Capítulo 7
Pie de foto original: «El jersey de octubre. No preguntéis dónde se compra».
E l guardamuebles de Vicálvaro tiene una luz que cae de arriba, blanca, sin sombra, y que no deja que nada tenga sitio.
—¿Por qué de espaldas? —me preguntó—. En la original. Sara está de espaldas.
—Porque la foto era el jersey.
—Pero se le ve el pelo. Largo.
—Se le ve lo que no es el jersey. Eso es distinto.
Sara miró por la ventanilla. Óscar puso el intermitente.
El guardamuebles está en un polígono con tres naves iguales y una gasolinera. Fuera había sol, del bueno, de las once de la mañana en octubre. Dentro, no. Fuera se quedó.
En la entrada había un chico con un polo de la empresa que pidió la autorización.
Óscar la enseñó en la tablet. El chico miró la pantalla, miró a los cuatro, y nos dio un carrito que no íbamos a usar.
En el mostrador había una tarifa: trastero mediano, ochenta y nueve euros al mes.
Manual lleva desde agosto de 2014 pagando ochenta y nueve euros al mes por guardar lo que había en un piso de Lavapiés.
Lo calculé en el pasillo, antes de que Óscar encontrara la puerta: casi trece mil euros por guardar la ropa de mi madre y un cazo.
Trastero doscientos catorce. Doce metros cuadrados.
Veintiséis cajas. Un piso entero de tres personas cabe en doce metros cuadrados si quitas a las personas.
Una puerta de chapa que Óscar abrió con un código de seis cifras que leyó en la tablet.
Dentro, estanterías de metal hasta el techo y cajas de cartón con el logo de Manual impreso, no pegado.
Cada caja, un código. Cada código, una etiqueta blanca del mismo tipo que la de la taza de Nacho.
Óscar las leyó con la tablet al entrar, una por una, y la tablet hacía un ruido corto cada vez que reconocía algo suyo.
Sara se quedó en la puerta. No entró hasta que Óscar hubo leído la tercera caja.
—Lo inventarié yo —dijo—. En agosto de 2014. Un becario, una pistola de etiquetas y una tarde. Todo lo que había en el piso de Tribulete que fuera de la marca.
—¿Que fuera de la marca?
—Que hubiera salido en una foto.
Lo dijo mirando la estantería, no a mí. La tablet sonó otra vez.
Voy a decir lo que había, porque lo medí.
Estante uno, a la altura de la rodilla: cajas MAN-UT, utensilios.
Un cazo abollado. Tres tazones desparejados, envueltos por separado en papel de burbujas, con la etiqueta pegada en el papel y no en la loza, que es un detalle que alguien decidió.
Un cuchillo de pan, MAN-UT-0088, en su caja, con el filo hacia dentro. El que talló la calabaza. No lo toqué.
Estante dos, a la altura de la cadera: MAN-PP, papel.
La agenda de 2014, doce ejemplares. Cajas de las velas de 2013.
Carteles de la primera Navidad. Y, al fondo, en una bolsa, tres bolsas de basura negras, vacías, dobladas, MAN-UT-0090, 0091 y 0092.
Las de las hojas. Sara inventarió tres bolsas de basura vacías porque habían salido en una foto.
No lo dije. Lo miré el tiempo suficiente para que ella viera que lo miraba.
Y en el estante dos, en una bolsa pequeña, MAN-TX-0009, CALCETINES, LANA, ESTADO MALO. Los de la foto seis. Los que no se secaron nunca. Estaban secos. Llevaban doce años secos en una bolsa con el aire sacado, y ayer Óscar había alquilado un radiador de sesenta y dos kilos para mojar otros.
Estante tres, a la altura del pecho: MAN-TX, textil.
Bolsas de plástico transparente con cierre, de las que se usan para guardar edredones, cada una con su etiqueta.
MAN-TX-0001, MANTA, ACTIVO TEXTIL, ESTADO REGULAR.
La manta. La única. La de la foto tres, la de los seis pies, de lana marrón con el borde deshilachado por el lado que daba a la pared.
Estaba doblada en cuatro dentro de la bolsa, con el aire sacado.
La foto tres la habíamos hecho el sábado con cuatro mantas nuevas mientras esta estaba aquí, a treinta y cinco minutos de la oficina. Óscar no lo sabía. Sara sí.
Y al lado, MAN-TX-0417.
JERSEY MOSTAZA, ACTIVO TEXTIL, ESTADO BUENO.
Doblado por los hombros, las mangas cruzadas por delante, dentro de una bolsa con cierre, con el aire sacado.
