Capítulo 6
Pie de foto original: «Nuestra vela de octubre. Huele a lo que queremos que huela».
E l lunes a las diez, con la cámara de Leti grabando y catorce velas de treinta y cuatro euros encendidas en la estantería de la línea de octubre, dije la verdad a una lente y Leti apagó la cámara antes de que terminara la frase.
—No soporto la canela.
Lo dije así. Sin pie de foto delante. Con la vela en la mano.
Leti apretó el botón, miró la pantalla, me miró a mí.
—Repetimos.
—No.
—Sara. Es el producto.
—Es la verdad.
—Es el producto —repitió, y le tembló un poco la voz, porque Leti tiene veintinueve años y lleva cuatro escribiendo «huele a octubre» en todas las descripciones de la web.
Voy a contar lo de la vela como es, porque desde 2013 lo cuento como no es.
La vela de la foto costó un euro y medio en un bazar de la calle de Argumosa.
Era blanca, gorda, sin olor, de las que se compran para los cortes de luz.
La compré el cuatro de octubre de 2011 porque el casero no cogía el teléfono y en la casa había una bombilla por habitación.
Le dibujé una etiqueta con un rotulador negro: una ventana, tres líneas de lluvia y la palabra «octubre» con una letra que no era la mía de verdad.
La pegué con celo. Tomás la fotografió encendida en la mesa de la cocina y yo escribí: «Huele a lo que queremos que huela». No olía a nada. Eso era lo bueno.
En 2013, cuando Ramiro puso el dinero, lo primero que fabricamos fue esa vela.
Cien unidades, un taller de Vallecas, la etiqueta dibujada por mí otra vez, con el mismo rotulador.
Le pusimos olor porque Ramiro dijo que una vela sin olor no se vende, y el olor que eligió el taller, porque yo dije que me daba igual, fue canela.
Se vendieron las cien en nueve días. Hoy cuesta treinta y cuatro euros, hay ocho variantes y todas llevan canela, porque la primera la llevaba y el cliente vuelve a lo que conoce.
Yo llevo trece años en una oficina que huele a canela y respiro por la boca desde las nueve de la mañana.
Nadie lo sabía. Tomás lo sabía en 2011, porque en 2011 yo no podía entrar en una pastelería en diciembre.
Pero Tomás no sabía lo del taller ni lo de Ramiro ni lo de la elección que no hice, y no se lo iba a contar delante de catorce velas.
—Publícalo —le dije a Leti.
—No puedo publicar que la directora creativa odia el olor del producto.
—No odio el olor del producto. No soporto la canela. El producto es la foto de una vela que no olía a nada.
—Eso no lo va a entender nadie.
—Lo va a entender todo el mundo que haya comprado una cosa por cómo se veía.
Leti llamó a Chus. Chus vino, escuchó, miró las velas, me miró.
—Es tu texto —dijo.
—Es mi clip.
—Es tu clip. Yo apruebo. —Miró a Leti—. Grábalo otra vez. Entero. Que no parezca un accidente.
Lo grabé otra vez. Entero. Dije que no soporto la canela y que llevo trece años respirando por la boca en mi propia oficina, dije lo del bazar y el euro y medio, dije que la etiqueta la dibujé yo y que la palabra «octubre» de la vela de hoy sigue siendo mi letra, ampliada y limpiada, en treinta y cuatro euros de cera.
No dije lo del taller. No dije lo del olor que no elegí.
Hay verdades que caben en cuarenta y cinco segundos y verdades que necesitan un contrato.
Antes de la foto, Tomás me pidió un rotulador.
Le di el negro de la pizarra. Me pidió que dibujara la etiqueta.
Otra vez. Sobre un trozo de cinta de carrocero, con la ventana, las tres líneas de lluvia y la palabra «octubre», y que la pegara encima de la etiqueta impresa de la vela de treinta y cuatro euros, que es mi etiqueta de 2011 pasada por un estudio de diseño y por doce años de imprenta.
La dibujé en la mesa de la cocina, de pie, en cuarenta segundos, con la letra que no es mi letra de verdad.
Me salió igual. Eso fue lo raro: que me saliera igual.
Tomás hizo la foto en cuatro minutos. Una vela de la marca en la mesa de la cocina, encendida, con la cinta de carrocero tapando la etiqueta y el dibujo hacia la cámara.
Al lado, fuera de plano, una vela blanca de bazar que había traído él en la mochila.
Gorda, sin olor, de las de cortes de luz.
