Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 2
9%

Capítulo 2

M e quedé en la acera con el no todavía encima, y con cuatro euros en una mesa que no eran míos.

La camarera me miró a través del cristal, esperando algo.

No hice nada. Dejé la caña sin tocar, cogí el bolso y salí, y en la calle me di cuenta de que tenía la gabardina puesta y que hacía veinticuatro grados.

Me la quité. La llevaba porque en la reunión de la tarde había pensado que si iba a esperar a un hombre debajo de una farola durante veinte minutos, mejor parecer alguien que ha venido de un sitio y va a otro.

Le escribí a Chus: «No». Chus contestó: «¿No no, o no todavía?

». Le escribí: «No sin papel». Y luego eché a andar hacia casa, veinticinco minutos, porque la escuela estaba en Chamberí y yo vivo en Chamberí y en esta ciudad las cosas que importan pasan a veinticinco minutos unas de otras y aun así no se ven.

El lunes había sido así.

Reunión de crisis a las nueve. Ramiro, Chus, Leti, Óscar, la abogada de la empresa y yo.

Nueve millones de visualizaciones para entonces, cinco mil correos, catorce llamadas de medios y una de mi madre, que no era una llamada de crisis sino una llamada de madre, y que consistió en preguntarme si estaba comiendo.

Ramiro había puesto el vídeo en la pantalla grande de la sala de reuniones y lo había dejado en pausa en el segundo treinta y nueve, en mi cara, y había dicho que teníamos dos opciones: pedir perdón o convertirlo en algo. Y que pedir perdón no vendía.

«Treinta y un días desmontando el otoño perfecto». Lo dijo Ramiro, no yo. Yo estaba mirando mi propia cara en pausa y pensando que la gabardina del vídeo no existía todavía, que fue una cosa que me compré el martes.

Chus dijo que las treinta y una fotografías de la agenda eran el activo más reconocible de la marca y que recrearlas era, en términos de contenido, el único movimiento que tenía sentido.

Leti dijo que el vídeo tenía un ochenta y siete por ciento de comentarios a favor y que eso no pasaba nunca.

Óscar preguntó por presupuesto. La abogada dijo que había un problema.

El problema lo habían encontrado los abogados de Hogaria la semana anterior, antes del vídeo, en la revisión de la empresa.

Hogaria llevaba desde junio queriendo comprarnos y desde agosto mirándonos los papeles.

Y en los papeles habían encontrado una cosa que yo sabía y que no sabía: que las treinta y una fotografías de la agenda no eran nuestras del todo.

Voy a contarlo como es, porque me lo contaron a mí en una sala con aire acondicionado y merezco contarlo igual.

En marzo de 2012 el blog tuvo su primera colaboración pagada.

Una empresa de colchones. Cuatrocientos euros por seis fotos en el blog y dos para su publicidad.

Cuatrocientos euros eran dos meses de alquiler y era, para mí, el primer dinero por hacer algo que yo había decidido hacer, después de dos prácticas sin sueldo y una temporada de repartir currículos.

La empresa de colchones pidió un papel que dijera que podían usar las fotos.

Yo busqué en internet «cesión derechos fotografía modelo», copié el primero que encontré, lo rellené con las doce fotos que ya teníamos publicadas y que la empresa podía querer, puse «para el blog y las piezas de la colaboración», y Tomás lo firmó en la cocina, sin leerlo, porque yo lo había escrito y porque eran cuatrocientos euros.

Doce fotos. Para el blog y para aquella colaboración. Sin fecha de fin. Sin decir nada de productos, ni de otras empresas, ni de nada que no fuera un blog y un colchón.

En octubre de 2013 firmé con Ramiro. El contrato decía que yo aportaba a la sociedad el nombre, el dominio, las cuentas y «los derechos de imagen asociados al blog», y que yo garantizaba ser titular de todos los derechos necesarios.

Lo firmé a las once de la mañana. Ramiro no comprobó nada, porque Ramiro compraba una marca y una chica que hablaba bien, no un archivo.

Yo tampoco. Yo tenía veintitrés años y una cuenta con cuatro dígitos en negativo, y aquel papel los ponía en positivo.

Desde entonces, la Agenda Manual usó las treinta y una fotos.

Las cajas de las velas usaron una. Las tazas, dos.

Las bolsas, cuatro. Diecinueve de esas treinta y una fotos no tenían ningún papel.

Las doce que sí lo tenían, lo tenían para un blog y un colchón, no para una agenda de treinta y nueve euros que se reeditaba cada año.

