Capítulo 4
Pie de foto original: «El otoño ha subido tres pisos sin ascensor».
A las seis y cinco de la mañana, en la puerta de la oficina, Óscar abrió la furgoneta y me enseñó doscientos cuarenta euros de otoño.
Dos cajas de cartón con asas. Dentro, hojas secas.
Roble, arce y algo que el proveedor llamaba «mix bosque», calibradas por tamaño, tratadas para que no se rompieran, sin bichos, sin humedad, sin tierra.
Venían de un almacén de decoración de escaparates de Alcorcón.
Óscar las había pedido el lunes, con el presupuesto aprobado por mí, porque yo había aprobado el presupuesto de producción entero en un correo que decía «ok a todo».
Empiezo a entender mi problema con ese correo.
Tomás cogió una hoja. La miró contra la luz de la farola. La soltó.
—No.
—Están perfectas.
—Por eso. En el Retiro no hay ninguna hoja perfecta. Estas son de otro sitio. Se nota en el color: demasiado igual. El otoño de verdad tiene manchas.
—Es una foto de una escalera con hojas —dijo Óscar—. Nadie va a analizar las hojas.
—Yo sí.
Óscar me miró. Yo miré la caja. Doscientos cuarenta euros. Tres cajas de fruta de las de cartón que en 2011 nos costaron cero. Bolsas de basura: tres, de las negras, de sesenta litros, a doce céntimos.
—Bolsas de basura —dije.
—¿Qué?
—Las hojas de la foto llegaron a casa en tres bolsas de basura. Del Retiro. Si vamos a hacer esto, vamos con bolsas de basura. Es la única parte de la foto que era nuestra.
Óscar cerró las cajas. Las dejó en la furgoneta, y en su cara se veía el número.
El Retiro abre a las seis. Llegamos a las siete, Tomás y yo andando desde la oficina, treinta y cinco minutos sin hablar de nada que no fuera la ruta; él iba por el lado de la calzada, que es el lado por el que iba en 2011, y yo no dije nada porque no era un tema.
Leti y Óscar llegaron en la furgoneta con las bolsas, la cámara de los clips y el fotómetro, que ya no servía para nada pero que Óscar llevaba como quien lleva un paraguas.
Óscar aparcó en la zona azul de Alfonso XII y Leti puso dos horas en la aplicación, que es la unidad de tiempo en la que esta ciudad mide las ideas.
Entramos por la puerta de Alcalá. Hacía fresco por primera vez en el año, dieciséis grados, y el suelo estaba cubierto de hojas que no eran perfectas.
En 2011 también entramos por ahí. Eran las siete y media de un domingo, no había nadie, y llevábamos tres bolsas negras y una idea. La idea era mía. Las bolsas eran de Nacho. Tomás llevaba la cámara y decía que era una tontería y que iba a hacer la foto de todas formas.
Tomás eligió una escalinata de piedra cerca de la Rosaleda, siete peldaños anchos, con un muro bajo a un lado y hojas de plátano ya caídas en los dos primeros.
Le pregunté por qué esa y no otra. Dijo que porque tenía siete peldaños y la de Tribulete, sesenta y ocho, y que siete cabían en un encuadre y sesenta y ocho no cabían en ninguno.
Miró la luz. Dijo «diez minutos» y no explicó de qué.
Empezamos a coger hojas del suelo y a meterlas en las bolsas.
Coger hojas a las siete de la mañana con una community manager, un productor y un fotógrafo mirando cómo lo haces es una actividad para la que ningún máster te prepara.
Leti grababa. Óscar cogía hojas con el fotómetro en la otra mano.
Yo me agaché con la gabardina puesta y a la tercera hoja me di cuenta de que estaba eligiendo las bonitas. Las dejé y cogí las que había.
—Solo las de los escalones y el borde —dijo Tomás—. Luego vuelven.
—¿Vuelven adónde?
—Al sitio.
Llenamos una bolsa. La vaciamos escalera abajo.
Tomás la extendió con el pie, sin agacharse, y las hojas quedaron como quedan las hojas cuando nadie las ha puesto, que es lo más difícil de conseguir cuando alguien las ha puesto.
Se subió al muro. Encuadró. Bajó. Movió dos hojas.
Volvió a subir. Leti grabó el clip dos veces porque en la primera se le metió un corredor con auriculares que no miró a nadie.
Le pidió a Tomás que hiciera lo del pie otra vez para el clip y él dijo que no, que el pie ya lo había hecho.
El operario llegó a las siete y treinta y cinco en un vehículo eléctrico pequeño, con un chaleco verde y la cara de alguien que ya ha visto esto antes.
—¿Qué hacéis?
—Una foto —dije yo.
—Con bolsas.
—Las hojas no salen del parque. Las movemos y las devolvemos.
