo, con la voz de 2011 y quince años más de saber cuándo usarla—: Quédate quieta. Hay luz.

Me quedé quieta. No sé lo que hizo mi cara. Sé que no llovía y que se me mojó de otra manera.

—Esa.

Eran las siete y diez. Óscar apagó la bomba a las siete y once. Carla me puso una toalla encima. Noa, desde la puerta, subió una historia de doce segundos con el agua, la luz y mi espalda: «El punto medio de Manual. No os lo puedo enseñar todavía». Sesenta mil visualizaciones en cuatro minutos.

Escribí el texto a las siete y veinte, en el móvil, sentada en una caja con la toalla en los hombros, mientras Óscar encendía la máquina otra vez para el clip.

Lo escribí de una vez. Lo mandé a Ramiro y a Chus a las siete y treinta y dos, y Leti montó la pieza en el portátil y la exportó a su móvil, como todos los días, para tenerla lista a las ocho.

A las siete y cuarenta y uno se fue la luz.

La del estudio y la del edificio. La bomba, el panel, el portátil enchufado, la escalera de vecinos que se oía arriba. Un chasquido en el cuadro y negro de bajo sin ventanas. Arriba, una señora gritó que se había ido la luz y otra le contestó que ya lo sabía.

Óscar llamó al dueño: los plomos generales, un electricista de la comunidad que vivía en Getafe, hora y media.

Leti salió a la acera, donde había farola y cobertura, y llamó a Ramiro, que estaba en una cena.

Ramiro preguntó si la pieza estaba. Estaba, en el móvil de Leti.

«Pues mándala a las ocho». A las siete y cincuenta y seis le llegó el correo, a la luz de la farola: «Pieza 16 aprobada para publicación a las 20:00.

R. Ibarra», con copia a Chus, a Tomás y a la abogada.

Tomás lo leyó dentro, a oscuras, en el móvil, y dijo «dieciséis» para nadie.

A las ocho, Leti publicó desde la acera de Usera, con Noa sujetándole la linterna. La foto de 2011. La de hoy. Mi texto debajo. Dentro, en el trípode, a oscuras, la cámara de los clips seguía con la batería puesta, porque nadie piensa en apagar una cámara cuando se apaga todo lo demás.

Óscar volvió del supermercado de la esquina con dos tortillas envasadas, una barra de pan y agua, porque cuando no puede producir, compra.

Noa se fue a las ocho y cuarto, con tren a Alcalá y sesenta mil personas esperando.

Leti y Carla se quedaron fuera con la vecina del primero.

Óscar se sentó en la furgoneta a apuntar.

Y Tomás y yo nos sentamos en el suelo del estudio, en el trozo seco, con la espalda en la pared, una tortilla en su envase entre los dos, el pan partido con las manos y mi móvil boca arriba iluminando el techo.

Era lo que había en 2011, sin supermercado, porque entonces la tortilla la hacía Nacho con tres huevos.

—Noviembre —dijo.

—Noviembre.

—¿Cuánto faltaba?

—Doscientos veinte. Yo creía que doscientos. Lo tenía en una hoja de cálculo. La tengo todavía, en un portátil viejo, en una caja, en Chamberí.

—¿Y de dónde salieron?

—Cien de la colaboración, el día doce. Ciento veinte los puso Nacho. Nunca se los devolvimos.

—Yo se los devolví. En 2013, con la primera boda buena. En un sobre. Dijo que no. Los dejé en la mesa. Al día siguiente estaban en mi cama. Los dejé otra vez. Él otra vez. Tres días. Al cuarto compró una tortilla con ellos y nos la comimos los tres.

Me reí en el suelo, a oscuras, con la boca llena. Él un segundo después, con los hombros.

—«Quédate quieta, hay luz». Lo has dicho hoy.

—Era lo que había que decir.

—Lo dijiste para que dejara de llorar.

—Para que dejaras de discutir. Que dejaras de llorar fue después.

—Y hoy.

—Hoy, para que dejaras de estar debajo de doscientos litros. Ha funcionado igual.

Comimos media tortilla cada uno. El pan se acabó antes, como siempre.

No hablamos durante un rato. No era el silencio del bar de Ríos Rosas, el de respirar con cuidado; era el de dos personas que ya han dicho una cosa y no necesitan la siguiente para saber que existe.

Estábamos a veinte centímetros. Su hombro y el mío, con un jersey mojado en medio.

No hice nada con eso. Él tampoco. El miércoles, en un portal, le había dicho «avisa», y un suelo mojado a oscuras no es sitio para que nadie aprenda.

Le pasé la última esquina de tortilla. Se la comió.

El electricista llegó a las nueve y veinte.

La luz volvió a las nueve y cuarenta, y la máquina goteó una última vez, para dejar claro de quién era la culpa.

Óscar apuntó ciento ochenta euros de electricista y siete con noventa de tortillas.

Leti recogió el trípode, apagó la cámara sin mirarla y la metió en la bolsa.

Me fui a casa en taxi con el pelo húmedo, no leí ningún comentario, y dormí hasta las ocho, que es una cosa que no hacía desde septiembre.

A las ocho y veinte del sábado me llamó Leti. No me escribió: me llamó, que es lo que hace cuando no quiere que la cosa quede escrita.

