Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 15
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Capítulo 15

Pie de foto original: «Cosas que no cuestan nada. Lista abierta».

E l jueves a las diez, Sara escribió el punto once de la lista, levantó el rotulador y no escribió el doce, y yo supe que se acordaba.

—No sale —dijo—. Nada sale.

—Ya.

—Pues se reescribe.

Se reescribió. Sara, con un rotulador negro, en una hoja arrancada de un cuaderno de cuadros que Leti había comprado el día antes en una papelería de Ríos Rosas porque «los de cuadros ya no se venden en cualquier sitio».

En la nevera de acero de la oficina, con el imán de dinosaurio de Leti esperando en la puerta.

Sara llegó a las diez menos cinco, con la gabardina, con el pelo seco, con la cara de haber dormido y de no haber pensado en el portal en toda la noche, que es la cara que pone cuando ha pensado en una cosa toda la noche.

Dijo «buenos días» a todos. A mí no me dijo nada.

Se puso a medio metro. Es la distancia que traíamos del miércoles, y no la corrigió, y yo tampoco.

Sara escribió de pie, apoyada en la nevera, sin mirar ningún papel, porque la lista se la sabe. Se la sabe como se sabe el precio de las cosas: sin querer.

Uno: la luz del patio a las siete y cuarenta.

Dos: la sala de estudio de la biblioteca.

Tres: el agua caliente del tercero B, si se pide bien.

Cuatro: subir a la azotea.

Cinco: las hojas del Retiro.

Seis: el Palacio de Cristal, cuarenta segundos.

Siete: la calabaza del frutero, si tiene un lado malo.

Ocho: los libros, si no los devuelves.

Nueve: dormir en el salón cuando hace frío.

Diez: que Nacho cocine.

Once: que Tomás haga la foto.

Los escribió en orden, sin pararse, y en el once se paró una décima de segundo antes de mi nombre, y luego lo escribió, «Tomás», con la te grande que le sale cuando escribe rápido.

Óscar leyó por encima de su hombro y dijo que en el inventario ponía «lista» y no ponía qué lista, y que ahora entendía por qué Chus la llamaba «la lista de la marca» en las presentaciones, y Sara dijo que Chus la llama así porque no sabe llamarla de otra manera.

Levantó el rotulador. Escribió «12.» y el punto. Y se quedó ahí, con el rotulador a dos centímetros del papel, y no escribió nada.

En 2011 tampoco lo escribió ella. Lo escribí yo.

Ella había dejado la lista en la nevera con once puntos y un doce vacío, «lista abierta», y esa noche, cuando ya dormía, cogí el rotulador y puse en el doce dos palabras y una inicial.

«Dormir con S.». Y luego, por la mañana, antes de que se levantara, lo tapé con el imán de la pizzería, porque el punto doce no era para el blog.

Era para la nevera. Hice dos fotos: una con el imán y otra sin él.

La del imán se publicó. La otra, no. La lista es del viernes veintiocho de octubre de 2011, el día antes de la calabaza y de urgencias.

Todavía no dormíamos juntos. Lo escribí como se escribe una cosa en una lista de cosas que no cuestan nada: como una cosa posible.

Sara vio la lista con el imán, se rio, dijo que el imán quedaba bien, que parecía que la lista seguía, y no lo levantó.

No lo levantó nunca. Se fue de esa nevera en 2014 sin saber qué había debajo, y yo no se lo dije, porque decirlo era otra cosa.

Aquella noche escribí las dos palabras con la luz de la campana de la cocina, la única bombilla que dejábamos encendida, de pie, con el rotulador de Sara, en un minuto.

Tardé más en decidir el imán que en escribir.

Un imán es una decisión: lo que se tapa se puede destapar, y lo que no se escribe, no.

Preferí que estuviera escrito y tapado a que no estuviera.

Es lo mismo que hice después con dos libros y con un jersey y con una carta.

Guardar tapado. No es valor. Es no tirar.

Hoy sabía que se acordaba porque no escribió nada. Si no se acordara de que el doce existía, habría escrito cualquier cosa. Se acordaba de que el doce era mío. No sabía qué ponía.

