Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 13
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Capítulo 13

Pie de foto original: «La bici de T. Tiene más años que nosotros».

L a bici holandesa llegó a la oficina el martes a las ocho y media, en una caja, y a las ocho y cuarenta ya estaba dentro de la caja otra vez.

Negra, con guardabarros cromados, sillín de cuero y una cesta de mimbre que el fabricante llamaba «vintage» en la etiqueta.

Ochocientos noventa euros. Óscar la había comprado, no alquilado, porque las tiendas de bicis no alquilan y porque «se puede devolver en catorce días si no se usa».

La sacó de la caja con el cuidado de quien ha leído la política de devoluciones antes que las instrucciones.

La miré. Le di una vuelta. Toqué el sillín.

—No —dije.

—Es holandesa. Es como la de la foto.

—La de la foto era una bici vieja. Esta es una bici cara que parece vieja. No es lo mismo. Se nota en las llantas: no tienen ni un golpe.

—Se pueden golpear.

—No vas a golpear una bici de ochocientos noventa euros para que parezca mía.

Óscar la miró un rato. Luego la metió en la caja, con el mismo cuidado, y apuntó en la tablet la fecha de devolución.

Trece días. Es lo que dura una idea de producción cuando se cruza con una foto de verdad.

Leti preguntó si podía hacerle una foto a la caja cerrada para el clip.

Le dije que sí. Es lo único que la bici holandesa ha hecho por esta campaña: estar en una caja.

La bici de la foto trece era mía. Una Orbea de los años ochenta, roja, con el color ido, que me dio un primo de mi madre cuando dejó de usarla y que yo pinté de negro con un espray en 2009 para que no la reconocieran.

Pesaba dieciocho kilos. No tenía cambios.

Tenía un timbre que sonaba a hojalata. En octubre de 2011 la dejé atada a un plátano de la calle de Argumosa, una noche de viento, y por la mañana estaba tapada de hojas hasta el manillar, como si el árbol hubiera decidido guardarla.

Hice la foto sin quitar ni una hoja. Sara escribió que tenía más años que nosotros, que era verdad, y una semana después la robaron del mismo árbol, con candado y todo.

No he vuelto a comprar otra. Se dice pronto.

Ando. A una bici te la pueden quitar de un árbol con candado y todo; a andar, no.

Es una manera de vivir que no recomiendo y que no pienso cambiar, y las dos cosas son verdad a la vez.

—¿Y qué usamos? —dijo Óscar.

—Una bici vieja.

—¿Cuál?

—Ya viene.

Nacho llegó a las nueve y cuarto pedaleando por Ríos Rosas, con la mochila del hospital a la espalda y la cara de haber dormido cuatro horas.

La bici era la suya. Una de paseo, azul, con el cuadro rayado, una cesta de metal delante y una silla de niño detrás, de las que se atornillan al portabultos.

Es la bici con la que lleva a Vega a la escuela infantil.

Se la había pedido el domingo por mensaje, sin explicar para qué.

Me contestó «ok» y un signo de interrogación, y luego «quítale la silla si quieres», y luego «o no».

No le quité la silla.

Bajamos a Lavapiés en la furgoneta, la bici dentro, Nacho delante con Óscar, Sara y Leti detrás conmigo.

Sara y Nacho se saludaron con un «hola» que era el tercero en doce años y el primero sin taza de por medio.

En la furgoneta no hablaron. Nacho miraba por la ventanilla y Sara miraba la silla de niño.

El plátano de Argumosa sigue. Es un árbol grande, con la corteza a manchas, delante de un bar que en 2011 era otro bar.

Había hojas en el suelo, no muchas; octubre iba lento este año.

Leti y Óscar recogieron las que había en veinte metros a la redonda, sin bolsas, con las manos, y esta vez no vino nadie a decirnos nada, porque en Lavapiés nadie te dice nada por coger hojas de la acera.

Até la bici al mismo árbol con el mismo tipo de candado. Nacho me miró hacerlo.

—Ese candado no sirve para nada —dijo.

—El otro tampoco sirvió.

Cubrimos la bici de hojas. Leti las ponía y yo las quitaba, porque las ponía como se ponen en una foto y yo las quería como las pone el viento. La cesta llena. El sillín tapado. La silla de niño, detrás, con una hoja de plátano enganchada en el cinturón.

—La silla la quito —dijo Óscar.

—La silla se queda.

