Capítulo 12
Pie de foto original: «Un palacio de cristal para dos personas sin calefacción».
E l lunes era festivo y el Retiro estaba lleno de gente que no tenía ninguna intención de apartarse.
Familias con carritos, corredores, un grupo de veinte con una guía y un paraguas cerrado en alto, tres despedidas de soltera a las once de la mañana con bandas de raso, un señor vendiendo pompas gigantes, patinadores, y nosotros: Tomás con la cámara, Leti con la de los clips, Óscar con la tablet y un permiso que esta vez sí había pedido y que esta vez no servía, porque el permiso era para rodar en el paseo y el paseo estaba ocupado por Madrid entero.
El Palacio de Cristal está cerrado por restauración desde hace tres años.
Lo sé porque lo dice un cartel, porque lo sabía Óscar, y porque yo misma lo había mirado el lunes veintiuno de septiembre en la reunión de crisis, cuando Chus dijo «Palacio de Cristal» y yo dije «está cerrado» y Chus dijo «pues se rueda desde fuera» y yo dije «ok».
No sé si lo dije con las dos letras. Lo digo mucho.
Está envuelto en una lona. Entera. Del suelo a la cúpula.
Y la lona está impresa. Alguien decidió que un edificio en obras no se puede mirar, y en lugar del edificio hay una foto del edificio, en tamaño real, con el cristal y el hierro y el cielo azul pintados, y los árboles reflejados en un cristal que no está, y una franja abajo con el logo de la empresa que restaura y el del Ayuntamiento.
Un palacio de cristal tapado por una foto de un palacio de cristal.
Ramiro habría pagado por esa idea. Yo la habría vendido.
Óscar la miró un rato largo y dijo que la lona estaba bien impresa, que se notaba el gramaje, y que valía más que nuestras hojas de Alcorcón. Nadie le contestó.
La foto doce es de dentro. De octubre de 2011, un sábado por la tarde, a las seis menos un minuto.
Yo de pie en el centro del palacio, sola, con el abrigo puesto, mirando arriba, con toda la luz de la tarde entrando por los cristales y el suelo mojado de los pies de la gente que ya se había ido.
De las treinta y una, solo en esta no hay ningún objeto.
Ni taza, ni manta, ni vela. Solo yo y un edificio que no era nuestro, que era de todos, que estaba caliente porque el cristal guarda el calor y nuestra casa no.
El pie lo escribí esa noche: «Un palacio de cristal para dos personas sin calefacción».
Era lo más cerca de la verdad que había estado un pie de foto en aquel octubre, y por eso lo puse tan tarde en la agenda, en el día doce, cuando ya nadie lee los pies.
Cuarenta segundos. Es lo que duró. Entramos a las seis menos un minuto y el vigilante del palacio, un señor con chaqueta azul y una llave enorme, dijo «se cierra» y nos dio cuarenta segundos de propina, porque Tomás ya tenía la cámara arriba y el vigilante era de los que dejan terminar una cosa que ya ha empezado.
Tomás hizo una foto. Una. Yo estaba mirando el techo.
Y luego dije «ya», y salimos, y el señor cerró con la llave enorme, y nos quedamos fuera, en el frío, con la foto hecha.
Hoy no hay dentro. Hay una valla, una lona y un vigilante de la obra con chaleco naranja y un móvil en la mano.
Tomás se puso donde se ponía la gente en 2011 para mirar el palacio desde el estanque, y midió.
Midió con la mano, con los ojos, con esa cosa que hace de girar la cabeza tres grados.
La lona impresa tiene el mismo encuadre que su foto.
No es casualidad: la foto de la lona la hizo alguien desde el mismo sitio, porque desde el mismo sitio es desde donde se hacen todas las fotos del Palacio de Cristal.
Hay una losa del suelo un poco más gastada que las otras.
—Ponte delante —dijo.
—¿De la lona?
—De la lona. Donde estarías si estuvieras dentro.
Me puse delante de la valla, con la foto del palacio detrás, con el abrigo puesto, aunque hacía veinte grados, porque en la foto de 2011 llevaba abrigo.
Miré arriba. Arriba había una cúpula pintada en una lona y, encima de la lona, el cielo de verdad, que era del mismo azul, y la gente que pasaba miraba lo que yo miraba y no veía nada.
El vigilante de la obra tardó treinta segundos.
—Perdone. Aquí no se puede parar. Es zona de obra.
—Es un momento —dijo Óscar, con la tablet y el permiso.
—Un momento es lo que digo yo. Tienen un minuto y se apartan.
