Al diablo con el pumpkin spice Capítulo 1
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Capítulo 1

E l sábado a las siete y cincuenta de la mañana me llegó un mensaje de Nacho con un enlace y un solo signo de interrogación.

No abrí el enlace. Tenía una boda a las doce en un restaurante con jardín de Arturo Soria, dos baterías cargadas y una tercera cargando, y a las siete y cincuenta de la mañana de una boda no se abre nada que mande Nacho con un signo de interrogación.

Lo sé porque llevo veinte años recibiendo mensajes de Nacho y solo pone eso cuando la cosa es de las que hay que ver sentado.

Lo abrí a las ocho y cuarto, de pie, en la cocina, mientras se hacía el café.

Cuarenta y un segundos. Una azotea. Luz de contra, de las ocho menos veinte de la tarde en la Gran Vía, la hora en que el sol se mete por la calle como por un pasillo y quema todo lo que tiene delante.

Una chica con un jersey mostaza pasaba un micrófono a una mujer con un vestido naranja.

La mujer decía cosas. La cámara que había grabado el vídeo era un móvil sujetado con la mano, y la mano temblaba en el segundo veintinueve, cuando la mujer dijo lo de la manta.

Era Sara.

Se le veía en la boca antes que en la cara.

Sara siempre ha tenido una boca que va un segundo por delante del resto: cuando iba a decir una cosa que no debía, se le cerraba y se le abría dos veces, como un pez.

En el vídeo lo hizo una vez. Luego dijo lo de la calabaza, y luego el vídeo se cortaba, y luego había un contador que ponía dos millones trescientos mil.

El jersey mostaza de la chica era la réplica. Se le veía en el punto de la manga. El original tiene el punto más suelto porque lo tejió alguien a mano en 1986 y las máquinas no cometen ese error.

Cerré el vídeo. No lo reenvié a nadie. Nacho ya lo tenía y mi madre no ve vídeos. El café había subido. Me lo bebí de pie y me fui a hacer fotos a gente que se quería.

La boda salió bien. Salen bien casi todas si no llueve y si el padre de la novia no hace un discurso.

Este lo hizo. Duró once minutos y en el minuto siete lloró, y yo hice la foto en el minuto siete y no en el ocho, porque en el ocho ya se había secado los ojos y en el siete todavía no sabía que iba a llorar.

Después la pareja me pidió que esa no la usara.

No la usé. Esa es la diferencia entre una foto buena y una foto que se puede enseñar, y me he pasado la vida trabajando en la segunda.

Cobré a la semana, porque la pareja era de las que pagan. La de julio, en cambio, me debía todavía mil cuatrocientos euros y una llamada, y yo llevaba la factura en la nevera, sujeta con un imán, para verla cada vez que abría a por leche.

El domingo edité. El lunes me mandaron a una rueda de prensa en un hotel de Castellana donde un señor con corbata dijo cosas delante de un fondo azul, y yo hice ochenta fotos de un señor con corbata delante de un fondo azul y mandé cuatro.

La agencia paga por foto publicada, no por foto hecha.

Es una manera de cobrar que te enseña a mirar antes de disparar, o a disparar mucho, según la persona.

El martes y el miércoles tenía clase.

Doy clase dos tardes por semana en una escuela privada de fotografía que ocupa un primero en Chamberí, encima de una farmacia.

Doce alumnos, de los cuales tres serán fotógrafos y nueve serán personas con una cámara buena, y yo no distingo unos de otros hasta el segundo trimestre.

Les enseño a mirar la luz antes que al sujeto.

Les enseño que una foto es lo que dejas fuera.

El martes les enseñé a hacer un presupuesto de boda, con el IVA aparte y la cláusula de cancelación por escrito, y una chica de la primera fila me preguntó si eso era fotografía.

Le dije que era la parte de la fotografía que te permite seguir haciendo fotografía.

Es lo más útil que les voy a enseñar y es lo que menos apuntan.

Ninguno de los doce ha visto mis mejores fotos, porque mis mejores fotos no están en mi web.

Mi web tiene ciento doce imágenes. Bodas, retratos, tres reportajes de la agencia y una serie de portales de Vallecas que hice con la primera réflex, una de segunda mano con el obturador contado, y que a nadie le importa más que a mí.

Las que la gente conoce no están. Eso tiene una explicación de dos folios que me llegó en marzo de 2014 en un sobre con acuse de recibo, y no la voy a contar ahora.

