Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 10
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Capítulo 10

Pie de foto original: «Tarde de libros y té. Sin planes hasta el martes».

Me lo dijo la bibliotecaria, con el ordenador de cara a ella y la pantalla de cara a nadie.

Antes había mirado a Leti, y la cámara de Leti, y había dicho «para grabar hay que pedir permiso», y Leti había dicho que lo había pedido el jueves, y la bibliotecaria había dicho «ah, entonces son los de la agenda» con el tono de quien lleva una semana viendo a su hijo mirar el móvil. Tecleó mi nombre, esperó, y dijo:

Lo dijo sin reproche, que es peor. La gente que trabaja en las bibliotecas municipales ha visto tantas cosas que no reprocha; consigna.

Voy a decir lo que había pasado, porque me lo estaban diciendo a mí delante de una cámara y de un hombre que lo sabía mejor que yo.

En octubre de 2011 saqué dos libros de esta biblioteca, la del barrio, la que está en un primero con escaleras y tiene una sala de estudio que en 2011 era el único sitio caliente de Lavapiés que no cobraba.

Venía por las tardes con el portátil de Nacho a robar enchufe y radiador.

La bibliotecaria de entonces me dejaba. La de hoy no sé si es la misma; tiene la misma manera de no mirar la pantalla.

Los saqué con mi carné, que me habían hecho esa misma semana.

Los saqué para una foto. «Tarde de libros y té».

Yo con los dos libros en el regazo, en el sofá del salón, con una taza, con la luz de la tarde entrando por la izquierda, con cara de leer.

No los leí. No leí ni la primera página.

Los elegí por el lomo: gordos, con el título en dorado, de esos que hacen que una foto parezca una vida.

Una novela rusa de ochocientas páginas y una francesa de quinientas.

El té era una bolsa que habíamos usado dos veces.

Los planes hasta el martes eran no tener planes porque no había dinero para tenerlos.

Mientras él los leía, aquel invierno, yo escribía las entradas de noviembre en el portátil de Nacho, en la misma mesa. Leíamos los dos, cada uno una cosa: él una novela, yo las estadísticas del blog. A mí me parecía que hacíamos lo mismo.

Y luego los libros se quedaron en la estantería del salón, y llegó diciembre, y llegó 2012, y llegó todo, y yo no volví a la biblioteca porque en 2012 ya no necesitaba una sala caliente, y en 2014 inventarié el piso de Tribulete con un becario y una pistola de etiquetas y los libros no estaban en la estantería, y no me pregunté por qué, porque en 2014 no me preguntaba nada que tuviera que ver con esa estantería.

La entrada de aquel día sigue en Blogspot, con tres comentarios, uno de mi madre. No la he vuelto a abrir.

Estaban en Carabanchel. En una estantería de un piso de un cuarto sin ascensor, al lado de un calendario de la agencia. Desde 2014. Los había visto yo el veintiséis de septiembre sin verlos, porque uno no mira los lomos de la estantería de alguien a quien va a pedirle una firma.

—Los leí —dijo Tomás.

Lo dijo a la bibliotecaria, no a mí. Puso los dos libros encima del mostrador, uno encima del otro, con las etiquetas de la biblioteca en el lomo, amarillas, con el código que usaban entonces.

—Los dos. Ese invierno.

—Me alegro —dijo la bibliotecaria—. Pero el carné no es suyo.

—No.

—Entonces la devolución la hace ella. —Miró a Tomás—. ¿Y usted tiene carné?

—No.

—Pues hágaselo. Lee.

Me miró a mí. Leti tenía la cámara arriba.

Óscar no había venido, porque el sábado por la mañana era de Óscar y porque una biblioteca no tiene presupuesto de producción; tiene un mostrador.

Tomás había venido con los libros en la mochila, andando, una hora y media, y cuando le pregunté si no podía haber cogido el metro con dos libros de ochocientas y quinientas páginas dijo que pesaban lo mismo que entonces.

Cogí los libros. La novela rusa pesaba como una losa. Los pasé por encima del mostrador. La bibliotecaria tenía un bolígrafo atado al mostrador con un cordel, como en 2011. Las cosas que no se roban se siguen atando igual.

La bibliotecaria los leyó con la pistola.

Abrió la rusa por la mitad, la miró de canto, y dijo: «Estos los ha leído alguien.

Se nota en el lomo. Los que no se leen vuelven nuevos».

El ordenador hizo un ruido. Tecleó. Volvió a teclear.