—Tengo que enseñaros una cosa. A ti y a Tomás. A los dos antes que a nadie. La cámara siguió grabando cuando se fue la luz, hasta que se acabó la batería. Una hora y doce minutos. He visto tres y lo he parado. No se lo he dicho a Chus. Venid.

Tomás llegó a las nueve y media, andando. Leti nos esperaba en la sala grande con el portátil cerrado y unos cascos encima.

—Es vuestro —dijo—. Si decís que se borra todo, se borra todo y yo no lo he visto. Si se mira, lo miráis vosotros dos, con los cascos. Yo espero fuera.

Salió y cerró la puerta de cristal, y se quedó al otro lado, de espaldas, como me quedo yo.

Lo vimos entero. Un casco cada uno, dos personas de treinta y seis y treinta y ocho años compartiendo unos cascos como en un tren.

Una hora y doce minutos de negro casi entero, con la luz del móvil en el techo y, a ratos, un trozo de mi hombro, un trozo de su mano, la tortilla, el pan.

Y el sonido, todo: noviembre, doscientos veinte, Nacho, el sobre, mi risa con la boca llena, la suya, «quédate quieta, hay luz», «ha funcionado igual», el silencio largo, el electricista.

—Bórralo —dije, cuando terminó.

—¿Todo?

—Casi todo.

Fui pasando el material y cada vez que uno de los dos decía «fuera», se cortaba, sin discutir.

Él dijo «fuera» a lo de Nacho y el sobre.

Yo dije «fuera» a mi risa, porque es mía.

Él dijo «fuera» a «quédate quieta, hay luz».

Yo dije «fuera» a los veinte centímetros de hombro.

Él dijo «fuera» al silencio largo. Nadie dijo «déjalo» a nada que el otro hubiera cortado.

Quedaron cuarenta y cinco segundos. Dos personas en el suelo, a oscuras, iluminadas desde abajo por un móvil, comiendo tortilla con las manos, sin hablar. Un hombro. Una mano partiendo pan. El envase. No se ve una cara entera. No se oye una palabra.

—Esto —dijo Tomás.

—Esto.

Leti entró, vio los cuarenta y cinco segundos, no preguntó por el resto, redactó el correo, y lo mandamos los dos desde nuestros móviles a las once y veinte: publicación extraordinaria, no numerada, sin sustituir a ninguna pieza, con el texto «Se fue la luz» y nada más.

Ramiro contestó a las once y treinta y cinco: «Aprobado.

Mediodía». Chus, un minuto después: «De acuerdo. Sin titular».

Salió a las doce. Sin producto. Sin crédito, porque Tomás dijo que ahí no había fotografía y yo dije que ahí no había marca.

A la una, Leti me enseñó la pantalla sin leerme nada. El clip llevaba tres millones cien mil en una hora. La pieza dieciséis, la de la portada, había hecho un millón novecientos mil en toda la noche.

—Es la primera vez que parecéis reales —dijo—. Lo dice todo el mundo.

No contesté.

A la una y diez me escribió Noa. Sin foto, sin nada: «Nunca os había visto así». Lo leí tres veces. La tercera entendí que no era un cumplido. Era una información.

A la una y cuarenta llegó un correo reenviado por Ramiro.

Era de Susana Deza, directora de marca de Hogaria, escrito a las doce y cincuenta.

Habían visto el contenido extraordinario.

Hogaria mantenía su interés y su posición en la mesa.

Antes de seguir adelante, le gustaría conocer «personalmente a Sara Quintana y a Tomás Leal».

A los dos, con nombre y apellidos. Ramiro había añadido: «Te lo mando tal cual. Hablamos el lunes».

Lo bonito lo había vendido durante trece años.

Lo real lo había vendido en sesenta minutos y valía más.

Y lo real éramos nosotros, a oscuras, sin querer, con el imán levantado.

La frontera que llevábamos dieciséis días intentando conservar entre lo que se publicaba y lo que no, entre el crédito y la historia, entre la foto y el portal, acababa de moverse tres millones de veces, y no la habíamos movido nosotros.

La había movido una cámara que nadie apagó.

Tomás estaba en el pasillo. Le enseñé el correo. Lo leyó dos veces. Me lo devolvió.

—A los dos —dijo.

—A los dos.

—Como se conoce una cosa que se va a comprar.

—Sí.

Se fue a la cocina y volvió con dos cafés. Nos los bebimos de pie en el pasillo, a treinta centímetros, sin hablar, con el clip sonando al fondo en el portátil de Leti, que era el sonido de dos personas no diciendo nada.

Luego volví a leer lo que había salido la noche anterior a las ocho, desde el móvil de Leti, a oscuras. El texto del día dieciséis, escrito en una caja con una toalla en los hombros, de una vez. Era la primera vez desde 2014 que escribía una cosa que no se podía cortar. Es esta.

Fuera de encuadre. Día 16. No llovía. Ocho de noviembre de 2011.

Faltaban doscientos veinte euros de alquiler.

Discutíamos. Yo lloraba de rabia en el balcón.

Él dijo «quédate quieta, hay luz» y disparó.

Las gotas son lágrimas. «Nos da igual» era mentira.

Hoy me lo ha dicho otra vez y me he quedado quieta.