Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 8
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Capítulo 8

Pie de foto original: «Empezamos. No sabemos qué es esto».

E l jueves a las nueve, Óscar buscó la palabra «papel» en un inventario de cuatrocientas doce líneas y la tablet le devolvió cero resultados, y yo supe, antes de que lo dijera, que iba a decirlo dos veces.

—Cero.

Buscó «nevera». Cero. Buscó «manuscrito», que es una palabra que no se le ocurre a nadie más que a Óscar. Cero. Buscó «origen», porque Chus lo llama así en las presentaciones. Cero. Buscó «Manual». Cuatrocientas doce.

—No está —dijo.

—Ya.

—No está en el guardamuebles. No está en ninguna caja de esta oficina. No está en el almacén de Vallecas, que lo he llamado. Lo que sale en la foto ocho no existe en el inventario.

—Existía.

—Pues no lo inventariaste.

Chus, desde la puerta, dijo que él no lo había visto nunca en físico. Que pensaba que era una foto de archivo. Que en doce años había enseñado ese papel en doce presentaciones y nunca se le había ocurrido que el papel estuviera en algún sitio.

Eso era verdad. En agosto de 2014, con el becario y la pistola de etiquetas, lo inventarié todo lo que había en el piso de Tribulete que hubiera salido en una foto.

El papel no estaba en el piso. No estaba en la nevera.

No me acuerdo de cuándo dejó de estar. Lo busqué en mi cabeza como Óscar en la tablet.

Enero de 2014: cero. Diciembre de 2013: uno, una noche en que abrí la nevera a las dos de la mañana para sacar un vino que no era mío, y estaba.

Después de eso, nada. Un día abrí la nevera y no estaba, y no pregunté, porque en enero de 2014 no se preguntaban cosas en aquella casa. Se recogían bolsas.

La foto ocho es un trozo de papel de cuaderno, arrancado, con una frase escrita a mano en rotulador negro y un imán de pizzería en la esquina, en la puerta de una nevera blanca con una pegatina del butano.

«Manual para sobrevivir a octubre». Debajo, más pequeño, «Día 1».

Es la foto que abre la agenda desde 2014, en la primera página, antes del calendario.

Es la foto que está en la solapa. Es la foto que Chus llama «el origen» en las presentaciones, y yo también, y la gente la conoce mejor que a la de las mantas, porque es la que enseña que esto empezó con nada.

Empezó con un papel. Y el papel no está.

Tomás llegó a las nueve y cuarto. Óscar le contó lo del inventario en tres frases. Tomás escuchó las tres, miró la nevera de la cocina de la oficina, que es de acero mate y no tiene ni un imán, y dijo:

—Hace falta un papel.

—No hay papel —dije.

—Hay papel en la impresora.

Fue a la impresora. Sacó un folio. Lo miró. Lo dobló, lo desdobló, arrancó un trozo por un lado para que no fuera un folio sino un trozo, y se sentó a la mesa de la cocina con un rotulador negro de los de la pizarra de Leti.

—El otro era de un cuaderno de cuadros —dijo, sin mirar a nadie—. De los de enfermería de Nacho. Este no tiene cuadros.

—No importa.

—Sí importa. Pero no hay otro.

—En la agenda es el día ocho —dije.

—Lo ordenaste tú.

—Lo ordené yo.

—¿Por qué el ocho?

—Porque el uno era el café.

—El uno era el papel.

No contesté. Tenía razón y no era el momento de tenerla él.

Y escribió.

Lo escribió sin mirar la foto. Nadie de la oficina miraba otra cosa. Carla se había parado en la puerta con dos cafés. Dani tenía la boca abierta. Leti, que había visto esa foto ampliada a dos metros en la feria de Fráncfort, se acercó con la cámara bajada.

—Es la misma letra —dijo Leti.

—Es la misma mano —dijo Tomás.

Leti me miró.

—Pensaba que era tuya. La letra. En la presentación de marca pone que la escribiste tú la primera noche.

—Lo pone —dije.

—¿Y el «Día 1»? —preguntó Carla.

—También él.

No dije más. No hacía falta. Leti apuntó algo mentalmente, que es lo que hace cuando no puede apuntarlo en el portátil, y Carla dejó los cafés y no dijo nada, y yo me di cuenta de que en mi oficina había cuatro personas que acababan de enterarse de una cosa que yo llevaba desde 2014 contando al revés en las presentaciones de marca.

Tomás dejó el rotulador. Miró el papel. Lo giró hacia mí.

«Manual para sobrevivir a octubre. Día 1».

