Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 11
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Capítulo 11

Pie de foto original: «Esta noche regalan una hora. La vamos a usar bien».

L a cicatriz mide cuatro centímetros y va desde la base del pulgar izquierdo hacia la muñeca, en diagonal, y el domingo a las once de la mañana, en la cocina de Manual, la puse encima de la mesa delante de una cámara por primera vez desde que existe.

No la escondo. Tampoco la enseño. Es una línea blanca en una mano que hace fotos; si alguien la ve, la ve.

Con la izquierda sujeto el objetivo. La cicatriz queda hacia el visor.

La veo en todas las fotos que hago, un segundo antes de hacerlas, y luego no está en ninguna.

Sara la vio el veintiséis de septiembre, en Carabanchel, cuando le abrí la puerta con el paño en el hombro, y no dijo nada, y yo tampoco, porque los dos sabíamos de qué era y no era el día.

Hoy era el día. Lo decía la agenda.

La foto once es una mano vendada alrededor de una taza.

Venda blanca, limpia, un poco floja, de las que ponen en urgencias cuando no van a verte más; la taza, una de las tres desparejadas; la luz, de la ventana de la cocina, de mañana; y el pie: «Esta noche regalan una hora.

La vamos a usar bien». La foto es del domingo treinta de octubre de 2011, a las diez de la mañana, hecha con la cámara apoyada en la mesa y disparada con la derecha, porque la izquierda estaba dentro de la venda.

La hora regalada ya la habíamos usado. La habíamos usado en urgencias.

Domingo en la oficina: Óscar, que insiste en venir a todo lo que ha presupuestado; Leti; Carla; nadie más. Ramiro, por correo. Chus, en casa. El suelo, a veintitrés grados, que un domingo se notan más.

Óscar quería una venda. Lo tenía apuntado: venda, gasa, esparadrapo, maquillaje. Había leído en algún sitio que las cicatrices se disimulan. No había leído que también se enseñan. Le dije que no.

—Es una recreación.

—Es una cicatriz. La venda ya se la quitaron.

—En la foto original hay venda.

—En la foto original había herida. Hoy hay lo que queda.

Óscar miró la mano. Miró la tablet. Tachó tres líneas, que en Óscar es una forma de estar de acuerdo.

Leti preguntó si se iba a ver. Una cicatriz blanca sobre piel clara no se ve con la luz de frente; desaparece.

Se ve con luz rasante, desde un lado, baja, que le haga sombra al borde.

Bajé el panel a quince grados por encima de la mesa, a la izquierda, sin difusor.

La línea apareció. Es lo que tiene la luz rasante: saca lo que la luz normal decide no ver.

Sara llegó a las once y cinco. Domingo, sin gabardina, con un jersey gris que no era de la marca.

Dijo buenos días a todos y a mí me dijo «hola», que es otra palabra.

Leti ya estaba con la cámara. Carla había venido a ayudar sin que nadie se lo pidiera, que es una cosa que la gente hace cuando la campaña empieza a ser de ellos y no solo de la empresa.

Puse la mano izquierda en la mesa, con la taza. Una taza de la cocina de la oficina, blanca, corriente. Sin venda. La cicatriz, a la vista, hacia la ventana. Encuadré con la cámara apoyada en la mesa, como entonces, a la misma altura, con la derecha.

Y entonces Sara se acercó.

No lo anunció. Vino desde la puerta, rodeó la mesa, se puso a mi izquierda, y antes de que yo apartara la mano puso dos dedos en la cicatriz.

El índice y el corazón. Encima de la línea.

Sin apretar. Los pasó a lo largo, desde el pulgar hacia la muñeca, una vez, despacio, cuatro centímetros.

Tenía los dedos fríos. Siempre los ha tenido fríos; las manos, los pies, la punta de la nariz en noviembre.

Los dejó ahí. Uno, dos, tres, cuatro segundos.

Yo los conté porque es lo que sé hacer cuando no sé hacer otra cosa.

No moví la mano. No moví nada. Leti no sabía si grabar.

Grabó. Carla, en la puerta, dejó de respirar un momento, que es una cosa que se nota en una cocina pequeña.

En 2011 me la tocaba así cuando la venda ya no estaba y la piel todavía tiraba, y luego dormía con su mano en mi cuello y la mía debajo de la almohada, con la cicatriz hacia dentro.

Mi mano lo sabía. Mi mano se quedó quieta sola, sin que yo le dijera nada, porque hay cosas que el cuerpo tiene guardadas en un sitio donde los años no entran.