Miró la pantalla un rato largo, y yo pensé en la multa, porque lo primero que piensa una persona que ha dirigido una empresa durante trece años es cuánto cuesta, y luego pensé en el titular, porque lo segundo que piensa es cómo se cuenta.

Hice la cuenta con la vista en el techo, porque las cuentas se me hacen solas: si existiera una multa de dos céntimos al día por libro, serían doscientos diecisiete euros.

No existía. Me sentí, durante un segundo, estafada por una institución que no me cobraba nada, y luego me sentí lo que era: una persona que lleva trece años esperando que todo tenga precio.

—No hay multa —dijo la bibliotecaria—. Las bibliotecas municipales no cobran. Solo bloqueamos. Y ya está desbloqueada. —Tecleó una vez más—. El carné de entonces ya no sirve; era de cartón. Le hago uno nuevo. ¿Sigue viviendo en la misma dirección?

—No.

—¿Sigue en Madrid?

—Sí.

—Pues entonces sí.

Me dio un carné de plástico con mi nombre y la fecha de hoy. Diez de octubre de 2026. Alta de usuaria. Quince años después de la primera alta, en el mismo mostrador, con otro ordenador y con las mismas escaleras.

Leti lo grabó todo. Grabó el carné nuevo, grabó las etiquetas amarillas, grabó a la bibliotecaria leyendo los libros con la pistola, y luego bajó la cámara y preguntó lo que iba a preguntar todo el mundo:

—¿Y de qué van?

Miré a Tomás. Él miró los libros, que ya estaban al otro lado del mostrador, en el carrito de devoluciones, con un libro de cocina encima.

—La rusa va de una mujer que se casa con quien no debe y se enamora de quien no puede —dijo—. La francesa también. La francesa es más corta porque la mujer se muere antes.

La bibliotecaria se rio. Leti se rio. Yo no, porque estaba haciendo cuentas: él había leído mil trescientas páginas de mujeres que se equivocaban de hombre en el invierno de 2011, en un piso sin calefacción, mientras yo escribía pies de foto sobre tardes de lectura que no existían, y nunca me había dicho ni una palabra de lo que había dentro.

—¿Por qué no me lo dijiste?

—Los tenías tú. En la foto. Yo solo los leí.

—Quince años.

—Los leí en dos meses. Lo demás fue guardarlos.

—¿Y qué había dentro? Aparte de mujeres que se equivocan.

Tardó. Miró el carrito, donde la rusa ya tenía el libro de cocina encima.

—Hay una parte en la que ella mira un tren. La leí tres veces. Luego dejé de leerla porque me la sabía.

No pregunté más. No hacía falta que dijera cuándo la había leído tres veces; se le notaba en la fecha que no decía.

«Lo demás fue guardarlos». Lo había dicho así, sin más, y yo entendí que ahí estaba lo que no era bonito.

Guardar durante tres lustros dos libros de la biblioteca que otra persona sacó con su carné no es amor.

No solo. Es no devolver. Es tener en una estantería, al lado del calendario de la agencia, una cosa que te obliga a acordarte de que hay una cuenta abierta.

Tomás no había devuelto los libros porque devolverlos era venir a Lavapiés, subir estas escaleras y decir mi nombre en un mostrador.

Prefirió tener la deuda a cerrarla. Eso también es él.

Lo fue en 2014 con la carta que no contestó, y lo era hoy, con dos libros que había traído andando para que los devolviera yo.

Guardar es lo contrario de devolver y lo contrario de tirar.

Es no decidir. Y yo, que decidí todo, que en 2014 inventarié tres bolsas de basura vacías y les puse código, no guardé nada.

Ni un libro. Él guardó dos y yo etiqueté la basura.

Cada uno se queda con lo que sabe hacer.

Nos hicimos la foto en la sala de lectura, con permiso de la bibliotecaria, que puso dos condiciones: sin flash y sin gente detrás.

Había cuatro personas estudiando. Un chico con auriculares nos miró y volvió a su libro; los de las salas de lectura son la única gente de Madrid a la que una cámara no le interesa.

Tomás sacó del carrito de devoluciones los dos libros, que ya no eran míos ni suyos, y me los puso en el regazo, en una silla al lado de la ventana, con la luz de la mañana entrando por la izquierda porque la de la tarde no iba a llegar y él no la iba a esperar.

—Una taza —dijo Leti.

—No hay taza —dijo la bibliotecaria—. No se puede beber aquí.

