Capítulo 5
Pie de foto original: «Domingo. Manta. Nada que hacer y nadie que nos lo pida».
E l sábado a las diez, Ramiro leyó la frase en voz alta en la sala grande, con la puerta abierta, y yo la oí desde el pasillo con una manta de ciento sesenta y nueve euros en cada brazo.
—«Romantizamos la pobreza energética».
No la leyó como una pregunta. Ramiro no hace preguntas. La dejó encima de la mesa como se deja una factura que ya se ha decidido no pagar.
Sara estaba de pie al otro lado de la mesa, con el portátil abierto y la gabardina en el respaldo de una silla. No la había visto llegar. Había llegado antes que yo, que había llegado a las nueve, y eso, en Sara, es una forma de hablar.
Dejé las mantas en el suelo del pasillo, encima de las otras dos, y me quedé donde estaba. No es escuchar detrás de una puerta si la puerta está abierta y las mantas son tuyas para la foto.
—Es un problema de producto —dijo Ramiro—. No de estilo. La palabra pobreza al lado de una manta de ciento sesenta y nueve euros es un problema de producto.
—Es la verdad.
—La verdad no está en el contrato. En el contrato está la foto vieja, la foto nueva y un texto aprobado.
—El texto es mío.
—El texto es tuyo. La aprobación es mía. Y el producto es de los dos.
Sara tardó un segundo. No cuatro. Un segundo es lo que tarda cuando ya tiene la respuesta y está decidiendo si la dice.
—Vendemos la foto de una manta, Ramiro. La manta la compra otra persona.
Lo que vendemos nosotros es la sensación de que esa manta viene de algún sitio.
Y viene de aquí. De una calefacción rota de octubre a enero y tres personas durmiendo en el suelo del salón porque era la habitación con menos ventanas.
—Pues cámbialo por «frío». «Romantizamos el frío». Es la misma frase y no lleva la palabra pobreza.
—Lleva la palabra pobreza porque era pobreza.
Ramiro miró el papel. Miró el reloj, que es lo que hace cuando una conversación le está costando dinero por minuto.
—Lo apruebo —dijo—. Bajo tu responsabilidad. Y lo pongo en el correo.
—Siempre ha sido bajo mi responsabilidad.
—Ahora va por escrito.
Y salió de la sala, pasó a mi lado, miró las cuatro mantas del suelo, dijo «buenos días» y se fue al despacho del fondo.
No había levantado la voz. No la levanta nunca.
Lo que hace Ramiro es mover una cosa del sitio de las opiniones al sitio de los papeles, y ahí gana siempre, porque los papeles son suyos.
Sara cerró el portátil. Me vio en el pasillo.
—¿Cuánto has oído?
—Desde «pobreza».
—Pues lo has oído todo.
Cogió su gabardina, la volvió a dejar, y se puso a hacer lo que hace cuando no quiere seguir hablando: contar. Cuatro mantas. Una sala. Una lámpara de pie que iba a hacer de ventana. Un domingo que era sábado.
La foto de 2011 es la única de la agenda en la que se ven tres personas, aunque no se les vea la cara.
Un nido de mantas en el suelo del salón de Tribulete, una taza, un libro abierto boca abajo, y seis pies asomando por el borde.
Los del medio son los de Sara, con los calcetines de lana de otra foto.
Yo la hice con temporizador, desde encima de la estantería, y corrí a meterme debajo antes de los diez segundos.
En el pie de foto ella escribió «nadie que nos lo pida».
Lo que nadie nos pedía era pagar la calefacción, porque nadie sabía que estaba rota.
El casero tardó tres meses en enviar a alguien.
Nosotros tardamos tres meses en dejar de dormir en el salón.
Óscar quería hacerla en el sofá del recibidor. Le dije que no había sofá en la foto y que la gente no duerme en el suelo si tiene sofá. Le dije que hacían falta seis pies. Me miró con la cara que le pone a las facturas, y luego miró a Leti, y Leti dijo que ella tenía pies.
Puse la lámpara de pie donde estaba la ventana del salón, a la izquierda, baja, con el difusor.
Extendí dos mantas en el suelo, una encima, y dejé la cuarta doblada fuera de plano, porque en 2011 no había cuarta manta y hoy no la iba a inventar.
Óscar se quitó los zapatos con la cara de alguien que ha aprobado un presupuesto para eso.
Leti se metió la primera y se rio. Sara se descalzó sin sentarse, apoyándose en la pared, y se metió en el medio.
Los pies de Sara siempre estaban fríos. En 2011 los metía debajo de mis piernas sin preguntar.
Hoy llevaba unos calcetines grises de los de la marca y no los metió debajo de nada.