En 2011 olía a la casa de mi madre. Las bolsas con el aire sacado no dejan oler nada.
El punto se veía a través del plástico. El punto suelto de la manga izquierda, donde se notaba que lo había hecho una persona y no una máquina.
Me quedé donde estaba. A un metro. No me acerqué porque desde un metro se ve lo que hay que ver y desde menos se ve otra cosa.
Mi madre tejió ese jersey en el invierno de 1986.
Se lo puso veinte inviernos. En octubre de 2011 me lo dio para una foto, porque yo se lo pedí, porque hacía frío en el piso y Sara quería una foto con un jersey que pareciera de siempre, y en casa de mi madre las cosas parecen de siempre porque lo son.
Me dijo: «Me lo traes». Se lo dije a Sara.
Sara lo colgó en una percha de la puerta del salón para que no se arrugara.
En enero de 2014 me fui del piso con dos bolsas, y el jersey no estaba en ninguna, y no lo pedí, porque pedir un jersey en enero de 2014 era pedir otra cosa.
Mi madre no lo volvió a nombrar. En 2015 Manual sacó la réplica.
Ciento veintinueve euros. Sale en la web con el título «Jersey de octubre».
Mi madre lo vio en un escaparate de la calle de Alcalá, en 2015, un martes por la mañana, camino de una cita que tenía.
Se paró. Lo miró desde fuera, con las manos en el bolso.
Dijo: «Está bien hecho». Y seguimos andando. Lo sé porque iba con ella.
Nunca ha cobrado nada. No hay papel. No hay línea en ningún informe. En el informe de Hogaria el jersey no existe, porque el informe habla de fotografías, y un jersey no es una fotografía. Es un jersey.
Sara lo sabía. Sara lo metió en la bolsa. Sara escribió «estado bueno».
—Es de mi madre —dije.
Óscar miró la tablet.
—Está inventariado como activo textil de Manual. Número cuatrocientos diecisiete. Entró en el inventario el once de agosto de 2014.
—Me lo llevo.
—No puedo darle salida.
—No te he pedido que le des salida. Te he dicho que me lo llevo.
Óscar no se movió. No es un hombre que se mueva cuando la tablet le dice una cosa. Miró a Sara.
—Lo autorizo yo —dijo Sara.
—Desde agosto, con la revisión de Hogaria, ningún activo del inventario sale sin firma de Ramiro. —Óscar lo dijo sin gusto, como quien lee un cartel—. Lo pusiste tú en el correo del veintiséis de agosto.
—Lo puse yo.
—«Ok a todo».
Sara cerró la boca. La abrió. La cerró. No dijo nada.
El correo del veintiséis de agosto era el de la revisión de Hogaria: inventario congelado, nada entra, nada sale, hasta el cierre.
Lo había aprobado en el mismo hilo que otras catorce cosas.
Se lo vi en la cara: no se acordaba de haberlo leído, y sabía que no se acordaba.
Yo tampoco. Me quedé donde estaba, a un metro, con la cámara colgada y las manos quietas, porque hay cosas que se quedan quietas solas. Leti tenía la cámara de los clips levantada y la bajó sin que nadie se lo pidiera.
Sara me miró. Sé lo que vio, porque lo había visto antes: en un salón de Tribulete, en una azotea, en la puerta de una habitación que no era la mía.
Se lo vi en la cara: dejó de hablar. Sara no deja de hablar; lo que hace es cambiar de tema.
Esta vez no cambió de tema. Se quedó callada a un metro y medio de mí y a dos del jersey, y los tres nos quedamos así, en una luz que no dejaba que nadie tuviera sombra, hasta que Óscar carraspeó.
—Se lo pido a Ramiro esta tarde —dijo Sara—. Por escrito.
—Por escrito —dije yo.
No era una pregunta. Era el mismo tono con que Ramiro había leído «pobreza energética». Lo oí en mi voz y no me gustó y no lo cambié.
Óscar dijo que, si Ramiro firmaba, él mismo le daba salida en cinco minutos. Lo dijo mirando la tablet. Es lo más cerca que Óscar llega de pedir perdón, y lo hizo bien.
Hicimos la foto.
Sara quería ponérselo. Lo dijo así: «Me lo pongo y hacemos la foto como la original».
La original es Sara con el jersey en la azotea de Tribulete, de espaldas a la cámara, mirando Madrid, con las mangas por encima de las manos porque el jersey era de talla de hombre y ella tenía veintiún años.
«No preguntéis dónde se compra» lo escribió ella porque la gente preguntaba.
Y ahora se compra en la web, y el original está en una bolsa con el aire sacado.