No sé de dónde la había sacado; el bazar de Argumosa cerró en 2017 y ahora es una tienda de vinilos.
No la usó. La dejó allí, apagada, como se deja un testigo.
Chus asomó antes de irse.
—Ramiro ha preguntado si lo de la canela va en el texto o solo en el clip.
—En los dos.
—Es lo que le he dicho.
Ramiro aprobó a las siete y once sin nota. Ninguna línea en cursiva. Era la primera vez que no ponía nada, y no poner nada, en Ramiro, es una forma de mirar el reloj.
A las ocho salió. El texto decía lo del bazar, el euro y medio, el rotulador y la cinta de carrocero. No decía lo del taller. Me fui a casa. No leí nada. En mi casa no hay canela. Es lo único de mi casa que no está en la web.
El martes a las nueve y media, Leti entró en mi despacho con el portátil y la cara de alguien que no ha dormido por una razón buena.
—Es la mejor pieza. Con diferencia.
—¿Cuánto?
—Dos millones cien en doce horas. Sesenta mil compartidos. Y el clip lo ha cortado la mitad de Madrid.
Me leyó tres comentarios porque no se los pedí.
«Yo tampoco soporto la canela y tengo tres velas vuestras. Las compro por la etiqueta».
«La directora creativa de Manual respirando por la boca trece años es la cosa más millennial que he leído».
«Ojo, que esto es marketing igual. Solo que mejor».
El tercero, otra vez, era el bueno.
—Está funcionando —dijo Leti.
—Está funcionando la sinceridad.
—Pues es lo que hay que hacer.
Eso era lo que me daba miedo. No que funcionara. Que fuera lo que había que hacer. Llevo quince años sabiendo lo que funciona y haciéndolo. Si lo que funcionaba ahora era decir la verdad, iba a tener que decirla, y de la verdad yo sé menos que de las velas.
Día 6. «Calcetines en el radiador».
Pie de foto original: «Los calcetines de lana ya están listos. El radiador, también».
El radiador llegó a las siete y media de la mañana en un camión pequeño, con dos hombres y una carretilla, y pesaba sesenta y dos kilos.
Hierro fundido, ocho elementos, blanco desconchado, de los que se sacan de un piso antiguo cuando lo reforman para alquiler turístico.
Óscar lo había alquilado a una empresa de atrezo de Móstoles: ciento cuarenta euros el día, noventa de transporte, ida y vuelta, y una fianza de trescientos que no se devolvía si se rompía, y un radiador de hierro fundido no se rompe, pero la fianza se pone igual.
Los dos hombres lo subieron por la escalera del portal, un piso, con el ruido que hace el hierro contra el mármol, y lo dejaron en la cocina donde Tomás señaló.
Uno de ellos preguntó dónde se conectaba.
Óscar dijo que no se conectaba. El hombre miró a Óscar, miró el radiador, y firmó el albarán con la cara de alguien que ya ha visto a gente con dinero hacer cosas raras.
La oficina tiene suelo radiante. Lo pusimos en 2019, cuando reformamos, porque Chus dijo que una marca que vende otoño no puede tener a la gente con abrigo en la mesa.
Está a veintitrés grados desde octubre hasta abril.
En 2011 el radiador del salón de Tribulete estaba frío desde el uno de octubre, y la lavadora se rompió el día doce, y los calcetines de lana, los únicos que teníamos, los lavé a mano en el fregadero con el jabón de los platos y los puse en el radiador porque no había otro sitio donde ponerlos.
No se secaron. No se secaron en cuatro días.
Me los puse húmedos el quinto porque hacía frío, y Tomás hizo la foto el cuarto, cuando todavía estaban en el radiador, goteando, y yo escribí que el radiador «también» estaba listo, y me pareció gracioso, y lo era.
Hoy los calcetines eran de la marca: lana merina, veintinueve euros, gris jaspeado. Óscar los mojó en el fregadero. Los escurrió. Los puso en el radiador de sesenta y dos kilos.
Y entonces pasó lo que tenía que pasar en una oficina con suelo radiante: el radiador de hierro, frío, en contacto con un suelo a veintitrés grados, empezó a calentarse por abajo. Despacio. Como calienta el hierro. A los diez minutos, Tomás tocó el calcetín de arriba y dijo:
—Se está secando.
—No puede ser.
—Toca.
Toqué. Se estaba secando. El radiador que en 2011 no secó nada en cuatro días estaba secando unos calcetines de veintinueve euros en once minutos, porque estaba encima del único suelo caliente de la historia de esta marca.