—Ponle el imán —dije.

—¿Y el doce?

—El doce va debajo del imán. Como entonces.

—Pero está vacío.

—Entonces también estaba vacío cuando lo tapaste. Para ti.

Me miró. Cogió el imán de dinosaurio y lo puso encima del «12.», y quedó una lista de once puntos, un número tapado y un dinosaurio, en una nevera de acero de una oficina con suelo radiante. Hice la foto. Cuatro disparos. El segundo.

Leti grabó el clip. Óscar leyó los once puntos en voz alta para la tablet, uno por uno, y en el diez se le fue un poco la voz, porque Óscar cocina y nadie se lo pone en una lista.

Y después, cuando Óscar se había ido a la sala grande y Carla y Dani estaban en lo suyo y Leti recogía el trípode, saqué el portátil.

No lo tenía pensado. O sí lo tenía pensado y no lo había decidido, que en mí es lo mismo.

Lo abrí en la mesa de la cocina. Busqué una carpeta.

La carpeta tiene un nombre que no importa y dentro hay una imagen que no ha visto nadie en quince años: la lista de Tribulete, la misma, la de 2011, sin el imán.

—Ven —le dije a Sara.

Vino. Se puso a mi lado, de pie, con la mano en el respaldo de la silla, a cuarenta centímetros, que es la distancia de la que hablamos el miércoles sin nombrarla.

El miércoles me había dicho «avisa». Hoy no había nada que avisar: era una pantalla.

Y aun así avisé, a mi manera: giré el portátil despacio, para que tuviera tiempo de no mirar. Miró.

Once puntos con su letra. El doce con la mía. «Dormir con S.».

No dijo nada durante el tiempo que tarda una persona en leer dos palabras y una inicial, que es más de lo que parece. Luego levantó la mano del respaldo de la silla y la volvió a bajar.

—Lo tapaste —dijo.

—Sí.

—Antes de que lo viera.

—Sí.

—Y no me lo dijiste en dos años.

—Estaba en la nevera. Lo veías todos los días. Debajo de un imán.

—Eso no es decirlo.

—No. Es lo que hay.

—¿Hay más? —preguntó, muy bajo—. De las otras. Sin lo que se quitó.

—De todas.

Lo dijo bajo y yo lo contesté bajo, y fue la primera vez que le decía a alguien que existen, y no eligió bien el sitio ni yo el momento, porque justo entonces Leti dijo, desde detrás de nosotros, con el trípode en la mano:

—¿Eso es un descarte?

Los dos nos giramos. Leti estaba a un metro y medio. Había visto la pantalla. No la había buscado; estaba ahí, y ella estaba ahí, y su trabajo es mirar pantallas. Tenía la cara de alguien que acaba de entender una cosa de producto, no de personas.

—¿Hay más? —preguntó—. ¿De las otras fotos? ¿Sin editar, sin lo que se quitó?

Cerré el portátil.

—Es un archivo —dije.

—Ya, pero ¿hay más?

—Leti —dijo Sara.

—Perdón. Es que… —Miró el portátil cerrado—. Perdón. Es que es la primera vez que veo una cosa de 2011 que no está en la agenda.

Se fue con el trípode. No con mala intención.

Leti no tiene mala intención; tiene entusiasmo, y el entusiasmo es lo que Manual le paga.

Pero se fue con una cosa que no tenía a las diez de la mañana: que existe una carpeta, que hay una versión sin imán, y que quien la tiene soy yo.

No oyó «de todas». Eso lo oyó solo Sara.

Es un consuelo de dos palabras y no sirve ni para eso.

Me quedé con el portátil cerrado debajo de la mano. Sara se quedó a mi lado.

Lo entendí en ese momento, como se entienden las cosas: tarde y de golpe.

Durante quince días había pensado que el problema eran las treinta y una fotos.

Los derechos, la cesión, la extinción, el crédito.

Papeles. Y no. El problema era lo que no está en las treinta y una.

Lo que nadie licenció porque nadie sabía que existía.

Las otras versiones. Las que tienen el imán levantado.