—No —dije.
—Es la recreación. Es lo que hemos hecho con la taza, con las hojas, con las mantas.
—La taza la trajo Nacho. Las hojas volvieron al sitio. Esto no vuelve a ningún sitio. Está en una bolsa con un número.
—Me lo pongo cinco minutos y lo devuelvo a la bolsa.
—No te lo vas a poner delante de una cámara con una etiqueta que pone activo.
No lo dije más alto. Lo dije más despacio. Sara se quedó con las manos a los lados. En la azotea de 2011 se lo puso porque hacía frío y porque yo se lo di. Hoy no se lo daba.
—La recreación es esto.
Encuadré la bolsa en la estantería. La etiqueta en primer plano, el código legible, el jersey detrás del plástico, con el punto suelto de la manga a la izquierda.
Luz de nave, sin ayuda. No puse el panel.
No había nada que imitar; esa luz no había existido nunca en ninguna foto nuestra, y por eso era la correcta.
Disparé seis veces. La primera.
—Es una foto de un jersey en una bolsa —dijo Sara.
—Es una foto de un jersey en una bolsa con un código de barras. Es la única verdadera que vamos a hacer este mes.
Leti preguntó si podía grabar la etiqueta para el clip.
Le dije que sí. Grabó la etiqueta, el código, la bolsa, el estante entero con sus números, y la tablet de Óscar sonando.
Preguntó si podía grabarme a mí mirándola.
Le dije que no, y no me preguntó por qué, que es lo que hace Leti bien: sabe cuándo la respuesta ya está en la pregunta.
La luz del pasillo del guardamuebles se apagaba sola cada diez minutos. Cada diez minutos, Leti levantaba un brazo y volvía. Lo hizo cuatro veces. Cuarenta minutos dentro. Los conté por los brazos de Leti.
Salimos a la una. Óscar cerró la chapa. La tablet dejó de sonar.
En la furgoneta, Sara llamó a Ramiro desde el asiento de delante, con el manos libres apagado, y yo oí la mitad.
«Un jersey». «Es de la madre de Tomás». «Sí, está en el inventario, por eso te lo pido».
«Ya sé que la revisión». «Por escrito, sí».
Y luego un silencio largo y un «lo miro».
Colgó. No se giró. Óscar puso la radio y la quitó.
—Lo mira —dijo.
Veintitrés minutos de vuelta hasta la oficina. Sara no aguanta veintitrés minutos sin hablar. Aguantó.
Ramiro dice «lo miro» como otros dicen que no. No es que no lo mire. Es que ya lo ha mirado.
A las siete di clase. Les puse a fotografiar una bolsa de plástico con cierre con algo dentro.
Un jersey mío, uno cualquiera, con una etiqueta blanca que escribí en la escuela.
Doce alumnos, doce bolsas, doce etiquetas que se inventaron ellos.
Una puso «recuerdo». Otro puso «mío». Nadie puso «activo».
Una alumna dijo que la luz de la clase era muy fea para eso.
Le dije que la luz fea también es una luz, y que a veces es la única que dice la verdad.
El correo llegó a las siete y ocho, de Ramiro, en mitad de la clase: «Pieza 07 aprobada para publicación a las 20:00». Sin nota. Del jersey, nada. Siete.
La pieza la vi a las nueve y cuarto, en la acera, al salir.
Sara de espaldas en una azotea, con las mangas por encima de las manos, a la izquierda.
Una bolsa de plástico con un código de barras, a la derecha.
Debajo, su texto: que el jersey era de la madre del fotógrafo, que lo tejió ella, que lo prestó para una foto, que la réplica cuesta ciento veintinueve euros y que el original está guardado en un almacén con un código.
No decía que no se lo habían devuelto. No decía que mi madre no ha cobrado nada.
No decía quién puso el código. El código lo pegó un becario; la orden la dio ella.
Esa distinción la hace la gente que ha tenido becarios.
Leí un comentario y cerré.
«¿Manual guarda los jerséis de las fotos con código de barras? Es lo más triste que he visto hoy y llevo el día entero en LinkedIn».
No llamé a mi madre. Se lo diré con el jersey en la mano, no antes. Es lo que ella habría hecho.
En casa, la factura de julio seguía en la nevera. La dejé. Al lado no había sitio para nada más, y tampoco había nada que poner.
Nota de la toma.
Luz de nave, blanca, desde arriba; nada tiene sombra, nada tiene sitio. El código, a doce centímetros de la etiqueta; el jersey, a un metro; la firma, en otro despacho. Fuera de encuadre: quién lo tejió.