Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 9
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Capítulo 9

Pie de foto original: «Doce castañas. La mejor inversión del mes».

T rini encendió el brasero a las cinco y media y a las cinco y treinta y cuatro ya sabía quién era yo.

No me lo dijo. Lo hizo como lo hacía su madre: dejó de mirar la cámara que llevaba colgada y me miró la cara, y luego miró a Sara, que estaba a dos metros con Leti, y volvió a las castañas, y a la tercera vuelta del cucurucho de papel dijo, sin levantar la vista:

—Los de las tres.

Lo dijo como se dice un apellido.

Sol a las cinco y media de un viernes de octubre es una plaza que no se deja fotografiar.

Gente que sale del metro, gente que entra, dos policías con la moto aparcada en la acera, una estatua viva de plata que cobra por foto, tres grupos con paraguas de guía.

Óscar traía un permiso de la Junta de Distrito para quince minutos en un radio de tres metros alrededor del puesto, y lo enseñaba a todo el que se paraba, aunque nadie se lo pidiera.

Leti había quedado en no grabar caras que no fueran nuestras, y en Sol eso es como quedar en no mojarse en el mar.

Es el primer día de temporada del puesto de Sol.

Lo sé porque lo puso en un cartel de cartón escrito a mano, «Hoy abrimos», y porque Óscar lo había comprobado tres veces por teléfono con una señora que no sabía si le hablaba de un permiso o de una compra.

La señora era Trini. El puesto es el mismo: chapa verde, chimenea corta, el brasero de hierro, la esquina con Preciados, el metro escupiendo gente por debajo.

Trini dobla los cucuruchos como los doblaba su madre, con el pulgar, sin mirar, tres vueltas y un pellizco, y los deja en fila en el borde de la chapa.

Eso es lo que se hereda de verdad en un puesto: no el sitio, la manera de doblar.

La castañera no es la misma. Encarna se quedó en casa hace cuatro años, con una rodilla que no baja escaleras, y Trini heredó el puesto, el sitio y la memoria, que en este oficio se vende junto.

—Mi madre os sacaba de ejemplo —dijo—. Los chicos de las tres castañas. Cuando alguien se quejaba del precio, decía: yo he regalado tres castañas a dos que no llevaban ni para una y no se ha hundido el negocio.

Sara se acercó. Leti, detrás, con la cámara de los clips en la mano y sin levantarla todavía, porque Leti ha aprendido que hay gente que se calla cuando ve una cámara y gente que habla más, y todavía no sabía de cuál era Trini.

La foto nueve es de noviembre de 2011, no de octubre.

La agenda dice octubre porque Sara la puso en el día nueve y el día nueve es octubre.

Era un jueves de noviembre, de noche, con la Puerta del Sol mojada y las luces de Navidad a medio colgar.

Habíamos ido andando desde Tribulete porque el bono de diez viajes se había acabado el martes y el siguiente era el viernes.

Entre los dos llevábamos un euro con diez en monedas.

El cucurucho costaba dos cincuenta. Sara se quedó mirando el brasero como se mira un escaparate, y Encarna, con un delantal con el nombre bordado y torcido, sin preguntar, metió tres castañas en un cucurucho de papel y se lo puso en las manos y dijo: «Para que sepáis a qué huele».

Sara escribió «doce» porque doce era el número del cucurucho entero, y «la mejor inversión del mes» porque no habíamos invertido nada.

La foto son las manos de Sara, con las uñas mordidas y sin esmalte ese día, sosteniendo un cucurucho con tres castañas, iluminadas desde abajo por el brasero. En ninguna otra se le ven las uñas. Nadie lo ha notado desde entonces.

En 2011 la hice de rodillas, en la acera mojada, con la cámara a la altura del brasero y Sara de pie delante, con las manos temblando, no de emoción, de frío. Le dije que no las moviera. Las movió. La foto salió bien por eso.

—Doce —dijo Óscar, con la tablet—. Cucurucho de doce. Cuatro cincuenta.

—Tres —dije yo.

—El pie dice doce.

—El pie mentía. La foto tenía tres.

—Podemos poner doce en el cucurucho y contar tres en el texto.

—La foto no miente por el texto. Miente sola o no miente.

Trini escuchaba con las castañas. Tiene el gesto de su madre de escuchar sin parar de trabajar, que es un gesto que se aprende cuando el trabajo no espera a que la gente termine de hablar.

—Tres os pongo —dijo—. Pero doce las pagáis.