Lo otro no lo sabía nadie. Lo que significaban esos dos dedos ahora, en una cocina con suelo radiante, con Leti grabando y Carla en la puerta y Óscar con una tablet. Eso no estaba guardado en ningún sitio, porque nunca había pasado.

Sara quitó los dedos. Se quedó a mi lado, de pie.

—Cuenta lo de urgencias —dijo.

Lo dijo a la cámara de Leti, no a mí. Lo dijo como se pide una cosa que se necesita para el texto. Yo sé cuándo Sara pide una cosa para el texto y cuándo la pide para ella, y esta vez no lo supe, y eso fue lo que me hizo contarlo.

Fue el sábado veintinueve de octubre de 2011, por la noche.

La calabaza del frutero de Argumosa, cuatro kilos, con el lado malo.

Estaba en la encimera desde el jueves y había que abrirla antes de que el lado malo se comiera el bueno.

La abrí yo, con el cuchillo de pan, porque no teníamos otro, y con la izquierda sujetando, porque era la que tenía libre, y el cuchillo resbaló en la piel mojada y entró por el pulgar.

Cuatro centímetros. Vi el hueso antes que la sangre.

Nacho estaba en segundo de enfermería y me apretó la mano con un paño de cocina y dijo «esto se cose», y Sara buscó dinero para un taxi y no había, y fuimos a urgencias en el autobús nocturno con el paño rojo, los tres, a la una de la madrugada.

Sara le dijo al conductor que era una emergencia.

El conductor dijo que a esa hora todas lo eran, y arrancó.

Urgencias del Gregorio Marañón. Sala de espera.

Sillas de plástico atornilladas al suelo, una máquina de café que se tragó el único euro que llevábamos y no dio nada, una televisión sin voz, y una pantalla en la pared con la hora y los números que llamaban.

Nos dieron el cuarenta y siete. Iban por el treinta y uno.

Nos sentamos, Sara a mi derecha, Nacho a mi izquierda con el paño, y esperamos.

Nacho me explicó cómo se cose una mano para que yo dejara de mirarla.

Sara no dijo nada; Sara, cuando tiene miedo, se calla de una manera que ocupa mucho sitio.

A las tres menos cuarto se quedó dormida contra mi hombro, con la boca cerrada.

A las tres, la pantalla de la pared marcó las dos.

Nadie la tocó. Se cambió sola, como se cambian esas cosas, y el cuarenta y siete siguió sin salir.

Y volvimos a vivir la misma hora, en las mismas sillas, con la misma mano, y a las dos y media, que ya habían sido las tres y media, me llamaron y me cosieron seis puntos con anestesia local, y Sara entró conmigo aunque no dejaban, y me sujetó la otra mano, y yo miraba su mano y no la aguja.

La enfermera que cosía dijo que me había tocado la hora doble y que no todo el mundo la aprovecha. Lo dijo por decir. Yo lo apunté.

Esa fue la hora extra. En la agenda, «la vamos a usar bien» está debajo de una foto de una taza con una venda.

En la agenda, la hora extra es el día once y la calabaza es el día cuatro.

La calabaza se abrió el veintinueve. La mano se cosió el treinta.

La crema se comió el treinta y uno, y el uno, y el dos, y el tres.

Sara ordenó el mes para que primero hubiera cena y después herida. Yo nunca le dije nada del orden.

—Y esa noche supe lo que sentía —dije.

Lo dije a la cámara. Lo dije en pasado, porque es donde está.

En una sala de espera de urgencias, a las tres de la mañana que luego fueron las dos, con una chica dormida contra mi hombro que no sabía que estaba dormida contra mi hombro, con la mano abierta y un paño rojo, supe una cosa.

Y no se la dije, porque estaba dormida, y al día siguiente hice una foto con una venda, y al siguiente ella dijo una frase con una calabaza en medio, y ya no hizo falta decir nada durante dos años.

Leti bajó la cámara. Carla se fue de la puerta. Óscar apuntó algo en la tablet y luego lo borró, que es lo más parecido a una emoción que le he visto.

Sara no dijo nada. Se había quedado a mi lado, con las manos en los bolsillos del pantalón, que es donde las mete cuando no quiere que se vea lo que hacen. La boca no hizo el gesto. Se quedó cerrada.

—¿Seis? —dijo por fin.

—Seis.

—Creía que eran cinco.