Una chica con la agenda de este año en la mano, abierta por el día doce, nos hizo una foto desde el estanque. Leti le pidió que la borrara. La chica dijo que era para ella. Leti la dejó. No se lo impedí. Somos contenido incluso cuando no estamos publicando; ese era el negocio y sigue siéndolo.
Un minuto. En 2011 fueron cuarenta segundos y una llave. Hoy, un minuto y un chaleco naranja. La ciudad ha subido veinte segundos en quince años, que es más de lo que ha subido casi todo lo demás para nosotros.
Tomás levantó la cámara.
Y lo vi.
No lo vi en él; lo vi en lo que hacía. Bajó la cámara dos centímetros, la volvió a subir, y no disparó.
Miró por encima del visor, con los ojos, sin la máquina delante, medio segundo, y luego puso la cámara y disparó.
Y en ese medio segundo tenía la cara de la foto.
No la de la foto doce, en la que salgo yo.
La cara de quien hizo la foto doce. La cara que yo no podía ver en 2011 porque estaba mirando el techo, y que había estado detrás de esa imagen desde entonces sin que yo la mirara, porque uno no mira al fotógrafo cuando mira la foto.
La conocía. No de 2011. La conocía de después.
Del treinta y uno de octubre, con una calabaza en medio, cuando le dije lo que le dije y él puso esa cara antes de contestarme.
Yo creía que esa cara había empezado esa noche.
Y no. Si hoy la tenía delante de una lona, con nada que mirar, la tenía entonces delante del cristal, con todo.
Es una deducción. Las hago para vivir. Esa cara estaba ya en el Palacio de Cristal el sábado quince de octubre, a las seis menos un minuto, con cuarenta segundos de propina, dos semanas antes de que yo dijera nada y dos semanas antes de la noche de urgencias en la que él dice que supo.
Él supo en urgencias. La cara sabía antes.
—Ya —dije.
Como en 2011. Y él bajó la cámara, y el vigilante dijo «gracias» como se dice cuando no se quiere dar las gracias, y nos apartamos.
Mujer de treinta y seis años delante de una foto de un edificio, con abrigo a veinte grados. Sin filtro. Con una cara que no era la mía.
Leti había grabado el minuto. Le había entrado en plano la mitad del grupo de la guía, un niño con un globo y el chaleco naranja.
Preguntó si servía. Tomás dijo que sí. Yo dije que sí.
No nos miramos al decirlo. Óscar apuntó el minuto en la tablet como si fuera una factura, y en cierto modo lo era: un minuto de Retiro en festivo es lo más caro que ha comprado esta campaña, y no ha costado nada.
Volvimos a la oficina andando, los cuatro, por el paseo lleno de gente.
Tomás delante, con la cámara colgada, y yo detrás, mirándole la espalda, que es lo único que se puede mirar de alguien cuando acabas de entender que te ha estado mirando desde detrás de una foto durante quince años y que tú no lo sabías porque estabas mirando el techo.
Mi madre me escribió por el camino: la pieza de la cicatriz y una sola palabra, «ay». Mi madre no escribe «ay». No contesté.
En la oficina, festivo o no, estaba Chus. Y estaba Ramiro.
Ramiro no viene a la oficina los festivos.
Ramiro no viene a la oficina los lunes, en general.
Estaba en la sala grande con el portátil de Leti abierto y las cifras de la segunda parte en la pantalla, y cuando entramos levantó la cabeza y sonrió, que es una cosa que Ramiro hace pocas veces y que, cuando la hace, no significa lo que significa en otras personas.
—Sara.
—Ramiro.
—Esto es lo que quería.
Me enseñó la pantalla. Leti se puso a su lado y leyó, porque es su trabajo y porque Ramiro no lee cifras en voz alta; las señala.
Las piezas nueve, diez y once, juntas, en tres días, habían hecho más que las ocho de la primera parte en ocho.
La de las castañas, dos millones y medio.
La de los libros, tres. La de la cicatriz, la del domingo, cuatro millones novecientos mil en veinticuatro horas, y subiendo.
Sesenta y dos mil comentarios. La palabra «urgencias», treinta y ocho mil veces.
La palabra «cofundador», que en la primera semana había sido una pregunta, se había convertido en una etiqueta.
Chus estaba de pie, detrás de él, con los brazos cruzados.
—Esto ya no es burla —dijo Chus—. El titular de la segunda parte está mal. Hay que cambiarlo.
—No cambies nada —dijo Ramiro—. Funciona.
