Capítulo 3
Pie de foto original: «Primer café de octubre en la ventana. Hoy no hace falta nada más».
A las siete y cuarenta de la mañana del uno de octubre la cocina de Manual tenía una luz que no servía para nada.
Había llegado a las siete y cuarto. Cuarenta minutos de metro desde Carabanchel y siete andando desde Ríos Rosas, porque a esa hora, con cuatro kilos de equipo, no ando.
La oficina ocupaba un primero con puerta de cristal y un recibidor en el que había una pila de agendas de este año con una faja que decía «Sobrevive a octubre».
La leí una vez. Olía a canela: la vela de la entrada estaba encendida a las siete y cuarto y nadie la había encendido para mí.
En el pasillo, un expositor con mantas dobladas.
Conté nueve, a ciento sesenta y nueve. Mil quinientos veintiún euros de manta en un pasillo con suelo radiante. Entré en la cocina.
Óscar estaba midiendo la luz de la cocina con un fotómetro de trescientos euros. Yo la había medido con la mano al entrar: ventana al norte, un patio de manzana ancho, cielo cubierto. Luz de oficina. Luz que se queda igual desde las ocho hasta las cinco y que no cuenta nada porque no cambia.
—Doce minutos —dije.
—¿Qué?
—La luz de la foto duraba doce minutos. Era un patio interior de Lavapiés, con las paredes a tres metros. El sol entraba por arriba a las siete y cuarenta y a las siete y cincuenta y dos ya no estaba. Esa foto se hizo en ese hueco.
Óscar apuntó «doce minutos» en una tablet. Es una persona que apunta. Luego miró la ventana, miró el patio ancho y miró el cielo, y entendió, porque no es tonto, que ninguna de las tres cosas iba a hacer lo que él necesitaba.
—Aquí no hay hueco —dijo.
—No. Aquí hay un panel.
Había venido con el mío. Un panel led de dos mil lúmenes, un difusor de tela y un gel cálido, en una bolsa que pesa cuatro kilos.
El sol de un patio interior es una luz que baja en diagonal, dura y estrecha, y rebota una vez en una pared blanca antes de llegar a la ventana.
Se puede imitar. Se necesita un panel en alto, a cuarenta y cinco grados, una cartulina blanca a la izquierda y saber a qué temperatura de color quema el sol a esa hora en octubre: cinco mil doscientos kelvin.
Se necesita, sobre todo, no intentar que la ventana lo haga sola.
En el alféizar había una taza.
Cerámica esmaltada, hecha a mano, con el logo de Manual en el fondo, no en el exterior, porque el exterior tenía que parecer una taza que alguien tuviera en casa desde siempre.
Noventa y nueve euros. Lo sabía porque el precio estaba en la web, y la web era lo primero que había mirado la noche anterior, después de la copia en papel.
Óscar preguntó si el panel era de la empresa. Le dije que era mío. Preguntó si lo facturaba. Le dije que sí. Apuntó.
Sara entró a las siete y cincuenta con un café de fuera en la mano y el pelo todavía húmedo. Miró la taza. Me miró a mí.
—No es esa —dije.
—Es la taza de la marca.
—La de la foto era de Nacho.
Lo dije delante de Óscar, delante de Leti, que acababa de entrar con la cámara de los clips, y delante de dos personas del equipo que yo no conocía y que se llamaban Carla y Dani y que se quedaron en la puerta.
Sara no cambió de cara. Sara no cambia de cara delante de su gente.
Lo que hizo fue dejar el café en la encimera y decir, con la voz de las reuniones:
—Explícaselo.
Se lo expliqué. La taza de la foto era de una promoción de gasolinera.
Con veinte litros de gasolina, una taza.
La había conseguido el padre de Nacho llenando el depósito en la carretera de Toledo y se la había dado a Nacho para el piso, porque en el piso no había dos tazas iguales y a su padre eso le daba vergüenza.
Blanca, gorda, con un logo rojo en el lado que en la foto quedaba fuera.
Yo la giré para que el logo mirara a la pared.
—¿Y el café? —preguntó Leti.
Miré a Sara. Le tocaba a ella.
—No había café —dijo Sara.
—Era el primer día de octubre. Los tres en paro. Yo subí al tercero B a las siete y media, en pijama, y le pedí a la señora Amparo una cucharada de café soluble. Me la dio en una tapa de yogur. Agua caliente, una cucharada, y la taza en la ventana antes de que se fuera el sol.