—En la foto original no hay silla.

—En la foto original había una bici que ya no existe. Hoy hay esta.

Sara no dijo nada. Estaba de pie en la acera, a cuatro metros, con las manos en los bolsillos de la gabardina, y miraba la silla de niño con la cara que pone cuando una cosa le cuadra y no le gusta que le cuadre.

Disparé desde el otro lado de la calle, agachado, como en 2011, con la luz de la mañana entrando por Argumosa hacia el Ministerio. Once veces. La séptima, en la que una hoja se había soltado de la cesta y estaba en el aire.

Nacho se sentó en el escalón del bar mientras tanto. Sacó el móvil, miró la hora, dijo que tenía que estar en casa a las cinco para recoger a Vega. Sara se sentó a su lado. A un metro. Yo estaba desatando la bici y los oía.

—Gracias por la bici.

—No es para ti. Es para la foto.

—Ya.

—Y por la taza tampoco me des las gracias. Que me la devolváis.

—El treinta y uno.

—Eso dijo él.

No dijeron más. Nacho no dice más cuando no hace falta, y con Sara no hacía falta casi nunca, porque Sara ya sabe lo que él sabe y él sabe que ella lo sabe.

Recogimos a las once. Óscar preguntó dónde devolvíamos la bici.

Nacho dijo que a su casa, que no iba a pedalear hasta Vallecas con una silla de niño llena de hojas, y que él se iba en metro a dormir dos horas y a recoger a Vega, y que nos esperaba en su portal a las cinco menos cuarto.

Y Óscar, que apunta hasta las direcciones, apuntó la de Nacho, y a las cinco menos cuarto estábamos los cuatro en la puerta de un bloque de la avenida de la Albufera con una bici en la furgoneta, y Nacho llegando por la acera de la mano de una niña de tres años con una mochila de dinosaurios que nos miraba como se mira a la gente que llega en furgoneta.

—Esta es Vega —dijo Nacho.

Vega no dijo nada. Miró la bici. Miró la silla. Miró las hojas que todavía quedaban en la silla y dijo:

—Está sucia.

—Ha estado en una foto —dijo Nacho.

—Está sucia.

Es una niña que no negocia. Se parece a su padre en eso.

Subimos. Quinto, con ascensor. Nacho abrió la puerta y salió el calor.

Lo digo así porque fue así: salió el calor.

Un piso con calefacción central, en octubre, con la calefacción ya puesta porque la comunidad la pone el quince y esta la había adelantado por votación.

Veintiún grados. Olía a lentejas, que es lo que huele en las casas donde alguien cocina de verdad, y a un producto de limpieza de los que no salen en las fotos.

Había un tendedero abierto en el pasillo con ropa de tres tamaños.

Había dibujos en la nevera, sujetos con imanes, y uno de los imanes era rojo y redondo y tenía escrito el nombre de una pizzería de Lavapiés que cerró en 2015.

Lo vi. No dije nada. Vega me miró mirarlo.

También había una factura de la escuela infantil sujeta con otro imán, y una lista de la compra con dos letras distintas, y un calendario con turnos de noche marcados en rojo, muchos.

Una casa con vida no es una casa bonita.

Es una casa en la que las cosas están donde se usan.

Rebeca estaba en la cocina con una olla y con el móvil sujeto entre la oreja y el hombro, y colgó cuando nos vio, y dijo «hola» a todos y a Sara la miró un segundo más, no con nada, con la mirada de una mujer que sabe un nombre desde hace años y le pone cara por fin.

Tiene treinta y siete años, trabaja en un colegio y estaba cansada de una manera que no era de hoy; Nacho lleva turnos de noche desde antes de Vega y una casa con un turno de noche dentro se organiza alrededor del sueño de una persona.

No le hizo falta que le presentaran a nadie.

—¿Os quedáis a merendar? —dijo, y no era una pregunta, porque ya estaba sacando el pan.

Nos quedamos diez minutos. Leti se sentó en el suelo con Vega y la mochila de dinosaurios y Vega le explicó cuál era cada dinosaurio con la seriedad de quien sabe que el adulto no va a retener nada.

Óscar miró la calefacción con la cara de quien calcula.

Yo me quedé de pie en el pasillo, entre la cocina y el salón, con la espalda en la pared, donde no molestaba.

Y Nacho y Sara se quedaron en la cocina.