—Funciona por lo que es, no por cómo se llama.
—Pues que siga siendo lo que es.
Chus me miró. No dije nada. Ramiro volvió a la pantalla.
—La burla vendía —dijo—. Esto vende más.
—Esto es la verdad.
—Por eso vende más. Lo sabías. Por eso lo has hecho así.
Lo dijo sin maldad. Ramiro no tiene maldad.
Tiene una cuenta de resultados donde otros tienen una opinión, y la cuenta de resultados decía que la verdad, bien encuadrada, con el autor original en el crédito y una cicatriz en primer plano, era el mejor producto que Manual había tenido nunca.
Mejor que la vela. Mejor que el jersey. Estaba contento.
Estaba contento de verdad, con la sonrisa de las pocas veces, y me lo decía a mí como se le dice a alguien «buen trabajo» cuando el trabajo ha consistido en enseñar una herida.
—Hogaria ha escrito —dijo—. Esta mañana. Están muy interesados en cómo evoluciona. Textual.
—Muy interesados en cómo evoluciona.
—Es lo que ponen los que quieren comprar cuando el precio ya no baja.
Tomás estaba en el pasillo, descargando la tarjeta en el portátil de Leti. Oía. No dijo nada. Ramiro lo miró, dijo «buen trabajo» también, y Tomás dijo «gracias» como lo había dicho el vigilante.
—¿Y lo del jersey? —le pregunté.
—Después del treinta y uno.
Lo dijo sin dejar de sonreír. Es su manera de decir que hoy no toca. Chus, detrás, dijo que lo del titular lo cambiaba él el treinta y uno. Otro después del treinta y uno. Se están acumulando en una fecha que ya no cabe.
Me fui a mi despacho. Cerré la puerta de cristal. Me senté de espaldas.
Ramiro estaba contento. Ese era el problema.
No que quisiera suavizar; no que no aprobara; no que pusiera «bajo tu responsabilidad».
Ramiro estaba contento porque había entendido, antes que yo, que la verdad también es contenido.
Que la cicatriz de Tomás, los dos dedos encima, la hora extra en urgencias, los libros que él leyó y yo no, el cucurucho pagado un año después, todo eso, bien publicado a las ocho con un correo de aprobación delante, era exactamente lo que yo había vendido durante trece años con otra materia prima.
En 2011 vendía una mentira bonita. Ahora vendía una verdad bonita.
Y la cuenta de resultados no distinguía.
Y yo tampoco, si me lo preguntaba de verdad, y últimamente me lo preguntaba más de lo que me convenía.
Abrí el documento. Escribí sobre el palacio.
Escribí que estaba tapado con una foto de sí mismo.
Escribí que en 2011 tuvimos cuarenta segundos y hoy un minuto.
Escribí que hay edificios que no pueden volver a ser lo que eran, y lo dejé en una línea, sin adorno, porque una frase así, si la miras dos veces, se convierte en una taza, y yo ya tengo demasiadas tazas.
No escribí lo de la cara. No escribí lo del sábado quince de octubre. No escribí que su mirada tenía una fecha anterior a la mía y que yo la acababa de descubrir delante de un vigilante con chaleco naranja.
Tomás se fue a las cinco. Pasó por delante de la puerta de cristal de mi despacho, despacio, y no la abrió. Yo estaba de espaldas y lo vi en el reflejo del monitor, que es como veo casi todo últimamente.
El correo llegó a las siete y doce, de Ramiro. «Pieza 12 aprobada para publicación a las 20:00». Y debajo, por primera vez en doce días, una línea que no era una objeción: «Enhorabuena. R.».
A las ocho salió. Yo dentro del palacio, en 2011, mirando arriba. Yo delante de la lona, hoy, mirando arriba. La misma postura. El mismo abrigo, otro. La misma cara no, y eso lo sabía yo sola.
Leí tres comentarios, porque hoy quería tres.
«Un palacio tapado con una foto del palacio. Madrid es un post de Manual».
«Lo de los cuarenta segundos y el vigilante me ha hecho llorar y no sé exactamente por qué».
«A ver, que la marca va a vender la cicatriz del fotógrafo en la agenda de 2027, no nos engañemos».
El tercero, otra vez. El tercero siempre.
Fuera de encuadre. Día 12. En 2011 entramos a las seis menos un minuto y un vigilante nos dio cuarenta segundos. Hoy otro nos ha dado un minuto delante de una lona con la foto del edificio impresa. Hay edificios que no pueden volver a ser lo que eran. Yo miraba arriba. No sé qué miraba él.