Capítulo 14
Pie de foto original: «Nuestra calabaza vigila la calle».
E l piso de Tribulete tiene ahora una calificación de cuatro con ocho sobre cinco y una manta de Manual en el respaldo del sofá, y lo sé porque Óscar me enseñó el anuncio en la tablet a las nueve de la mañana, en la acera, debajo del balcón.
«Encantador apartamento en Lavapiés, tercero interior, luminoso, decorado con piezas de diseño local».
Ciento diez euros la noche. Ocupado todo octubre.
Las fotos del anuncio eran del salón, con la manta de ciento sesenta y nueve euros doblada en el sofá, con una vela de treinta y cuatro en la mesa, con la agenda abierta en la estantería, preparada para alguien que no iba a escribir en ella.
Alguien había amueblado el piso donde nació Manual con productos de Manual, y lo alquilaba a gente que venía de fuera a dormir en la foto.
Ni siquiera era una idea nuestra. Nos la habían hecho a nosotros.
—He escrito al anfitrión —dijo Óscar—. Dice que los huéspedes salen a las once. Que si les damos veinte euros ponen la calabaza en el balcón.
—¿Qué calabaza?
—Esta.
La sacó de la furgoneta. Naranja, perfecta, de tres kilos, sin un lado malo. Yo miré a Tomás. Tomás la miró y no dijo nada, que era su manera de decir que hoy no iba a discutir por una calabaza.
La foto catorce es el balcón del tercero, desde la calle, con una calabaza pequeña en la barandilla y, detrás, una sombra que casi no se ve, que es la mía.
«Nuestra calabaza vigila la calle». Tomás la hizo desde la acera de enfrente, un martes de octubre de 2011 a las cinco de la tarde, con la cámara pegada al pecho como si estuviera mirando el móvil, porque en aquel momento en el piso estaba el casero, y el casero no sabía que yo existía.
Voy a contarlo entero, porque hoy toca.
Yo no estaba en el contrato. El piso lo alquilaban Nacho y Tomás desde 2010, a su nombre, y yo pagaba mi parte en efectivo a Nacho y dormía en la habitación pequeña, y el casero, que vivía en Alcorcón y venía dos veces al año, no lo sabía.
Un martes de octubre avisó con veinte minutos de margen: que subía a ver el termo.
Y yo cogí el portátil, un jersey y la calabaza, una de decoración, de un euro, del bazar de Argumosa, que estaba en la mesa desde el día uno, y salí al balcón, y cerré la puerta del balcón por fuera, y me senté en el suelo, detrás de la calabaza, con la espalda en la pared, a un metro de la barandilla, para que desde dentro se viera una calabaza y no una chica.
Veinte minutos. Con el jersey. A doce grados.
Oyendo al casero hablar del termo y del ruido de la escalera y de que había tres tazas en el fregadero y que en un piso de dos personas eso era mucho.
Y Tomás, que había bajado a la calle con la excusa del pan, me hizo la foto desde enfrente, con la cámara contra el pecho, y me mandó un mensaje que decía «no te muevas» desde una BlackBerry a la que le faltaba una tecla, y yo le contesté «ya se ha ido?
» sin interrogación de apertura porque la tecla que faltaba era esa.
Se fue a los veinte minutos. Yo entré con las manos moradas y la calabaza, y Nacho dijo «tres tazas» y nos reímos hasta que se nos pasó el frío.
Los huéspedes salieron a las once. Una pareja de Lyon con dos maletas de cabina que no entendían nada y que aceptaron los veinte euros con la cara de la gente a la que le ofrecen dinero por hacer una cosa rara en vacaciones.
La mujer preguntó si la manta del sofá era «de la marca de la agenda».
Le dije que sí. Preguntó si yo era «la de la agenda».
Le dije que sí. Dijo que había venido a Madrid por la agenda, en parte, y que el piso lo había elegido por la manta, y lo dijo contenta, y yo no supe qué hacer con eso, así que le di las gracias, que es lo que se hace con una clienta.
Pusieron la calabaza en la barandilla del balcón, en el mismo sitio, y luego bajaron y se quedaron mirando desde la acera con nosotros, porque querían ver para qué era.
Tomás cruzó la calle. Se puso en la acera de enfrente, delante del bar que ya no es el mismo bar, y se pegó la cámara al pecho.
—Sube —me dijo.
—¿Al balcón?
—Está ocupado. Al portal. Detrás del cristal.