Óscar apuntó. Es lo que hace.

Sara sacó las manos de los bolsillos. Se las miró. Las uñas enteras, con esmalte transparente. Cerró los puños y los abrió.

—Tú eres la de la calabaza —le dijo Trini a Sara, sin dejar la pala—. La del vídeo. Me lo mandó mi madre por el móvil de la vecina. Lo vio cuatro veces. Dice que se te ha puesto cara de gente que no come.

Sara no contestó. Trini tiene la costumbre de su madre de decir la verdad como se dice el precio.

Le puso el cucurucho en las manos, con tres castañas dentro y una nube de vapor que salía por arriba, y yo bajé la cámara a la altura del brasero, a cuarenta centímetros, y esperé a que el vapor hiciera lo que hace el vapor cuando el aire está a diecisiete grados y las castañas a ochenta.

Trini nos dio la espalda para no salir. Disparé nueve veces. Me quedé con la tercera. En la tercera, Sara había dejado de sujetar el cucurucho como se sujeta un producto y lo sujetaba como se sujeta una cosa caliente.

Después, Leti levantó la cámara de los clips. Trini vio la cámara y habló más. Era de las segundas.

—Y luego volvió —dijo, señalándome con la pala—.

Este. Al año siguiente. En noviembre también.

Solo. Mi madre me lo contó porque no se lo creía.

Pidió un cucurucho de doce, lo pagó entero, con billete, y se lo dio a un señor que estaba esperando el metro.

Sin decir nada. Se lo puso en la mano y se fue.

Mi madre estuvo una semana diciendo: los de las tres castañas han vuelto y han pagado el doble. Pero no eran los dos. Era este.

Leti no bajó la cámara. Óscar dejó de apuntar. Sara se giró.

Yo no había contado eso. No lo había contado a nadie.

Nacho no lo sabe. Mi madre no lo sabe. En noviembre de 2012 acabábamos de discutir por dinero, por primera vez, por los cuatrocientos euros de la colaboración de los colchones y por quién había hecho qué para ganarlos.

Yo tenía veinticuatro años, mi primera boda pagada y setenta euros que eran míos, de mi trabajo, sin hoja de cálculo, y quise que hubiera una cosa en Madrid que estuviera pagada entera por mí y que nadie pudiera repartir.

Fui a Sol un jueves por la noche solo, y pagué un cucurucho de doce, y no me lo comí, porque no era para comérselo.

Era para pagarlo. Se lo di a un hombre con abrigo que miraba el reloj del metro, y el hombre me dijo «gracias, chaval», y yo me fui andando a Tribulete, donde Sara estaba escribiendo la entrada de aquella semana y no le dije nada, porque decirlo era convertirlo en otra cosa.

Sara me miró. Tenía el cucurucho en las manos y tres castañas dentro, que se estaban enfriando.

—¿Por qué?

No dijo «por qué no me lo contaste». Dijo «por qué». Sara sabe hacer preguntas cortas cuando quiere que la respuesta sea larga.

No contesté.

Saqué la cartera. Le di a Trini un billete de cinco.

—Doce.

Trini me miró como me había mirado su madre: sin preguntar, sin dejar de trabajar.

Llenó un cucurucho de doce. Me lo puso en la mano.

Cogí tres castañas del cucurucho, con los dedos, quemándome lo justo, y las puse en el de Sara, con las otras tres.

Seis. Luego me giré hacia la cola, que era una cola de tres personas, y le di el cucurucho con las nueve que quedaban a una chica con auriculares que esperaba su turno.

—Ya está pagado —le dije.

La chica se quitó un auricular.

—¿Qué?

—Que ya está pagado.

Se quedó con el cucurucho en la mano y con cara de que le hubieran dado una cosa que no había pedido, que es la cara que pone todo el mundo.

Leti lo grabó. La siguió con la cámara hasta la escalera del metro y luego la bajó, porque la chica ya no era nuestra.

Óscar no apuntó nada, porque no había línea para eso.

Sara no dijo nada. Tenía seis castañas en un cucurucho de papel y las manos calientes, y miraba a la chica de los auriculares, que ya se iba escaleras abajo hacia el metro comiéndose una.

—Eso no es una respuesta —dijo.

—Es la que hay.

—Tomás.

—No.

No era un no a ella. Era un no a la pregunta, y ella lo entendió, porque se ha pasado la vida oyendo a gente decir que no a preguntas para no decir que no a personas. Se metió una castaña en la boca sin pelarla del todo, que es lo que hacía en 2011, y se quemó, que es lo que le pasaba en 2011.