El informe de Hogaria tenía catorce páginas. En la página nueve, en la lista de antecedentes, había una línea sobre una carta del abogado de Manual a Tomás, de marzo de 2014. Esa línea la salté. Ya la había saltado una vez.

La conclusión ocupaba tres líneas: Hogaria no compraba una marca con el archivo así. Había que regularizar con el autor. Y el autor era el único que podía regularizar.

Ramiro lo resumió mejor: el fotógrafo original o nada.

El martes fui a ver a Nacho, que es una forma de decir que lo llamé y que él tardó seis horas en cogerlo. Me dio la dirección de la escuela. No me dio la de la casa. Me dijo: «Sara, a mí no me metas», y luego me dijo que Tomás salía a las nueve.

Y el miércoles, la farola, la mesa, el no.

El sábado cogí el informe entero, lo metí en una carpeta azul de las de la oficina, con el logo, y me lo llevé a Carabanchel Alto.

Nacho tampoco me dio esa dirección. Me la dio el informe: los abogados de Hogaria la tenían, porque a la gente que hay que regularizar se la localiza. Un cuarto sin ascensor, en una calle con nombre de árbol, encima de una peluquería.

Subí. Llamé. Abrió con las gafas puestas y un paño de cocina en el hombro. Olía a lentejas.

No dijo nada de que fuera sábado. Se apartó y me dejó pasar.

Voy a decir lo que vi, porque me había preparado para ver otra cosa. Me había preparado para un piso de fotógrafo. Para paredes con fotos. Para cajas de negativos. Para una versión mal iluminada de 2011.

Vi un salón con una mesa de trabajo pegada a la ventana, dos monitores, un aparato para calibrar el color que yo sé lo que cuesta porque lo compramos en la oficina, y una silla buena.

Vi una cocina abierta con una olla puesta y una tabla con un cuchillo que sabía cortar.

Vi un tendedero con toallas. Vi unas zapatillas de andar al lado de la puerta, con la suela gastada por fuera, y unas botas de lluvia que no se habían puesto desde marzo.

Vi un imán en la nevera sujetando una factura, y en la factura vi un número con cuatro cifras y la palabra «pendiente».

Y vi las paredes: un calendario de la agencia con los días marcados a lápiz y una lámina enmarcada de un fotógrafo que no era él.

Ninguna foto suya. Ninguna de 2011. Ninguna de nadie.

Era un piso de una persona que vive, no de una persona que guarda.

Puse la carpeta encima de la mesa de trabajo. La abrió. Se sentó. Yo me quedé de pie, porque en aquel salón había una sola silla y era la suya, y porque de pie una entiende mejor lo que está pasando.

Leyó once minutos. Los conté. En 2011 leía más deprisa, o yo lo recordaba mal.

Cuando llegó a la página nueve no levantó la vista. Pasó a la diez.

Cuando terminó, cerró la carpeta y se quitó las gafas, y me miró con la cara de alguien que ha entendido que tiene en la mano la única llave de una puerta.

—Necesitáis mi firma —dijo.

—Sí.

—Para venderla.

—Para venderla bien. Para que el equipo…

—Para venderla.

—Sí.

Se puso las gafas otra vez. Miró la olla. Se levantó, bajó el fuego, y volvió.

—Tres cosas —dijo.

Yo tenía un bloc. Lo saqué. Él lo miró como si el bloc fuera una cámara.

—Una. Lo que habéis usado desde 2013 se paga. Todo. Con un número y una fecha. No como favor.

Apunté «regularización» y puse dos puntos y no puse nada detrás, porque el número no era mío.

—Dos. La cesión de 2012 se acaba. El treinta y uno de octubre, a la hora que digáis, mis fotos vuelven a ser mías y dejáis de usarlas. Todas.

Apunté «extinción». Lo apunté con una letra que no era la mía de reuniones.

—Tres.

Esperó. Dejó que la olla hiciera su ruido.

—En cada pieza que publiquéis, debajo de la foto, mi nombre. Y detrás de mi nombre, una palabra: cofundador.

No apunté nada. Levanté la vista.

—Cofundador de qué.

—Del blog. De «Manual para sobrevivir a octubre». No de tu empresa. De lo de antes.

Lo de antes. Lo dijo así.

Y ahí entendí que el dinero era la parte fácil.

Que la extinción también. Que lo que me estaba pidiendo era una palabra, y que esa palabra no aparecía en ningún documento de Manual desde 2014, porque la había quitado yo.

La historia de la marca decía «fundada por Sara Quintana en 2011».

Estaba en la web, en la solapa de la agenda y en todas las notas de prensa desde entonces.