Lo contó rápido y sin adjetivos, como se cuenta un dato en una reunión. Carla y Dani seguían en la puerta. Leti tenía la cámara bajada. Óscar había dejado de apuntar.
—O sea, que el café no era vuestro —dijo Leti.
—Ni la taza —dije yo.
—Ni la ventana —dijo Sara—. Era del casero.
—¿Y el pie de foto? —preguntó Dani, desde la puerta.
—El pie lo escribí yo —dijo Sara—. «Hoy no hace falta nada más». Eso sí era mío. Era mentira, pero era mío.
Fue Óscar quien lo dijo, mirando la taza de noventa y nueve euros con cara de reproche:
—Entonces, de la foto, ¿qué era vuestro?
Sara tardó un segundo.
—El hambre.
Nadie apuntó eso.
Nacho llegó a las ocho y veinte con la mochila del hospital y la cara de quien acaba de salir de un turno de noche y ha venido en metro en la dirección contraria a su cama. Traía la taza en una bolsa de supermercado. La sacó y me la dio a mí. Tenía una raja fina en el asa que no estaba en 2011.
—Me la devolvéis —dijo—. La usa Vega para los lápices.
Miró a Sara. Sara lo miró a él. Doce años.
—Hola, Nacho.
—Hola, Sara.
Sara le ofreció un café. Nacho dijo que se iba a dormir, que a las tres tenía que estar despierto para recoger a la niña, y que si necesitábamos algo más, no.
Y se fue. No dio un abrazo. No dijo nada de que fuera raro.
Se fue a dormir, que era lo que le tocaba, y dejó la taza en la cocina de una empresa que la habría vendido a noventa y nueve euros si hubiera sabido que existía.
Sara se quedó mirando la puerta dos segundos más de lo que se mira una puerta.
Monté el panel. Óscar sujetó la cartulina, porque se lo pedí y porque en cuanto entendió para qué servía dejó de mirar el fotómetro.
Sara se puso detrás de mí, a un metro y medio, y no dijo nada durante los cuatro minutos que tardé en colocar la taza en el mismo sitio del alféizar, con el logo hacia la pared, con la raja del asa fuera de plano.
En 2011 yo no subí al tercero B. Me quedé en la cocina con la cámara en la mano, mirando el patio y contando.
A las siete y cuarenta y uno la luz tocó el alféizar.
Ella entró con la tapa de yogur a las siete y cuarenta y tres.
Disparé a las cuarenta y seis. Nueve veces.
Entonces no se borraba nada: no sabíamos cuántas íbamos a poder hacer.
El pie lo escribió ella esa misma mañana, en el portátil de Nacho, con el estómago vacío.
Yo lo leí y no dije nada. Lo de hoy en la cocina era la primera vez que ella lo llamaba mentira en voz alta.
—Agua caliente —dije.
—Hay café. Hay una máquina de mil doscientos euros a dos metros.
—Hoy tampoco hay café.
Leti fue a por agua caliente. Trajo el vapor.
Hice la foto. Hice catorce, en realidad, y me quedé con la cuarta, porque a la cuarta el vapor hacía lo que había hecho en 2011: subir recto un segundo y torcerse hacia la ventana.
Las otras las borré delante de todos. Carla preguntó por qué.
Le dije que las fotos que no sirven se borran delante de la gente, porque es lo único que enseña, y que en una cocina de empresa había más gente de la que suele haber en la mía.
Cuando les enseñé la pantalla, Carla dijo que era la misma foto.
No lo era. La original tenía el grano de ochocientos ISO de una cámara que ya no existe y una mancha en la esquina inferior izquierda que era la pared del patio.
La nueva estaba limpia. Pero la luz caía igual y el vapor se torcía igual, y eso es lo único que la gente ve.
Óscar cogió la taza cuando terminé. Le dio la vuelta y le pegó en el culo una etiqueta pequeña, blanca, con un código: P01-TAZA.
—Todo lo que sale en una pieza se inventaría —dijo—. Va a la caja de la campaña.
—Es de Nacho.
—Se la devolvemos el treinta y uno —dijo Sara—. Cuando acabe. Es una pieza.
No dije nada. Miré la etiqueta. Era una etiqueta muy bien pegada.
Leti grabó el clip. Cuarenta y cinco segundos: el panel, la cartulina, la taza, mi mano girando el logo hacia la pared. Sara habló a cámara durante nueve segundos. Dijo la frase de la señora Amparo y la de la tapa de yogur, y luego dijo, sin mirar a nadie:
—Directora creativa descubre que su producto más vendido lo diseñó una gasolinera.