—En 2011 tampoco se podía, y la foto tenía taza —dije yo.

—En 2011 la foto era en vuestra casa.

Tomás no dijo nada. Sacó de la mochila una taza. Una cualquiera, blanca, de las suyas. La puso en la mesa de la sala de lectura, vacía. La bibliotecaria la miró y decidió que una taza vacía no es beber.

—Abre la rusa —dijo Tomás.

—¿Por qué?

—Porque en 2011 la tenías cerrada. Se nota. La tenías cerrada y la mano encima, como se sujeta un libro que no se está leyendo.

La abrí. Por la mitad, al azar. Página cuatrocientas y algo. Empecé a leer, sin querer, porque cuando abres un libro delante de alguien que lo ha leído, lees. Había una mujer en una estación. Había un tren. Levanté la vista.

Tomás disparó.

—Esa —dijo.

Hizo diez más, por oficio, pero se quedó con esa, en la que yo había leído siete líneas de una novela que había fingido leer entera, y se me notaba en la cara que era la primera vez.

Leti quiso que leyera una frase en voz alta para el clip. Dije que no. Hay cosas que se hacen delante de una cámara y cosas que no, y leer siete líneas por primera vez era de las segundas, aunque acabara de hacer la primera delante de tres personas.

Tomás, antes de bajar, le dio las gracias a la bibliotecaria por lo del lomo. Ella dijo que no era nada, que su trabajo era mirar cómo vuelven las cosas.

Salimos a las once. Leti se fue a la oficina a montar el clip. Tomás y yo bajamos las escaleras de la biblioteca, que son las mismas, y en la puerta él se paró.

—¿Qué vas a sacar?

—¿Cómo?

—Con el carné. Tienes carné. ¿Qué vas a sacar?

No lo había pensado. Tenía un carné de plástico en el bolsillo de la gabardina y no había pensado en usarlo, porque desde 2011 sacar un libro era hacer una foto con un libro.

—No lo sé.

—Cuando lo sepas, sácalo. Y devuélvelo.

Se fue andando hacia el sur. Yo me quedé en la puerta con el carné en el bolsillo y con la sensación, que no me gustó, de que me acababan de dar una tarea.

Llevo trece años dando tareas. Se me había olvidado cómo pesan cuando te las dan a ti, y cuánto pesan cuando te las da alguien que ha esperado desde 2011 a que devuelvas lo suyo.

El brindis de la noche anterior había sido sin él.

Cinco en un bar de Preciados, Leti con una cerveza que no se acabó, Óscar con la tablet apagada por primera vez desde el uno, Chus contando cifras de la primera parte con la voz baja que pone en las presentaciones, y yo con seis castañas en el bolso, frías, que no me había comido y que no había tirado.

Las tiré esa mañana antes de salir. Me quedé con el cucurucho de papel.

No sé por qué. Sí lo sé: se guardan las cosas que no se pueden devolver, y un cucurucho vacío no se le devuelve a nadie.

A las cuatro Leti me mandó el clip para aprobación: la bibliotecaria, la pistola, el carné, «la francesa es más corta porque la mujer se muere antes», mi cara leyendo siete líneas.

Cuarenta y cuatro segundos. Lo aprobé sin cortar nada.

Escribí el texto en casa, en la mesa de la cocina, con el carné nuevo al lado del portátil, la hoja de roble de Alcorcón al otro lado y el cucurucho de papel del viernes, vacío, encima de la nevera, que es donde se están juntando las cosas que no sé dónde poner.

Pensé en sacar la rusa. Pensé que eso sería copiarle.

Pensé que llevo trece años copiándole y cobrando por ello, y que un libro más no iba a notarse. No la voy a sacar. Todavía.

A las ocho salió, con la aprobación de Ramiro llegada media hora antes y sin una sola línea debajo.

Leí dos comentarios.

«Ochocientas páginas de una rusa que se equivoca de hombre, leídas en un piso sin calefacción por el fotógrafo. Yo también quiero un cofundador».

«Yo tengo un libro de la biblioteca desde 2016. Mañana lo devuelvo. Gracias, supongo».

El primero lo cerré rápido.

Fuera de encuadre. Día 10. No leí los libros. Los saqué por el lomo. El té era una bolsa usada dos veces. Los leyó otra persona ese invierno y los ha tenido quince años en una estantería sin decírmelo. Hoy los he devuelto yo, con mi carné, sin multa. Tengo carné nuevo. No sé qué voy a sacar.