—No se pueden mover. No se puede recoger nada del suelo. Para rodar aquí hace falta un permiso y, si me apuras, una tasa.
Óscar sacó la tablet. No había permiso. Había un presupuesto de hojas de Alcorcón que estaba en una furgoneta, precisamente para no tener que pedir permiso. Óscar enseñó la pantalla equivocada. El operario leyó la línea de arriba.
—¿Doscientos cuarenta euros de hojas? —dijo—. Si aquí las regalan.
—Podemos pagar la tasa —dijo Óscar—. Ahora.
—Eso se pide en el Ayuntamiento. Con quince días.
—Tenemos veinticinco minutos.
—Pues tenéis dos.
En 2011 el operario era otro, o era el mismo con menos años, y nos gritó desde lejos y salimos corriendo con las bolsas llenas, Nacho delante, yo detrás, Tomás el último porque llevaba la cámara y porque no corre.
Subimos las tres bolsas por la escalera de Tribulete, sesenta y ocho escalones, tres pisos sin ascensor, y dejamos un rastro de hojas desde el portal hasta el tercero.
La portera se llamaba Basi. Nos esperó en el rellano a las once de la noche con una escoba, y la escoba la usamos nosotros, los tres, hasta las doce y media, mientras ella miraba.
Dos días después apareció una babosa en la bañera. Nadie la fotografió.
Esta vez no corrimos. Tomás dijo:
—Dos minutos y lo dejamos como estaba.
El operario miró la escalera. Miró las hojas. Miró la cámara.
—¿Y esto para qué es?
—Para una agenda de treinta y nueve euros —dijo Tomás.
El operario se quedó un momento callado.
—Pues vaya —dijo.
Y me reí.
No decidí reírme. Me salió sola, con la bolsa en la mano y el fotómetro de Óscar en el suelo, una risa corta que se me escapó por la nariz antes que por la boca.
Y Tomás se rio un segundo después, a su manera, que es una manera que empieza en los hombros, y el operario nos miró a los dos y entendió algo que no era asunto suyo.
Tomás no me miró después de reírse. Miró la cámara. Eso también lo hacía antes.
Me asusté. Lo digo así porque fue así. Me asusté de la risa como se asusta una de un ruido en casa a las tres de la mañana: no por lo que es, sino por lo que puede ser. Hacía doce años que no me reía con él. Y no era una risa de reunión.
Dejé de reírme. Cogí una hoja del escalón y la puse en el borde del camino, donde estaba.
Luego otra. Tomás hizo la foto en el minuto que el operario nos dio, y después me ayudó, y Óscar, y Leti con la cámara bajada, y devolvimos las hojas una a una, al sitio, en silencio, mientras el operario fumaba a cinco metros y no nos ayudaba.
Ochenta y tres hojas. Las conté porque tenía que contar algo.
La foto de 2011 la hizo él a las once y cuarto de la noche, antes de la escoba, con las hojas todavía en el rellano y Basi en el descansillo de abajo, y salió mejor que la de hoy.
Eso lo sé yo y lo sabe él y no lo va a saber nadie.
El operario se fue sin pedirnos nada. Nos había visto devolver las hojas, y eso, en esta ciudad, todavía cuenta como permiso.
Fue lo contrario de 2011. En 2011 nos llevamos el otoño a casa. Esta vez lo dejamos donde estaba.
Salimos por la puerta de Alcalá a las ocho y diez, con tres bolsas vacías.
A Leti le quedaban cincuenta minutos en la aplicación del parking.
Nadie los usó. En el parabrisas de la furgoneta había una multa: la aplicación había pagado dos horas en la calle de al lado.
Noventa euros. Óscar apuntó. En la furgoneta, Óscar preguntó qué hacía con las hojas de Alcorcón.
Había llamado al proveedor desde el parque: no admitían devoluciones de material de temporada.
—Cárgalo a producción —dije.
—Ya está cargado.
—Entonces cárgalo a mí.
—¿A ti?
—A mí. Yo dije ok a todo.
Óscar no discutió. Apuntó. Es lo que hace, y lo hace bien, y aquel apunte era el primer dinero de esta campaña que salía de mi cuenta y no de la de la empresa, doscientos cuarenta euros, el precio de tres bolsas de basura de 2011 multiplicado por lo que sea que hemos multiplicado desde entonces.
Le dije que las cajas las pusiera en el recibidor de la oficina, que es donde se ponen las cosas caras que no sirven.
A las nueve y media Leti entró en mi despacho con el portátil abierto y los números de la pieza uno.
Un millón cuatrocientas mil visualizaciones en veinticuatro horas.
Treinta y ocho mil compartidos. Ochocientas menciones de la palabra «soluble».