Luego me pidió que dijera algo a cámara. Le dije que no. Que yo no hablo; yo voy debajo, en cuerpo pequeño.
Se rio Leti. Se rio Óscar. Yo no, porque eso no era un chiste. Era lo que hace Sara cuando está acorralada delante de su gente: se pone un pie de foto encima y lo lee en voz alta antes de que se lo ponga otro.
El texto de la pieza lo escribió Sara en su despacho, con la puerta cerrada, entre las once y las once y media. Sara tenía despacho, con puerta. En 2013 el despacho era la mesa de la cocina y la puerta era Nacho diciendo que iba a ducharse.
Ramiro pasó a las once, con Chus detrás. No entró en la cocina; se quedó en la puerta, con la chaqueta puesta, y miró la foto nueva en la pantalla de Leti.
—Es la misma —dijo.
—No —dije yo.
—¿Cuánto ha costado?
—Cuatro minutos de led y un metro de cartulina.
—Perfecto. Así todas.
Chus, detrás de él, miró la foto más tiempo. Sabía lo que estaba mirando. Es su trabajo.
Y Ramiro se fue a una reunión. Tenía razón en lo del coste y no tenía razón en lo de la foto, y las dos cosas le daban igual, y eso, que a mí me molestaba, era exactamente lo que lo hacía bueno en lo suyo.
Me fui a las doce y media. Dejé el panel en un armario del pasillo, porque el viernes lo iba a necesitar otra vez y porque Óscar ya le había pegado una etiqueta: P00-PANEL.
Bajé andando hasta el río y crucé por el puente de Toledo, sin equipo, una hora y media, contando escaparates que tenían mantas.
Tres. El uno de octubre. A veintisiete grados.
La ciudad ya sabía que era otoño antes que el tiempo.
El texto no me lo enseñó. No tenía por qué. Yo entregaba la foto y el clip, y ellos entregaban un correo.
El correo llegó a las siete y doce de la tarde.
Lo mandó Ramiro desde su cuenta, con copia a Chus, a Leti y a la abogada, y decía: «Pieza 01 aprobada para publicación a las 20:00.
R. Ibarra». Once palabras y una firma. Ese correo era el papel.
No lo firmaba yo. Yo no aceptaba nada; yo entregaba, y ellos decían por escrito que lo que yo entregaba les servía.
Guardé el correo en una carpeta del móvil que se llamaba «31». Un correo. Treinta y uno menos uno.
A las ocho salió.
La miré en el móvil, en la cocina de Carabanchel, con las lentejas del sábado calentándose, que aguantan lo que haga falta.
La original a la izquierda. La nueva a la derecha.
Debajo, el texto de Sara: cincuenta y dos palabras.
Decía que no había café y que era agua caliente con soluble de la vecina del tercero B.
Decía que la taza era de un amigo y que la ventana era del casero.
Decía que la luz duró doce minutos. No decía a quién se le había ocurrido madrugar para cogerla.
Tampoco decía quién había girado el logo hacia la pared.
Eso lo dice el clip, que dura cuarenta y cinco segundos y en el que mi mano sale tres.
Debajo del texto, en cuerpo pequeño pero legible: «Fotografías: Tomás Leal, cofundador de "Manual para sobrevivir a octubre"».
Lo leí dos veces. La segunda, solo la palabra. En trece años, Manual había impreso mi nombre en cuerpo seis, en el colofón de la agenda, donde se ponen las cosas que hay que poner. Hoy estaba en cuerpo ocho debajo de una taza. Dos puntos más. Es lo que cuesta una firma en un despacho con moqueta.
Nacho me escribió a las ocho y cinco: «La taza tiene una raja». Le contesté: «Ya». Escribió: «Era de mi padre». Le contesté: «Ya». Y luego escribió: «Mira los comentarios», sin interrogación, y los miré. Leí tres y cerré.
«Mi madre tenía esa taza de la gasolinera».
«O sea que el café era un soluble prestado. Me muero».
«¿Cofundador? ¿Y este señor quién es?».
Era una buena pregunta. No era la primera vez que me la hacían, aunque sí la primera vez que alguien de Manual había puesto la palabra que la provocaba.
Nota de la toma.
Panel a cuarenta y cinco grados, cinco mil doscientos kelvin; doce minutos de sol en cuatro de led. La taza, a cuarenta centímetros; la raja del asa, fuera. Fuera de encuadre: el tercero B, que ya no está, y una etiqueta pegada en el culo de una taza.