—Eran seis. Contaste mal. Estabas mirando mi otra mano.

Se le fue la mano al bolsillo del jersey. La sacó vacía.

—Haz la foto —dijo.

La hice. Mano izquierda, cicatriz, taza blanca, luz de ventana. Cuatro disparos. El primero. En el primero no había pasado nada todavía y en los otros tres ya sí, y se notaba en la mano.

Sara se fue a su despacho. Cerró la puerta, que es de cristal. Se sentó de espaldas. Escribió.

Me quedé un minuto solo en la cocina, con la taza blanca en la mesa y la mano al lado, como en la foto pero sin foto. Carla entró con un café que no le había pedido y lo dejó al lado de la taza vacía, sin decir nada, y se fue. Es una cosa que la gente hace cuando ha visto algo y no sabe qué.

Recogí a las doce. Óscar me preguntó si necesitaba algo para mañana.

Le dije que el Retiro no necesita nada, que es lo que lo hace difícil.

Leti me enseñó el clip en la pantalla: mi mano en la mesa, los dos dedos de Sara encima, cuatro segundos, y luego mi voz contando lo del reloj.

Me preguntó si autorizaba lo de los dedos.

—Pregúntale a ella.

—Ya le he preguntado. Dice que lo que tú digas.

Miré la pantalla. Cuatro segundos de dos dedos en una cicatriz. En 2011 eso no lo habría fotografiado nadie. Hoy lo había grabado una cámara de clips de una marca de velas.

—Déjalo.

Leti dijo que era el mejor clip de la campaña y que le daba vergüenza decirlo. Le dije que se le pasaría al publicarlo. No estoy seguro de que sea verdad, pero es lo que se le dice a alguien de veintinueve años que está aprendiendo lo que cuesta un plano.

Sara salió del despacho cuando yo recogía.

No entró en la cocina. Desde el pasillo dijo: «Mañana a las diez en el Retiro», con la voz con la que se dice una fecha, y yo dije que sí con la voz con la que se contesta a una fecha.

Fue toda la conversación. Fue más de lo que había habido a esa hora el domingo anterior.

Salí a la calle. Domingo a mediodía en Chamberí, con las terrazas llenas y el sol de octubre, que a las doce todavía calienta.

Me fui andando hacia casa por el camino largo.

En el puente de Toledo me miré la mano. La cicatriz estaba donde siempre.

Lo que no estaba donde siempre era lo demás.

El cuerpo guarda las cosas donde no las toca nadie, y lo malo es que también las saca sin pedir permiso.

Lo que hizo mi mano en la mesa lo hizo la mano de 2011.

Lo que hice yo después, contarlo, lo hizo el de hoy.

No sé cuál de los dos tenía razón, y no me gusta no saberlo en un puente.

En casa abrí la nevera y vi la factura de julio, y me acordé de que el jueves habían pagado por fin, con una llamada y una disculpa.

La quité. La rompí. La nevera se quedó blanca, sin imán, sin nada.

Me quedé mirándola más de lo que se mira una nevera vacía.

Saqué del cajón la copia del papel y la volví a guardar. Tampoco era el día.

Ramiro aprobó antes de las siete y cuarto, sin nota. Once.

A las ocho salió. La venda de 2011 a la izquierda; la cicatriz de hoy a la derecha; la misma taza no, pero la misma mano.

Debajo, el texto de Sara: que la hora extra fue en urgencias, que fueron en el autobús nocturno, que el reloj de la pared marcó las dos cuando eran las tres, que le dieron seis puntos, y que la venda alrededor de una taza se vendió durante doce ediciones como una mañana tranquila.

Lo que se durmió en mi hombro no estaba.

Lo que yo supe, tampoco. Los dos dedos, menos.

Nacho me escribió a las ocho y diez: «Seis. Los conté yo». No contesté. No hacía falta.

Leí dos comentarios.

«Le ha tocado la cicatriz en el clip y no han dicho nada. Nada. Me voy a dormir».

«La hora extra en urgencias con el reloj cambiando delante. Mi madre es enfermera y dice que esa noche siempre es la peor. Ahora entiendo por qué mi agenda de 2019 tiene una venda en el día once».

Nota de la toma.

Luz de ventana de domingo, a la altura de la mesa; la cámara apoyada, como entonces, disparada con la derecha. Cuatro centímetros de cicatriz; dos dedos encima, cuatro segundos; la mano, quieta sola. Fuera de encuadre: el reloj que marcó las dos.