No lo planeó nadie. Rebeca salió a cambiar a Vega, que se había manchado con el pan, y Leti fue detrás a ver la habitación, y Óscar bajó a mover la furgoneta, y de pronto en la cocina estaban los dos, con la olla entre medias, y yo en el pasillo, a tres metros, con la puerta entreabierta.

No me moví. No me fui. Eso también soy yo, y no es lo mejor.

Sara habló primero.

—¿Tú tienes el cuaderno?

—¿Qué cuaderno?

—El de cuadros. El de enfermería. El de la hoja de la nevera.

Silencio. La olla.

—No me pidas eso, Sara.

—Solo te pregunto si lo tienes.

—Me estás preguntando otra cosa y lo sabes. Y yo no tengo nada que sea de otro. Ni papeles, ni cuadernos, ni versiones. Lo que tengo es lo mío, y lo mío es que os conozco a los dos desde antes de todo esto.

—No te estoy pidiendo que elijas.

—Sí me lo estás pidiendo. Me lo pedís los dos desde 2014, cada uno a su manera. Él no preguntando y tú preguntando. Y os voy a decir lo mismo que le dije a él en enero de aquel año, en esta misma cocina, que entonces era otra cocina.

Paró. Oí que dejaba una cuchara.

—Os quiero a los dos. No me pidáis que elija, que ya elegí en 2014 y elegí a los dos.

Sara no contestó. Yo tampoco me moví. En el salón, Vega le estaba diciendo a Leti que el dinosaurio verde no era verde.

—No te lo he pedido —dijo Sara, por fin, muy bajo.

—Ya. Por eso te lo digo antes.

Rebeca volvió al pasillo con Vega en brazos y me vio ahí, con la espalda en la pared. No dijo nada. Me pasó a la niña, sin preguntar, porque en esa casa las cosas se pasan, y Vega me miró de cerca, con la cara de su padre, y me tocó las gafas.

—Tú eres el de la foto de la mano —dijo.

—Sí.

—Mi padre dice que te lo cosieron.

—Seis.

—Ya lo sé.

Nos fuimos a las cinco y media. Nacho bajó con nosotros a por la bici y la subió en el ascensor con las hojas todavía en la silla, porque Vega había dicho que las quería ver. En el portal, con la puerta abierta y el calor del piso todavía en la ropa, me dijo:

—La taza.

—El treinta y uno.

—Y lo otro no me lo preguntes tú tampoco.

—No te lo he preguntado.

—Por eso.

Cerró la puerta. Fuera hacía dieciséis grados y anochecía. Nos metimos en la furgoneta. Sara se sentó delante. No habló hasta Atocha, y en Atocha dijo, a nadie, mirando el cristal:

—Tienen calefacción central.

—Desde que se casaron —dije yo.

—Ya.

Era todo lo que había que decir de aquel piso y era mucho.

En 2011 Nacho ponía ciento veinte euros que no tenía para un alquiler que no era suyo del todo; hoy tiene calefacción central votada en junta, una hija que no negocia y un imán de una pizzería que ya no existe.

No ha cambiado de bando. Ha cambiado de casa.

Y en la casa nueva caben los dos, cada uno en una silla, sin que nadie tenga que sentarse en el suelo, que es lo que Nacho quiso siempre y lo que ninguno de los dos le hemos dado.

Me dejaron en Chamberí, en la oficina, porque tenía que descargar.

Descargué. En la pantalla, la bici azul con la silla de niño y las hojas, al lado de la Orbea negra de 2011 sin nada detrás.

Leti las puso juntas y dijo que la silla era lo mejor de la foto y que no sabía por qué. Yo sí. No se lo dije.

Chus aprobó a la primera, sin nota, con tiempo de sobra.

A las ocho salió. Debajo, el texto de Sara: que la bici era mía, que tenía más años que nosotros, que la robaron una semana después y que no compré otra. Que la de hoy es de un amigo y lleva la silla de su hija. Nada más. Ni Vallecas, ni la cocina, ni la frase.

Leí un comentario.

«La silla de niño detrás de la bici del amigo es la foto más triste y más bonita de la campaña y no sé explicar por qué. Alguien que lo explique».

Nota de la toma.

Luz de mañana por Argumosa, agachado, como entonces; una hoja en el aire en la séptima. La bici, a seis metros; la silla, a seis metros y diez centímetros. Fuera de encuadre: una casa a veintiún grados donde alguien eligió a los dos.