Al diablo con el pumpkin spice Prólogo
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Al diablo con el pumpkin spice

Al diablo con el pumpkin spice

Por Lola Renedo

© inepub.com

Prólogo

A las siete y media de la tarde del dieciocho de septiembre hacía treinta y un grados en la azotea del hotel y yo llevaba cuarenta minutos vendiendo el otoño.

El otoño, ese día, consistía en lo siguiente: doce mantas de lana sobre doce sillas de mimbre, veintidós velas encendidas que nadie había pedido, nueve calabazas de decoración compradas a un mayorista de Getafe y una nevera de cristal con ciento veinte botellas de Manual Pumpkin Spice, edición otoño, a cuatro euros con noventa.

También consistía en catorce personas con jersey.

Hacía treinta y un grados. Las catorce sonreían.

Yo no llevaba jersey. Llevaba un vestido de lino color calabaza que Chus había elegido porque «dialogaba con el producto» y un micrófono de diadema que me marcaba la mandíbula.

Leti sostenía el iPad con el guion a la altura de mi cadera, donde solo yo podía leerlo.

Ramiro estaba al fondo, junto a la barra, con la chaqueta puesta.

A su lado, los dos de Hogaria, que habían pedido agua sin gas y tampoco se la habían quitado.

Desde la barra llegaba la canela. La bebida llevaba canela, nuez moscada, un tres por ciento de puré de calabaza real y una etiqueta con la ventana del piso de Tribulete dibujada en línea fina.

Yo llevaba desde las siete respirando por la boca.

Nadie lo había notado, porque respirar por la boca con una sonrisa es una de las cosas que aprendes a hacer cuando llevas quince años delante de una cámara y trece detrás de una empresa.

Había hecho mi parte. Había contado la historia de la marca en cuatro minutos y medio, con las pausas donde Chus había escrito «pausa».

Un piso sin calefacción, un blog, una idea: que un domingo de octubre se puede arreglar con lo que hay.

Había dicho «lo que hay» mirando a la cámara tres, que era la de Leti, porque la de Leti era la que iba a salir en las redes de la marca y las otras trece eran de invitadas que iban a cortar el vídeo como les diera la gana.

Había levantado la botella. No la había abierto.

Nadie te obliga a beberte tu producto si sostienes la botella con las dos manos y hablas de él como si fuera un hijo.

Después de mí venía la cata. Después de la cata, el testimonio. Después del testimonio, yo otra vez, cierre, foto de grupo, y a las ocho y cuarto todo el mundo en el ascensor con una bolsa de tela y una vela.

La cata duró seis minutos. Once botellas abiertas, once vasos pequeños, catorce personas diciendo «huele a otoño» en distintas combinaciones.

Conté nueve «otoño», cuatro «hogar» y un «me recuerda a mi abuela», que Leti marcó en el iPad porque eso se guarda.

Los dos de Hogaria no probaron nada. La mujer apuntó algo en el móvil cuando una chica dijo que el envase era «muy regalable».

Ramiro me miró una vez durante la cata, con la mirada de quien comprueba que el producto sigue sonriendo.

Yo sostenía mi botella cerrada y pensaba en la palabra «regalable», que no existía cuando empezamos y que ahora era la mitad de nuestra facturación.

El testimonio era Noa.

Noa Beltrán tenía veinticinco años, trescientos ochenta mil seguidores, una cuenta que se llamaba algo con «acogedor» y un jersey mostaza, talla S, ciento veintinueve euros, réplica oficial.

Era de Alcalá de Henares. Trabajaba en una tienda.

Sabía dónde estaban las catorce cámaras sin mirarlas, que es una cosa que no se enseña y que yo también sabía hacer a su edad, solo que a su edad las cámaras eran dos y una era prestada.

Chus le había escrito el texto. Yo lo había aprobado el martes, entre otras once cosas, en un correo que decía «ok a todo». Es lo que se dice cuando aprueba una persona que no ha leído.

Noa me buscó con los ojos antes de empezar. Le hice el gesto de adelante, el mismo que me hacían a mí.

Se puso delante de las calabazas. Le dieron un micrófono de mano. Se colocó con la luz de espaldas, que a las siete y cuarenta en la Gran Vía es la peor luz posible para una cara, y aun así le quedaba bien, porque a los veinticinco te queda bien hasta el contraluz.

Dijo que no se había preparado nada, lo cual era mentira, y que iba a hablar con el corazón, lo cual estaba en el guion.