El portal. Tiene una puerta de madera con un cristal en la parte de arriba, y detrás del cristal, si te pones en el primer escalón, se te ve la sombra y no la cara. Óscar tenía el código del anfitrión. Entré.
Y ahí me quedé, en el portal de Tribulete, con la puerta cerrada a la espalda y la escalera delante, sesenta y ocho escalones, la primera vez desde enero de 2014.
Huele igual. No sé a qué; a un producto de limpieza que no han cambiado y a la humedad de los portales viejos de Lavapiés.
La luz es la misma: un tubo en el techo que se enciende con un botón y se apaga sola a los dos minutos, y un cristal arriba de la puerta que deja pasar la de la calle, gris.
El buzón del tercero tiene otro nombre, que no es un nombre, es el de una empresa de gestión de alquileres.
En el escalón de abajo hay una marca en el mármol que hicimos con las bolsas de hojas, o que hizo otro, y que yo decidí que era nuestra.
Me puse en el primer escalón, de perfil, con la luz de la calle en la espalda. Sombra en el cristal. Tomás disparó desde enfrente; lo vi levantar un poco la cámara y bajarla. Cinco veces. Y luego cruzó, y abrió la puerta, y entró en el portal, y la puerta se cerró detrás de él.
Nadie se lo pidió. No hacía falta un fotógrafo en un portal.
Hacía falta un fotógrafo en la acera. Entró de todas formas, y no dijo por qué, y yo no se lo pregunté, porque estábamos los dos en el portal de Tribulete a las once y veinte de la mañana con la luz del tubo apagada y la de la calle en el cristal, y en ese sitio hay cosas que no se preguntan.
Se puso a un metro. Luego a menos.
—El casero dijo tres tazas —dijo.
—Lo oí. Desde el balcón.
—Yo no lo oí. Lo oí después, cuando Nacho lo contó.
—Estabas en la calle.
—Estaba haciéndote una foto desde la calle.
Dio un paso. Ahora estaba a cuarenta centímetros, que es la distancia de la mesa del bar de la escuela, y yo pensé eso, en cuarenta centímetros, en la mesa, en el bar, porque cuando tengo miedo mido.
Y me puso la mano en la nuca.
La izquierda. La de la cicatriz. Debajo del pelo, que ahora es corto y no tapa nada, con los dedos abiertos, sin apretar. Estaba caliente. La cicatriz me tocaba justo debajo de la oreja y la reconocí antes de reconocer la mano, que es una cosa que no sabía que se podía hacer.
En 2011 me la ponía ahí para que me estuviera quieta cuando me enfadaba.
Me la ponía ahí en el portal, exactamente ahí, cuando subíamos de la calle y nos quedábamos en el primer escalón discutiendo de cosas que no importaban.
Mi cuerpo lo sabía. Mi cuerpo hizo lo que hacía en 2011, que fue quedarse quieto, y bajar un poco la cabeza, y dejar que la mano pesara.
Lo otro no lo sabía nadie. Lo que hacía esa mano ahora, en esa nuca, en ese portal, con un contrato firmado en un despacho de Velázquez y doce piezas publicadas y una empresa en venta.
No dije nada. Él tampoco. Se acercó. Yo también. Le miré la boca, y él me miró la mía, y a diez centímetros pensé la frase que iba a escribir esa noche, y la deseché, porque no había frase.
Y sonó el código de la puerta.
Cuatro pitidos y un clic. La puerta se abrió hacia dentro, contra mi espalda, y entró un hombre con una maleta grande y otra pequeña y una bolsa de una tienda de souvenirs, diciendo «perdón, perdón» en un español de dos semanas, y se quedó mirándonos con la maleta en la mano y la puerta abierta, y la luz de la calle entró entera.
Nos separamos. No del todo. Tomás quitó la mano de la nuca, despacio, y la bajó por el hombro, y la dejó en mi brazo, encima de la gabardina, medio segundo más, antes de quitarla. Yo me quedé donde estaba. No me aparté. Me aparté de la puerta, no de él.
—Perdón —dijo el hombre otra vez.
—Tercero —dijo Tomás—. Sin ascensor.
—Ah. Sí. Sí. Gracias.
Y subió, con las dos maletas, sesenta y ocho escalones, haciendo el ruido que hacen las maletas en las escaleras de Lavapiés, y nos quedamos en el portal, a cuarenta centímetros todavía, mirándonos, sin la mano.
Me miré la mano. Estaba en su brazo. No sé cuándo la había puesto ahí; estaba, en la manga de la chaqueta, cerrada en la tela, y la abrí despacio y la bajé, y él vio cómo la bajaba.