En 2011 la foto de la taza la vieron trescientas doce personas, y una de ellas fue la señora Amparo, que no tenía internet y a la que se la enseñamos en el portátil de Nacho, en su cocina, mientras nos daba otra cucharada.
La taza de la gasolinera había sido identificada por catorce personas distintas como la taza de la gasolinera de sus padres, y una de ellas se ofrecía a vendérnosla.
—Está funcionando —dijo Leti.
—Está funcionando la burla.
—La burla también es funcionar.
Me leyó tres comentarios porque se los pedí, y le dije que con tres bastaba, porque con tres siempre basta.
«Que alguien le dé un café de verdad a esta mujer».
«Yo también robé hojas del Retiro en 2011 para mi cuarto en Moncloa».
«Marketing de la pobreza, qué bonito todo».
El tercero era el bueno. Los otros dos eran clientas. El tercero era yo, si yo estuviera fuera mirando.
Chus asomó a las diez. Me dijo que Ramiro había leído el texto de la pieza uno «con interés», y que «con interés» era una expresión de Ramiro que significaba que había una llamada pendiente.
Le dije que la pieza dos la iba a escribir igual.
Chus dijo que ya lo sabía. Se quedó un segundo más en la puerta, y luego dijo:
—Lo de la escoba. ¿Era verdad?
—La escoba, la portera, la babosa. Todo.
—Nunca me lo habías contado.
—Nunca me lo habías preguntado.
—¿Quieres que Ramiro te llame o prefieres llamarlo tú?
—Prefiero que me escriba. Así queda.
Se fue. No me lo había preguntado en todo este tiempo porque Chus trabaja con las fotos, no con lo que hay detrás, y yo lo contraté precisamente para eso.
Escribí el texto de la pieza dos a las once y media, con la puerta cerrada.
Escribí «bolsas» y lo borré. Escribí «bolsas de basura».
Bolsas a secas es lo que escribiría alguien que no las hubiera cargado tres pisos.
Escribí «Basi» y lo borré, porque Basi no había firmado nada.
Escribí «escoba» y lo dejé. Cuarenta y ocho palabras.
Las conté dos veces, como cuento todo lo que no puedo controlar de otra manera.
A la una y cinco me llegó un mensaje de Ramiro: «Buen trabajo. Hablamos mañana». Cuatro palabras y un punto. Cuando Ramiro pone punto es que la conversación de mañana ya tiene tema.
A la una y diez, Dani preguntó si podía llevarse una caja de hojas para su casa. Le dije que sí. Se llevó una. La otra se quedó en el recibidor, abierta, como una maceta sin planta.
El correo de aprobación llegó a las siete y veinte. Lo mandó Chus, con copia a Ramiro, a Leti y a la abogada: «Pieza 02 aprobada para publicación a las 20:00». Debajo, una línea más, en cursiva, que no estaba en el correo del día anterior: «Sara, ¿"basura" es necesario?».
Contesté con una palabra: «Sí».
A las ocho salió. La escalinata del Retiro a la izquierda del texto, con las hojas puestas por nadie.
La escalera de Tribulete de 2011 a la derecha, con las hojas puestas por nosotros.
La foto vieja tenía un rastro de hojas que subía por los peldaños y se perdía en el giro.
La nueva no subía a ningún sitio. Estaba en su sitio.
Me quedé en la oficina hasta las nueve, sola, con la caja de Alcorcón que quedaba en el recibidor y la luz de la cocina apagada.
Cogí de la caja una hoja de roble perfecta.
La comparé con nada, porque no tenía ninguna del Retiro.
Era la primera foto de Manual en quince años que no me dejaba nada en las manos, y la única de las treinta y una que se había hecho sin llevarse nada de ningún sitio.
Me fui a casa andando, diez minutos. La nevera seguía como el miércoles: yogures, hummus, una botella de vino abierta hacía dos semanas. Cené un yogur de pie, con la puerta de la nevera abierta, que es una manera de calentar una cocina que no recomiendo.
Mañana era sábado. Mañana tocaba «Domingo de mantas», un día antes del domingo, porque la agenda no respeta ni el calendario. Cuatro mantas de la marca, ciento sesenta y nueve euros cada una, para representar una casa sin calefacción.
Puse la hoja de roble en el borde del portátil, donde pongo las cosas que no sé dónde poner. Abrí el documento de la pieza tres y escribí la primera frase. La borré. La volví a escribir.
Fuera de encuadre. Día 2. Las hojas de 2011 subieron tres pisos en tres bolsas de basura, dejaron un rastro hasta el tercero y nos costaron una escoba prestada y una babosa en la bañera.
Las de hoy se han quedado en el Retiro. Mañana, mantas.
La calefacción de aquel piso estuvo rota de octubre a enero.