Los dejó fuera, en el borde, en el sitio de la foto, y se quedó mirando el techo de la sala grande como si el techo estuviera haciendo algo.
Disparé desde encima de la mesa de reuniones. Doce veces. Me quedé con la novena, en la que Óscar había dejado de parecer un hombre haciendo un favor.
Noa llegó a las doce.
Nadie me lo había dicho, y tampoco tenía por qué.
Venía por una colaboración de mantas contratada en agosto, antes del vídeo, antes de todo: mil doscientos euros por tres piezas en sus redes con producto de la marca.
Óscar lo tenía en la hoja. Vino sola, con una mochila, sin luz propia, con el jersey de réplica en una bolsa porque le habían dicho que se lo pusiera y no se lo había puesto para venir.
La vi entrar en la cocina, donde Sara estaba de pie con un café, y la vi pararse en la puerta como quien no sabe si la puerta es suya.
—Quería pedirte perdón —dijo—. Por lo del guion.
Sara dejó el café.
—¿Perdón por qué?
—Por decir esa frase como si fuera mía. Me dieron el texto y lo leí como… No sabía que era de la marca. Ni que iba a… —Hizo un gesto hacia el pasillo, hacia la oficina, hacia todo—. Lo del vídeo. Fue por mí.
—Te dieron un papel. Lo aprobé yo. Sin leerlo. No fue culpa tuya.
—Igual.
—Igual no. Mía.
Noa asintió. No parecía convencida, y Sara no hizo nada por convencerla más, y yo, desde el pasillo, con la cámara colgada, apunté lo que se podía apuntar sin explicarlo.
Noa tenía las uñas comidas hasta el borde, con esmalte encima para que no se notara.
Se notaba. Antes de tocar la manta del expositor preguntó cuánto costaba.
Cuando Leti le dijo ciento sesenta y nueve, la tocó de otra manera.
Y cuando Sara le dijo que podía usar la sala grande, dijo «gracias» tres veces, que es una vez por cada mil euros que le iban a pagar.
Antes de empezar su sesión, Noa se acercó a mí en el pasillo, con la manta doblada en los brazos.
—¿Tú eres el del crédito? El cofundador.
—Eso pone.
—En la foto de las mantas se ven tres pares de pies. ¿Uno era tuyo?
—El de la derecha.
Asintió, muy seria, y se lo guardó. Se fija en los pies. Sara, en 2011, también se fijaba en lo que nadie miraba, y luego lo ponía en el pie de foto.
Sara la miraba desde la puerta de la cocina. No la miraba como a una chica de veinticinco años. La miraba como a una foto propia que alguien ha encontrado en un cajón.
No dije nada. Bajé la cámara. Esa no la hice.
El correo llegó a las siete y catorce. Lo mandó Ramiro: «Pieza 03 aprobada para publicación a las 20:00. Texto bajo responsabilidad de S. Quintana. R. Ibarra». Guardé el correo en la carpeta. Tres.
A las ocho salió. La foto vieja con seis pies; la nueva con seis pies.
Debajo, el texto de Sara: cincuenta y cinco palabras.
La calefacción rota de octubre a enero, tres personas en el suelo, el salón con menos ventanas, y la frase entera, sin cambiar.
No decía que el casero tardó tres meses.
No decía que uno de los tres pares de pies lo había puesto hoy una community manager. Leí dos comentarios y cerré.
«Pobreza energética con mantas de ciento sesenta y nueve. Ok».
«En 2012 dormíamos así en Vallecas y no teníamos mantas de marca. Teníamos abrigos».
Día 4. «Crema de calabaza por seis euros».
Pie de foto original: «Cena para tres por seis euros. Receta abajo».
El domingo a las nueve y media, el hijo del frutero de Argumosa me dijo que las calabazas con un lado malo iban al contenedor y que no me iba a vender una.
Tenía la misma cara que su padre y otro delantal.
El padre, en 2011, nos había regalado una calabaza de cuatro kilos porque le había salido un lado blando y no la iba a poder vender.
La cortamos en la cocina, tiramos un tercio, y con el resto comimos cuatro días.
En el pie de foto Sara puso «seis euros» porque seis euros sonaba a cena y cero euros sonaba a lo que era.
Y puso «receta abajo». La receta eran tres líneas: calabaza, cebolla, agua, sal. Se olvidó de poner la sal.
—No me la vendas —dije—. Regálamela.
—Las que tienen lado malo no se regalan. Se tiran.
—Tu padre me regaló una en 2011.
Me miró. Miró la cámara colgada del hombro. Miró la calle, por si había más gente como yo.