—Avisa —dije.
—¿Qué?
—La próxima vez. Avisa.
Lo dijo mi boca antes que yo. Oí «la próxima vez» en mi propia voz y no lo corregí. Tomás lo oyó. Se le vio en la cara que lo había oído: no se le movió nada, que es lo que le pasa cuando algo se le mueve mucho.
—No sé avisar —dijo.
—Pues aprende.
—Tú tampoco avisaste el domingo.
—No.
—Pues eso.
Salimos. La calle estaba igual, con la pareja de Lyon mirando el balcón desde la acera y la calabaza en la barandilla y Leti con la cámara bajada, que no había grabado el portal porque el portal estaba cerrado, y Óscar mirando la tablet, que no sabía nada.
No volvimos a la distancia de antes. Es lo que quiero decir.
Salimos del portal a treinta centímetros y anduvimos por Tribulete a treinta centímetros, y cuando Tomás se paró para mirar la calabaza desde abajo, yo me paré a su lado y no a cuatro metros, y cuando Leti nos preguntó si la foto estaba, los dos dijimos «sí» a la vez, y no era la misma respuesta.
La foto era la sombra en el cristal. Tomás me la enseñó en la pantalla a las doce, en la furgoneta: un portal cerrado, un cristal, una sombra de perfil, y arriba, en el balcón, una calabaza perfecta que no era nuestra vigilando una calle que tampoco.
—La calabaza es demasiado grande —dije.
—Ya lo sé.
—La de 2011 era de un euro. Cabía en una mano. Acabó blanda.
—Todo acababa blando en aquella casa. Hoy no hay tiempo de que se pudra nada.
Óscar devolvió los veinte euros a la pareja de Lyon.
No, al revés: los veinte euros ya se los había dado, y la pareja de Lyon, cuando terminamos, intentó devolverlos, porque les había parecido «très gentil» ver una foto hacerse, y Óscar no los aceptó, y ellos insistieron, y al final los veinte euros se quedaron encima de la barandilla del balcón, al lado de la calabaza, y no sé quién los cogió.
Óscar apuntó: calabaza, doce euros; huéspedes, veinte, devueltos, no aceptados, ubicación final desconocida.
Es la primera línea de su tablet con la palabra «desconocida».
Leti me preguntó en la furgoneta por qué el portal estaba cerrado tanto rato.
Le dije que la luz del tubo se apaga sola a los dos minutos y que había que esperar a que se apagara para la sombra.
Era verdad. Era una verdad de tres frases que tapaba una de cuatro minutos.
Leti apuntó «tubo, dos minutos» y no preguntó más, y yo pensé que Leti está aprendiendo a no preguntar, y que no sé si eso es bueno para ella.
Escribí el texto en la oficina, con la puerta cerrada, a las cuatro.
Escribí el balcón, el casero, los veinte minutos, el jersey, los doce grados, las tres tazas.
Escribí que Tomás me fotografió desde la calle con la cámara contra el pecho.
Escribí que hoy el piso se alquila a ciento diez euros la noche con nuestra manta en el sofá.
No escribí el portal. No escribí la mano. No escribí «la próxima vez».
La aprobación entró antes de las siete y cuarto, de Ramiro, limpia.
A las ocho salió. Leí dos comentarios.
«Veinte minutos escondida en un balcón a doce grados porque no estabas en el contrato. Eso lo hemos hecho todas, y ninguna lo puso en un pie de foto».
«El anuncio del piso lo he buscado y sale la manta. Manual ha alquilado su propio origen a ciento diez la noche. Esto es arte».
Chus pasó a las seis a decirme que la pareja de Lyon había subido una foto del balcón con la calabaza y la había etiquetado, y que tenía nueve mil visualizaciones, y que si queríamos compartirla.
Le dije que no. Preguntó por qué. Le dije que la calabaza no era nuestra.
Me miró como se mira a alguien que ha empezado a decir que no a cosas que antes decía que sí, y se fue sin apuntar nada, porque Chus no apunta; Chus recuerda.
Me quedé en la oficina hasta las nueve. Luego me fui andando a casa, diez minutos, y en los diez minutos me toqué la nuca dos veces, sin querer, como se toca un sitio donde había algo.
Fuera de encuadre. Día 14. La calabaza de 2011 tenía un lado malo y la de hoy no. El piso donde nació Manual se alquila a ciento diez euros la noche con una manta nuestra en el sofá. Yo no estaba en el contrato. Hoy tampoco. Hemos rodado desde la acera. El portal huele igual.