—Mójalos otra vez —dijo Tomás, y Óscar los mojó, y Tomás disparó en los dos minutos siguientes con la prisa de alguien que fotografía una cosa que se está deshaciendo.
Dani preguntó si podía quedarse los calcetines cuando acabáramos. Le dije que estaban mojados. Dijo que ya se secarían.
Óscar apuntó: radiador, doscientos treinta; fianza, trescientos; calcetines, veintinueve; agua, gratis. Calcetines que nunca se secaron, por quinientos cincuenta y nueve euros, secándose. Es una frase que Leti no va a poder usar.
La sesión terminó a las once. Tomás recogió el panel, lo guardó en el armario con su etiqueta, se colgó la mochila, y se quedó en el pasillo un segundo más de lo que se queda alguien que se va.
Y yo dije lo que no tenía pensado decir.
—¿Un café?
Se lo dije a la mochila, no a él. Lo miré después.
Tardó. Lo conté: tres segundos, que en Tomás es una conversación entera.
—Vale.
Lo dijo así. Como lo decía entonces. Tomás dice «vale» para las cosas que no están nada bien y que va a hacer de todas formas. En 2011 «vale» quería decir que no iba a discutir y que tampoco se iba a olvidar. No sé lo que quería decir hoy. Sé que lo dijo.
Fuimos al bar de la esquina de Ríos Rosas, no al de la escuela. Este tiene mesas más grandes. Nos sentamos en una de las grandes, uno frente al otro, con un metro de mármol entre las manos, que es mucho más de lo que hay en cualquier otra mesa a la que nos hayamos sentado.
Pedí un cortado. Pidió un café solo. En 2011 lo tomaba con leche y dos azúcares y me lo robaba de la taza. No dije nada de eso. Él tampoco.
Hablamos del radiador. De que la empresa de Móstoles cobraba la fianza por adelantado.
De que los hombres del camión tenían que volver a las cinco.
De la clase del miércoles, que era mañana, y de que la semana anterior había puesto a los alumnos a fotografiar un radiador, y de que nadie lo había fotografiado bien porque nadie sabía que un radiador se mira desde abajo.
—¿Escribes? —preguntó.
—Pies de foto.
—Eso no es escribir.
—Es lo que hay.
No insistió. Lo dejó ahí, encima del mármol, al lado de los sobres de azúcar, y yo no lo recogí.
Lo que no dije, en orden: que en 2011 escribía dos mil palabras al día y que desde 2014 no he pasado de sesenta; que la vela de bazar de ayer la reconocí; que el café solo me había sorprendido más que la palabra de antes.
Se quitó las gafas para limpiarlas con el borde de la camiseta.
Sin gafas tuvo la cara de 2011 durante cuatro segundos.
Se las volvió a poner y volvió a tener treinta y ocho años.
Yo removí el cortado más veces de las que hacía falta.
Él no removió nada. Miró la calle un rato y luego me miró a mí, y cuando me miró, yo miré los sobres de azúcar, que eran tres, y los ordené.
Doce minutos. Los conté. Ninguno dijo nada que importara y los dos lo sabíamos, y eso era lo que importaba. No era una cita. No era una conversación. Era dos personas respirando en la misma mesa, con cuidado, como se respira al lado de alguien que duerme.
Pagué yo. Puse el billete antes de que él sacara nada. No dijo nada. En el bar de la escuela había dejado cuatro euros para que yo no pudiera hacer eso. Hoy me dejó.
En la acera me dijo «hasta mañana» y se fue andando hacia el sur, y yo me quedé mirando cómo se iba, que es una cosa que no hacía desde enero de 2014, y me di la vuelta antes de que doblara la esquina, para que quedara claro que no lo estaba haciendo.
Los hombres del camión volvieron a las cinco y se llevaron el radiador por la escalera, con el mismo ruido. Óscar firmó el segundo albarán. La cocina se quedó con el suelo caliente y sin nada encima que lo demostrara.
Escribí el texto en el despacho, con la puerta cerrada. Escribí «café» en la primera versión y lo borré. No era del radiador.
El correo de Chus llegó a las siete y dieciséis. A las ocho salió el radiador.
Fuera de encuadre. Día 6. El radiador de la foto estaba frío. El de hoy, también, pero el suelo de la oficina está a veintitrés grados y los calcetines se han secado en once minutos. En 2011 tardaron cuatro días y me los puse húmedos. Mañana, el jersey de la foto siete. Sé dónde está.