Con el mismo trazo en la eme, que se le cierra por arriba. Con el mismo punto de la i, que es una raya. Con la misma prisa.

—¿Dónde está el original? —le pregunté.

No contestó. No dijo que no lo sabía, que es lo que dice la gente. No dijo nada. Cogió el imán, uno de los de Leti, con un dinosaurio, y lo pegó en la nevera de acero, y colocó el papel debajo, un poco torcido, como estaba el otro.

—El uno de octubre de 2011 —dijo—. Por la tarde. A las cuatro y algo.

—Lo sé.

—No lo sabes.

Lo dijo sin levantar la voz. Óscar se fue a la sala grande. Carla y Dani se fueron detrás de Óscar. Leti se quedó, y luego se fue, y cerró la puerta de la cocina, y por primera vez desde que trabaja conmigo no me pareció que estuviera haciendo su trabajo.

—Te llegó un correo —dijo Tomás—. A las cuatro y doce. Lo sé porque miraste el reloj de la cocina antes de abrirlo, y luego lo miraste después, y no había pasado ni un minuto. Era el número sesenta y uno.

Sesenta y uno. La cuenta la llevaba yo en una hoja pegada en la puerta de mi habitación, con rayas de cinco en cinco.

Sesenta y una empresas en cuatro meses. La sesenta y uno era una agencia de la calle de Orense que me había hecho tres entrevistas.

Existe todavía. Desde 2019 es cliente de Manual. Les hacemos el regalo de Navidad.

—Te reíste —siguió—. Con la boca cerrada.

Como te ríes cuando vas a llorar. Y te fuiste al baño.

Y yo me quedé en la cocina y no sabía qué hacer, porque a ti no se te podía decir nada cuando te reías así, y cogí el cuaderno de Nacho, que estaba encima de la nevera, y arranqué una hoja y escribí eso.

Era una broma. Una cosa que hacer cada día hasta que pasara octubre.

Para que hubiera algo que hacer. Lo pegué con el imán de la pizzería de la esquina y me fui a comprar pan, para no estar cuando salieras.

—Y cuando salí, estaba en la nevera.

—Y me preguntaste qué era eso. Y te dije que un manual. Y me preguntaste para qué. Y te dije que para octubre. Y te reíste otra vez, con la boca abierta.

—Y esa noche abrimos el blog. En el portátil de Nacho. A las once y media.

—Subimos dos fotos. El café de la mañana y el papel.

—Y yo puse «Empezamos. No sabemos qué es esto».

—Tú pusiste el pie.

—Yo puse el pie.

Y luego puse el nombre en un dominio, en 2011, y en un contrato, en 2013, y en un registro de marcas, en 2014, a mi nombre, con mi firma, en la oficina de patentes de la Castellana, donde una funcionaria me preguntó si era una marca de ropa.

Y en la solapa de una agenda que se ha reeditado doce veces, y en la faja, y en la web, debajo de «fundada por Sara Quintana en 2011», que también lo escribí yo.

La palabra que da nombre a mi empresa la escribió un hombre en un trozo de cuaderno de Nacho para que yo saliera del baño.

Y la faja de esa agenda, «Sobrevive a octubre», es una frase que dije yo el treinta y uno de ese mes, en esa cocina, a ese hombre, con una calabaza en medio. Chus la convirtió en claim en 2016 sin saber de dónde venía, y yo dije «ok a todo».

Dos frases. Una de él para mí. Una mía para él. Las dos en la misma agenda. Una la registré a mi nombre. La otra la vendo en una faja a treinta y nueve euros. Ninguna de las dos se dijo para eso. Las dos las vendo yo.

No lo dije. Miré el papel. Miré la letra.

La eme cerrada. Miré el imán con el dinosaurio.

No lo miré a él, porque si lo miraba a él en la cocina de mi oficina con la puerta cerrada, iba a pasar una cosa que no era una foto, y esa cosa yo no la tenía en el calendario ni en el presupuesto ni en ningún sitio donde pudiera contarla.

Mujer de treinta y seis años delante de un papel de esta mañana. Sin filtro. Sin pie.

—Haz la foto —dije.

La hizo. Nevera de acero, imán de dinosaurio, papel torcido. Luz de cocina de oficina, la de todos los días, que él no tapó con nada. Disparó cuatro veces. Se quedó con la última.

Cuando terminó, despegó el papel del imán, lo dobló en cuatro y se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta. Óscar no lo vio. Yo sí. La nevera de acero se quedó con el dinosaurio y sin nada debajo.