—Mi padre regalaba muchas cosas. Por eso llevo yo la tienda.
Se metió en la trastienda y salió con una calabaza de tres kilos y medio, con una mancha marrón del tamaño de una mano en un costado.
—Seis euros.
Pagué seis euros por una calabaza que iba al contenedor. En 2011 fue gratis y el pie decía seis. La cuenta cuadraba, quince años tarde y al revés.
En la oficina había una estilista de comida.
Óscar la había contratado para tres horas, tarifa de domingo, trescientos ochenta euros.
Tenía una maleta con pinzas, un pulverizador de agua, aceite en un frasco con pipeta y unas pipas de calabaza tostadas en una bolsa pequeña.
Se llamaba como se llaman las estilistas y tenía todo el derecho a estar allí, porque alguien la había llamado.
Puse la calabaza en la encimera con la mancha hacia mí y hacia la cámara, y saqué mi cuchillo. Había traído el mío. En la cocina de Manual había una máquina de café de mil doscientos euros y ningún cuchillo que cortara.
—Yo me encargo del emplatado —dijo la estilista.
—No hay emplatado. Hay tres tazones desparejados y un cazo.
—Un hilo de aceite y unas pipas tostadas hacen mucho.
—En 2011 no había hilo de aceite. Había aceite. Y no había pipas porque las pipas se las comió Nacho crudas la noche anterior.
Sara entró en la cocina en ese momento. Venía de la sala grande, donde las mantas seguían como las había dejado Noa el sábado. Se quedó en la puerta.
Corté la calabaza por la mitad. Corté la mitad mala por donde se veía que había que cortar, a un centímetro del marrón, y tiré el trozo.
Pelé lo demás con el cuchillo y no con el pelador, porque la piel de calabaza no se pela, se corta.
Cebolla: en cuartos, luego en láminas, sin llorar, que es una cosa que se aprende con los años y con la cebolla.
Todo al cazo con agua hasta cubrir, sal desde el principio.
Probé con una cuchara a los veinte minutos. Rectifiqué la sal. Trituré.
Sara seguía en la puerta. No me miraba a mí. Miraba la tabla y lo que pasaba encima de la tabla.
Yo miraba la tabla y aun así lo sabía. Hay una forma de que te miren las manos que se nota en la nuca. En 2011 en aquella cocina cortaba yo, y cortaba mal, y lo sabíamos los tres. Hoy no lo dijo nadie.
La estilista pulverizó agua sobre un tazón y yo lo sequé con el paño.
—Es para que parezca recién hecho.
—Está recién hecho.
Serví tres tazones. Los puse en la encimera, con la calabaza cortada detrás, la mancha hacia la cámara, y la cebolla en su sitio. Luz de la ventana, que hoy era luz de domingo de verdad, tapada por detrás con una manta de las cuatro para que pareciera la tarde. Disparé ocho veces. La sexta.
Óscar apuntó: calabaza, seis euros; estilista, trescientos ochenta; hora de Tomás, incluida. Cena para tres por trescientos ochenta y seis euros. Nadie lo dijo en voz alta. Lo pensamos todos, y Sara lo pensó primero, porque se le vio en la boca.
La estilista se comió un tazón de pie. Dijo que estaba buena. Lo estaba.
Sara no se comió el suyo. Lo dejó en la encimera, con la cuchara dentro.
—En la receta se me olvidó la sal —dijo—. Tres líneas y se me olvidó la sal. Quince años y nadie lo ha dicho.
—La gente no hace las recetas. Mira las fotos.
Se fue a escribir el texto. Antes de salir dijo, sin mirarme:
—Antes no sabías cortar.
—No.
—¿Cuándo…?
No terminó la pregunta. Yo no terminé la respuesta. Cogió el portátil y se fue, y el tazón se quedó enfriándose al lado de la calabaza, que es donde se quedaban las cosas en 2011 también.
El correo llegó a las siete y nueve, de Chus. Sin nota. Cuatro.
A las ocho salió. Tres tazones en 2011, tres tazones hoy, la calabaza con su mancha en las dos. El texto de Sara decía que la calabaza fue gratis y que los seis euros eran inventados y que la comieron cuatro días. No decía quién cortó. Un comentario, y cerré.
«Yo he comido crema de calabaza cuatro días seguidos en mi vida y no me hizo falta ninguna agenda para sobrevivirlo».
Nota de la toma.
Luz de domingo tapada con una manta para que pareciera tarde; la calabaza a treinta centímetros, el lado malo hacia mí. Sara en la puerta, a dos metros y medio, mirando la tabla. Fuera de encuadre: unas manos que en 2011 no sabían cortar.