La había escrito yo en un verano, sola, con la mesa llena de fotos que no eran mías.

—Se lo tengo que consultar a Ramiro —dije.

—Consúltaselo desde la escalera. Aquí no hay cobertura.

Lo consulté desde la escalera, entre el tercero y el cuarto, con la carpeta debajo del brazo.

Ramiro preguntó cuánto. Le dije que el número lo pondría la abogada.

Preguntó si firmaba. Le dije que si le dábamos las tres cosas, sí.

Dijo que sí a las tres cosas en dos minutos, porque Ramiro entiende un precio cuando lo oye, y a la tercera dijo: «Una palabra es barata». No le expliqué que no.

Los abogados tardaron dos días. El de Tomás era una mujer que le había recomendado alguien de la agencia y que cobraba por horas y no perdió ninguna. El martes veintinueve, a las diez, firmamos en un despacho de la calle de Velázquez con moqueta y agua en botella de cristal.

Lo que firmó Tomás se llamaba acuerdo transaccional y era esto: cuarenta mil euros por el uso de sus fotografías desde 2013, transferidos esa misma mañana; dieciocho mil por el trabajo del mes; permiso para enseñar las fotos originales de las piezas uno a treinta al lado de las recreaciones, solo hasta las once y cincuenta y nueve de la noche del treinta y uno de octubre; una licencia de doce meses sobre lo nuevo, y solo sobre lo nuevo, es decir, la recreación, mi texto y el clip, sin productos; el derecho de Manual a vender las agendas que ya tenía en el almacén durante un año, sin volver a imprimir ninguna; la cesión de 2012, muerta a la misma hora del treinta y uno; y el correo.

Cada pieza, antes de publicarse, tendría un correo de Manual aprobándola.

Ese correo era nuestra firma. Sin treinta y un correos, nada de lo anterior contaba.

Lo firmó con un bolígrafo de la abogada. No me miró mientras firmaba; miró a su abogada y luego el papel. Pidió una copia en papel. Nadie pide copias en papel. Se la dieron.

A medianoche del treinta y uno no se acababa todo.

Se acababa el permiso para usar las fotos viejas y se acababa el papel que él había firmado en una cocina en 2012.

Lo demás seguía: el año de licencia sobre lo nuevo, las agendas del almacén, el crédito.

Lo digo porque en la reunión del miércoles Leti lo resumió como «el treinta y uno se acaba todo» y Tomás la corrigió sin levantar la voz, y Leti apuntó la corrección, y yo pensé que era la primera vez que alguien de mi equipo apuntaba algo que decía él.

La reunión de arranque fue el miércoles treinta a las nueve, en la sala grande, con la pantalla apagada.

Chus y Tomás se conocieron ahí. Chus lleva doce años trabajando con las fotos de Tomás; las ha recortado, las ha impreso, las ha puesto en cajas, sabe qué imagen vende más en Navidad y cuál se devuelve.

Tomás las hizo. Se dieron la mano como se dan la mano dos hombres que han vivido con la misma cosa desde lados distintos.

—He mirado esas treinta y una fotos más veces que nadie —dijo Chus.

—Seguro —dijo Tomás—. Yo solo las hice.

No hubo más. Chus sonrió con la mitad de la boca y Tomás no sonrió, y yo respiré, porque había temido otra cosa.

Óscar presentó el plan de producción: veintitrés localizaciones, seis permisos pedidos, dos concedidos, presupuesto por pieza con una columna que se llamaba «imprevistos» y que era la más alta.

Leti presentó el calendario: cada día a las veinte horas, correo de aprobación antes.

Ramiro dijo que el correo lo mandaría él o Chus, y que sin correo no salía nada.

Luego Leti leyó en voz alta, del documento, la línea de crédito que iría debajo de cada imagen.

—«Fotografías: Tomás Leal, cofundador de "Manual para sobrevivir a octubre"».

Chus me miró. Fue medio segundo. Fue suficiente.

Esa noche, en casa, con la nevera abierta y nada dentro que mereciera cerrarla, escribí el primer texto.

El de la pieza uno. El que iba debajo de la taza.

Lo escribí a la una de la madrugada y no lo publiqué, y no lo voy a publicar, porque el que publique mañana será otro.

Lo dejo aquí porque nadie más lo va a ver.

Fuera de encuadre. Día 1. Uno de octubre de 2011, siete y cuarenta. No había café, ni trabajo, ni calefacción. Había una ventana a un patio y un hombre que sabía cuánto duraba la luz. Yo puse la taza en la ventana. Él puso todo lo demás. Quince años cobrando por la taza.