Dijo que hacía tres años vivía en una habitación alquilada, que no tenía trabajo, que octubre le daba miedo porque octubre es cuando se nota que el verano se ha acabado y que tú sigues igual.

Yo pensé: eso lo he escrito yo. No exactamente. Pero eso lo he escrito yo.

Dijo que entonces se había dicho una cosa a sí misma, una cosa pequeña que se había convertido en su frase.

Yo pensé: no.

Dijo:

—Si sobrevivo a octubre, sobrevivo a todo.

Y sonrió, y catorce cámaras la grabaron sonriendo, y los dos de Hogaria bebieron agua a la vez.

Esa frase la dije yo. La dije el treinta y uno de octubre de 2011, en una cocina de seis metros cuadrados, con una calabaza tallada con un cuchillo de pan encima de la mesa y dos platos de plástico.

Se la dije a un hombre que no estaba en esa azotea y que llevaba doce años sin estar en ningún sitio donde yo estuviera.

La dije en plural. «Si sobrevivimos a octubre, sobrevivimos a todo». No la dije para nadie más.

Desde 2016 iba impresa en la faja de la Agenda Manual, treinta y nueve euros, en singular, en imperativo: «Sobrevive a octubre».

Chus la había convertido en claim y yo había dicho «ok a todo».

Y ahora una chica de Alcalá la contaba como el principio de su vida, con mi jersey, con mi luz, delante de la gente que iba a comprar la empresa, y no lo hacía por maldad.

Lo hacía porque le habían dado un papel y en el papel ponía que la frase era suya.

Noa siguió. Contó que había empezado a hacer fotos de su habitación. Que la habitación era fea y que aprendió a encuadrarla para que no lo pareciera. Que una manta tapaba muchas cosas. Que había cambiado de vida sin cambiar de habitación.

Yo la miraba y veía mi cara de 2011 con la iluminación que yo no había tenido nunca.

Leti me tocó el codo. Era mi turno. Tenía la cara caliente. Pensé que era el calor. Pensé muchas cosas que eran el calor.

Me puse delante de las calabazas. Noa me pasó el micrófono de mano y yo lo cogí, aunque ya tenía uno en la diadema, porque cuando te pasan un micrófono lo coges. Sonreí a la cámara tres. Bajé la vista al iPad.

El guion decía: «Gracias, Noa. Historias como la tuya son la razón de que Manual exista. Este otoño te proponemos hacer una pausa, encender una vela, abrir tu agenda y romantizar tu vida con nosotras». Y luego: «pausa», y luego: «brindis».

Empecé bien. Dije «gracias, Noa». Dije «historias como la tuya». Ahí me quedé.

Mujer de treinta y seis años, treinta y un grados, dos micrófonos. Sin filtro. Sin guion.

Miré las botellas. Ciento veinte, menos las once abiertas para la cata.

Miré las velas. Veintidós, tres de ellas ya derretidas por un lado.

Miré a Ramiro, que tenía la cara de quien ya ha empezado a calcular.

Miré a las catorce personas con jersey, que sudaban por dentro de la lana y seguían sonriendo, porque la lana era el trabajo.

—Manual nació en un piso sin calefacción —dije, y esa parte estaba en el guion—. Lo cuento siempre. Queda bonito.

Alguien rio. Fue una risa de cortesía. La recuerdo porque fue la última.

—Lo que no cuento nunca es que la calefacción estuvo rota de octubre a enero. Que la manta de la foto no era una manta bonita; era la única manta. Que no romantizábamos nada. Estábamos aguantando.

Leti había bajado el iPad. Chus, en la segunda fila, tenía la boca un poco abierta. Los dos de Hogaria no se movieron, y yo pensé que la gente que compra empresas no se mueve nunca.

—Hace quince años yo tenía veintiuno y sesenta y tantos noes de sesenta y tantas empresas —dije—.

Y me dijeron que si me hacía una vida bonita en internet, se me arreglaba la vida de verdad.

Y me la hice. Y aquí estamos. Aquí estoy yo, vendiendo una bebida de calabaza a cuatro noventa, en septiembre, a treinta y un grados, a chicas que tienen la edad que yo tenía entonces y que se creen que el jersey es el principio de algo.

Noa no me miraba a mí. Miraba el suelo. Eso fue lo peor. Eso fue lo que me dio el último empujón, porque ella no había hecho nada y yo le estaba estropeando su primera azotea.

Levanté la botella. La abrí. Olía a canela. No bebí.

—Nos prometieron que una vela, una agenda bonita y puré de calabaza iban a arreglarnos la vida. Al diablo con el pumpkin spice.