Pelé una castaña del cucurucho de Sara sin pedirle permiso. Me la comí. Estaba bien tostada, que es lo único que se le puede pedir a una castaña.

Trini nos cobró cuatro cincuenta y me devolvió cincuenta céntimos, que me guardé.

Óscar apuntó: castañas, cuatro cincuenta; permiso, cero; localización, cero, por decisión de la localización.

Es la pieza más barata de la campaña y la que más ha costado.

Óscar quiso pagarle algo más por el sitio, por las molestias, por la cámara.

Trini dijo que no, que el sitio era del Ayuntamiento y las molestias eran suyas, y que si querían darle algo, que pusieran el nombre del puesto debajo de la foto, que su madre lo iba a ver en el móvil de la vecina.

—Castañas Encarna —dijo—. Con el nombre de ella, no con el mío. Yo solo lo llevo.

Y luego, mientras Óscar guardaba la tablet, me dijo bajito, para mí:

—Mi madre pregunta si os casasteis.

—No.

—Ya.

Lo dijo como se dice el precio.

Leti apuntó eso. Es lo que hace Leti cuando alguien dice una frase que ella no habría sabido escribir. Óscar preguntó si eso iba en el crédito y Leti dijo que sí antes de que Sara abriera la boca.

Me fui a las seis y media, andando, con la cámara. Leti había organizado un brindis del equipo en un bar de Preciados por la primera parte de la campaña.

—Vamos todos —dijo—. Es a las siete.

—Tengo que descargar las fotos.

—Se descargan solas.

—Las mías no.

Me lo dijo de una manera que no era una invitación y tampoco lo contrario, y yo le contesté de una manera que era verdad y no era la razón. Sara estaba a tres metros con el cucurucho todavía en la mano. No dijo «ven». No dijo «no vengas». Miró las castañas.

Sara se fue con ellos al bar. La vi girar por Preciados con el cucurucho todavía en la mano, sin comerse ninguna, y con Leti hablándole de algo que ella no oía.

Bajé por Carretas, por Atocha, por la Ronda.

Entre Carretas y Atocha conté las veces que Sara me ha preguntado «por qué» en todo este tiempo: cuatro.

He contestado a una, y era la que no importaba.

En el paseo de las Delicias me acordé de que en 2012 había hecho el mismo camino de vuelta con setenta euros menos cinco en el bolsillo y con la sensación de haber pagado una deuda que nadie me había cobrado.

Hoy la sensación era otra. Hoy la deuda tenía una testigo y una cámara de clips, y la testigo me había preguntado por qué, y yo había contestado dando castañas a una desconocida, que es lo que hago con las cosas que no sé decir: dárselas a alguien que no me va a preguntar.

No es generosidad. Es una manera de que la cosa salga de mí sin pasar por nadie que la conozca.

En casa saqué del bolsillo de la chaqueta la copia del papel, la que escribí el jueves, y la puse en el cajón de la mesa de trabajo, debajo de las facturas. No en la nevera. La nevera ya tenía una cosa colgada y no hacía falta otra.

El correo llegó a las siete y diecisiete, de Chus. Sin nota. Nueve. Faltan veintidós y ya se ha gastado la única cosa que yo no había contado.

A las ocho salió. Las manos de Sara de 2011, con las uñas mordidas, a la izquierda.

Las manos de Sara de hoy, con esmalte transparente, a la derecha.

Tres castañas en las dos. Debajo, el texto: que eran tres y no doce, que Encarna las regaló, que el puesto se llama Castañas Encarna y lo lleva Trini, y que en 2012 «alguien» volvió y pagó un cucurucho entero y se lo dio a un desconocido.

Sin decir quién. Sin contar que ese alguien había hecho lo mismo hoy delante de ella.

Sin la pregunta. Debajo, además del mío, otro crédito, en el mismo cuerpo: «Castañas Encarna, Puerta del Sol».

Era la primera vez que Manual ponía debajo de una foto el nombre de alguien que no cobraba.

Un comentario, y cerré.

«Lo del cucurucho pagado un año después me ha dejado sin nada que decir, y eso que soy de Sol».

Nota de la toma.

Luz de brasero, desde abajo, a cuarenta centímetros; el vapor, a diecisiete grados de aire. Sus manos, a la distancia de un cucurucho de papel; las mías, con una castaña que no pedí. Fuera de encuadre: nueve castañas bajando al metro.