Eso no lo había visto Hogaria, ni Ramiro, ni Chus, ni el informe de catorce páginas.

Y ahora lo había visto una community manager de veintinueve años con un trípode en la mano y una cara de producto.

No sabía qué iba a hacer Leti con eso. No sabía que fuera a hacer nada. Sabía que a partir de las once y diez de la mañana del quince de octubre había una persona en la empresa que sabía que las fotos buenas no eran las publicadas, y que esa persona trabajaba para la empresa.

—Guárdalo —dijo Sara.

—Está guardado.

—Guárdalo mejor.

—¿Mejor que qué?

—Mejor que la lista. Mejor que los libros. Mejor que un imán.

Lo había dicho como se da una orden y como se pide una cosa, a la vez, y no supe cuál de las dos era.

Sabía de qué hablaba. Me estaba diciendo que mi manera de guardar es una manera de que las cosas acaben viéndose, tarde y delante de quien no toca, y no le dije que tenía razón, porque decírselo era otra vez guardar tapado.

Guardé el portátil en la mochila, y la mochila entre los pies.

Comimos en la cocina de la oficina, los dos, de pie, un bocadillo que trajo Carla sin que se lo pidiéramos, porque Carla ya sabe que hay días en que no se sale a comer.

No hablamos del doce. Hablamos de la lluvia de mañana: Óscar había alquilado un estudio en Usera con una máquina de lluvia, y Noa iba a venir, y el permiso del estudio decía que la máquina no podía estar más de veinte minutos seguidos encendida.

Sara dijo que veinte minutos eran suficientes.

Yo dije que en 2011 la lluvia duró diez.

—No era lluvia —dijo.

—No.

—Mañana hablamos de eso.

—Mañana.

A las tres, Óscar entró en la cocina con la tablet y preguntó si el portátil «era material de la campaña» y si había que inventariarlo.

Le dije que no. Preguntó de quién era. Le dije que mío.

Apuntó «portátil, propiedad de T.», y por primera vez en dieciséis días una línea de su tablet me pareció una protección y no una amenaza.

Me fui a las cuatro. Antes de irme pasé por la sala grande, donde Leti tenía el clip en el portátil.

Era el clip normal: Sara escribiendo la lista, el imán, la nevera.

Nada del portátil. Nada del doce. Se lo agradecí sin decírselo, y ella me miró un segundo y volvió a la pantalla, y en ese segundo vi que no lo había olvidado.

Que no iba a olvidarlo. Que se lo iba a contar a alguien algún día porque era demasiado bueno para no contarlo, y que no sabía a quién, y que yo tampoco.

En casa saqué el portátil y abrí la carpeta y miré la lista sin imán una vez más.

«Dormir con S.». Dos palabras y una inicial.

Quince años debajo de un imán en una foto que ha estado en cajas de velas, en agendas, en presentaciones con la voz baja de Chus.

No la mostré a nadie más. Cerré. Puse una contraseña a la carpeta que ya tenía contraseña.

Dos contraseñas para dos palabras y una inicial.

Es lo que se hace cuando ya es tarde: cerrar mejor.

Ramiro aprobó sin leerlo dos veces, que es lo que hace cuando una pieza le parece un trámite.

A las ocho salió. La lista de 2011 con el imán rojo, a la izquierda.

La lista de hoy con el dinosaurio, a la derecha.

Debajo, el texto de Sara: los once puntos, transcritos, y una frase sobre el doce: «El doce sigue tapado.

Sé de quién es. No sé lo que pone». Lo leí dos veces.

Era verdad. Era una verdad que dejaba fuera un portátil.

Leí un comentario.

«Once cosas que no cuestan nada y una tapada con un imán. Lleváis quince años vendiéndonos la doce sin enseñarla. Tramposos. Sigo comprando».

Nota de la toma.

Luz de cocina de oficina; nevera de acero; un dinosaurio donde había una pizzería. El imán, a un centímetro del doce; la pantalla, a cuarenta de una community manager. Fuera de encuadre: dos palabras y una inicial, y ahora tres personas que saben que existe la carpeta.