Entre el sábado y el miércoles el contador del vídeo subió a nueve millones y pico. Lo sé porque Nacho me mandó el número el lunes, sin signo de interrogación. Solo el número. Nacho es enfermero y sabe cuándo una cosa no necesita comentario.

El miércoles, al terminar, una alumna me preguntó si había visto el vídeo de la mujer de la calabaza. Le dije que no tenía tiempo para vídeos. Fue la primera mentira de octubre y todavía era septiembre.

A las nueve y cinco de la noche salí de clase con la mochila en un hombro y bajé por la escalera porque el ascensor de la escuela tarda más que las escaleras. Era el 23 de septiembre. Todavía hacía calor. Abrí el portal.

Sara estaba en la acera de enfrente, debajo de una farola, con las manos en los bolsillos de una gabardina que no hacía falta.

Registré lo que había cambiado. Es lo que hago con cualquier cosa que no veo desde hace tiempo: primero lo que ha cambiado, luego lo que no.

El pelo. Lo llevaba por encima de la mandíbula.

Antes le llegaba por debajo de los hombros y se lo recogía con un boli cuando trabajaba.

Las uñas: enteras. Las tenía apoyadas en el borde de los bolsillos y se le veían enteras.

Antes se las comía hasta el borde y luego se ponía esmalte encima para que no se notara, y se notaba.

La forma de estar de pie: se había puesto exactamente donde la farola le daba de tres cuartos, sin haber mirado la farola.

Quince años de saber dónde está la cámara aunque no haya cámara.

Lo que no había cambiado: la barbilla un poco metida cuando espera, y que estaba sola en una acera a las nueve de la noche por una cosa de trabajo, que es como ha estado siempre en todas partes.

Y lo que había cambiado en mí: la estaba viendo a través de un cristal graduado. Era la primera vez. Llevo gafas desde hace cinco años y nunca se me había ocurrido que iba a mirarla con ellas.

Crucé.

—Nacho —dije.

—Nacho —dijo ella.

Era una explicación completa. Sara nunca había tenido mi dirección nueva. Nacho no le habría dado mi dirección, pero le habría dado la de la escuela, porque la escuela es pública y porque Nacho lleva doce años queriéndonos a los dos de una manera que consiste en no elegir.

—Llevas gafas —dijo.

—Desde hace cinco años.

—No lo sabía.

—No tenías por qué.

Miró la mochila, miró el portal, miró la farola, que ahora sí, y luego me miró a mí.

—¿Tienes diez minutos?

—Tengo una hora y media andando hasta casa.

—Diez minutos —repitió, y señaló el bar de la esquina.

El bar de la esquina tenía luz de tubo, una tele con un partido sin voz y una mesa libre al fondo, de sesenta centímetros, de las que obligan a dos personas a colocar las manos con cuidado.

Pedí una caña. Ella pidió un agua con gas y después dijo que no, que una caña también.

La camarera nos miró como se mira a dos personas que no saben qué van a pedir.

Sara puso las manos encima de la mesa, una encima de la otra. Las uñas seguían enteras.

—Habrás visto el vídeo.

—Nueve millones.

—Nueve millones seiscientos. —Sonrió con un lado de la boca. Era la sonrisa de reunión, la que pone las cosas por delante—. Bien. Entonces te ahorro esa parte.

Me contó lo otro. Lo contó como lo que era: una presentación.

Manual iba a convertir el vídeo en una campaña.

Treinta y un días. Del uno al treinta y uno de octubre.

Cada día, una de las treinta y una fotografías de la agenda, recreada en el presente, con la original al lado y un texto que contara lo que había pasado fuera de encuadre.

«Desmontar el otoño perfecto». Ese era el título.

Me lo dijo entrecomillado con los dedos.

—¿Las treinta y una de la agenda?

—Las treinta y una.

—Las elegiste tú.

—Las elegí yo.

—¿En qué orden?

—En el mío.

El móvil le vibró boca abajo encima de la mesa. Lo giró, lo miró, lo volvió a girar. Ramiro, supuse. O alguien que ella no me iba a nombrar.

—Y me necesitáis a mí —dije.

—Necesitamos al autor de las imágenes. Por relato. Una recreación hecha por otro fotógrafo es un montaje. Hecha por ti es una reparación.

—Una reparación.

—Un relato de autenticidad. Con el autor original en el proyecto, la campaña deja de ser una campaña y pasa a ser un proceso.

Escuché la palabra proceso. La había oído usar así a gente que cobra por horas. Sara la usaba mejor que ellos, porque la había inventado ella, o casi.