Cuando salió de la cocina, Chus estaba en el pasillo. Había oído lo suficiente, porque en esta oficina las paredes son de cristal por razones de marca. No dijo nada a Tomás. Esperó a que se fuera al fondo, y entró.

—Nunca me contaste que el nombre lo escribió él.

—No lo sabía nadie.

—Lo sabías tú.

—Lo sabía yo.

Chus miró la nevera: el dinosaurio y el hueco de debajo.

—Yo he hecho doce presentaciones diciendo que lo escribiste tú la primera noche. Con la foto. Con la voz baja que pongo en esa parte.

—Ya.

—¿Y lo del claim? ¿La frase de la faja?

Lo miré. Chus lleva doce años conmigo. Chus convirtió esa frase en claim porque yo se la di, porque estaba en una entrada del blog de noviembre de 2011 titulada «Sobrevivimos», y en la entrada estaba en plural, y él la puso en singular, y yo dije que sí.

—Eso lo hablamos otro día.

—Eso lo hablamos otro día —repitió, y era la primera vez que Chus me repetía una frase para que oyera cómo sonaba.

Se fue. Chus tiene una lista de otros días conmigo. Nunca la ha cobrado. Empiezo a pensar que la guarda.

Leti entró después, con el portátil.

—¿Cambio la presentación de marca? Lo del origen.

—Después del treinta y uno.

Lo dije y lo oí. Era la frase de Ramiro. Leti apuntó «después del 31» en el portátil y yo me quedé con la frase en la boca, que sabía a otra persona.

Los números de la primera parte, que Leti dejó en la mesa sin leerlos en voz alta: ocho piezas, catorce millones y medio de visualizaciones acumuladas, la vela por delante de todas. Una semana. La burla estaba hecha. Lo que venía después no tenía nombre todavía en la hoja de Chus.

El correo llegó a las siete y trece, de Ramiro. «Pieza 08 aprobada para publicación a las 20:00». Y debajo, una línea: «Lo del jersey, lo hablamos después del 31».

Después del treinta y uno. Cuando la cesión se hubiera extinguido, cuando la campaña hubiera terminado, cuando Hogaria hubiera decidido. Ramiro no dice que no. Pone fecha. No había venido a la oficina en todo el día; el correo salió desde donde estuviera.

Óscar guardó en la caja de la campaña la cinta de carrocero de la vela y una hoja de roble de Alcorcón. El papel de hoy, no. Preguntó dónde estaba.

A las ocho salió la pieza ocho. La primera parte de la campaña, terminada. La nevera de Tribulete a la izquierda, con el butano; la de acero a la derecha, con el dinosaurio. La misma letra en las dos.

Leí un comentario. Solo uno, porque no quería el segundo.

«Ese papel deberíais enmarcarlo. Es el origen de todo».

Leti me escribió a las ocho y dos: «Publicada. Primera parte cerrada. ¿Brindamos?». Le dije que mañana.

Me quedé en la oficina hasta las nueve. Le dije a Óscar que no sabía dónde estaba la copia. Era la segunda vez en un día que alguien en esa cocina no contestaba a esa pregunta, y la segunda era yo.

Abrí la nevera de acero. Tres yogures de Leti y un táper con la crema de calabaza del domingo, la que no me comí. Me comí tres cucharadas de pie, fría. Estaba buena. Con sal.

Pensé en llamar a Nacho para preguntarle por el cuaderno de cuadros. No lo llamé. Nacho contesta a lo que se le pregunta, y yo no quería esa respuesta por teléfono, ni un jueves, ni de él.

Tomás se había ido a las seis, andando, sin decir adónde, y yo no se lo pregunté, porque ya le había hecho una pregunta ese día y no me había contestado, y no quería saber si la segunda tampoco.

Antes de escribir abrí la agenda de este año, la de la pila del recibidor, por la solapa. «Fundada por Sara Quintana en 2011». La cerré. La puse debajo de las otras, que es una manera de no hacer nada.

Escribí el texto tres veces. La primera decía la verdad: quién lo escribió, para quién, qué día. La borré. La segunda decía media: que lo escribió «alguien de la casa». La borré, porque media verdad es lo que escribe alguien que quiere que se note que esconde. La tercera es esta.

Fuera de encuadre. Día 8. El papel de la nevera no está en el guardamuebles. Lo hemos buscado en tres cajas y en un inventario de cuatrocientas doce líneas. El de hoy es una copia, escrita a mano esta mañana. La marca se llama así desde 2013. Empezamos. Seguimos sin saber dónde está.