—Cada día a las ocho —siguió—. La foto vieja, la nueva, un texto y un clip de cuarenta y cinco segundos.

—¿Quién escribe el texto?

—Yo.

—Entonces la parte que se puede escribir sigue siendo tuya.

—Es contenido —dije.

—Es contenido, sí. Todo es contenido. Lo que importa es lo que haces con él.

—Lo que importa es quién cobra por él.

Se quedó callada. La tele hizo un gol sin sonido y tres personas en la barra levantaron los brazos.

—Hay doce personas en plantilla —dijo—. Nueve en mi equipo. Con nombres.

Me dijo cuatro: Chus, Leti, Óscar y una tal Carla. No conocía ninguno. En 2013 el equipo éramos ella, yo y una hoja de cálculo.

—Dos de ellos tienen hipoteca. Si la campaña sale bien, la empresa llega a donde tiene que llegar y ellos salen bien de esto. Si sale mal, no. Eso también es contenido, si quieres llamarlo así.

—¿Llega adónde?

—Hay un comprador.

—¿Quién?

—Eso no te lo puedo decir todavía.

—Puedes. No quieres.

No lo negó. Bebió por fin, un trago corto, y dejó la caña exactamente en el cerco que había dejado antes.

—Ramiro quiere tenerlo cerrado el lunes —dijo.

Doce años sin oír ese nombre en su boca y no me costó nada. Eso también lo apunté.

—¿Y por qué iba a salir mal sin mí?

Tardó en contestar. Calculé el tiempo: cuatro segundos. Sara no tarda cuatro segundos en nada. Cuando tarda cuatro segundos es que hay una cifra o un papel que no quiere enseñar.

—Porque sin ti es un montaje —dijo.

Era verdad. Pero no era la respuesta a lo que había preguntado, y las dos cosas se le notaron.

—Hay una parte legal —añadió—. Un tema de derechos. Hay que ordenarlo, y te conviene que se ordene.

—¿Qué tema de derechos?

—No lo tengo aquí. No todo.

—Lo tienes todo. Lo que pasa es que no lo has traído.

Miró la caña. No la volvió a tocar. La mía seguía entera.

—Tomás. Te estoy pidiendo un mes de trabajo. Pagado. Bien pagado. Con tu nombre en cada pieza.

—¿Con mi nombre dónde?

—En el crédito.

—¿Y en la historia?

No contestó a eso. Contestó a otra cosa, algo sobre el calendario, sobre que había que empezar el jueves de la semana siguiente, sobre permisos y localizaciones.

Yo miraba la distancia entre sus manos y las mías.

Sesenta centímetros de mesa, cuarenta y cinco de espacio.

En 2011 no teníamos mesa. Comíamos en el suelo del salón, con los platos encima de las rodillas, y la distancia era la que había entre dos rodillas.

—No —dije.

Lo dije sin adorno. Ella tenía preparadas respuestas para un no con adorno. Para un no sin adorno no tenía nada, y eso se le vio en la boca, que se cerró y se abrió una vez.

—Piénsatelo.

—Ya lo he pensado. Es lo que he hecho en la escalera.

Saqué cuatro euros y los dejé encima de la mesa. Ella empezó a decir que no, que invitaba ella, y se calló, porque entendió que si pagaba ella era una reunión y si pagaba yo era otra cosa.

—Si hay un papel, tráelo —dije—. Entero.

Salí. La acera todavía guardaba el calor del día.

Bajé hasta el río por el centro, crucé por el puente de Toledo y subí Carabanchel entero.

A la altura de la Puerta de Toledo había decidido que no.

A la altura del puente había decidido que el papel existía.

A la altura de mi portal había decidido que ella lo iba a traer, porque cuando Sara tarda cuatro segundos en contestar es que ya sabe que va a tener que enseñarlo.

Una hora y media. Es lo que tardo en pensar las cosas, y lo que tardan las cosas en dejarse pensar.

En casa abrí la nevera, miré la factura de julio, cerré la nevera.

Abrí la web en el móvil, ciento doce fotos, y la cerré sin mirar ninguna.

Apagué el teléfono, que es una cosa que no hago nunca, y me quedé un rato sentado en la silla buena con la luz de la cocina apagada, calculando cuánto tiempo puede una persona no traer un papel que ya tiene.

Nota de la toma.

Luz de tubo, de la que no perdona y no miente. Mesa de sesenta centímetros; las manos, a cuarenta y cinco. Fuera de encuadre: el papel que no trajo.